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Aunque no se conoce su origen con certeza, la historia del vino de Madrid es muy antigua. Uno de los pocos oficios mencionados en el Fuero de 1202, documento impagable que nos informa sobre la vida en el Madrid de los siglos XII y XIII, es el de vinateros o vinateras, taberneros o taberneras, dejando claro que era desempeñado tanto por hombres como por mujeres. Una de las rúbricas de esta ley medieval estaba dirigida a Quien comprare cubas. Los precios eran fijos, marcados por el Concejo, y el vender vino adulterado era objeto de multa.

A lo largo de la Edad Media creció el cultivo del viñedo y el vino se convirtió en un elemento importante dentro de la alimentación de los madrileños. Además era utilizado con fines sanitarios como medio para desinfectar y curar heridas. Y finalmente, no hay que olvidar su importancia fiscal, la alcabala o impuesto del vino fue uno de los más importantes debido a que su consumo era muy elevado. En definitiva, poco a poco aumentó su producción y comercio llegando a cumplir un papel esencial en la vida económica medieval madrileña.

Los dueños de los viñedos podían ser particulares; casi todos los vecinos tenían su viña que en su mayor parte trabajaban ellos mismos y solían cubrir sus propias necesidades. También el Concejo y la Iglesia; las iglesias y sobre todo los conventos era propietarios en muchos casos.

La buena conservación del vino era esencial, para ello se construían bodegas subterráneas, algunas con su propio lagar, donde se almacenaba en cubas de madera o tinajas de barro. Esto ocurría en los pueblos y también en la Villa, a lo largo de la Edad Media, y en siglos posteriores. A finales del XVI, con la llegada de la Corte y el aumento de la población y por tanto del consumo prosperaron los oficios relacionados con la elaboración y venta de vino, bodegueros, taberneros, tinajeros…

BODEGAS SAN BLAS_10

En la calle de San Blas nº 4, a espaldas de la calle Atocha 111, existe una antigua bodega convertida en restaurante, quizá la única de estas características que se conserva en el centro de Madrid. Es uno de esos tesoros ocultos y abandonados, llamados a desaparecer, que a veces se salvan y salen a la luz gracias a particulares que reconocen su valor histórico y ponen todo su empeño en su conservación y rehabilitación.

El edificio bajo el que se cobija y el solar también esconden su historia.

La Bodega de los Secretos se encuentra en la manzana 255 que comenzaba a numerarse por la calle de Atocha, seguía por San Pedro, San Blas y Alameda para volver a Atocha, denominaciones que ya aparecen en el plano de Pedro Texeira.

Texeira, 1656 (detalle)

Texeira, 1656 (detalle)

El solar de la calle Atocha, esquina San Pedro y vuelta a San Blas, que un siglo después sería la Casa nº 6 de la manzana 255, a mediados del siglo XVII estaba ocupado por cinco casas. Una de ellas pertenecía a Pedro Martínez de la Membrilla, tabernero. Parece que en este lugar de la calle de Atocha ya se vendía vino hace más de trescientos cincuenta años.

Sabemos por la Planimetría General de Madrid que a mediados del siglo XVIII la Casa nº 6 era propiedad de la Congregación de San Felipe Neri de seglares siervos de los pobres-enfermos del Real Hospital General, situado al otro lado de la calle, hoy sede del Museo Reina Sofía. Era una asociación religiosa de beneficencia constituida por seglares.

Manzana 255. (Espinosa, 1769)

Manzana 255. (Espinosa, 1769)

Es posible que entonces fuera construida la bodega, quién sabe si sobre alguna construcción anterior, como veremos.

Sobre este solar –actuales números 109 y 111 de la calle Atocha–, en distintas épocas fueron construidos otros edificios. En 1874 las casas correspondían a los números 137, 139 y 141.

Plano Gral. Ibáñez Ibero (h. 1875)

Plano Gral. Ibáñez Ibero (h. 1875)

Sabemos que en 1897 Melchor Vega era el dueño de una tienda de vinos en el nº 139 de la calle Atocha, establecimiento que estaba abierto desde 1875. Ese año don Melchor solicitó al Ayuntamiento una licencia para continuar, que le fue concedida. A las puertas del siglo XX, allí se vendía vino, como a mediados del XVII.

La bodega contaba con todas las oficinas necesarias para la elaboración de vinos y una gran cueva de cañones seguidos con sus útiles para la colocación de las tinajas que sirven para la conservación de los vinos, cuyos calados y bodega se introducen en los perímetros de las tres casas.  Así consta en la escritura firmada en 1921 por un representante de la Congregación de San Felipe Neri conservada en el Archivo General de Protocolos.

Por otra parte, es curioso leer en la Constituciones de la Congregación de 1899, en su capítulo XIV, Que se repartan las cenas y el vino, cómo los Hermanos acabada la cena repartían a los enfermos del Hospital bizcochos y vino tinto, atendiendo con especialísimo cuidado a los que, por su total inapetencia, no hubiesen cenado, supuesto se sabe por experiencia que este socorro les sirve de alimento y medicina respecto a su achaque.

Derribadas las casas antiguas que tenían un máximo de dos plantas, se construyeron los edificios actuales. El de la calle de Atocha 111, y fachada posterior a la de San Blas fue obra del arquitecto Emilio Antón Hernández.

ext manzana 255

La cornisa del nuevo edificio fue adornada con la imagen de San Felipe Neri, patrón de la Congregación.

Calle Atocha 111

Calle Atocha 111

La entrada y bajada a la bodega está en la calle de San Blas nº 4.

