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Los orígenes de la calle de Santa Isabel se remontan al siglo XVI cuando en esos terrenos que entonces eran solo campo, situados extramuros, el secretario de Felipe II Antonio Pérez construyó su casa de recreo, que él llamaba su Casilla, según cuentan los cronistas muy suntuosa y llena de riquezas y pinturas valiosas. Eran las afueras de la Puerta de Antón Martín, una de las puertas de la Cerca de Felipe II.
Después de que Antonio Pérez huyera su casa pasó a manos de la Corona y Felipe II creó allí un colegio para niños y niñas desatendidos. Más adelante, en los comienzos del siglo XVII Margarita de Austria, esposa de Felipe III, trasladó a la Casilla a las monjas agustinas que en tiempos de Felipe II habían llegado a Madrid procedentes de Ávila y que desde entonces estaban instaladas en la calle del Príncipe. Fue hacia 1610 cuando la Casilla fue acondicionada para Convento y las monjas, por mandato de la reina, debieron hacerse cargo del colegio que hasta ese momento había sido laico. Fue Felipe IV quien las liberó de esa tarea que al parecer no deseaban y desde entonces es otra la orden religiosa la que dirige el Colegio.
A pesar de su azarosa historia y las sucesivas reformas, el conjunto del Real Monasterio de Agustinas Recoletas de la Visitación de Santa Isabel y Colegio de Nuestra Señora de la Asunción se ha conservado hasta nuestros días, siendo una de las joyas del barroco madrileño.
Como hemos comentado en otras ocasiones, en el Madrid del siglo XVII, aparte los conventos (las monjas de Santa Isabel tenían su propia fuente), hospitales y palacios, pocas casas particulares tenían agua, la mayoría debía surtirse de las fuentes públicas.
La Fuente de Santa Isabel, ubicada junto a los muros del Convento, era una de las fuentes abastecidas por el Viaje del Bajo Abroñigal.
Según el Libro de Juntas de Fuentes conservado en los Archivos municipales, su construcción fue acordada en la Junta del 18 de junio de 1621 y encargada a Martín Gortairy o de Gortairi, quien en 1918 había trabajado como maestro de cantería junto al alarife Pedro de Pedrosa en la fuente de la plaza de la Cebada, de Juan Gómez de Mora.
Recordemos que las actividades relacionadas con los Viajes y el Agua estaban a cargo de una Junta de Fuentes, presidida por el Corregidor. El Maestro Mayor de Fuentes era el que se encargaba de las obras, y se trataba de un cargo que solía recaer en el Maestro Mayor de Obras de la Villa, en aquellos momentos reinando Felipe III era Gómez de Mora.
La fuente tenía su importancia, en el manuscrito de la Biblioteca Nacional que recorre las Casas y Calles de Madrid de mediados del siglo XVII, figura la Tercera traviesa que vuelve de la Calle de Atocha a Santa Isabel, hasta la fuente todo derecho. Era la calle de Santa Inés, que hoy como ayer va desde Atocha hasta Santa Isabel, frente al Convento.
Texeira la reflejó en su plano con el nº 56, aunque no la dibujó.
A juzgar por los documentos, debía ser sencilla, con un número de cuerpos impar, quizá tres, y estaba situada sobre unas gradas, el pilón tenía ocho antepechos. El cuerpo central estaba formado por tres piezas en los que aparecían los escudos reales y de la Villa. Tenía cuatro caños por lo que se supone eran cuatro las caras, la última estaba rematada por una cruz de bronce.
No se conoce con certeza su devenir a lo largo de los siglos. En la foto que mostramos a continuación, de comienzos del siglo XX, no hay ninguna fuente junto al Monasterio.

Monasterio de Santa Isabel (Foto: http://www.flickr.com/photos/nicolas1056/6220285001/)
La fuente actual está datada alrededor de 1900.
Las gradas desaparecieron, también el pedestal de piedra que alojaba el sistema de suministro de agua que fue sustituido por otro de metal fundido por Picazo como muestra la inscripción en la base.
El pilón con basa, cuerpo central y cornisa es de granito; tampoco debe ser el original pues este tiene seis antepechos. En el centro, el mástil de metal atornillado a la base sobre una pieza también de piedra separa dos vasos. En el pilón hay unos hierros forjados que debían servir para apoyar los cántaros.
Dicho mástil o columna de planta cuadrada está decorada con dibujos de inspiración modernista, unas franjas vegetales en la basa, una flor en el fuste -donde se encontraban los caños- y unas bolas en el capitel.
El año pasado se realizaron obras de reforma de la calle, incluyendo renovación de calzada y aceras, que fueron ensanchadas.
Demostrando una valoración de la fuente por parte del Ayuntamiento, en el suelo fue colocada una placa que dice que su construcción fue realizada por el maestro cantero Martín de Gortairy entre 1621 y 1622.
También fue retirada la inoportuna señal de tráfico que estaba situada junto al pilón.
Lo cierto es que no se sabe si conserva algún elemento de la fuente primitiva. En cualquier caso, y aunque no se trate de una fuente monumental, es uno de los escasos antiguos caños de vecindad que a duras penas subsisten en Madrid.
Aunque sin agua, clausurados los grifos, y maltratada por algunas personas que la consideran su basurero y la pintarrajean impunemente, tiene su encanto, y sobre todo es uno de esos sencillos elementos urbanos que discretamente también nos cuentan la Historia de Madrid.
por Mercedes Gómez
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Bibliografía:
www.monumentamadrid.es
Manuscrito Libro de las casas y calles de Madrid Corte de España. 1658. Transcripción de Roberto Castilla.
Mª del Sol Díaz y Díaz. Fuentes públicas monumentales del Madrid del siglo XVII. Revista Villa de Madrid nº 53. Madrid 1976.
M. Molina Campuzano. Fuentes artísticas madrileñas del siglo XVII. Ayuntamiento de Madrid – IEM 1970.
Volvemos a la calle de Toledo y a contemplar el misterioso muro que se encuentra a la altura del nº 72, en el corazón de la manzana.
La Manzana 102 comienza a numerarse en la calle de Toledo, continúa por la del Humilladero y vuelve por la de la Sierpe.
Lo más sorprendente es que los terrenos sobre los que se asienta tienen una historia muy antigua, que se remonta a los orígenes de la propia villa de Madrid allá por el siglo IX.
En 2006 se realizaron excavaciones arqueológicas en el solar del actual nº 68 de la calle de Toledo que descubrieron un hallazgo excepcional, de una gran importancia para la historia de Madrid quizá no suficientemente resaltada. Revelaron la existencia de una necrópolis musulmana que abarcaría desde el siglo IX hasta el XV.
