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La Historia de Madrid se esconde en el subsuelo. A veces es difícil descifrarla, pero siempre es bella, y emocionante. Hoy Pedro y yo queremos mostraros un lugar impensable. Puede parecer un sueño, pero el lugar existe, a casi treinta y cinco metros de profundidad.

Recordemos que en el Madrid más antiguo, abrupto y surcado por numerosos cursos de agua, uno de los arroyos más importantes era el Arroyo de las Fuentes de San Pedro, el arroyo Matrice, que bajaba hacia el Río por un enorme Barranco, entre dos colinas, la de las Vistillas y la del Alcázar. El otro era el Arroyo de Leganitos, cuyas aguas corrían por el otro costado del cerro donde los musulmanes construyeron su castillo en el siglo IX.

Cuando Felipe II y su Corte llegaron a Madrid en 1561, a los pies de los Altos del Alcázar ya existía un puente que permitía cruzar el tortuoso barranco y el arroyo, junto a unas curiosas construcciones con arcos según el dibujo de Hoefnagel.

Vista de Madrid, detalle. (Hoefnagel, h. 1562)

El Rey fue adquiriendo terrenos alrededor del Alcázar, y acometiendo reformas con el fin de mejorarlos, acomodarlos a sus gustos y también que le aislaran y protegieran de miradas indiscretas. Al oeste, los terrenos que bajaban hasta el río eran antiguas huertas que Felipe II ordenó transformar en prado y bosque, convirtiéndose con el tiempo en el Parque de Palacio, hoy día conocido como Jardines del Campo del Moro, frente a la Casa de Campo.

El Arroyo nacía al norte de la Villa, en terrenos donde aún no existían casas, solo bosques, en los alrededores de la actual calle de Fuencarral, y bajaba hacia el oeste por la calle de los Reyes hasta lo que hoy es la Plaza de España, donde debido al aumento de población y de las edificaciones, en los comienzos del XVII junto a la Fuente se construyó el Puente de Leganitos.

Allí se abría el Barranco de Leganitos, por donde el arroyo transcurría junto al Camino del Río -actual Cuesta de San Vicente-, rodeado de huertas, hasta llegar al Parque de Palacio, actuando por ese lado como una frontera y protección natural del Alcázar.

Arroyo de Leganitos. Del puente de Leganitos al Puente del Parque. (Mancelli, 1623)

En ese punto era donde uno de los dos ramales del Arroyo del Arenal, procedente de la Plazuela de los Caños del Peral, se unía al de Leganitos. El Arroyo de Leganitos entraba en el Parque de Palacio, y desde allí se dirigía al Río. Es curioso comprobar que hoy día esa zona del Campo del Moro conserva el nombre de “bosquete del barranco”.

Desconocemos en qué momento fue construido el Puente del Parque tal como se aprecia en el Plano de Texeira,  es posible que las sucesivas reformas y ampliaciones lo fueran transformando, como sucedía desde tiempos medievales con la mayoría de pontones, puentes y puentecillos que continuamente necesitaban ser reparados. Desde luego, en el siglo XVII, a juzgar por el dibujo del gran cartógrafo, debió ser muy importante. La zona continuaba libre de construcciones, pero pensemos que estamos en terrenos próximos al Alcázar, para uso por tanto del rey y su Corte.

Puente del Parque (Texeira, 1656)

El Puente del Parque, sobre el Arroyo de Leganitos y su afluente el Arroyo del Arenal, era una construcción complicada, con paredones, arcos, ojos… y dos brazos en cuya confluencia se encontraba el acceso a la Puerta del Parque, antecedente de la futura Puerta de San Vicente. Uno de los brazos del puente estaba situado sobre el Arroyo de Leganitos y cruzaba el Camino del Río, el otro se adentraba en el Parque sobre la unión de ambos arroyos.

En el siglo XVIII se llevó a cabo una gran obra urbanística y de ingeniería con el fin de suavizar el fuerte desnivel existente entre el Alcázar y el Río. Para ello se realizó un aporte de tierras allanando el terreno, creándose el Paseo de la Florida, la Cuesta de San Vicente y la calle Bailén. El arroyo y sus puentes desaparecieron.

En algún momento, el cauce de ambos arroyos fue entubado en galerías, convertidas en colectores, que actualmente continúan en uso.

Uno de esos colectores sigue el mismo camino que seguía el antiquísimo Arroyo de Leganitos hace siglos entre árboles y cultivos, ahora bajo los edificios, desde su nacimiento hasta el Manzanares.