BODEGAS SAN BLAScalle

Como hemos visto, las construcciones se han ido sucediendo, desde las modestas casitas del XVII hasta estos edificios de seis plantas obra del siglo XX. Lo más sorprendente es que el sótano continúa ocupando todo el solar de la antigua Casa nº 6 propiedad de la congregación religiosa en el siglo XVIII, más de 300 metros cuadrados bajo las viviendas de Atocha nº 109 y 111 con vuelta a San Pedro y San Blas 2 y 4.

A pesar de los derribos y nuevas edificaciones, el sótano de galerías y bellas bóvedas de ladrillo se ha mantenido casi inalterable a lo largo del tiempo. Aunque llegó a estar en un estado lamentable, hace algo más de diez años comenzó su recuperación.

La Bodega en efecto está llena de secretos. Está formada por cuatro galerías que en cierto modo recuerdan la forma de un claustro irregular. Cuatro lados, diferentes, de un espacio algo laberíntico. De la galería mayor, espaciosa y altos techos, paralela a la calle San Blas, a la que llegamos tras bajar unas modernas escaleras de hormigón, parten otras dos que al final se unen por un pequeño túnel abovedado.

BODEGAS SAN BLASgaleria1alta

Ambas galerías están jalonadas por una serie de grandes hornacinas donde se debían situar las tinajas que contenían el vino.

BODEGAS SAN BLASrincon

Algunas diferencias entre ambas galerías sugieren la posibilidad de que fueran construidas en épocas distintas. La primera, podría ser más antigua, es muy sencilla, estrecha, poco más de dos metros de alto. La construcción es de ladrillo excepto el centro, el corazón de los pilares, de los gruesos muros que soportan los arcos, que tienen un refuerzo de sílex.

 galeria 1 silex

silex

Después de atravesar el breve túnel que une ambas…

BODEGAS SAN BLAStunel abovedado

… llegamos a la otra galería, mayor en todos los sentidos. Por sus dimensiones, mayor anchura, altura y longitud, y por sus detalles decorativos y arquitectónicos más complejos.

BODEGAS SAN BLASarcos

Las bóvedas rebajadas son espléndidas, cuidadas construcciones  llenas de detalles.

 BODEGAS SAN BLASboveda2

BODEGAS SAN BLASboveda1

Algunas de las bóvedas de esta galería muestran unas decoraciones que nos recuerdan las elaboradas construcciones de las pechinas de algunas iglesias.

BODEGAS SAN BLASpechina

Hay que resaltar la magnífica restauración y rehabilitación del espacio realizada por su propietario Raúl Muñoz. Gracias a su tesón y esfuerzo se han conservado todos los elementos constructivos y los materiales en la medida de lo posible. Tanto los más antiguos como los de épocas más recientes, todos testigos de las diferentes etapas en la historia de esta singular construcción.

En las zonas en que el deterioro era tan grande que no se podían recuperar, los ladrillos fueron sustituidos por otros realizados a la antigua usanza en una fábrica artesanal en Arévalo en la que milagrosamente se continúan haciendo a mano, como hace siglos.

Tras uno de los muros apareció un largo y misterioso pasadizo cuyo comienzo se puede contemplar gracias a un espejo colocado con acierto. Su probable destino era el Hospital General con el cual seguro se comunicaba la bodega.

pasadizo

Durante las obras también aparecieron restos de las antiguas tinajas y su soporte. Alguna de las bóvedas muestra parte de estos recuerdos.

tinaja

Otras guardan vino, como en el pasado. Las demás se han convertido en acogedores rincones.

BODEGAS SAN BLAS_06

La Bodega de los Secretos, un restaurante que hace honor a su nombre, en la calle de San Blas nº 4, a un paso de las Serrerías Belgas, Caixaforum, el Jardín Botánico…. Además de un lugar donde comer bien y estar a gusto, un precioso ejemplo de arquitectura del Madrid subterráneo, un retorno al pasado y una lección de historia.

Texto : Mercedes Gómez
Fotografías : Carlos Rodríguez Zapata

Nota:
Esta entrada ha visto la luz gracias a la ayuda de varias personas.
Gracias a Raúl Muñoz, por rehabilitar la antigua bodega con tanto cariño y cuidado, haber investigado su pasado acudiendo a los Archivos y facilitarnos toda la información.
Gracias a Alberto Villar por mostrarnos y contarnos todos los “secretos” de este restaurante que dirige y conoce tan bien.
Y por supuesto gracias a Carlos R. Zapata que “descubrió” el lugar, me llevó a conocerlo y realizó unas fotografías preciosas, como suele hacer siempre y podéis comprobar en su web.

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Bibliografía:

Puñal Fernández, Tomás. “La producción y el comercio de vino en el Madrid medieval”. En la España Medieval nº 17. Ed. Complutense. Madrid 1994.
Manuscrito Libro de las casas y calles de Madrid Corte de España. 1658. Transcripción de Roberto Castilla.
Planimetría General de Madrid

Además de los Viajes de Agua principales -Alcubilla, Abroñigal Alto, Bajo y Castellana-, que nacían al norte de la ciudad cercada y tras atravesar las Puertas de entrada llegaban hasta el centro mediante una intrincada red de galerías, existieron otros que surtían las fuentes y regaban las huertas de las afueras de la Villa. En el este, el Viaje de la Fuente del Berro. En el suroeste, en la salida de Madrid hacia Toledo, se construyeron dos Viajes, el de la Fuente de San Isidro y el de San Dámaso o Butarque.

Del Viaje de San Dámaso no tenemos datos precisos acerca de la fecha de su construcción, aunque algunas fuentes dicen que su origen se remonta al año 1407.

