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Uno de los primeros artículos publicados en este blog fue el titulado Trampantojos en Madrid. Luego, a lo largo de estos tres años, hemos descubierto algunos más, muy bonitos, los delicados dibujos de la Sacristía de los Caballeros en Las Comendadoras, las espectaculares arquitecturas fingidas de la iglesia de San Antonio de los Alemanes y las del Salón Real en la Casa de la Panadería, el moderno trampantojo de Juan Muñoz… Y otros muy sencillos, por las calles de Madrid, calle de San Quintín, Mayor, del Espíritu Santo… (este paseo lo dejamos para otro día), habitualmente simulando ventanas y balcones que parecen verdaderos.

Los trampantojos, en cierto modo, nos proponen un juego, una ilusión. Pueden ser bellos, divertidos y estimulan nuestra imaginación. Como decíamos en aquel primer post, se trata de un recurso pictórico muy antiguo, ya los griegos y romanos lo utilizaron, en el Renacimiento… pero sin duda fue el Barroco su época de mayor esplendor. Durante el siglo XVII fue habitual su uso tanto en la pintura, sobre todo en el bodegón, como en las bóvedas, techos y muros de edificios.

Hablábamos de los recursos empleados para conseguir este engaño visual, las figuras u objetos que parece que se salen del cuadro –hace poco hemos podido admirar el Bodegón de Antonio de Pereda-, la cortina, las barandillas con figuras que se asoman, elementos frecuentes en la pintura del XVII y aún después -recordemos los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida pintados por Goya a finales del siglo XVIII-.

En el caso de otro tipo de trampantojo utilizado en el Barroco, fingir las figuras dentro de un marco, citábamos uno, aunque sin imagen que ilustrara el ejemplo ya que no se encontraba en un museo madrileño, sino en la National Gallery de Londres, el Autorretrato de Murillo, que el pintor realizó hacia 1670.

Ahora y hasta el 30 de septiembre, podemos contemplar esta gran obra en Madrid, en el Museo del Prado, en la recientemente inaugurada exposición Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Autorretrato, Bartolomé Esteban Murillo. Óleo sobre tela, 122 x 107 cm, h. 1670 – 1673, Londres, The National Gallery.

Leemos en el cartel explicativo:

“Junto con el autorretrato de Velázquez en Las Meninas, se trata de uno de los más sofisticados e influyentes retratos de artistas de la España del siglo XVII. Pintado para sus hijos, según se indica en la inscripción, tuvo una gran difusión internacional gracias a un grabado publicado en 1682. Planteado como un cuadro dentro de un cuadro, esa lógica se altera sin embargo con la mano que se sale del marco. A la izquierda figuran un dibujo, una regla y un compás, que aluden al carácter intelectual de la actividad artística, y a la derecha su paleta y sus pinceles”.

Efectivamente podría parecer una pintura dentro de otra, o una figura ante un espejo, pero la mano que se apoya, que sale del marco, perfecta, llena de expresividad, lo cambia todo. Lo que podría haber sido un retrato convencional se transforma en una representación singular.

En fin, no es lo único que merece la pena ver en esta exposición. Frente a esta pintura, otro retrato, el de Justino de Neve, una obra maestra, pintada en 1665 y procedente también de la National Gallery.

En general, la muestra es extraordinaria. Son solo diecisiete obras, pero casi todas ellas deslumbrantes. Realizadas a raíz de su relación con don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla, importante mecenas y coleccionista de arte, que llegaría a convertirse en su amigo.

Las obras expuestas, que reflejan todo el espíritu del barroco sevillano y la plenitud de Murillo como artista, o fueron realizadas por encargo del religioso o pertenecieron a su colección privada. Lo que comenzó siendo una mera relación profesional entre ambos acabo siendo una relación personal gracias a la cual hoy podemos disfrutar de estas pinturas. Disfrutar del arte que nació de la amistad.

Por Mercedes Gómez

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Museo del Prado
Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Hasta el 30 de septiembre de 2012.

Volvemos a los Altos del Rebeque, una vez más, intentando descifrar nuestro pasado. Desde aquí hemos contemplado los terrenos del antiguo Mayrit, los hemos evocado rodeados por su muralla, e imaginado la vida de sus primeros habitantes, los musulmanes que en el siglo IX llegaron formando parte del ejército del emir Muhammad I, y su evolución.