Se hallaron una serie de fosas cuyo estudio puso de manifiesto que en las proximidades de este lugar un grupo de población practicaba el ritual islámico de enterramiento.
Es muy interesante el hecho de que los análisis de los restos mostraron la existencia de cuatro etapas en la necrópolis con una progresiva islamización de la sociedad que la utilizaba. Desde finales del siglo IX hasta la primera mitad del siglo XV. Lo cual demostraría la presencia de población musulmana en la zona a lo largo de todo este largo periodo, desde el momento en que los árabes se establecieron hacia 865 en época de Muhammad I y fundaron Mayrit, la pequeña ciudad amurallada, o poco después.
Con la llegada de los cristianos a finales del siglo XI y el reinado de Alfonso VI, la comunidad mudéjar continuó utilizando el cementerio. Quizá hasta los comienzos del siglo XVI, en que los mudéjares fueron obligados a marcharse de Castilla o convertirse al cristianismo por decreto de los Reyes Católicos. Fue después del establecimiento de la capitalidad cuando estos terrenos comenzaron a urbanizarse, como ya contamos.
Dichos restos arqueológicos avalan la existencia de los arrabales musulmanes, en las Vistillas y en la zona de Puerta Cerrada, de los que ya hemos hablado ampliamente en este blog.
El cementerio pudo ocupar una gran extensión de terreno, desde Puerta de Moros (cuando aún no debía existir) hacia el sur, sobre las actuales manzanas 101 y 102, entre las calles de Toledo y Humilladero.
Según la Planimetría de Madrid, a mediados del siglo XVIII la manzana 102 constaba de 20 sitios o casas. Comenzaba a numerarse, sitio nº 1, en el actual nº 64 de la calle Toledo, esquina calle de la Sierpe, donde iniciamos nuestro paseo.
Como decíamos al principio, en el nº 68 (antiguo sitio nº 5) es donde fueron hallados los vestigios de vida medieval. Posteriormente se construyó un nuevo y bonito edificio, acorde con la estética de la calle.
El actual nº 70 (sitios 6 y 7) pertenecía según la Planimetría al rector y colegio de clérigos irlandeses. Por aquí tenía una entrada el Colegio y la Iglesia de San Patricio, llamada popularmente de los Irlandeses, aunque la entrada principal estaba en la calle del Humilladero, como veremos.
En el nº 72 se encuentra el solar que ya conocemos, donde se encuentra el muro que visitamos hace unas semanas. Es el sitio nº 8 de la Planimetría.
El estrecho y alargado solar, colindante con el Hospital de los Irlandeses, a mediados del siglo XVII estaba ocupado por una casa propiedad de Alonso Muñoz, barbero. En el XVIII pasó a manos del convento de los Trinitarios.
Actualmente es un solar con el muro de ladrillo y pedernal al fondo que consideramos muy antiguo y que en la entrada anterior relacionamos con la proximidad de la Cerca.
Dada su situación, en el límite del solar contiguo -en el pasado, propiedad de los clérigos irlandeses-, observando el plano, creemos que podría haber pertenecido al conjunto del Hospital y Colegio de San Patricio, o acaso éste se habría apoyado en él. La historia del solar resulta muy sugestiva y nos invita a imaginar… ¿pudo existir aquí una tapia anterior a la urbanización de la zona?.
Seguimos nuestro camino y llegamos al lugar donde en el siglo XVI se encontraba la Puerta de Toledo correspondiente a la Cerca de Felipe II, y tomamos la calle del Humilladero que se dirige hacia la plaza de la Cebada.
La vía tiene una forma curva muy singular, seguramente heredada de los tiempos en que se formó siguiendo el camino medieval.
Frente a la calle de los Irlandeses -antes San Gregorio- se encontraba la entrada principal a la iglesia. Pascual Madoz se refiere al conjunto como Hospital de San Patricio de los Irlandeses y cuenta cómo cuando hacia 1629 los clérigos católicos de Irlanda tuvieron que emigrar por las guerras civil y religiosa, muchos de ellos llegaron a España y fueron acogidos en la Corte.
En un principio se alojaron en la ermita de San Joaquín y Santa Ana, en la entonces plazuela de los Afligidos –aproximadamente donde hoy se halla la plaza de Cristino Martos-, hasta que en 1635 se trasladaron a la calle del Humilladero. En estos primeros momentos su casa era solo un humilde oratorio. Luego se construyó el conjunto del Hospital, Colegio, y la Iglesia, que aún no está representada por Texeira, sí un siglo después por Chalmandrier.
Según la descripción de Madoz, a mediados del XIX la iglesia constaba de una pequeña nave, en el retablo mayor en el centro se encontraba la imagen de Nuestra Señora de la Purificación, y en el ático San Patricio. Sus estatuas más notables eran las que representaban a San Joaquín y Santa Ana.
En el Museo Nacional de Escultura de Valladolid hay dos imágenes que llegaron allí en 1941 procedentes del Servicio Militar de Recuperación del Patrimonio Artístico que Jesús Urrea piensa pueden corresponder con las vistas y mencionadas por Tormo en esta iglesia de los Irlandeses en 1915, catalogadas por Ceán Bermúdez como obras del escultor barroco Pablo González Velázquez.
El lugar donde se encontraba el templo, destruido durante la guerra civil, corresponde a los actuales nº 19-21 de la calle Humilladero. Las casas modernas, sus portales y sus ventanas han debido adaptarse a la forma de la manzana.
Frente a la esquina de la calle de la Sierpe, en un entrante de la acera que se utiliza solo para aparcar motocicletas, una inscripción recuerda que allí estuvieron las Fuentes del Humilladero; debía tratarse de algunos caños de vecindad.
El edificio del nº 5, con el letrero de una vieja carbonería, es quizá el más antiguo de la manzana, y como indican los letreros de la Visita General -los únicos que se conservan-, corresponde a las casas 18 y 19.
El nº 3 ocupa el solar de la antigua casa nº 20, la última de la histórica manzana, que también pertenecía a los clérigos irlandeses.
Y así llegamos de nuevo a la calle de Toledo, tras un breve pero intenso paseo por la historia de Madrid, desde el siglo IX al XXI.
Por Mercedes Gómez
Y…
Gracias a José Luis Díaz, por su alegre empeño investigador, por sus paseos alrededor de la manzana 102, por sus visitas a tiendas, patios y portales conversando con los vecinos, por sus explicaciones, sus buenas fotos… en fin por su gran ayuda.
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Bibliografía:
Manuscrito Libro de las casas y calles de Madrid Corte de España. 1658. Transcripción de Roberto Castilla.
Planimetría General de Madrid.
José Luis Garrot. Mayrit ciudad andalusí.