Nacía en el Cerro Negro, en Carabanchel Bajo, y discurría paralelo al Arroyo de San Dámaso o de Caño Roto. La mina tenía unos 2,5 kilómetros de longitud.

Al contrario que los demás Viajes de Agua de los que hemos hablado aquí, de los cuales se conservan tramos que ojalá algún día puedan ser restaurados y visitados, el Viaje de San Dámaso ha desaparecido. Aunque no completamente.

Es asombroso comprobar cómo, a pesar de que no podamos descifrarlo todo, el subsuelo refleja los cambios que se fueron produciendo en la zona a lo largo de los años.

El curso del antiguo arroyo, junto al cual fluía el Viaje, permanece enterrado, hoy día convertido en un colector del alcantarillado de Madrid, bajo la calle del Arroyo de Valdecelada.

Mediado el siglo XIX, en el lugar, al amparo del agua, abundaban los tejares y existía alguna fábrica de curtidos. A principios del XX, entre el cementerio de Santa María y la carretera de Carabanchel (hoy General Ricardos), se formaron algunas calles y surgieron construcciones.

La calle de los Comuneros de Castilla, Comandante Cirujeda (hoy de los Tejares), la desaparecida Perico el Gordo, que mereció una calle con su nombre por ser el propietario de varias casas…

… y la calle del Arroyo Seco… que no hemos podido localizar en los planos o callejeros, pero sí comprobar cómo pervive su recuerdo bajo tierra.

En algún momento, la inscripción manual dio paso a un letrero municipal.

El barrio, antes de que se levantaran las edificaciones actuales, estaba ocupado por chabolas, tal vez una de sus callejuelas recibiera ese nombre. El tramo de galería, que probablemente actuaba como alcantarillado, hoy día está condenado.

El Arroyo y el Viaje llegaban a las huertas de San Dámaso, a la salida del Puente de Toledo, donde nacía la Carretera de Toledo (hoy calle de Antonio Leyva).

El día 24 de agosto de 2006, durante las obras de construcción del subterráneo que comunica el túnel de la M‐30 con la carretera de Toledo apareció una galería de captación que posiblemente pertenezca al Viaje de San Dámaso.

La pena es que los muros de pantalla del túnel cerraron el acceso y la mina se perderá en el tiempo.

La mina de San Dámaso, que discurre por una zona arcillosa denominada arcilla de Peñuela, no está revestida en ninguno de los tramos que pudimos recorrer. Es una auténtica galería en lomo de caballo, tallada a mano.

Como se puede apreciar en las fotos realizadas en 2006, la galería seguía captando agua.

Algún día podría dar la cara por medio de filtraciones en el túnel.

Si así ocurriera, recordaremos que allí sigue escondido el Viaje de Agua de San Dámaso.

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Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización : Pedro Jareño

 

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Fuentes:
Aparisi Laporta, L.M. Toponimia Madrileña. Ayuntamiento de Madrid. 2001.
Mª Teresa Solesio de la Presa. “Los Viajes de Agua madrileños”. En: “Mayrit. Estudios de arqueología medieval madrileña.” Ed. Polifemo. Madrid 1992.
VVAA. Los Viajes de Agua. Revista Obras Públicas. Nov. 1999.

Junto con el de Cuatro Caminos, otro de los barrios más castigados durante la guerra fue el de las Ventas del Espíritu Santo, situado junto al Arroyo Abroñigal y al puente que lo cruzaba, allí donde terminaba la calle de Alcalá y comenzaba la carretera de Aragón. Los alrededores del Puente de Ventas en 1936 apenas estaban urbanizados. La Plaza de Toros había sido construida pocos años antes, cerca del arroyo, rodeada por barrancos y chabolas.

Hoy día el moderno Puente de Ventas, que cruza la M-30, construida en los años 70 sobre el cauce del arroyo, es una encrucijada de caminos, en la que se unen los barrios de la Guindalera, Fuente del Berro, Ventas y la Concepción. En cierto modo también debió serlo en aquellos años de guerra, cuando el modesto puente estaba situado en el límite de la ciudad, en la salida de Madrid hacia el noreste, próximo al aeropuerto de Barajas.

En aquel lugar importante por su situación, junto a la plaza de toros se construyó un refugio para uso militar.

No muy lejos, a poco más de seis kilómetros por la Carretera de Aragón, hoy calle de Alcalá, en dirección a La Alameda (donde recordemos sigue existiendo un nido de ametralladoras), en el parque de El Capricho, se excavó un búnker que se conserva, donde fue instalado el centro de mando del Ejército Republicano, a las órdenes del General Miaja.

También pervive, escondido bajo el asfalto, el refugio de las Ventas.

Es difícil acceder a él. Después de bajar unos doce metros, primero por un pozo muy estrecho con una serie de pates y luego por una vieja escalera oxidada, se llega a la galería principal, de grandes dimensiones.

Mide más de doscientos metros de largo, con una sección de cuatro metros de altura por tres de ancho. En origen su longitud debió ser aún mayor pues llegamos a un punto en que el camino se interrumpe y la galería aparece derrumbada.

A ambos lados del pasillo abovedado, a lo largo de todo su recorrido, hay una serie de habitaciones o salas, más de treinta, probablemente usadas como oficinas o cuartel por el ejército de la República.

Son todas iguales, rectangulares y simétricas.

En su interior encontramos algunos objetos que parecen muy antiguos, orinales de porcelana, jarras… restos de vida.

También las huellas de la actividad militar: en una parte de la galería sobreviven tramos de viejos raíles por los que seguramente se desplazaba una vagoneta con materiales, munición o quizá armamento, distribuyéndolos por el interior del cuartel.