La pendiente, bajo la tierra, como lo era en la superficie en el pasado, es muy acusada, y el agua baja a gran velocidad, como antes lo hiciera el Arroyo de Leganitos.

Caminando por el antiguo cauce, ahora entubado, por los mismos lugares que el agua recorriera en siglos pasados, llegamos a un espectacular tramo con ciento ochenta y cinco escalones.

Al acercarnos al punto en que se encuentran los antiguos cauces de los Arroyos de Leganitos y del Arenal, a la altura del lugar donde se encontraba el Puente del Parque, antes de que acaso desapareciera bajo la tierra, a más de treinta metros de profundidad, descubrimos una serie de arcadas construidas en ladrillo sobre pilares de piedra.

Veinticinco arcos perfectos van apareciendo ante nuestros ojos uno tras otro. Su estado de conservación es bastante bueno.

Tres metros de altura por tres de ancho, bajo una estructura muy poderosa, y antigua, muy antigua. Creemos que puede pertenecer al viejo Puente del Parque que aquí existió hasta hace alrededor de trescientos años.


Traspasados los veinticinco impresionantes arcos, llegamos al lugar en que el Arroyo del Arenal llegaba a término, el fin del primitivo cauce del otro arroyo que bordeaba el Alcázar. El mismo lugar donde los brazos del Puente dibujado por Texeira se unían.

El espacio es algo sobrecogedor. Impresiona su magnitud, imaginar la época en que los arcos pudieron ser construidos, hace mucho tiempo, sobre las aguas del torrencial Arroyo de Leganitos, y pensar que milagrosamente allí continúan, a salvo, en nuestro Museo Subterráneo Matricense. Un museo virtual, pero real.

por :  Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

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ACTUALIZACIÓN 3 octubre 2012

Corregido error en la fecha del Plano de Antonio Mancelli, la fecha correcta es 1623.

 

Pedro de Ribera fue un arquitecto y un hombre singular. Un arquitecto madrileño que contribuyó en gran medida a construir la imagen de un nuevo Madrid, y sin duda uno de los más brillantes e imaginativos. Quedan como recuerdo sus construcciones, y sobre todo sus inconfundibles portadas, pero además Ribera participó en las mejoras urbanísticas de Madrid del siglo XVIII con obras de gran envergadura. Ya conocemos alguna de sus primeras obras, la ermita de la Virgen del Puerto, y el Cuartel del Conde Duque, más adelante quizá visitemos otras, hoy de momento os invito a conocer un poquito su vida y recorrer las calles del barrio donde siempre vivió, Lavapiés.

Nació en Madrid, el día 4 de agosto de 1681, en la calle del Oso, donde vivían sus padres, Juan de Ribera y Josefa Pérez.

Plano de Texeira, 1656. Calle del Oso.

Su padre era aragonés y se había trasladado a la capital con la intención de desempeñar su profesión de carpintero ensamblador. Así, el niño Pedro creció en un ambiente humilde pero relacionado con el mundo de la arquitectura, por lo que aprendió pronto el oficio y estuvo en contacto desde pequeño con maestros de obras y arquitectos, gracias a lo cual empezó a formarse en esta disciplina de forma natural.

A lo largo de su vida Ribera se casó tres veces y tuvo nueve hijos.

En 1702 -entonces vivía en la cercana calle de San Cayetano-, con 21 años se casó con Juana Verdugo, realizando lo que podríamos llamar un buen matrimonio, sin tener aún una profesión definida. En esta situación, se enroló en el ejército de Felipe V como jornalero en las Obras Reales. Su trabajo fue de carpintero encargado de levantar las tiendas de madera en el frente en la frontera con Portugal. Y así obtuvo el cargo de Maestro de Tiendas de Madera de Campaña de la Real Caballeriza.

Aunque nació unos años después y se le considera discípulo y continuador de Teodoro Ardemans (Madrid, 1661-1726) y José Benito de Churriguera (Madrid, 1665-1725), los tres forman el grupo de arquitectos representantes del llamado Barroco Castizo. Este término fue empleado durante mucho tiempo de forma peyorativa, refiriéndose a la arquitectura barroca desarrollada por los arquitectos madrileños cuando ya se estaba introduciendo el clasicismo importado del extranjero, sobre todo Italia y Francia.