José Ignacio Murillo. Registro estratigráfico de una necrópolis musulmana en la calle Toledo, 68 (Madrid). Actas de las III jornadas de Patrimonio Arqueológico en la Comunidad de Madrid. 2006. (pág. 89)
Pascual Madoz. Madrid. Audiencia, Provincia, Intendencia, Vicaría, Partido y Villa. Madrid 1848.
Jesús Urrea. Una propuesta para el escultor Pablo González Velázquez. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (1977)
En Madrid no quedan muchos ejemplos de arquitectura civil del siglo XVII, pero en algunos barrios sí perviven las huellas de lo que fue la vida en aquellos tiempos y el espíritu de sus moradores. Es el caso del barrio de las Letras y del barrio de la Corredera y aledaños. En algunos de sus rincones parece que se ha detenido el tiempo. En el barrio de las Letras se puede respirar el aire que sus antiguos habitantes compartieron. Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Luis de Góngora, Quevedo…
Francisco de Quevedo nació en Madrid en septiembre de 1580. Aunque nunca tuvo una vida estable ni domicilio fijo, en Madrid llegó a ser propietario de dos casas, lo cual no era fácil en aquellos tiempos. Ninguna de las dos se conserva.
La primera estaba situada en la calle del Niño, hoy llamada calle de Quevedo, que compró en 1620 en el barrio de los corrales de comedias, poblado por comediantes, escritores, pintores, escultores… un barrio lúdico y animado, con numerosas tabernas, fondas, casas de juego y mancebías que nuestro literato protagonista frecuentaba. Es obligado recordar que en esa casa vivió de alquiler Luis de Góngora varios años. Parece ser que Quevedo nunca la habitó, sin embargo una espléndida lápida le recuerda (no así a Góngora), en la esquina a la calle de Lope de Vega, antes Cantarranas.
La segunda casa estaba en la calle de la Madera que en aquel tiempo estaba dividida en dos tramos, la Madera Baja, que iba desde la calle de la Luna hasta la del Pez. Y la de la Madera Alta, que subía desde Pez hasta Espíritu Santo. En el siglo XX se convirtió en una única vía, aunque se conservan los bonitos letreros antiguos.
Su hermana Margarita, cinco años menor, se casó con Juan de Alderete, caballerizo del rey, y eligieron para vivir un barrio más tranquilo, el barrio de la Corredera, en el que habitaban otros servidores reales, así como tratantes y mercaderes. La casa propiedad de Margarita estaba en la calle de la Madera Alta y allí acudía Quevedo de vez en cuando. Ella murió en 1633.
En diversas fuentes se considera que esta “casa de Quevedo” estuvo situada en el lugar que hoy día corresponde a los números 24-26, una de las construcciones más antiguas del barrio, proyectada en 1792 por Juan Manuel Martín Vidal. Entre 1797 y 1803 allí vivió el músico Luigi Boccherini, tal como indica una placa en la fachada.
Según se ha publicado estos días el edificio es propiedad del Ayuntamiento y está dedicado a vivienda social, sin embargo al parecer está en venta junto a otros de similares características.
Aunque de finales del siglo XVIII estas casas nos recuerdan la arquitectura del siglo XVII, incluso en su interior, pues conserva el patio, bien cuidado, con los restos de una fuente de piedra y algunos arbolitos.
Era la casa nº 22 de la Manzana 459 que empezaba a numerarse por la calle del Escorial, bajaba por la del Molino de Viento, calle del Pez y subía por la de la madera Alta hasta la del Escorial nuevamente.
Según la Planimetría de Madrid se componía de dos sitios o inmuebles colindantes que ni en el siglo XVIII ni anteriormente habían pertenecido a Quevedo ni a ningún miembro de su familia.
Sin embargo, la casa contigua, la casa nº 23 (actual nº 28), una casa más pequeña y modesta, sobre un solar estrecho y alargado que actualmente también conserva sus antiguas dimensiones, nos revela la Planimetría, sí fue de Margarita de Quevedo.
Por tanto la “casa de Quevedo” estuvo en el lugar que hoy ocupa el número 28 de la calle de la Madera.
Probablemente el error tenga su origen en los cambios que ha sufrido la numeración de la calle a lo largo del siglo XX.
Escribió Mesonero Romanos antes de 1861 que “En la calle Alta de la Madera, al número 26 nuevo, existió hasta hace poco, que fue reedificada de planta, una casa que fue propiedad de D. Francisco Quevedo y Villegas, y luego de su descendiente D. José Bustamante y Quevedo… Esta casa ha sido derribada y construida de nuevo.”
En tiempos de Mesonero, y otros cronistas del siglo XIX, la casa de los Quevedo era la nº 26 de la calle, y este dato ha debido ser trasmitido hasta hoy día por diversos autores. Pero desde mediados del siglo XX la antigua casa que fue propiedad de Margarita, luego quizá de Francisco, y finalmente en el siglo XVIII de sus herederos, como nos indica la Planimetría, es la nº 28.
La casa actual fue levantada en el siglo XIX, como también nos cuenta Mesonero, conserva sus bonitas puertas de madera y la escalera de piedra de la entrada.
Continuamos camino por la empinada calle, que guarda muchos detalles evocadores de su pasado. Antiguos oficios, encuadernadores, broncistas… y bellas puertas adinteladas.
Quevedo murió en septiembre de 1645 cuando iba a cumplir 65 años, tras una vida muy agitada y azarosa, pero su recuerdo pervive en estos barrios madrileños por los que transitaba, igual que otros personajes del Siglo de Oro, incluso el mismísimo rey Felipe IV.
Por : Mercedes Gómez
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Fuentes:
Planimetría General de Madrid.
Fundación Francisco de Quevedo
COAM. Guía de Arquitectura de Madrid. 2002.
Ramón de Mesonero Romanos. El antiguo Madrid : paseos históricos-anecdóticos por las calles y casas de esta villa. Tomo segundo. 1861.
El Paseo de las Delicias nace en la plaza del Emperador Carlos V, en el lugar donde estuvo la Puerta de Atocha, hasta el año 1851 en que fue derribada, y llega hasta la plaza de Legazpi. Su historia se remonta al siglo XVIII. Antes, en el siglo XVII, tras la puerta que en el plano de Pedro Texeira aparece con el nombre de Puerta de Vallecas únicamente existía un camino rodeado de sembrados.
En 1748, reinando Fernando VI, dentro de un amplio plan de reformas de la zona, se construyó una nueva Puerta. A la salida, extramuros, como continuación del Salón del Prado, se crearon unos hermosos paseos arbolados en dirección al Río Manzanares que recibieron el nombre de Las Delicias. El artista italiano Antonio Joli reflejó las novedades en uno de sus mágicos cuadros realizados durante su estancia en Madrid, la Vista de la Calle de Atocha. A la izquierda, tras la nueva puerta de la Cerca que rodeaba Madrid, Joli pintó el inicio de los paseos.