Algunos de los objetos encontrados, como antiguas botellas de cerveza madrileña y más que raídos y sucios colchones, demuestran que hubo un tiempo, hace algunas décadas, en que el refugio tuvo otro tipo de inquilinos.

La dificultad de acceso y el peligroso descenso, así como la proximidad de la plaza de toros que impide nuevas construcciones, probablemente sean las causas de que el refugio siga existiendo después de más de setenta años.

Tanto este refugio de uso militar como el de Cuatro Caminos destinado a la protección de la población civil que visitamos hace unos días, ocultos en el subsuelo madrileño, no son los únicos que se conservan, algunos localizados y tal vez otros desconocidos.

En varias ciudades de España se han hallado refugios de la guerra civil, como el año pasado en Valencia. En algunos casos se han convertido en museos visitables: en Almería, y en Barcelona, donde el Refugio 307 se ha integrado en el Museo de Historia de la ciudad. También en Cartagena, en cuyo Refugio-Museo, tras el recorrido por las galerías que obligan a revivir la terrible época de los bombardeos, dedican un espacio a la antítesis de la guerra: la paz.

En Madrid, nuestros dos refugios, tan distintos, nos inspiran emociones diferentes, pero ambos son testigos de la historia, forman parte de nuestro patrimonio y merecen un lugar en nuestro de momento virtual Museo del Madrid Subterráneo.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

 

 

En nuestros paseos por el Madrid subterráneo hemos visitado bellas galerías de antiguos viajes de agua, contemplado muros de pedernal escondidos y recorrido mágicos pasadizos, siempre con emoción y alegría. Nos hemos sentido aventureros y felices, imaginando cómo pudo ser la vida en el pasado más remoto, en nuestro querido y misterioso Matrice, en el Mayrit árabe, en ese Madrid medieval de escarpado suelo surcado por arroyos… nuestra fantasía ha volado hacia tiempos difíciles pero sugerentes.

Sin embargo existe un período de nuestra historia demasiado duro, demasiado reciente, que nos cuesta revivir, la guerra que asoló Madrid durante tres años, desde julio de 1936 hasta abril de 1939.

Desde ese primer y caluroso verano del año 36, cuando la vida de la ciudad se vio sorprendida y amenazada por la guerra y las incertidumbres, las calles de Madrid y los madrileños fueron bombardeados sin piedad, sobre todo los barrios más humildes, los barrios donde vivían los obreros. Sobre todo de noche.

Pocos días después del inicio de la guerra comenzaron los bombardeos, de madrugada. Los vecinos se cobijaban donde podían, en los sótanos de las casas, muchos bajaban a los andenes del metro, algunas noches se llevaban un colchón… terribles momentos, esperando el amanecer.

Pocos meses después la República comprendió que era necesario construir refugios que protegieran a la población más débil de los continuos y crueles bombardeos. Se abrieron galerías subterráneas por toda la ciudad.

Ya sabemos que la historia de Madrid se esconde en el subsuelo, también la de la guerra. Esconde restos de la actividad militar, búnkeres, refugios de campaña…. Y restos de los refugios en los que la población civil intentaba ponerse a salvo de las bombas.

Uno de los refugios que se conservan, hoy atravesado por un colector del alcantarillado, es el de Cuatro Caminos, frente al antiguo Hospital de Jornaleros.

El Hospital -actualmente rehabilitado y ocupado por oficinas de la Comunidad de Madrid-, construido por Antonio Palacios entre 1909 y 1916, establecimiento benéfico para obreros, fue incautado por las Milicias Populares y utilizado como hospital de sangre con el nombre de Sanatorio de Milicias Populares. Se cree que entonces  se abrió una puerta en el muro norte, que se asoma a la calle de Raimundo Fernández Villaverde, que permitía el acceso más rápido al refugio cercano.

El refugio antiaéreo construido para los habitantes del barrio de Cuatro Caminos y acaso para el Hospital tiene la belleza de la arquitectura sencilla con sus bóvedas de ladrillo, pero también nos transmite la desdicha allí sentida.

Es difícil mirar con frialdad los bancos tan pobres, sentarse en ellos y no pensar en las escenas que debieron ocurrir en aquellos años dramáticos. La espera y la lentitud del paso del tiempo, y la angustia. Familias, sobre todo mujeres y niños que lloran y se abrazan a ellas, también hombres temblorosos que no quieren demostrar su miedo.

El Madrid subterráneo a veces esconde tristeza, pero estas galerías, antiguo refugio de guerra en el barrio de Cuatro Caminos, y ese banco que nos inspira desconsuelo, forman parte de nuestro patrimonio histórico y personal.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

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Reseña Histórica

La tradición cuenta que San Isidro hizo brotar milagrosamente una fuente al golpear el suelo mientras araba. Sobre ese lugar en 1528 se levantó una ermita dedicada al santo por mandato de la emperatriz doña Isabel, después de que el príncipe don Felipe hubiera recobrado la salud al beber agua de la fuente. Más tarde, en 1811 don Baltasar de Zúñiga marqués de Valero construyó la ermita actual sobre el ábside del Cementerio Sacramental de San Isidro.

En 1407 siendo Rey Juan II de Castilla, cuarto de la dinastía de los Trastámara, se construyó un Viaje de Agua que llegaba hasta la Fuente del Puente de Toledo después de regar las huertas de San Dámaso, según consta en los documentos.

A finales del siglo XVI en visita realizada a la ermita por los Jueces Apostólicos que instruían la causa de Isidro, el labrador madrileño, se dice lo siguiente:

En la ermita hay una ventana junto al suelo que fue abierta y se vio que de ella salía agua que corre encima de una fuente existente en el suelo y que es la Fuente de la cual testifican los testigos de la información que con sus aguas fueron sanados y sanan de diversas enfermedades.