A lo largo del siglo X la población mayrití creció, nuestros antepasados se fueron asentando en los terrenos más próximos y alrededor del primer recinto, de este bello lugar que ahora admiramos, antes tan distinto, se extendió la ciudad. Gracias a la excavaciones arqueológicas se conoce la existencia de varios arrabales musulmanes, zonas extramuros que se fueron poblando entre los siglos IX al XI.

Como hemos comentado en otras ocasiones, son muchas las incógnitas que perviven sobre los dos recintos y sus murallas, el Madrid del siglo IX y el del siglo XII. Pero aún es mayor el misterio que existe sobre la existencia de un posible recinto intermedio, que habría rodeado el arrabal islámico nacido a lo largo del siglo X entre los dos recintos conocidos.

El profesor Manuel Montero Vallejo fue uno de los primeros autores en hablar de la posible existencia de una medina intermedia, un recinto amurallado, entre el primer recinto árabe y el cristiano, la medinilla, como él la llamaba. Tanto en su libro El Madrid Medieval como en otras obras, dio a conocer los diferentes datos aportados por otros investigadores que apoyaban esta teoría, así como sus propias observaciones directas.

En sus escritos expone las dudas, contradicciones… pero de todas sus explicaciones se desprende una evidencia: la existencia de construcciones defensivas en la zona habitada por los árabes a lo largo de los siglos X y XI, al este de Mayrit.

Desde algún punto desconocido, quizá muy próximo al lugar en el que ahora nos encontramos, en el punto más alto de la calle del Factor, partía el hipotético recinto intermedio, la segunda muralla árabe.

Comenzamos nuestro paseo caminando hacia los terrenos donde después sería levantada la iglesia de San Juan, en la actual plaza de Ramales, por la calle Noblejas, en cuyo número 5, durante unas obras de reforma, aparecieron restos de cerámicas islámicas de los siglos IX al XI.

Como ya hemos comentado en varias ocasiones, este tipo de material ha proporcionado una información muy valiosa acerca de la actividad y de la vida cotidiana de los mayrities. Sus costumbres, escritura, lenguaje, etc. Los útiles hallados en diversos lugares de la zona que hoy vamos a recorrer demuestran que sus habitantes vivían de la agricultura y de la ganadería, usaban norias para el riego de sus cultivos y jardines… y trabajaban en telares, herrerías y alfares.

Durante las obras para la construcción del aparcamiento en la plaza de Ramales, aparecieron los cimientos de una torre de la iglesia de San Juan con todo el aspecto de haber pertenecido a una fortificación islámica. Por otra parte, uno de los escasos documentos que avalan la existencia de la medinilla (dado a conocer por Mercedes Agulló), para acometer la reforma de la iglesia de Santiago en la plaza del mismo nombre, el año 1645 hubo que desmontar un cubo de la muralla, que por su situación, dice el profesor Montero, pudo ser una torre exenta.

Tomamos la calle de los Señores de Luzón, posible antigua ronda exterior de la medinilla, que con el tiempo se convirtió en la calle de los Estelos, una de las más antiguas de Madrid, de las pocas que en la Edad Media tenían nombre, pues ya aparece en documentos del siglo XV.

En el edificio construido en 1975 en la esquina de Luzón con la calle de la Cruzada fueron hallados restos de muralla de gran envergadura, que al parecer se conservan en el sótano.

Lo más emocionante es comprobar cómo la curva que muestra la antiquísima vía medieval sugiere el posible recorrido de la muralla.

Continuamos nuestro paseo bajando por esta calle tan evocadora, hacia la calle Mayor, antigua Santa María, donde pudo existir un portillo, antecedente de la futura Puerta de Guadalajara.

Uno de los hallazgos más importantes tuvo lugar en 1945, cuando en la esquina de la plaza de la Villa con Mayor, junto a la Casa de la Villa, apareció un grueso muro que Elías Tormo defendió como perteneciente a un recinto amurallado. Volvió a salir a la luz durante las obras de la plaza en 1980, pero, desgraciadamente, fue tapado de nuevo con rapidez. Montero Vallejo estaba convencido de que se trataba de muralla, por sus características constructivas y por su grosor.

Es muy interesante pensar que la Plaza de la Villa, antigua plaza de San Salvador, centro de Madrid, lugar de mercado y de reunión del Concejo, pudo nacer extramuros, junto al portillo, igual que después nacería la Plaza del Arrabal, plaza Mayor, en las afueras de la Puerta de Guadalajara.