La imagen más ilustrativa es otra bella pintura creada hacia 1785 por Francisco Bayeu, pintor de cámara, El paseo de las Delicias, un pequeño óleo sobre lienzo de 37×56 cm. que podemos contemplar en el Museo del Prado.
En la segunda planta al sur del edificio, se encuentran las salas dedicadas al siglo XVIII español, entre ellas la Sala de Bocetos y Pintura de Gabinete. Una de las obras expuestas es este boceto para un cartón de tapiz realizado para el cuarto de los Príncipes de Asturias del Palacio del Pardo.
El Paseo de las Delicias se convertiría en uno de los más frecuentados de la ciudad. Su ambiente era más popular que el del Salón del Prado, que era visitado por los nobles y clases más altas, pero era igualmente lugar de alegre entretenimiento y relación social. En el cuadrito de Bayeu se puede apreciar muy bien cómo debía ser la vida allí y los personajes que lo animaban.
Según la descripción de Pascual Madoz, en el siglo XIX, a la salida de la puerta se veían dos malas fuentes (debían ser abrevaderos para el ganado), y tras un camino alargado se llegaba a una plazuela en la que había otras dos fuentes, de la cual partían tres caminos: el denominado paseo de las Delicias que llevaba al puente de Santa Isabel sobre el Canal del Manzanares, adornado con cuatro filas de árboles y dividido en tres calles, y el de Santa María de la Cabeza, de iguales características, que llevaba hasta el Embarcadero. Tanto uno como otro tenían de trecho en trecho sus plazuelas, algunas con bancos de piedra, y eran muy frecuentados por las personas que paseaban por conveniencia y sin otro objeto que respirar un aire libre. Finalmente, el último ramal que salía de dicha plazuela era la Ronda de la Cerca que rodeaba Madrid, que desde la Puerta de Atocha se dirigía a la Puerta de Toledo.
Cuando se creó el paseo de las Delicias de Isabel II, actual paseo de la Castellana, nuestro paseo recibió, para diferenciarlo, el nombre de Delicias del Río.
La construcción de la Estación de Delicias, proyectada en 1878, y la de Atocha pocos años después, en 1890, condicionaron la evolución del barrio. Por entonces ya habían comenzado a trazarse las calles hasta la línea que marcaba el paso del ferrocarril, que partía el barrio en dos (futura calle del Ferrocarril). En los comienzos del siglo XX la zona ya estaba urbanizada, desde Atocha hasta el Río. Al abrigo de la Estación de Delicias se instalaron varias fábricas y almacenes de tipo industrial. También surgieron nuevas formas de ocio, los cines, los bares… , el paseo continuaba siendo un lugar de esparcimiento y encuentro, como lo fuera en el siglo XVIII.
En los años 40 y 50 había varios cines de sesión continua a lo largo de la calle. Uno de ellos fue el Lusarreta, que con el tiempo se convertiría en el nuevo Teatro Cómico. En 1945 se inauguró el Pizarro, y al final de la década, el 6 de abril de 1958, se inauguró el Candilejas, en la plaza de Luca de Tena. Era un cine de los llamados de “reestreno” donde los vecinos podían ver las películas más recientes sin tener que acudir a las salas del centro. Desapareció, como tantos cines de barrio, pero aún perviven su recuerdo y los restos de la antigua entrada.
Por entonces, no es cosa de ahora, según leemos en la publicidad de la época, se puso de moda ver los partidos de fútbol en televisión en los bares por toda la ciudad, algunos de ellos en el Paseo de las Delicias, como por ejemplo en el entonces llamado Bar el 5, en el nº 5 del paseo.
Hoy día el paisaje es muy diferente, ya no existe una cerca ni puertas que cierren la ciudad, pero perviven huellas de la historia vivida.
Algunos de los edificios que jalonan el Paseo hoy día fueron construidos en los comienzos del siglo XX, como los primeros números, del 8 al 14, entre 1900 y 1910. En el nº 19, esquina a la calle Murcia, hay una bonita casa construida hacia 1925, con sus balcones de onduladas rejas.
Justo enfrente, en el número 28, el 12 de septiembre de 1959, fue inaugurado el Hotel Carlton, de 1ª categoría. Pocos pasos después, en el 27, se encuentra el callejón de entrada a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, que ya visitamos.
Entre las nuevas edificaciones de los años 40, en el nº 74-76 destaca un edificio de Secundino Zuazo y Vicente Eced.
En la plaza de Luca de Tena, como en las plazuelas dieciochescas, hay bancos y jardincillos, con árboles y arbustos, incluso un bonito madroño que el próximo otoño dará su fruto.
En 1970 se inauguró la nueva parroquia de las Delicias, actual nº 61. El barrio iba cambiando con los tiempos y de acuerdo a sus necesidades. A continuación pervive la verja de entrada a la antigua Estación de Delicias, donde en 1984 se instalaron el Museo del Ferrocarril y el Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica, este último quizá bastante desconocido. Ambos merecen una visita.
En el nº 67 se encuentra otro de los edificios más antiguos, el Colegio de Nuestra Señora de las Delicias, originalmente Instituto del Pilar para la Educación de la Mujer, para huérfanas hijas de Madrid, construido entre 1902 y 1913 junto al campo de fútbol de La Ferroviaria, según proyecto de Julio Martínez-Zapata, uno de los arquitectos para los que trabajó el escultor Ángel García Díaz, autor de algunas de las esculturas de la Capilla.
La fachada neomudejar parece haber sido restaurada recientemente y luce alegre.
El paseo es muy largo. Al final, en una de las antiguas plazoletas, hoy gran plaza de la Beata María Ana de Jesús, se cruza con la calle de Embajadores antes de continuar su camino hasta las proximidades del Río.
En el siglo XXI las tiendas tradicionales han ido desapareciendo, también las fábricas y los cines, incluso la Estación, pero hoy día el Paseo de las Delicias continúa siendo un paseo arbolado. Aunque ahora destinado a los automóviles, a ambos lados, sus aceras, con bancos de madera, siguen siendo lugar de encuentro del barrio.
Por Mercedes Gómez
Continuando nuestros paseos en busca del Madrid medieval hoy os invito a detenernos en la calle del Codo, un discreto callejón situado a espaldas de la plaza de la Villa, donde comienza.
No es fácil imaginar cómo sería la zona en los siglos X y XI, recordemos que estaba habitada por población árabe, que vivía de la agricultura y la ganadería, conformando los arrabales de la primera medina mayrití. A causa de la imparable expansión de la villa las construcciones fueron surgiendo en torno a los tortuosos caminos que sin duda surcaban las tierras. La calle del Codo pudo ser uno de ellos.