Construido el Cementerio de San Isidro, el reglamento para la distribución de aguas, publicado en 1872, señala que los jardines de éste se riegan con el agua de dicho manantial que se extrae y eleva con una máquina situada frente a la Ermita del Santo Patrón.

Hoy día el agua de la Fuente procede del manantial, mejorada por la depuradora que instaló el Ayuntamiento de Madrid detrás de la Ermita.

Interior del Cementerio de San Isidro

Dentro del cementerio nos ha sido fácil encontrar varios pozos que posiblemente pertenezcan al viaje de agua. Algunos de estos pozos se están utilizando para recoger las aguas pluviales de la zona, las bocas de hombre son muy estrechas, son pozos de piedra muy antiguos, y la bajada es por medio de mechinales, o huecos en los hastiales del pozo.

Ya que el acceso al Viaje por el cementerio era difícil, hemos buscado por el alcantarillado de los alrededores.

Existe un pozo cercano que recoge un absorbedero, bajando por este pozo caminamos por una gatera unos 30 metros (sección 1,00 m x 0,50 m), dirección interior del Cementerio de San Justo. Recorrida esta distancia nos encontramos con un pozo oculto en muy malas condiciones, agrietado y con peligro de derrumbe. Dentro de este pozo y a tres metros de altura salen dos galerías pertenecientes al Viaje de Agua de San Isidro.

Una trae un pequeño hilo de agua perteneciente a las lluvias, la otra está totalmente seca. Las dos tienen la misma sección mencionada anteriormente (1,00 m x 0,50 m).

Pozo de acceso a las galerías del viaje.

Pozo oculto fisurado con acceso a las galerías del Viaje:

Desde el culatón del pozo oculto vemos las Galerías:

Allí, en las galerías del interior del cementerio, vistas desde el pozo oculto, se detecta falta de oxígeno en su recorrido.

Recorrido del Viaje de Agua

Siempre por galería, el viaje discurría por la calle de la Ermita del Santo, antigua calle Urraca, posteriormente Carrera de San Isidro.

Regaba las huertas de San Dámaso y seguía su recorrido por el Paseo de San Illán, antiguo Camino Bajo de San Isidro.

Bordeando la actual avenida del Manzanares pasaba cercano por los lavaderos del Puente de Toledo hasta llegar a la fuente del mismo nombre situada en la actual Plaza del Marqués de Vadillo.

Recorrido del viaje de agua situado en el plano del Madrid de 1866

Posiblemente el viaje tuviera un recorrido paralelo por la calle Quince de Mayo (antiguo Camino Alto de San Isidro).

Galería condenada por las obras del soterramiento de la M-30

El viaje continuaba por la calle Emperatriz Isabel hasta llegar a la Fuente de Toledo.

Debido a las obras de soterramiento de la M-30, a la altura del Puente de Toledo en septiembre del 2005 se descubrieron los antiguos lavaderos y algunos tramos del viaje de agua que con la mejora de la zona desaparecieron.

Actualmente del Viaje de la Fuente de San Isidro solo se conservan en buen estado las galerías interiores del cementerio, todo lo demás, por edificaciones, remodelaciones y porque no hay nadie que se preocupe de ello, está desapareciendo poco a poco.

Situación de los lavaderos encontrados en las obras en 2005

En el siguiente plano indicamos la situación de las fotos que a continuación muestran los restos de Lavaderos y galerías del Viaje de Agua hallados durante las obras de soterramiento de la M-30 en 2005.

Situación de las fotos mostradas a continuación.

Foto 1. Inicio obras año 2005.

Aparecen los Lavaderos y un tramo del Viaje Fuente de San Isidro.

Foto 2.

Foto 3.

Cartel indicativo del viaje:

Foto 4.

En la foto nº 5 asoma una galería del Viaje de Agua:

Foto 5.

La nº 6 nos muestra cómo durante los trabajos arqueológicos se descubrió el Lavadero:

Foto 6.

Foto 7. Restos hallados del Lavadero

Foto 8. Puente de Toledo 2005.

Foto 9. Año 2007.

Foto 10

Estado actual del zona:

Foto 11.

Finalmente, este es el aspecto actual de la zona del antiguo Camino Bajo de San Isidro:

Foto 12.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

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Cuando hace ya algún tiempo visitamos el antiguo Viaje de Agua de la Fuente Castellana, recordábamos que se comenzó a construir en 1612 y finalizó en 1619.

Según Aznar de Polanco “nacía en un pozo empedrado, tapado con un remate de piedra” que estaba en lo alto de la Casa de Maudes, y de allí partían dos minas cortas, una a la derecha hacia Chamartín, y otra a la izquierda hacia el Camino de Fuencarral. El ramal principal nacía en Chamartín de la Rosa, a 10 metros de profundidad, seguía por el antiguo Camino de Maudes hasta el valle de la Guindalera y los Altos del Hipódromo -donde actualmente se encuentra el Museo de Ciencias Naturales- para dirigirse a la Puerta de Santa Bárbara -hoy glorieta de Alonso Martínez-, lugar en el que estaba situada el arca principal.

A la altura de la actual Glorieta de Bilbao, se unían a él los Viajes de Contreras y de la Alcubilla. Una vez en el interior de la ciudad, las galerías se multiplicaban y la red era muy compleja, se extendía por la calle de Hortaleza, San Mateo, Fernando VI, Fuencarral…

Hace poco más de un mes hablábamos de un nuevo hallazgo arqueológico en la calle de Mejía Lequerica. En un principio se habló de que se trataba de un muro del siglo XVIII o quizá de una estructura hidráulica conectada al Viaje de la Castellana.