El rey francés, el primer borbón llegado a España con el inicio del siglo XVIII, relegó a  los artistas locales y apoyó la renovación que anulara la herencia tradicional. Es cierto que Felipe V sentó las bases para la modernización de Madrid, pero también que cerró las puertas a una serie de artistas locales que sin duda podían ofrecer mucho a la arquitectura y a la historia del arte madrileños.

En 1711, contando treinta años, se casó por segunda vez, con Juana Ursula Voiturier. Como en el matrimonio anterior, él poco pudo aportar a la buena dote de ella. Según consta en los documentos, ambas mujeres debían tener buen gusto, y aportaron además de joyas, cucharas de plata, y ropa de vestir para la casa muy elegante, encajes, colchas blancas… así como exquisitos muebles de madera y utensilios de cocina.

En esta ocasión, vivieron en la calle de Mesón de Paredes, frente a la Fuente de Cabestreros.

Tenía ya 34 años cuando Ribera por fin consiguió el titulo de Alarife de la Villa que le permitió además de tener un sueldo fijo desarrollar la profesión de arquitecto. Así que a partir de los 35 años creó sus obras más importantes y su prestigio fue creciendo, gracias sobre todo al apoyo del alcalde. En 1715 don Francisco de Salcedo y Aguirre, Marqués de Vadillo, fue nombrado corregidor de Madrid por Felipe V, y enseguida supo valorar el arte de Ribera, con quien además parece ser entabló una relación amistosa, y le encomendó obras arquitectónicas o urbanísticas que resultarían importantísimas para la ciudad. Su colaboración se mantuvo hasta la muerte del Marqués -en 1729-, quien fue enterrado en la ermita de la Virgen del Puerto, en el sepulcro obra de su amigo.

En los dos años siguientes participó en dos obras muy importantes, que felizmente aún podemos disfrutar: el Cuartel de los Guardias de Corps o Cuartel del Conde Duque, y el Puente de Toledo. Fue por entonces cuando consiguió el cargo de Teniente del Maestro Mayor.

Estos años fueron de gran importancia en la trayectoria de Ribera. Hacia 1722 se encargó de continuar las obras que estaban a cargo de José Benito de Churriguera en la Iglesia de San Cayetano, en la calle de Embajadores. La Iglesia de Nuestra Señora del Favor, parroquia de San Millán desde 1869, hoy más conocida como San Cayetano, fue sin duda uno de los edificios barrocos más monumentales de Madrid.

A pesar de lo que se pensó durante mucho tiempo, la construcción de San Cayetano comenzó en el siglo XVII, no en el XVIII, y terminó en 1761, época en las que las huellas de Ribera debían ser mucho más notorias que en la actualidad. La iglesia sufrió un grave incendio en el siglo XIX y durante la guerra civil fue prácticamente destruida y luego reconstruida. Por unos dibujos encontrados en 1928 se sabe que el proyecto de Ribera nunca llegó a realizarse tal como el arquitecto lo había diseñado, sino que tanto la cúpula como la ornamentación de la fachada e interior fueron muy simplificadas.

Ribera y sus padres pertenecían a la Congregación de Nuestra Señora de la  Pureza  y el Santo Cristo de la Divina Providencia, grupo que jugó un papel importante en la construcción del nuevo templo. El arquitecto participó además de en la construcción, económicamente, tanto de forma directa, como con la aportación que tuvo que hacer al profesar dos de sus hijos.

Y es que la iglesia y el barrio en que está enclavada significó mucho en la vida de Ribera y de su familia. Allí cerca nació, en la calle del Oso, y allí vivió. Tras varias casas en las que vivió de alquiler, siempre en el barrrio, Pedro de Ribera llegó a ser el dueño de varios edificios en Madrid, pero su casa principal la construyó en la calle Embajadores nº 26, frente al templo.

Calle de Embajadores 26

Una placa junto a la puerta adintelada dice que el edificio fue propiedad y residencia del Arquitecto y Maestro Mayor del Ayuntamiento Pedro de Ribera.

En San Cayetano tomaron el hábito religioso tres de sus hijos, fueron enterrados sus padres, su hermana Matea, sus dos últimas esposas y él mismo.

Primero alarife municipal, luego Teniente, y por fin Maestro Mayor de las Obras de Madrid. En poco espacio de tiempo murieron, primero Churriguera y luego Ardemans, cuyo cargo heredó Ribera.