Pasamos bajo el arco que une la Casa de la Villa con la Casa de Cisneros, hacia la ya casi inexistente calle de Madrid.

Bajo el solar de la desaparecida manzana situada entre las calles de Madrid, del Rollo, Sacramento y Duque de Nájera, por la que probablemente transcurría la muralla intermedia, en los inicios de los años 90 del pasado siglo se construyó un nuevo aparcamiento. Actualmente es una árida plaza conocida como la plaza del Rollo.

Durante las excavaciones arqueológicas correspondientes se hallaron numerosos silos con restos que indican que pudo haber una gran ocupación árabe en la zona: cerámicas (ollas, cazuelas, candiles…), y, lo que es más importante, restos de construcciones, piedras y tejas, de los siglos X y XI.

Seguimos nuestro camino por la calle del Rollo, que conserva el antiguo trazado árabe en su segundo tramo, lleno de encanto. Cuenta el profesor Montero Vallejo que no hay duda del origen de su nombre pues él mismo localizó un documento de 1481 en que “se manda al mayordomo Sancho de Cuenca que haga de cal y canto  la picota en la plaza de San Salvador”, hoy Plaza de la Villa. La presencia de un rollo o picota en la plaza de San Salvador -normalmente situados en las afueras-, podría significar que allí se encontraba el límite del recinto amurallado.

El rollo era símbolo de justicia y mercado y se solía colocar en una plaza muy importante o en las afueras, donde comenzaba la jurisdicción interna de los lugares.

En el nº 8, en el moderno bar Korgui, el muro de la planta baja junto al subsuelo de la empinada calle del Rollo, en gran parte es un precioso lienzo de pedernal que sigue la dirección de la supuesta muralla intermedia.

Enfrente, en el nº 7, aparecieron importantes vestigios del siglo XI, nuevas huellas de la vida islámica que existió en la zona.

Llegando al Barranco y al Arroyo de San Pedro, hoy calle de Segovia, la muralla debía dirigirse hacia la plaza de la Cruz Verde para volver a subir por el abrupto terreno de la ladera.

En la calle Segovia nº 16, en uno de los edificios más antiguos de Madrid se esconde otro sorprendente muro.

En el bar El Lagarto, en la pared trasera, cuya ventanita se encuentra casi frente a la entrada al otro bar que acabamos de visitar con restos de posible muralla, perviven otros restos de un rotundo muro de sílex, esta vez cubierto de algún barniz o pintura.

Desde la plaza de la Cruz Verde la muralla debía subir por la calle de la Villa, que también muestra un curioso trazado adaptado al terreno y al probable muro.

Se cree que la segunda muralla árabe finalizaba su recorrido en la zona oriental del Palacio de Uceda donde volvía a unirse con la muralla del primer recinto, procedente de la calle del Factor, donde comenzó nuestro paseo.

Si al parecer se conservan las huellas de la primera muralla árabe en su interior, ¿quedará algún rastro de la segunda?. Como dijo nuestro admirado Manuel Montero Vallejo al final de su escrito, ojalá algún día aparezcan “pruebas indiscutibles de este recinto árabe, aún misterioso, pero que cada vez apunta con más fuerza. No son escasos los indicios que permiten afirmar su presencia”.

Por : Mercedes Gómez

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Fuentes:

Manuel Montero Vallejo. El Madrid Medieval. Ed. La Librería. Madrid 2003.

Daniel Pérez Vicente. Excavaciones arqueológicas en el Madrid islámico. En Testimonios del Madrid Medieval. El Madrid musulmán. Museo de San Isidro Madrid 2004.

La Biblioteca Nacional continúa celebrando su Tricentenario con una iniciativa muy bonita e interesante. Algunos de sus tesoros se han trasladado a otros museos buscando Otras Miradas y un diálogo con otras obras. Esta singular exposición se distribuye por salas del Museo del Prado, Reina Sofía, Thyssen- Bornemisza, Lázaro Galdiano, del Romanticismo, Palacio Real, de Ciencias Naturales, de Historia, de América y de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Todas las propuestas de los diez museos madrileños que acogen obras de la Biblioteca son sugerentes, pero hoy os animo a ver dos de las que yo he podido ya visitar, una algo inquietante en el Museo de Bellas Artes, calle de Alcalá 13, y otra, maravillosa, en el Museo de Historia, en Fuencarral 78. Ambas, imprescindibles. Un curioso paseo desde el siglo XVII de Calderón al siglo XIX de Larra.

