Aunque otras sean más bonitas o más importantes, o por cualquier motivo sean más significativas, ninguna otra calle en Madrid me inspira tantas sensaciones y fantasías como la solitaria y casi escondida calle del Factor.

Desde la calle Mayor hasta los antiguos Altos del Rebeque, me encanta recorrerla, despacito, y recordar su historia, tratando de imaginar cómo sería el paisaje hace más de diez siglos.

Debe su nombre a que allí en el siglo XVI vivió Fernán López de Ocampo, Factor del rey Felipe II, cargo relacionado con la Hacienda y recaudación de tributos, pero lo verdaderamente especial en ella es que mucho antes, en el siglo IX, por allí discurría la muralla islámica.

Procedente de la Cuesta de la Vega, subía hacia el norte atravesando los terrenos hoy ocupados por los edificios de la acera izquierda de la calle, que corresponden a los números impares.

Hoy día, en el número 1, con su fachada principal a la calle Mayor, se encuentra el Palacio de Abrantes, actual Instituto Italiano de Cultura. El edificio original, -muy reformado en siglos posteriores tanto en su exterior como interior-, fue construido a mediados del siglo XVII. En su interior fue constatada la presencia de la muralla medieval, nos preguntamos si existe actualmente algún resto visible.

A continuación, en el nº 3, se encuentra un edificio de finales del siglo XIX, del cual ya únicamente pervive la fachada y que esconde una historia trágica. Su estado ruinoso y de abandono provocó un derrumbamiento parcial en el año 1996. Se realizaron varias obras de apuntalamiento y, según la prensa de la época ese mismo año la propiedad presentó una solicitud en Gerencia Municipal de Urbanismo para convertir el edificio en apartamentos. Este organismo ordenó a la dueña del inmueble que asegurase la estructura del mismo, obras que comenzaron en febrero de 2001. El día 12 de marzo murieron dos jóvenes obreros mientras lo apuntalaban.

El edificio llevaba veinte años vacío, se derrumbó por dentro, al fallar un muro de carga. La escalera interior milagrosamente se mantuvo en pie y, desde el exterior ninguna de las dos fachadas presentaba daños. En algún momento los restos del edificio fueron demolidos, excepto ambas fachadas. En 2005 este era el aspecto que ofrecía la casa:

Aunque la obra estaba rodeada de vallas y del habitual secretismo, se supo que las obligadas catas arqueológicas fueron realizadas y se constató la presencia de restos de muros de pedernal junto a restos de viviendas del siglo XVII.

Un nuevo edificio fue construido sobre los restos arqueológicos, hoy nuevamente ocupado por viviendas.

El edificio contiguo, números 5 y 7, es el conocido como de La Correspondencia de España, que actualmente alberga viviendas y oficinas. Construido en 1888, ampliado en 1916-17, y reformado por Miguel de Oriol en 1976.

La Correspondencia de España era un periódico que tuvo mucho éxito popular en su tiempo.  Antes estuvo en el nº 1 de la calle, el ya mencionado Palacio de Abrantes. En 1888 el nuevo propietario del diario lo vendió al Gobierno Italiano, que lo  convirtió en sede de su Embajada. Y debió ser entonces cuando se trasladaron al nuevo edificio del nº 5 de la misma calle.

En la acera contraria, la de los números pares, donde en el inicio de la calle se encuentran varios restaurantes, existen restos de muros que en algún momento hicieron pensar que pertenecían a la muralla árabe. No se sabe con certeza a qué corresponden, quizá se trata de pedernal reutilizado en construcciones posteriores.

Tras el número 7, al final de la empinada calle, surge un jardín arbolado.

Un jardín que se asoma a la plaza de la Armería, entre la Catedral de la Almudena y el Palacio Real, por donde continuaba la cerca, de la cual han aparecido nuevos restos durante las obras de construcción del Museo de Colecciones Reales, como ya sabemos.

Alli, entre los límites de la muralla, se hallaba la medina árabe, la pequeña ciudad de Mayrit.


Llegando al final de la calle, echando la vista atrás, hacia esos edificios construidos sobre el recio muro que habían levantado los árabes en el siglo IX y que conservan su forma, es inevitable pensar que tal vez alguno de sus lienzos permanece no muy lejos, muy probablemente ¿bajo el césped de este jardín?.

Por Mercedes Gómez

 

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