El máximo cargo municipal Maestro Mayor de Obras y Fuentes de la Villa y sus Viajes de Agua  lo alcanzó en 1726, con 45 años y viudo nuevamente. Ocho años después, a la edad de 53 años, esta vez sí ya en una buena posición, se volvió a casar con Francisca Vallejo.

Entre 1722 y 1726, en todo su apogeo creativo, se produjo la reedificación del Antiguo Hospicio de San Fernando, uno de los edificios más representativos de su estilo y emblemático de Madrid, en la calle Fuencarral nº 76; la Iglesia de San José, los Palacios de los duques de Santoña, Marqués de Perales, Miraflores…

Los cronistas del siglo XIX fueron implacables con Ribera. Fernández de los Ríos, por ejemplo hablando de Fuente de la Fama afirma que Ribera, discípulo de la escuela churrigueresca, “parecía dibujar los monumentos apretando un borrón de tinta entre dos papeles…”

Pedro de Ribera fue un arquitecto autodidacta, que consiguió crear un lenguaje propio, distinto, quizá lo máximo a que puede aspirar un artista. Inimitable y genial, consiguió con el tiempo ser reconocido y su arquitectura formar parte de la imagen de Madrid.

Gracias a su tesón y talento hoy día gozamos de algunas de las mejores obras del barroco del siglo XVIII, heredero del mejor barroco madrileño del siglo XVII. Pedro de Ribera, incansable en su trabajo hasta el final, murió el 19 de octubre de 1742, en Madrid. Tenía 61 años.

Fue enterrado en San Cayetano, su iglesia, junto a la calle en la que nació y la casa en la que vivió, y desde entonces allí descansa.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Catálogo Exposición  El arte en la corte de Felipe V. Madrid 2003.

Verdú Ruiz, Matilde. La obra municipal de Pedro de Ribera. Ayuntamiento de Madrid. Madrid, 1988

Verdú Ruiz, Matilde. Intervención de Pedro de Ribera en la Iglesia y Convento de San Cayetano en Madrid. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Segundo semestre de 1993. Número 77.

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ACTUALIZACIÓN 9 ENERO 2014

En algunos lugares aparece como fecha del nacimiento de Teodoro Ardemans el año 1664. Es la que dio Ceán Bermudez en su Diccionario Histórico, pero gracias a las investigaciones de Ciriaco Pérez Bustamante publicadas en su trabajo “Claudio Coello. Noticias biográficas desconocidas”. Boletín de la Sociedad Española de Excursiones. 1918, 3er. trimestre se sabe que Teodoro nació en Madrid el 30 de junio de 1661.

Corregido queda pues el año de 1661 es la fecha aceptada por la mayoría de especialistas.

El siglo XX español fue tiempo de grandes poetas, uno de ellos, quizá uno de los más importantes, fue Vicente Aleixandre, quien además de crear su obra, acogió y ayudó a todos los demás, a los de su propia generación, y a las posteriores, hasta el momento de su muerte, a los 86 años de edad. Todo ello tuvo como escenario su casa, la Casa de Velintonia, en Madrid.

Vicente Aleixandre nació en Sevilla, el año 1898, fecha que marcó una generación. Al año siguiente, nació su hermana Concepción, Conchita, que le acompañaría toda su vida. Solo un año después, sus padres, Cirilo Aleixandre y Elvira Merlo, junto con sus dos hijos, se trasladaron a vivir a Málaga. Finalmente, en 1909, Vicente era un niño de 11 años, la familia fue a Madrid, ciudad que prácticamente ya nunca abandonaría.

Su padre era ingeniero de ferrocarriles, y él mismo, que se había licenciado en Derecho y conseguido el título de Intendencia Mercantil, en 1921 comenzó a trabajar en las oficinas de los Ferrocarriles Andaluces en Madrid. En 1925 pasó a trabajar en la Compañía de Ferrocarriles del Norte. Pero Vicente había conocido durante un verano a Dámaso Alonso, joven entonces de su misma edad, quien le prestó un libro con poemas de Rubén Darío y despertó su interés por la poesía, también ya para siempre.

En esta década de los años 20, la Compañía Urbanizadora Metropolitana, propietaria del recién nacido Metro de Madrid, construyó una serie de edificaciones en los terrenos que había adquirido en 1919, entre la Glorieta de Cuatro Caminos y la Moncloa. Parte de dichas edificaciones fueron viviendas unifamiliares aisladas, en el llamado Parque Metropolitano Urbanizado, entre la calle de Reina Victoria y el Paseo de Juan XXIII.