Agosto 2011

Hace unos días El País publicó nuevas noticias.

Historiadores y arqueólogos al parecer continúan sin estar de acuerdo respecto a la naturaleza de los restos. Unos, aunque admiten que se trata de una construcción de tipo hidráulico, creen que pertenece a un cuartel construido en el siglo XVIII. Los otros piensan que podría pertenecer a uno de los Viajes de Agua.

Septiembre 2011

Según la Dirección General de Patrimonio Histórico la pieza va a ser desmontada para ser posteriormente musealizada, “no en el mismo lugar, sino en otro cercano”. Afirman que su intención es exhibir una parte del acueducto al aire libre, cerca del lugar de origen, la calle de Mejía Lequerica, “para no alejarlo de su lugar natural y para el disfrute de la ciudadanía.”

Pero parece que los ciudadanos como mucho vamos a disfrutar de un trocito, una séptima parte, y no en su lugar natural. El resto será destruido.

La espléndida arcada será seccionada con hilo de diamante y, después de ser numeradas las piezas que hayan quedado a salvo, se trasladarán a un almacén municipal donde permanecerán hasta su musealización.

La operación ya ha comenzado, la mayor parte ya ha sido demolida con excavadoras, y los arcos conservados -deberían ser tres, según la Comunidad de Madrid-, han comenzado a ser cortados.

Nosotros pensamos que se trata de los vestigios de un tramo perteneciente al Viaje de Agua de la Fuente Castellana, del siglo XVII.

Bajo las calles del barrio se encontraban las numerosas minas o galerías y las arcas de reparto. Eran los terrenos próximos a la Cerca que rodeaba Madrid en tiempos del rey Felipe IV, desde donde los Viajes comenzaban su camino al interior de la Villa y distribuían el agua a los vecinos.

La noticia del País revela también que, además de la ya varias veces aquí mencionada noria hallada en el sótano del Museo Municipal, muy cerca han sido localizadas otras dos, una en la calle de San Mateo con Mejía Lequerica, y otra bajo la calle de Barceló.

El subsuelo madrileño aún esconde muchas sorpresas, como estos posibles restos del Viaje de la Castellana.

Ojalá la solución encontrada por los responsables de nuestro Patrimonio hubiera sido más generosa con sus arcos de ladrillo centenarios y tan perfectos. Y ojalá los hubiéramos podido contemplar de cerca, completos, y no solo una pequeña parte, como nosotros hoy a través de una valla de obra, antes de que desaparezcan del todo para volver, no sabemos cuándo, cómo, ni donde, ni siquiera sabemos si volverán.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

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Allá donde en el siglo IX los musulmanes fundaron Mayrit, en lo alto de una colina frente al río, entre los arroyos de las Fuentes de San Pedro y de Leganitos, hoy día se encuentran la Catedral de la Almudena, el Palacio Real y la Plaza de Oriente. Debajo, a muchos metros de profundidad, se esconde la historia del origen de Madrid.

Hoy Pedro y yo os invitamos a un nuevo y para nosotros emocionante viaje al pasado, al tiempo y al lugar en que los árabes construyeron su castillo y su muralla. Los mayritíes se fueron instalando en los alrededores, y allí vivieron hasta la conquista cristiana en el siglo XI.

A pesar de que lamentablemente la mayor parte de los hallazgos fueron destruidos, las obras realizadas en los años 90 para la construcción de un aparcamiento subterráneo en la Plaza de Oriente, y actualmente las del Museo de Colecciones Reales, han ido poco a poco desvelando secretos y dando a conocer cómo era Madrid en aquellos tiempos lejanos y su evolución como ciudad.

Se conoce bastante bien el recorrido de las murallas madrileñas -de las que se conservan valiosos restos-, tanto de la musulmana del siglo IX como la cristiana del siglo XII, sin embargo existen aún muchas incógnitas, sobre todo en la zona donde hoy día se levanta el Palacio Real y en una gran parte de la Plaza de Oriente, nunca excavada.

Bajo el Palacio Real pudo existir un reducto fortificado, posible residencia del Gobernador de Mayrit, sobre el cual los cristianos acaso levantaron su primer Alcázar, precedente del Alcázar de los Austrias incendiado en 1734.

Otro enigma es el camino que siguió la muralla cristiana desde la plazuela de los Caños del Peral -plaza de Isabel II-, donde discurría paralela al Arroyo del Arenal, hasta unirse al Alcázar.

Por entonces el paisaje era muy distinto al actual. Como todo el entorno, el terreno era un escarpado bosque surcado por barrancos y cursos de agua. El arroyo más importante era el del Arenal, pero no el único, la actual Plaza de Oriente de norte a sur estaba dividida por el Arroyo de la Parra. Encinas, pinos, cerezos, nogales, madroños… una vegetación muy rica, con un clima más frío y húmedo que el actual. Semillas de vid, melón, zarzamora…

La zona situada más al norte correspondía al barranco y al Arroyo del Arenal, que provenía de la plazuela de los Caños del Peral y, rodeando el cerro del alcázar, se dirigía a desembocar en el Arroyo de Leganitos –bajo la actual Cuesta de San Vicente-.

En la plaza, frente al Teatro Real, fueron hallados los restos de una Atalaya islámica del siglo XI, que se conservan y pueden visitarse en la primera planta del aparcamiento. Se trata de una torre de vigilancia que probablemente, al igual que otros elementos de fortificaciones musulmanas, fueron luego utilizados por los cristianos. Resulta difícil pensar que esa torre fue el único elemento defensivo construido en la zona. La atalaya está situada junto al barranco, y los arqueólogos no descartan que existiera alguna otra. El cimiento de la torre nos muestra el nivel del suelo medieval.