La Primera parte de Comedias de don Pedro Calderón de la Barca, que incluye La vida es sueño, libro impreso en 1636 por María de Quiñones, se adentra hasta la sala nº 11 del Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Allí se ha encontrado con El sueño del caballero, de Antonio de Pereda, cuadro pintado a mediados del siglo XVII, contemporáneo por tanto de la obra de Calderón.

Cuando hace varias semanas hablamos aquí de la vida y la obra de Antonio de Pereda comentábamos que así como la obra religiosa del gran autor barroco está bien representada en España, no tanto el bodegón, género del que fue un gran maestro. Aquí en San Fernando tenemos esta vanitas, especialidad de bodegón, considerada una obra maestra. El cuadro que perteneció a Manuel Godoy, bajo el título Los placeres del hombre pasan como un sueño, tras la invasión francesa fue enviado al Museo Napoleón en París. Fue devuelto a España en 1816 y desde entonces se encuentra en la Academia.

Esta pintura, como todas las de su género, está llena de simbolismos. El ángel señala los objetos sobre la mesa que representan las tentaciones, lo fugaz… con un objetivo moralizante, propio del Barroco.

Ambas obras, el sueño de Calderón y el sueño de Pereda, nos proponen reflexiones sobre la vida y la naturaleza humana, la vanidad y los placeres.

Otra visita obligada es al Museo de Historia, que ha vuelto a abrir su sala de exposiciones temporales. Las obras del museo al parecer han terminado, aunque aún no hay fecha de apertura debido a los problemas económicos. De momento podemos visitar esta muestra llena de alicientes. Ya que nos hemos quejado tanto de que este museo no permitía hacer fotografías en su interior, justo es decir que en esta ocasión sí está permitido.

El pobrecito hablador, revista satírica de costumbres, de Mariano José de Larra, impresa en 1832, ha viajado hasta el antiguo Museo Municipal, donde esperaba nada más y nada menos que la espectacular Maqueta o Modelo de Madrid, construida en 1830 bajo la dirección de León Gil de Palacio.

Es una alegría poder volver a contemplar la Maqueta, que nos permite recorrer el Madrid que vivió Larra, y también el nuestro, reconocer las calles, los edificios que perviven… y vernos a nosotros mismos paseando por ese Madrid de cuento. Disfrutamos buscando las calles y las casas que conocemos, nos sentimos protagonistas de la historia.

Como complemento a esta bella ilustración del Madrid de 1830 también se exponen los cuatro óleos de José María Avrial, las Vistas de Cibeles, Palacio Real, el Campo del Moro y la plaza de la Paja. Otra alegría poder admirarlas por fin.

En la misma sala se han instalado el Plano de Texeira y la Maqueta de Madrid basada en dicha Topographia que representa el Madrid de 1656, realizada en el año 2000 por Juan de Dios Hernández y Jesús Rey. Ambas obras proceden del Museo de los Orígenes y, junto a la Maqueta de León Gil de Palacio ofrecen un panorama completo de lo que fue el Madrid rodeado por la cerca de Felipe IV durante más de dos siglos, y nos producen una fascinación de la que ya hablamos hace algo más de dos años aquí a propósito de las maquetas de Madrid.

Como decíamos al principio, un delicioso y enriquecedor paseo desde el Madrid de Texeira al de León Gil de Palacio, del siglo XVII al XIX.

Por: Mercedes Gómez

Juan Gris, cuyo verdadero nombre era José Victoriano González, nació en Madrid el 23 de marzo de 1887, en el seno de una familia acomodada. El padre era comerciante, y la familia vivía bien en aquel final de siglo madrileño, pero la situación se volvió difícil cuando el negocio quebró. José, que era el decimotercero de catorce hermanos, tenía solo siete años.

El niño, que dibujaba muy bien, no entró en Bellas Artes pero estudió en la Escuela de Artes y Oficios, y muy joven comenzó su dedicación a la ilustración gráfica. En 1906, con diecinueve años, realizó las ilustraciones para el libro Alma América. Poemas indoespañoles, de José Santos Chocano, firmando por primera vez como Juan Gris. Ese mismo año se trasladó a París donde viviría casi toda su vida.