Inicio Calle de Vicente Aleixandre, en el Pº de Juan XXIII

Uno de estos hoteles se comenzó a construir en 1921, en la calle de Wellingtonia nº 3, según proyecto de Julián Otamendi, para el Señor Aleixandre, padre de Vicente.

En este Parque de viviendas intervinieron distintos arquitectos, no solo los de la propia Urbanizadora, como el propio Julián Otamendi, su hermano Joaquín, Casto Fernández-Shaw y José Salcedo, sino también otros contratados por los propietarios, como Secundino Zuazo, Luis Sainz de los Terreros, Amós Salvador, etc., por lo que se produjo una gran mezcla de estilos, ecléctico, racionalista, regionalista… Actualmente muchas de las construcciones originales han desaparecido o han sido muy transformadas, pero aún se conservan algunos ejemplos interesantes.

En general las viviendas estaban destinadas a clases acomodadas, profesionales y artistas, por lo que se trataba de hoteles de semilujo, aunque hubo alguno inspirado en la arquitectura popular, más sencilla, entre los que se encuentra el edificado para la familia Aleixandre.

En 1927, curiosamente otra fecha importante en la vida de Aleixandre, que da nombre a una generación de poetas, la familia se instaló en esta casa del Parque Metropolitano, en la calle que Vicente llamaba calle de Velintonia.

Nada más traspasar la verja de entrada a la casa, una lápida de la Asociación de Escritores y Artistas españoles colocada en Abril de 1985, un año después de su muerte, recuerda al “Socio de Honor Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura”.

Enseguida se accede al jardín por unas escaleritas de ladrillo por las que tantas veces bajara Vicente.

Otro bonito detalle de la sencillez del lugar es el antiguo gallinero allí conservado.

La historia del poeta, y quizá de la Poesía de una época, es la historia de esta casa. Nada más llegar a vivir a ella, Vicente Aleixandre plantó un cedro, hoy convertido en un gran ejemplar que continúa ofreciendo su sombra a la casa y a los visitantes ocasionales.

Excepto los veranos, época que pasaban en Miraflores de la Sierra, la vida del poeta transcurrió entre las paredes del hotelito, y bajo este árbol protector.

Vicente Aleixandre tuvo problemas de salud desde muy joven, lo cual motivó que con el tiempo saliera muy poco de casa, pero él siempre tuvo sus puertas abiertas, y todos le visitaban. Entre sus paredes han conversado los poetas de varias generaciones, tanto de la suya propia, Gerardo Diego, Jorge Guillén, como posteriores, allí acudían todos… Cernuda, García Lorca, Neruda, Miguel Hernández…

Únicamente hubo un paréntesis, durante la guerra, situada en pleno frente, la casa fue casi destruida y perdieron casi todas sus pertenencias. Fue Miguel Hernández, que recordemos se había alistado en el ejército republicano, quien le ayudó a llegar hasta la casa y recobrar algunos libros, pocos.

Su madre había muerto en 1934, y su padre murió al año siguiente de terminar la guerra. El hotel fue reconstruido y los dos hermanos volvieron a instalarse en él.

Para entonces Vicente Aleixandre ya había escrito La destrucción o el amor y obtenido el Premio Nacional de Literatura.

En 1977 se le concedió el Premio Nobel, que no pudo ir a recoger por sus problemas de salud. En diciembre de ese mismo año el Ayuntamiento cambió el nombre de la calle por el de Calle de Vicente Aleixandre, algo que al parecer nunca gustó al poeta, comentaba que podían haberle dedicado cualquier otra calle de Madrid, y mantener el nombre de la que siempre fue su calle, la calle de Velintonia.

Vicente Aleixandre murió en 1984.

Su hermana Conchita murió dos años después. La casa fue alquilada durante un tiempo, desde hace años permanece deshabitada.

Hace unos días hemos tenido la inmensa suerte de poder entrar en la casa ahora vacía.

Las paredes desnudas guardan las huellas del pasado vivido, de las personas, y de los libros y los cuadros que allí estuvieron.

A pesar de la ausencia de muebles y objetos personales, y el mal estado de los muros, un ambiente mágico reina en estas estancias vacías, el recuerdo de sus inquilinos y amigos lo impregna todo.