Por entonces la plaza de la Villa no existía, al menos tal como la conocemos hoy. Los gruesos muros aparecidos en la esquina con la calle Mayor, como comentamos hace unos días, indican que por allí pudo discurrir la segunda muralla árabe.
Mucho después, en el siglo XV, cuando Madrid ya era una ciudad cristiana y la plaza de San Salvador, hoy de la Villa, se había convertido en lugar principal (lugar de reunión del Concejo y de mercado), allí construyeron sus casas los poderosos Lujanes. Hacía mucho tiempo que la hipotética segunda muralla árabe pudo ser levantada frente a estos terrenos pero no podemos dejar de preguntarnos, si existió, cómo influyó en las construcciones aledañas, entonces y posteriormente.
Allí nació la hoy llamada calle del Codo, en la plaza de la Villa, para dirigirse a la plaza del Conde de Miranda.
La calle recibió esta denominación por su forma, similar a un brazo doblado, y no fue la única. Existió la calle del Codo a San Pedro (actual Travesía del Nuncio), la calle del Codo a la de los Preciados (hoy Callejón de Preciados)… hubo bastantes calles del Codo y del Recodo… Una de las más antiguas, y la que conserva el nombre es la que hoy recorremos.
En su inicio se encuentra la bella puerta de entrada a la Torre de los Lujanes, como sabemos sede de la Sociedad Económica Matritense.
Continúa rodeando la Torre y la Casa de los Lujanes, sede de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Una placa de cerámica nos lo recuerda. Unos pasos más adelante, tras una de las rejas, otra placa indica la existencia de una Biblioteca.
A continuación se encuentra, desde el siglo XVII, el Convento de Corpus Christi de religiosas jerónimas recoletas, conocido como Convento de las Carboneras. Por ello, en algún momento la vía fue conocida como de Nuestra Señora de la Carbonera. Enfrente, la fachada lateral de un edificio de viviendas proyectado en 1768 por Pablo Ramírez de Arellano sobre terrenos que pertenecían al Convento, según consta en la Planimetría de Madrid.

A la izquierda, entrada al Convento de las Carboneras (calle del Codo vista desde la plaza del Conde de Miranda)
La calle del Codo es breve y estrecha, no figura en la lista de calles importantes, ni exhibe fachadas monumentales, sin embargo su sinuoso trazado y sus magníficos edificios, con la ayuda de nuestra imaginación, nos ofrecen un paseo por la Historia de Madrid.
Por Mercedes Gómez
Las Escuelas Pías de San Fernando fueron el primer colegio perteneciente a la Orden de los Padres Escolapios creado en Madrid, anterior a las Escuelas Pías de San Antón de la calle de Hortaleza.
El Convento y Colegio de San Fernando, fundado en 1729 por el padre rector de las Escuelas Pías, se instaló en la calle del Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés, en los terrenos donde en 1617 se había levantado el Hospital de Nuestra Señora de Montserrat perteneciente a la Corona de Aragón, en la esquina de la entonces calle de Cabestreros con Tribulete.
El número de alumnos acogidos fue aumentando poco a poco, así que tras la adquisición de otras casas en el mismo solar se decidió construir un nuevo Colegio más espacioso encargándose el proyecto a Francisco Ruiz, uno de los notables arquitectos madrileños de la primera mitad del siglo XVIII, arquitecto de la Corte y Villa de Madrid, como él mismo firmó en algún documento.
Recorriendo despacio la calle del Mesón de Paredes y sus alrededores se encuentran las huellas de antiguos conventos, recuerdos de fuentes cuyas aguas en el pasado ofrecían eróticas promesas, una de las cuales se conserva, la Fuente de Cabestreros, iglesias y tabernas centenarias, corralas… y se intuye la presencia de los arquitectos castizos que de un momento a otro imaginamos se van a cruzar con nosotros camino de su casa, ataviados con casacas y calzones a la francesa o acaso con chaquetillas cortas como las de los majos del barrio…
Francisco Ruiz, que nació en Barajas hacia 1680, casado con María Campoy y con tres hijos, tuvo sus casas principales en la calle de la Encomienda. Casi de la misma edad que Pedro de Ribera, quien recordemos nació y vivió en este barrio, fueron vecinos y probablemente se conocieron. Sin duda, el barroco, primero de Ardemans y luego de Ribera, influyó en él. Y, aunque la arquitectura oficial estuviera dominada por estos dos arquitectos, Ruiz también recibió algunos encargos y se movió en el ambiente de la Corte.
El otro maestro de Ribera, José Benito de Churriguera, curiosamente, quince años antes también había nacido en la calle Mesón de Paredes, en el nº 2, como nos recuerda una placa.
En 1734 Ruiz proyectó la planta del Colegio, del Convento y su Iglesia, y tres años después comenzó su construcción.
Tras la muerte del arquitecto en 1744, José Álvarez continuó con las obras del conjunto que finalizaron en 1791, exhibiendo una arquitectura heredera de la del siglo XVII. La fachada principal daba a la calle de Mesón de Paredes, actual número 68, aunque el Colegio tenía una entrada por la calle del Tribulete.
En el interior de la iglesia, sus altares guardaban una colección de esculturas de gran valor, en madera policromada a tamaño natural, obra de los más renombrados escultores. Un San Juan Bautista de Manuel Pereira, un San José y una Virgen de las Angustias de Juan Adán… y varias obras de Alfonso Bergaz, entre ellas una imagen de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías.
En el siglo XIX se acometieron varias obras de ampliación del Colegio que llegó a tener unas buenas instalaciones, biblioteca, gabinete de Historia Natural, de Física, comedor para los alumnos internos, sala de visitas, etc.
Desgraciadamente en 1936 llegó la guerra civil, tras la cual solo quedaron en pie las ruinas de la iglesia: la fachada, parte de los muros, el crucero con el tambor de la cúpula y algunos elementos decorativos.
En los años 40 en parte del solar, con fachada a la calle de Embajadores, se construyó el Mercado de San Fernando, obra de Casto Fernández-Shaw.
Después, hacia 1950 en el solar de la calle del Tribulete donde estuvo el Colegio, se inauguró el Cine Lavapiés. En sus bajos se encontraba la Sala de Fiestas famosa en los años 50, Moulin Rouge, o El Molino Rojo, como se anunciaba a veces, la más típica de Madrid, que estuvo abierta hasta el comienzo de los años 80.