La búsqueda de aires nuevos, una vida mejor, y librarse del servicio militar (probablemente para poder seguir trabajando y teniendo ingresos) le llevaron hasta la entonces capital del Arte. Se dice que llegó con 16 francos en el bolsillo.

Documental “Juan Gris. Cubismo y modernidad”. (Fundación Telefónica)

Le recibió su amigo Daniel Vázquez Díaz, quien le llevó al edificio de los famosos ateliers o talleres del Bateau Lavoir, en Montmartre, donde los artistas de la vanguardia tenían sus estudios, o simplemente visitaban los de sus colegas. Modigliani, Matisse,… allí se reunían todos.  Y allí conoció a Picasso y a Braque, solo unos años mayores que él. Se introdujo en los ambientes que estos pintores frecuentaban y se adhirió al nuevo movimiento artístico que desarrollaban, el Cubismo.

Juan Gris vivió durante diez años en ese edificio de madera, muy frío en invierno, caluroso en verano, con una única fuente para todos los inquilinos y un solo retrete, sin baño…

Bateau Lavoir en: Documental “Juan Gris. Cubismo y modernidad”. (Fundación Telefónica)

Poco después de su llegada a París conoció a la modista Lucie Belin que se trasladó a vivir con él en el pobre taller. En 1908 se casaron y al año siguiente nació su hijo Georges, pero la relación no funcionaba bien y se separaron. El niño fue enviado a Madrid, donde fue criado por su familia.

En 1910 comenzó a dedicarse a la pintura aunque, por razones económicas, continuó trabajando como ilustrador. Muchos periódicos, muchos dibujos… por poco dinero.

Dos años más tarde conoció a Fernande Herpin, Josette, quien un tiempo después se trasladó al Bateau Lavoir y sería su mujer ya para siempre. Decían los que la conocieron que era “inteligente, espiritual, fina… comprendía a Gris”.

En 1920 Juan Gris sufrió una grave pleuresía, comienzo de una sucesión de enfermedades (asma, uremia…) que unidas a la pobreza en la que casi siempre vivió le fueron debilitando.

Debido entre otras cosas a su condición de prófugo nunca pudo volver a España, aunque si debió mantenerse en contacto con su familia, en 1922 envió a su hijo la fotografía que le hizo Man Ray.

Juan Gris (Man Ray,1922)

La pareja vivió en varios lugares de Francia, buscando un clima que mejorara la salud del pintor, pero en 1924 volvieron a París.

Los domingos se reunían todos los amigos, artistas, intelectuales… y en las sobremesas Juan Gris sacaba a bailar a las damas, era un apasionado del baile. Tan serio en su obra, era sin embargo, decían sus colegas, una persona bromista y con ganas de vivir. Pero las crisis se sucedían y llegó un momento en que ya no podía levantarse de la cama.

Su obra es singular pues unió el racionalismo cubista a una cierta pasión y sensualidad, principalmente mediante el uso del color y de las líneas curvas. La contemplación de algunas de sus pinturas nos inspira una emoción muy alejada de lo que puede sugerir la pura geometría.

La ventana abierta, 1921 (Museo Reina Sofía).

Escribía el propio pintor en 1925: “Hoy, evidentemente, me doy cuenta de que, en su comienzo, el cubismo no era sino un modo nuevo de representación del mundo”. Pero para él, el cubismo no era un mero “procedimiento” sino una estética, incluso “un estado de espíritu”.

Decía Joaquín Torres-García que otros pintores partían de la naturaleza para ir a lo abstracto, mientras que el camino de Juan Gris era a la inversa: partía de lo abstracto de la geometría para ir a la realidad. Bonita y precisa definición.

Un elemento muy utilizado por Gris fue la ventana, a través de ella entraba la luz en sus bodegones, y además proporcionaba un tono más poético o literario a sus cuadros.

La fenêtre aux collines, 1923 (Fundación Telefónica).

Él mismo decía que trabajaba con los elementos del espíritu, con la imaginación.

En Madrid se puede admirar su obra en el Museo Reina Sofía, en la sala 208 del Edificio Sabatini dedicada a “Juan Gris. La reordenación de la mirada moderna. En el Museo Thyssen se pueden contemplar algunas obras del autor, y el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando también posee un cuadro suyo.