Pervive su espíritu, y detalles que recuerdan que en el interior de esta casa hubo vida y comodidades, como los huecos de las estanterías que en el pasado ocuparon libros, y el curioso calientaplatos en el radiador del salón.

Resulta conmovedor el modesto lavabo en la esquina del dormitorio.

Desde la biblioteca, y desde la que fuera habitación del escritor se puede contemplar el mismo paisaje y el mismo árbol que le acompañó durante casi toda su vida.

El pasado sábado 14 de Mayo se celebró un emotivo homenaje al también escritor y poeta José Luis Cano -desaparecido en 1999-, con motivo del centenario de su nacimiento, gran amigo de Aleixandre y primer impulsor de la campaña iniciada en 1995 para Salvar la Casa de Velintonia y convertirla en sede de la Fundación Vicente Aleixandre y Casa de la Poesía, o centro de documentación y estudio de la poesía española del siglo XX.

En el jardín por donde paseara y en el que tantos días descansara Vicente Aleixandre, un grupo de amigos, familia del poeta y de José Luis Cano, una vez más bajo el gran cedro, recordaron con emoción la vida de ambos y la de tantos escritores que por allí pasaron.

La familia de Vicente Aleixandre desea vender la casa a las instituciones públicas, con el objetivo de que no desaparezca, pero desde hace más de quince años estas no parecen comprender su valor y las posibilidades que puede ofrecer a Madrid, a la Poesía y a la Cultura en general. De momento, sus descendientes de vez en cuando la abren a todos los amigos y amantes de la poesía, como durante toda su vida hizo Vicente Aleixandre recibiendo a todo aquel que llamó a su puerta.

Salvemos la Casa de Vicente Aleixandre, salvemos la Casa de la Poesía.

Muchas gracias a la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por su trabajo en defensa de este lugar,  y a todas las personas que hicieron posible este homenaje a José Luis Cano, y la visita a la Casa de Velintonia en una inolvidable mañana.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

El Instituto Geológico y Minero de España se encuentra en la calle de Ríos Rosas nº 23. El edificio, de apariencia exterior sencilla, fue construido por Francisco Javier de Luque entre los años 1925 y 1927, junto a la Escuela de Ingenieros de Minas, obra de Ricardo Velázquez Bosco, quien al parecer inspiró algunos de los elementos del proyecto de Luque. Este arquitecto es autor de otros importantes edificios en Madrid, por ejemplo el Cuartel General de la Armada y Museo Naval, en la calle Montalbán.

Sin embargo, su interior, donde se encuentra instalado el Museo Geominero, uno de los más singulares y quizá desconocidos de Madrid, es de una riqueza decorativa impactante. La entrada al museo tiene lugar por una monumental escalera de mármol de Macael, con rotundas columnas de piedra artificial que sujetan una bóveda con vidrieras artísticas realizadas por la Casa Maumejean.

Una vez en la primera planta, atravesamos un pasillo donde, como en todo el museo, se conservan los muebles originales. Un gran mapa geológico de España recuerda el origen de esta institución, cuando en 1849 se iniciaron los trabajos de la “Comisión para formar la Carta Geológica de Madrid y la general del Reino”, creada por Isabel II, comisión que ha cambiado varias veces de nombre a lo largo de la historia, actualmente es el Instituto Geológico y Minero de España. También tuvo varias sedes, hasta la construcción de este magnífico y lujoso edificio.

El museo se haya situado en una gran nave de forma rectangular, de 19 metros de altura, culminada por otra espectacular vidriera policromada a modo de falso techo y varias vidrieras laterales.

El espacio, formado por la primera planta y tres pisos en forma de corredores con bellas balconadas de hierro forjado, impresiona al visitante.

Subimos a los pisos superiores a través de una de las estrechas escaleras de caracol situadas en las esquinas del recinto.

La construcción mezcla la madera, el cristal y el hierro de forma magistral.


Las colecciones de este museo son muy importantes, en España y en el mundo. Ciento cuarenta y una vitrinas de cristal y madera labrada guardan fósiles, minerales y rocas de todos los tipos. En la segunda planta están representadas las comunidades autónomas. La vitrina dedicada a la Comunidad de Madrid muestra las distintas clases de yacimientos minerales de nuestra región. Cuarzo de El Berrueco, Ópalo de Valdemanco, Fluorita de Colmenar del Arroyo…


En esta planta se encuentran también los restos de una cabra madrileña, el esqueleto completo de una cabra montés, hallado en 1967 por un grupo de espeleólogos madrileños en la Cueva del Reguerillo, cerca de Patones, junto al Río Lozoya, en el Norte de Madrid.