Muy cerca del Palacio también fueron localizados los restos de un sólido muro -no conservado- de la segunda mitad del siglo X que podía pertenecer a un Albacar, o recinto anejo a la fortificación de la ciudad, probable ampliación del primer recinto árabe hacia el norte, que entre otras funciones pudo tener la de servir de refugio a la población en caso de ataque.

Gracias a los hallazgos arqueológicos sabemos que durante el período islámico en aquellos abruptos terrenos además de vida militar hubo actividad agrícola, cultural y artesanal. Una atalaya, restos de una fortificación …. Y huertos, pozos de agua, basureros, hornos… Se hallaron candiles, cuencos, cazuelas y otros utensilios domésticos.

Pero el antiguo cauce del Arroyo del Arenal, bajo la plaza y los terrenos al norte del Palacio, aún esconde muchos misterios y tesoros.

En el camino que seguían el barranco y el arroyo, en su misma dirección, a casi treinta metros de profundidad, en las proximidades del Palacio Real, existe un maravilloso pasadizo que nos traslada a tiempos pasados y hace volar nuestra imaginación.

Resguardado entre dos colectores, mide unos veinte metros de largo por uno veinte de ancho. Llama la atención su altura, aproximadamente cinco metros hasta la clave del techo, mucho para un mero pasadizo. Quizá es otra fantasía, pero se nos ocurre que en caso de necesidad podría haberse recorrido a caballo.

Los muros están construidos en su mayor parte con duro y brillante pedernal, apenas algunos trozos de piedra caliza.

Otro detalle singular es la existencia de varias hileras de adobe, antiquísimo material de construcción.

La bóveda del techo también es de adobe.

Por su interior hoy día sin uso, solo fluye un pequeño hilo de agua, probablemente debido a las filtraciones del terreno. El suelo de piedra está muy desgastado por la erosión del agua y el tiempo.

Su proximidad a Palacio y su situación junto al antiguo cauce del Arenal, al oeste de la atalaya islámica, nos hace pensar que el pasadizo pudo formar parte de una antigua muralla o fortificación, conservado a lo largo de los siglos, uno de los muchos caminos subterráneos que al parecer llegaban hasta el Alcázar y más tarde al Palacio Real.

Al final del tramo se halla una reja antigua, que para nosotros simboliza el gran y desconocido mundo que se esconde en el subsuelo y que nos transporta al Madrid más remoto.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización : Pedro Jareño

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Bibliografía:

VVAA. Plaza de Oriente. Arqueología y evolución urbana. Ayuntamiento de Madrid 1998.

La Historia de Madrid se esconde en el subsuelo. A veces es difícil descifrarla, pero siempre es bella, y emocionante. Hoy Pedro y yo queremos mostraros un lugar impensable. Puede parecer un sueño, pero el lugar existe, a casi treinta y cinco metros de profundidad.

Recordemos que en el Madrid más antiguo, abrupto y surcado por numerosos cursos de agua, uno de los arroyos más importantes era el Arroyo de las Fuentes de San Pedro, el arroyo Matrice, que bajaba hacia el Río por un enorme Barranco, entre dos colinas, la de las Vistillas y la del Alcázar. El otro era el Arroyo de Leganitos, cuyas aguas corrían por el otro costado del cerro donde los musulmanes construyeron su castillo en el siglo IX.

Cuando Felipe II y su Corte llegaron a Madrid en 1561, a los pies de los Altos del Alcázar ya existía un puente que permitía cruzar el tortuoso barranco y el arroyo, junto a unas curiosas construcciones con arcos según el dibujo de Hoefnagel.

Vista de Madrid, detalle. (Hoefnagel, h. 1562)

El Rey fue adquiriendo terrenos alrededor del Alcázar, y acometiendo reformas con el fin de mejorarlos, acomodarlos a sus gustos y también que le aislaran y protegieran de miradas indiscretas. Al oeste, los terrenos que bajaban hasta el río eran antiguas huertas que Felipe II ordenó transformar en prado y bosque, convirtiéndose con el tiempo en el Parque de Palacio, hoy día conocido como Jardines del Campo del Moro, frente a la Casa de Campo.

El Arroyo nacía al norte de la Villa, en terrenos donde aún no existían casas, solo bosques, en los alrededores de la actual calle de Fuencarral, y bajaba hacia el oeste por la calle de los Reyes hasta lo que hoy es la Plaza de España, donde debido al aumento de población y de las edificaciones, en los comienzos del XVII junto a la Fuente se construyó el Puente de Leganitos.

Allí se abría el Barranco de Leganitos, por donde el arroyo transcurría junto al Camino del Río -actual Cuesta de San Vicente-, rodeado de huertas, hasta llegar al Parque de Palacio, actuando por ese lado como una frontera y protección natural del Alcázar.

Arroyo de Leganitos. Del puente de Leganitos al Puente del Parque. (Mancelli, 1623)

En ese punto era donde uno de los dos ramales del Arroyo del Arenal, procedente de la Plazuela de los Caños del Peral, se unía al de Leganitos. El Arroyo de Leganitos entraba en el Parque de Palacio, y desde allí se dirigía al Río. Es curioso comprobar que hoy día esa zona del Campo del Moro conserva el nombre de “bosquete del barranco”.