Y finalmente, en el recientemente inaugurado magnífico Espacio Telefónica (que merece una visita en sí mismo), en la 4ª planta, se expone la espléndida Colección Cubista, organizada alrededor del gran protagonista: Juan Gris. Entre otros materiales interesantes se proyecta una película de unos 20 minutos de duración en la que de forma completa y emotiva se narra su vida y evolución pictórica, “Juan Gris. Cubismo y modernidad”.

Juan Gris murió el 11 de mayo de 1927. Tenía solo 40 años.

Nunca volvió a su ciudad natal, pero en la calle del Carmen nº 4, a un pasito de la Puerta del Sol, una lápida recuerda que en esa casa, hoy convertida en hotel, nació el pintor. Fue instalada por “el pueblo de Madrid en el aniversario de su muerte, el 11 de mayo de 1986.”

Calle del Carmen nº 4.

Juan Gris fue un gran artista, y sin duda un hombre especial, lamentablemente su muerte tan temprana impide saber cual hubiera sido su futuro. Una de las personas que mejor le conocieron, su marchante y biógrafo Daniel-Henry Kahnweiler, dijo que Gris era el hombre más puro, el amigo más fiel y tierno que había conocido y, sin duda, uno de los artistas más nobles que la Tierra haya dado.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Espacio Telefónica
Edificio Telefónica (Entrada por calle Fuencarral nº 3).
De Martes a Domingo de 10:00 a 20:00 h

Museo Reina Sofía
Edificio Sabatini, Sala 208.

El pasado domingo día 20 de mayo el Jardín del Palacio de Buenavista, sede del Ministerio de Defensa, Ejército de Tierra, abrió sus puertas. Uno de los motivos era la celebración de un certamen de Pintura Rápida.

Aunque ya habíamos visitado el Jardín y conocemos su historia, había muchos detalles que en la anterior ocasión no pudimos contemplar. Esta vez pudimos recorrerlo a placer, y observar todo con tranquilidad. Las fuentes, el cenador con su preciosa pérgola cubierta de flores, los árboles magníficos, entre ellos el gran cedro del Líbano… Los paseos simétricos que conservan el trazado histórico, las columnas procedentes del Palacio de Fomento… y el ambiente extraordinario.

Era una delicia ver a los artistas trabajando, cómo trasladaban su idea al lienzo. A primera hora de la mañana cada uno de ellos había elegido un lugar para  instalarse, un motivo para su cuadro. Daba gusto ver cómo mezclaban los colores, cómo manejaban los pinceles, entregados a su tarea, cómo de pronto se alejaban un poco para observar su obra.

La gran protagonista, alrededor de la cual se concentraron varios pintores y mucho público, fue la estatua dedicada al Valor, obra de José Alcoverro, situada en el paseo central.

También las bonitas fuentes atrajeron a varios artistas que las representaban en estilos totalmente distintos.

Sin embargo, algunos buscaron rincones diferentes, incluso solitarios. Otros puntos de vista.

Sabemos por la web del Ministerio que el cuadro ganador se titula Primeras luces, pintado por Juan José Vicente Ramírez, y el segundo premio fue para Equipo de grabación, de Alberto David Fernández Hurtado.

Aún no se conoce la fecha exacta, pero después del día 19 de junio las obras ganadoras, junto a otras participantes, serán expuestas en el mismo lugar. El Jardín volverá a abrir sus puertas, si no lo conocéis y os apetece, será una buena oportunidad. Estaremos atentos.

Por Mercedes Gómez

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ACTUALIZACIÓN 30 junio 2012.-

Las obras de este certamen de Pintura Rápida, y otros Premios del Ejército (pintura, fotografía y miniaturas) están expuestos, hasta el 1 de julio, en el paseo central del Jardín. La pena es que, al menos hoy sábado, el resto del recinto estaba cerrado al público y no se podía pasear por todos los rincones como el pasado día 20. Aún así, es bonito, y merece la pena.

Recordemos al autor de la pintura ganadora, Primeras luces, mientras trabajaba aquel domingo fresquito de mayo:

Jardín de Buenavista, 20 de mayo 2012.

Ahora está expuesto junto al segundo premio, Equipo de grabación, y los demás seleccionados.

Primer Premio. Primeras luces, de Juan José Vicente Ramírez.

2º Premio. Equipo de grabación, de Alberto David Fernández Hurtado

Mañana domingo se puede visitar la exposición de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00.

Mercedes

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