El Yacimiento de las Cabras pertenece al Pleistoceno superior, hace aproximadamente 40.000 años. Consta de más de ocho kilómetros de intrincadas galerías, algunas de ellas ya conocidas en el siglo XIX, aunque a mediados del XX fueron exploradas en profundidad, descubriéndose nuevos restos de animales de la prehistoria madrileña.

En general, la visita resulta muy grata, es de esos lugares en que te sientes a gusto, incluso unos cómodos sillones invitan a sentarse y contemplar el espacio tranquilamente, algo difícil de encontrar en museos y salas de exposiciones hoy día. Es de esos museos en que es tan importante el contenido como el continente. Rico patrimonio geológico, mineral y paleontológico, en un edificio bellísimo.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

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Museo Geominero
Calle de Ríos Rosas 23
Horario: 9 a 14 h
De lunes a domingos y festivos
Entrada gratuita

La Fuente de los Patos se encuentra en una pequeña plazoleta en el comienzo del Paseo del Prado, frente a la calle de Montalbán. A pesar de encontrarse en un lugar muy transitado, junto a la Cibeles, no deja de ser un rincón un tanto escondido, en el que resulta muy agradable sentarse un rato a descansar.

La plazoleta, de forma elíptica, está delimitada por cuatro pedestales rematados por jarrones, unidos en sus lados norte y sur por dos grandes bancos curvos.

El pilón, de cuatro lóbulos, es de granito. En el centro se encuentra un bonito grupo escultórico de mármol situado sobre un pedestal de piedra en forma de cruz.

Está formado por cuatro patos unidos por las alas, con un caño en cada uno de sus picos. En el centro hay una cesta con ocho caracolas y en la parte superior otra figura que podría ser una alcachofa, de las que también mana el agua. En el eje norte-sur, en línea con las esculturas, hay otros dos surtidores verticales.

La fuente fue instalada a finales de los años 50 del siglo XX, cuando el arquitecto municipal Manuel Herrero Palacios reorganizó este espacio durante la reforma llevada a cabo en el Paseo del Prado y sus jardines. Por la misma época se colocaron los cuatro jarrones sobre los antiguos pedestales.

Los datos sobre la procedencia de la escultura son confusos. El propio Herrero Palacios contó que los Patos antes de ser trasladados al Paseo del Prado estuvieron en la Casa de Campo, dato que aparece hoy día en la web del Ayuntamiento. Pero según Luis Miguel Aparisi Laporta, gran especialista y estudioso de los parques de Madrid, ningún documento relaciona esta fuente con la Casa de Campo, y sí con el Retiro. Este conjunto escultórico, afirma, estuvo situado en un estanque en la plaza de Guatemala del Parque del Retiro, donde actualmente se encuentra el monumento al General Martínez Campos, obra de Mariano Benlliure. Dicho estanque recibía el nombre de Estanque de los Cisnes, ¿sería acaso el Estanque de los Patos?.

En lo único que parece estar todo el mundo de acuerdo es en que esta obra escultórica es muy antigua, podría ser de mediados del siglo XVIII.

En el proyecto del Plan Especial Recoletos-Prado esta fuente aparece como elemento protegido destinado a ser restaurado, igual que los antiguos pedestales de piedra que la acompañan y los clásicos bancos de piedra que jalonan el Paseo.

Pero es que la marea de monocorde y frío granito que invade el suelo de Madrid, tan del gusto del actual Consistorio -y de la mayoría de Arquitectos que ganan los concursos municipales últimamente por cierto-, que se llevó por delante zonas ajardinadas y antiguos bancos de piedra de la Plaza de la Independencia y Atocha, las fuentes de la Red de San Luis y Callao, asoló la plaza de Las Cortes…. está muy cerquita, ha llegado a las puertas del nuevo Ayuntamiento en Cibeles, y baja amenazante por la calle de Montalbán. ¿Estarán asustados los Patos?.

por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Ayuntamiento de Madrid.

Plan Especial Recoletos-Prado

M. Herrero Palacios. Madrid, sus jardines y parques. Revista Villa de Madrid, nº 5. Madrid 1959.

Conferencia “De la Puerta de Atocha a la de Recoletos” por L.M. Aparisi Laporta el día 7 de mayo de 2008 en la Casa de Guadalajara.