En 1979 el cine, que llevaba cinco años cerrado, fue convertido en el Teatro Lavapiés, hasta 1984 en que fue cerrado. Tres años después el Ayuntamiento adquirió el edificio con el proyecto de crear un museo, teatro, local para representaciones de zarzuela… incluso se llegó a hablar de su nombre, el futuro Centro de Casticismo. Pero pasaban los años y lo único que prosperaba era el deterioro del lugar, por eso en 1993 cuando llegaron las máquinas de obra los vecinos creyeron que comenzaba la restauración del edificio, sin embargo lo que pudieron contemplar fue su demolición, llevada a cabo por decisión del nuevo Consistorio.
Los locales del viejo cine, en el nº 16 de la calle del Tribulete, estaban catalogados con el máximo nivel de protección (que en cualquier caso implicaba que la nueva construcción debería ser dedicada al mismo uso cultural) por lo que su derribo provocó bastante polémica entre los vecinos y la prensa.
La historia de las Escuelas Pías es también la historia de la plaza creada sobre las ruinas de la antigua Inclusa y el Hospital de Maternidad que ocupaban el solar contiguo a las Escuelas, en el nº 66 de Mesón de Paredes.
El edificio fue derribado. En su lugar se construyeron varias viviendas y un parque, uno de los tres inaugurados el día 15 de mayo de 1973.
En la esquina una placa recuerda que en la Inclusa vivió Eloy Gonzalo.
Se crearon tres plazas ajardinadas con numerosos árboles de distintas especies, arbustos, hiedras, césped y bancos. La plaza de la Corrala, de la Iglesia y del Sombrerete.
Alrededor de las ruinas de la iglesia se creó un jardín que se comunicaba con la plaza del Sombrerete formando casi una única plaza.
Los jardines del Sombrerete fueron adornados además con una fuente, copia de la Fuente de los Delfines que se encontraba -y que continúa- en la plaza de San Ildefonso. Un artístico caño de vecindad de hierro fundido que representa dos delfines entrelazados.
Desde hace unos años la del Sombrerete es conocida como la plaza de Agustín Lara. En 1975, nuevamente en mayo, fue inaugurada la estatua dedicada a este músico muy querido en nuestra ciudad, autor entre otras obras del famoso chotis Madrid. La estatua de bronce es obra del escultor mexicano Humberto Peraza, y el pedestal de granito fue costeado por el Ayuntamiento. En una foto de aquellos años se ve que fue situada de espaldas a Mesón de Paredes, mirando hacia los jardines. Al otro lado de las escaleras que bajaban al jardín se aprecia la fuente.
En 1999 comenzaron las obras de construcción de un aparcamiento bajo la plaza, siendo retirada la escultura. El proyecto global fue obra del arquitecto José Ignacio Linazasoro. Los trabajos finalizaron en 2001.
Agustín Lara volvió a la plaza, al lugar que hoy ocupa, junto a las ruinas.
Entre 2001 y 2004 se puso en marcha el proyecto realizado por el mismo arquitecto para la restauración y rehabilitación de las Ruinas de las Escuelas Pías con el fin de convertirlas en biblioteca y la construcción de un aulario para la Universidad Nacional a Distancia (UNED). Sobre el solar del teatro, que estaba vacío desde que fue derribado, se construyó el Aulario.
Y en las ruinas de la iglesia se creó la Biblioteca.
Entre ambos, la nueva construcción y las viejas ruinas, separadas por el gran desnivel de la calle del Mesón de Paredes, se construyó una escalera que por un lado distribuye las dependencias del nuevo edificio y por otro se asoma a la biblioteca instalada en la iglesia.
Los materiales utilizados, la cálida madera y el sencillo ladrillo junto al hormigón, ayudan a la integración de las nuevas estructuras con las antiguas.
Arriba nos espera una acogedora terraza desde la cual podemos asombrarnos una vez más contemplando los tejados bajo el cielo de Madrid.
La idea era integrar la Biblioteca en las ruinas, sin alterarlas, de forma que conservaran su aspecto sugestivo y romántico.
Todo el proyecto estaba condicionado por los restos del edificio primitivo. Por una vez, lo nuevo se supeditó a lo viejo, los restos del pasado no se exhiben como un mero adorno sino que son valorados en sí mismos.
Los altares del templo ahora vacíos rodean el nuevo y confortable espacio lleno de libros y luz. Sobre el arco de medio punto de la emblemática rotonda aunque un poco maltrecho pervive el Escudo de las Escuelas Pías sostenido por dos ángeles, obra de Alfonso Bergaz, como símbolo y recuerdo de la historia de esta institución en el barrio de Lavapiés y en Madrid.
por Mercedes Gómez
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Bibliografía:
COAM. Guía de Arquitectura de Madrid. Madrid 2003.
José Ferrándiz. El templo de San Fernando y su olvidado tesoro artístico. Revista de la Biblioteca: Archivo y Museo del Ayuntamiento, nº 11, jul. 1926.
Virginia Tovar. Tres proyectos del arquitecto madrileño del siglo XVIII, Francisco Ruiz. Revista de la Biblioteca: Archivo y Museo del Ayuntamiento, nº 1-2, 1977.
Margarita Jiménez. Madrid en sus plazas, parques y jardines. Abaco Ediciones 1977.
ABC, 15 mayo 1973.
El País, 5 nov. 2001
La Plaza del Conde de Barajas se encuentra en el corazón del Madrid Medieval, al que tanto nos gusta volver de vez en cuando, visitar sus rincones y, siempre con la ayuda de la imaginación, recrear su historia.
Allí, junto a la muralla, entre la Puerta de Guadalajara y la Puerta Cerrada, en los comienzos del siglo XV Ruy Sánchez Zapata construyó su casa-palacio. Don Ruy, que pertenecía a la sexta generación de los Zapata, originarios del Reino de Aragón, fue el primero de una familia que se convertiría en una de las más influyentes de la nobleza madrileña.
Nació alrededor del año 1360 y siendo un doncel creció junto a la hija del rey Pedro IV, Leonor. La infanta se casó en 1375 con el que llegaría a ser el rey Juan I. Al parecer el joven Ruy llegó a Castilla con el cortejo de doña Leonor. En algún momento, en los comienzos del siglo XV, nuestro protagonista se estableció en Madrid, ya para siempre.
Por entonces era Copero Mayor de Enrique III (hijo de los mencionados Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón), uno de los monarcas castellanos que mostró más querencia por la Villa, vivió largas temporadas en ella y realizó obras en el Alcázar con el fin de acondicionarlo como residencia real.
Antes de continuar, merece la pena que volvamos por un momento al Castillo de la Alameda que recordemos fue construido hacia 1400 por Diego Hurtado de Mendoza cuya familia había obtenido los Señoríos de Barajas y la Alameda unos años antes. El poderoso don Diego se casó dos veces y, además, tuvo una amante, su prima Mencía Gonzalez de Ayala, a la que, a su muerte en 1404, legó los señoríos, y el Castillo.
Dos años después Ruy se casó con Mencía, quien desgraciadamente murió pocos años después. Él heredó su fortuna y los señoríos de las antiguas aldeas de Barajas y La Alameda, que ella había entregado como dote. Así fue cómo el Castillo pasó de los Mendoza a los Zapata.
Por esa época, tras la muerte de Enrique III, desempeñó la misma función de Copero Mayor para su hijo Juan II, que reinó desde 1406 hasta 1454.
Cuando Ruy quedó viudo contaba más de 50 años, sin descendencia, por lo que al poco tiempo se concertó una nueva boda con la joven Constanza de Aponte con la que tuvo tres hijos. Otra muestra de su vecindad y poder en la Villa es que en 1421 fue procurador en Cortes por Madrid.
Sin duda Don Ruy eligió un buen lugar para establecerse, cerca de la Puerta más importante, la de Guadalajara, principal salida de Madrid, junto a la plaza de San Salvador, hoy plaza de la Villa, lugar de mercado y de reunión del Concejo.
Como decíamos al principio, allí, al abrigo de la muralla, en 1430 construyó Ruy Sánchez Zapata su palacio.
Ese mismo año Ruy y su segunda esposa Constanza fundaron una capilla junto a la cercana iglesia de San Miguel de los Octoes, muy lujosa y con un rico artesonado según los cronistas, la de Nuestra Señora de la Estrella.
Parece ser que Ruy Sánchez Zapata llamado “el Viejo” fue un hombre longevo para la época, vivió al menos 75 años. Su hijo primogénito, Ruy Sánchez Zapata “El Mozo”, heredó su cargo de Copero de Juan II y los Señoríos.
En 1572 Felipe II otorgó el título de Conde de Barajas a su descendiente Francisco Zapata y Cisneros. Los Zapata, condes de Barajas, llegaron a ser dueños de gran parte de las casas de la zona, con el tiempo darían nombre a la plaza, que ya aparece así representada en el plano de Texeira.
De aquellos tiempos medievales no queda nada, apenas la forma de las calles y la muralla, y el recuerdo de la vida de don Ruy y sus ricos descendientes, pero hoy día la plaza es una de las más bonitas, y su arquitectura nos ofrece un bello paseo por la historia de Madrid.
En el nº 1, sobre el antiguo Palacio de los Zapata, se encuentra el que fuera Palacio de la Secretaría de la Santa Cruzada. Construido en 1888 por Gabriel Abreu según proyecto de Francisco de Cubas y González-Montes, marqués de Cubas.
En el nº 2, un edificio de viviendas, uno de los más antiguos de Madrid, pues su origen se remonta a los años 60 del siglo XVII, conservando las características sencillas típicas de la arquitectura del Siglo de Oro.
En el nº 3, construido en los comienzos del siglo XX, la filósofa María Zambrano vivió desde 1931 hasta 1936, así lo recuerda una placa.
Los nº 4 y 6 son obra de Valentín Roca Carbonell, del año 1910.
En los años 80 del siglo XX la plaza del Conde de Barajas se convirtió en la plaza de los pintores.
Desde entonces todos los domingos por la mañana un colectivo de artistas exponen sus obras y alegran la antiquísima plazuela. Es un placer recorrer los tenderetes y contemplar las pinturas, dibujos y acuarelas que nos ofrecen, disfrutar de la plaza, sus bares y su ambiente, y recordar su origen hace tantos siglos. Seguramente aún de vez en cuando se pasea por allí el espíritu de don Ruy y, quién sabe, doña Constanza.
Texto y fotografías : Mercedes Gómez
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Fuentes:
Manuel Montero Vallejo. Ruy Sánchez Zapata, la Parroquia de San Miguel y la Capilla de Nuestra Señora de la Estrella. Anales Inst. Estudios Madrileños nº 37, 1997.
El Castillo de Madrid. Guía del Castillo de la Alameda y su entorno. Ayuntamiento de Madrid 2010.
Guía de Arquitectura de Madrid. COAM 2003.
El artículo de hoy está dedicado a mi buena amiga Mar,
amante de los libros y de las librerías con encanto.
La calle de San Onofre es muy antigua, cuentan los cronistas que allí en tiempos medievales existió una ermita dedicada a este santo, cuando la zona, al norte de la villa, aún estaba formada por tierras boscosas surcadas por arroyos alejadas de la población. Según Pedro de Répide, la ermita ya estaba en ruinas en época de Carlos I, en la primera mitad del siglo XVI, tras haber sido casi destruida durante una batalla entre los soldados de Pedro I el Cruel y los de Enrique de Trastamara, allá por el siglo XIV.
Tres siglos después, la callejuela aparece representada en el plano de Texeira.
Es una calle cortita, pero con mucha vida. Nace en la calle de Fuencarral, alberga bares, una sala de arte, peluquería, una escuela de maquillaje… ofreciendo una mezcla de tradición y modernidad. Sus miradores y balcones de finales del XIX, como los del edificio de viviendas en el número 3, construido en 1890, se asoman al siglo XXI. En sus bajos se encuentra el Horno de San Onofre, que toma su nombre de la calle.
Los comercios tradicionales, como la vieja Colchonería en venta, van desapareciendo y dejan paso a otro tipo de establecimientos. Desgraciadamente, los nuevos tiempos traen también cosas feas, como los aparatos de aire acondicionado colgados en las fachadas, los sucios grafitis… y las farolas “modernas” que desentonan con todo.
Al abrigo del Horno, justo enfrente, en el nº 6, una nueva tienda llamada Tinta Roja, vende libros y vinos. Su escaparate es tan sugerente que invita a entrar.
Solo hace mes y medio que ocupan el lugar de una tienda delicatessen, la Gastrotteca, cuyo letrero se conserva, antes Colmao de San Onofre -también perteneciente a la cadena Horno de San Onofre-, quizá heredero de otro aún más antiguo, ¿el colmado del barrio?, quién sabe, seguramente algún vecino recuerde qué hubo aquí hace años.
La nueva tienda está decorada con muy buen gusto y sus estanterías de madera guardan todo tipo de prometedores libros y botellas de vino. Un buen detalle: en una de ellas han colocado la reproducción del cuadro de Pieter Brueghel el Viejo, El vino de la fiesta de San Martín, una bellísima y delicada pintura del gran maestro flamenco del siglo XVI, recientemente adquirido, restaurado y estos días expuesto en el Museo del Prado.
La joya del local es una antigua caja registradora, que aún funciona, aunque ahora su papel sea meramente decorativo y sirva de refugio a algunos libros bonitos y evocadores.
Además de vender libros y vinos, en el sótano presentan nuevas publicaciones, ofrecen exposiciones y dan clases de canto.