El pasado viernes día 29 de abril varios medios digitales publicaron la noticia, algunos de ellos incluyendo la foto de los protagonistas a las puertas del Palacio. Ambas partes también lo publicaron en sus respectivas páginas web:

La Comunidad de Madrid ha suscrito un acuerdo con la New York University, importante universidad privada estadounidense, para que esta se instale en el Palacio del Marqués de Salamanca en la Quinta de Vista Alegre. El acuerdo supone que, si se rubrica, la Comunidad cederá el palacio durante 40 años por un alquiler aún indeterminado, y a cambio se compromete a rehabilitarlo.

Ojalá esto acabe siendo una buena noticia para Madrid, pero tras el fracaso -al menos por ahora- de nuestra solicitud de protección como bien de interés cultural para la Quinta de Vista Alegre, podemos preguntarnos qué pasará con el antiguo Real Sitio, el único sin la catalogación de BIC, al ser considerado únicamente un patrimonio desde el punto de vista económico, no histórico ni artístico, o eso parece.

Dice la nota de prensa de la Comunidad que “en este Palacio del Marqués de Salamanca, un edificio del siglo XIX y patrimonio regional, se instalaría la universidad, junto con una residencia universitaria.”

¿Hay vía libre para construir?.

La Universidad afirma en su web refiriéndose a los terrenos de Vista Alegre que “the Madrid government has said is available for construction”. ¿Que el Gobierno de Madrid ha dicho que están disponibles para la construcción?.

¿Qué supondrá para este palacio su rehabilitación para acoger una universidad privada?. ¿Qué efecto tendrá sobre el Jardín Histórico, podrá ser recuperado o desaparecerá definitivamente?.

Lo siento, hoy solo se me ocurren preguntas.

Porque sobre Vista Alegre y este Palacio creo que en este blog ya lo hemos contado y mostrado todo. Bueno, casi todo.

por Mercedes Gómez

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Artículos anteriores:

La Quinta de Vista Alegre ¿Bien de Interés Cultural?.
Huellas del Marqués de Salamanca en Vista Alegre.
Saber más sobre Vista Alegre.
Finca Vista Alegre, patrimonio desaparecido.
Reportaje sobre Vista Alegre en el diario Qué!.
La Quinta de Vista Alegre, Carabanchel Bajo, Madrid.
¿Por qué la Quinta de Vista Alegre debería ser BIC?.
La Quinta de Vista Alegre ¿Bien de Interés Cultural? (II).
El Salón Árabe.


El histórico Cementerio de la Florida, construido en 1796, se encuentra en la calle de Francisco y Jacinto Alcántara, cerca del Paseo de la Florida, y en él están enterrados los 43 héroes fusilados por los franceses en la madrugada del 3 de mayo de 1808 en la Montaña del Príncipe Pío, hechos dramáticos que se conmemoran en el Día de la Fiesta de nuestra Comunidad, el día 2 de Mayo.

Después de haber estado 50 años cerrado, y tras unas obras de restauración por parte de la Junta Municipal de Moncloa, volvió a abrirse el día 2 de mayo de 1981. Al año siguiente se colocó la lápida de cerámica que se puede ver a la entrada y que representa la escena de los fusilamientos pintada por Francisco de Goya.

El cementerio es pequeño, recoleto y muy sencillo. La entrada tiene lugar por un breve y bonito paseo arbolado adornado con arbustos y flores, al final del cual hay una capilla donde todos los años se celebra la misa en recuerdo de los héroes.

Bajando por una estrecha escalera se llega a la cripta donde están las cenizas de los 43 fusilados.

El cementerio está a cargo de la Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales, Sociedad fundada en 1840 con el fin de atender a los milicianos -cuerpos armados no militares encargados de velar por el orden público- que se encontrasen en grave situación económica. Entre los antiguos presidentes de la Sociedad figura el General Espartero, una lápida le recuerda en la entrada a la cripta.

Al principio el cementerio era cuidado por la Congregación de los Hermanos de la Buena Dicha, que habían dado los últimos auxilios a las víctimas, pero a punto de extinguirse, en 1917, confiaron el cementerio a los milicianos, quienes lo han cuidado desde entonces.

El Cementerio, que fue restaurado de nuevo en 2008 con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia, tras la visita de las autoridades, se abre al público todos los años el día 2 de Mayo, Día de la Comunidad de Madrid.

por Mercedes Gómez

artedemadrid@gmail.com
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