Al lado, en el nº 4, vivió el compositor Isaac Albéniz con su familia desde 1873 a 1882, desde los 13 a los 22 años, época de sus estudios en el Real Conservatorio de Música, como indica la placa del Ayuntamiento en la fachada.
La callecita termina en la calle de Valverde, frente a la Iglesia y Convento de Juan de Alarcón, las Alarconas -que hemos visto al principio perfectamente dibujados por Texeira en su plano-, uno de los tesoros del barroco madrileño.
Mucha historia y mucho arte en poco espacio, además de ricos panes, pasteles y vinos. La calle de San Onofre merece una visita.
por Mercedes Gómez
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ACTUALIZACIÓN 31 enero 2012
Gracias a los comentarios de Ramón, del blog en son de luz, y de María Rosa, que han organizado una deliciosa tertulia, hemos conocido a San Onofre y su historia, y hemos sabido que era el santo favorito de El Artillero, marido de La Latina.
Esta es la foto de la Puerta del antiguo Hospital de la Latina, actualmente en la Ciudad Universitaria, que me ha enviado María Rosa, en la que podemos ver al santo:
¡Gracias María Rosa, y todos!
Mercedes
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Junto al Gran Lujo clásico de hoteles como el Ritz, que tuvimos ocasión de visitar hace un año con motivo de su centenario, Madrid ofrece otras alternativas. Hoteles nuevos, igualmente suntuosos y con todas las comodidades posibles, pero inspirados en los gustos actuales. En los inicios del siglo XXI, de la misma forma que ocurrió en el naciente siglo XX, la ciudad necesitaba hoteles que cubrieran las necesidades de un nuevo Madrid. Uno de los más sugerentes es sin duda el Hotel Urban, situado en la Carrera de San Jerónimo 34.
La Carrera de San Jerónimo, como la calle de Alcalá, nació en el siglo XVI cuando comenzaron las edificaciones en las afueras de la Puerta del Sol y surgieron los caminos en dirección al Prado Viejo de San Jerónimo, hoy Paseo del Prado. Desde entonces, a lo largo de los siglos, conventos, palacios, famosos restaurantes, cafés y hoteles han dado vida a esta histórica calle.
Sobre el solar situado en la esquina con la calle Ventura de la Vega, antes calle del Baño, desde 1589 se encontraba ubicado el Convento de religiosas de San Bernardo que se había trasladado a Madrid desde Pinto.
Cuenta Mesonero Romanos que era un edificio poco notable y su iglesia pobre y sin adornos, pero con un gran jardín.
El Convento y su iglesia fueron derribados en 1836, durante la Desamortización de Mendizábal. Sobre su solar se construyeron varias casas.
Entre la plaza de Canalejas y Ventura de la Vega se conserva en gran parte el sabor de siglos pasados, siendo el último tramo de la calle, de aquí a la Plaza de las Cortes, el que más transformación ha sufrido, con el derribo en 1988 de varias viviendas para la construcción de la polémica ampliación del Congreso.
En los primeros años del siglo XXI, tras el derribo del edificio que ocupaba el solar, que había sido declarado en ruina por el Ayuntamiento, fue levantado el nuevo hotel. Construido en acero y cristal, obra de los arquitectos Carles Bassò y Mariano Martitegui, fue inaugurado a finales de 2004. A pesar de tratarse de un edificio que rompe con la arquitectura tradicional, es respetuoso y armónico con el entorno.
Una torre de cristal, en la que se reflejan los edificios vecinos, que recuerda la proa de un barco, se eleva orgullosa en la esquina con la calle de Ventura de la Vega.
Además de tratarse de un edificio elegante y vanguardista, su mayor singularidad es que también, en cierto modo, es un museo. En él se exponen valiosas piezas procedentes de la Colección Arqueológica del propietario, Jordi Clos, quien además de empresario hotelero es fundador del Museo Egipcio de Barcelona. La arquitectura más moderna acoge piezas de las culturas más antiguas, Egipto, China, India, etc.
Desde la calle, tras los cristales, se puede contemplar la planta baja donde se encuentra, a la derecha, el bar, y a la izquierda, más discreto, el restaurante.
El ambiente logrado en el restaurante, que visitamos vacío, es muy cálido, con cómodos muebles y vajillas sencillas.
Junto a las obras de arte allí expuestas, destacan algunos elementos decorados con teselas de oro.
Todo en el Glass Bar, o Bar de Cristal, es transparente. El suelo, las sillas, lámparas…
En la Recepción, y en varios lugares del hotel, se encuentran diversos postes y figuras antropomorfas, en las que dicen residían los espíritus de antepasados que otorgaban la sabiduría del conocimiento.
El edificio está construido alrededor de un patio o atrio, un espacio coronado por un tragaluz tras el cual se encuentra el cielo de Madrid. Lamentablemente, nuestra visita se produce en otoño y de noche, por lo que no podemos acceder a la última planta, donde se encuentra la terraza desde la cual seguramente se puede contemplar una vista maravillosa.
Sin embargo, gracias a que es de noche sí podemos admirar la columna de alabastro que ilumina el atrio de piedra negra o granito de Zimbabue.
En cada piso, en el pasillo, junto a los ascensores panorámicos que llevan a las plantas superiores, hay una obra cuidadosamente elegida. Llegamos a uno de los últimos pisos donde nos recibe una espléndida talla de madera camboyana del siglo XVIII. Se trata de un elemento arquitectónico hindú cuyas protagonistas son las Absaras, divinidades femeninas, ninfas celestiales que simbolizan las aguas del cielo y la energía del océano.
Para terminar nuestro paseo por las instalaciones de este hotel tan especial, nos muestran la que consideran su “mejor habitación”, un dúplex encantador con un gran ventanal ocupando la esquina del edificio, en el que las mayores comodidades, los últimos avances tecnológicos y la decoración más moderna conviven con las obras de arte.
Es asombroso, una columna simbólica del siglo XVIII, procedente de un templo budista birmano, realizada en madera estucada y pintada, y otras figuras antiquísimas, producen un contraste muy bello con los demás elementos de la moderna y confortable estancia.
Ha sido un placer poder conocer este hotel-museo, o museo-hotel, gracias a la amabilidad de su Director de Comunicación, Pepe García, que permitió la visita, a su Jefe de Eventos, Sylvia Robles, que la organizó y nos dio todas las facilidades, y al personal que nos atendió. Muchas gracias a todos.
Por Mercedes Gómez






























































































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