Desconocemos en qué momento fue construido el Puente del Parque tal como se aprecia en el Plano de Texeira,  es posible que las sucesivas reformas y ampliaciones lo fueran transformando, como sucedía desde tiempos medievales con la mayoría de pontones, puentes y puentecillos que continuamente necesitaban ser reparados. Desde luego, en el siglo XVII, a juzgar por el dibujo del gran cartógrafo, debió ser muy importante. La zona continuaba libre de construcciones, pero pensemos que estamos en terrenos próximos al Alcázar, para uso por tanto del rey y su Corte.

Puente del Parque (Texeira, 1656)

El Puente del Parque, sobre el Arroyo de Leganitos y su afluente el Arroyo del Arenal, era una construcción complicada, con paredones, arcos, ojos… y dos brazos en cuya confluencia se encontraba el acceso a la Puerta del Parque, antecedente de la futura Puerta de San Vicente. Uno de los brazos del puente estaba situado sobre el Arroyo de Leganitos y cruzaba el Camino del Río, el otro se adentraba en el Parque sobre la unión de ambos arroyos.

En el siglo XVIII se llevó a cabo una gran obra urbanística y de ingeniería con el fin de suavizar el fuerte desnivel existente entre el Alcázar y el Río. Para ello se realizó un aporte de tierras allanando el terreno, creándose el Paseo de la Florida, la Cuesta de San Vicente y la calle Bailén. El arroyo y sus puentes desaparecieron.

En algún momento, el cauce de ambos arroyos fue entubado en galerías, convertidas en colectores, que actualmente continúan en uso.

Uno de esos colectores sigue el mismo camino que seguía el antiquísimo Arroyo de Leganitos hace siglos entre árboles y cultivos, ahora bajo los edificios, desde su nacimiento hasta el Manzanares.

La pendiente, bajo la tierra, como lo era en la superficie en el pasado, es muy acusada, y el agua baja a gran velocidad, como antes lo hiciera el Arroyo de Leganitos.

Caminando por el antiguo cauce, ahora entubado, por los mismos lugares que el agua recorriera en siglos pasados, llegamos a un espectacular tramo con ciento ochenta y cinco escalones.

Al acercarnos al punto en que se encuentran los antiguos cauces de los Arroyos de Leganitos y del Arenal, a la altura del lugar donde se encontraba el Puente del Parque, antes de que acaso desapareciera bajo la tierra, a más de treinta metros de profundidad, descubrimos una serie de arcadas construidas en ladrillo sobre pilares de piedra.

Veinticinco arcos perfectos van apareciendo ante nuestros ojos uno tras otro. Su estado de conservación es bastante bueno.

Tres metros de altura por tres de ancho, bajo una estructura muy poderosa, y antigua, muy antigua. Creemos que puede pertenecer al viejo Puente del Parque que aquí existió hasta hace alrededor de trescientos años.


Traspasados los veinticinco impresionantes arcos, llegamos al lugar en que el Arroyo del Arenal llegaba a término, el fin del primitivo cauce del otro arroyo que bordeaba el Alcázar. El mismo lugar donde los brazos del Puente dibujado por Texeira se unían.

El espacio es algo sobrecogedor. Impresiona su magnitud, imaginar la época en que los arcos pudieron ser construidos, hace mucho tiempo, sobre las aguas del torrencial Arroyo de Leganitos, y pensar que milagrosamente allí continúan, a salvo, en nuestro Museo Subterráneo Matricense. Un museo virtual, pero real.

por :  Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

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ACTUALIZACIÓN 3 octubre 2012

Corregido error en la fecha del Plano de Antonio Mancelli, la fecha correcta es 1623.

 

Hoy tenemos que contaros una buena noticia. La Coordinadora Salvemos la Dehesa de la Villa ha solicitado a la Comunidad de Madrid la declaración de los Viajes de Agua de Madrid como Bien de Interés Cultural (B.I.C.), con el fin de que estos elementos tan singulares tengan “un grado de protección acorde con su importancia en la historia de la Villa”.

Como hemos comentado en más de una ocasión, los Viajes de Agua forman parte de nuestro Patrimonio Histórico por lo que sus restos merecen ser conservados y conocidos, y la Coordinadora está trabajando para que esto se cumpla.

Tras una breve justificación del porqué de la petición, la carta presentada a la Dirección General de Patrimonio Histórico por esta asociación de entidades sociales y vecinales, incluye una bonita explicación sobre qué son los Viajes de Agua y lo que significaron en la vida madrileña y el devenir de su historia.

Además de describir la técnica de los Viajes, el escrito hace hincapié en los importantísimos aspectos social y humano.

Finalmente, se expone una más que interesante propuesta que incluye, además de su Catalogación como Bien de Interés Cultural, la creación de una Oficina de los Viajes de Agua, cuyas funciones serían su protección, documentación, información a los madrileños, etc. y un Centro de Interpretación o museo que ofreciera la posibilidad de visitar alguno de los tramos.

Podéis leer el texto completo en su blog, Los Cordeles de la Dehesa.

La presentación de la solicitud es solo el primer paso de un largo camino que esperamos se complete con éxito.

Gracias a Luis Díez San Emeterio y a la Coordinadora por su excelente trabajo en el estudio y defensa de los Viajes de Agua y su importante significado dentro de la historia de Madrid.

Por supuesto, su iniciativa cuenta con todo nuestro apoyo.

Por : Pedro Jareño y Mercedes Gómez

En Madrid existe un lugar mágico, por donde hace siglos corría el Arroyo de las Fuentes de San Pedro, el arroyo-matriz, Matrice, según la teoría de Oliver Asín, que pudo ser el origen del nombre de Madrid. El arroyo que con el tiempo y la urbanización del terreno se convirtió en la calle de Segovia.

A orillas del arroyo, que desde Puerta Cerrada bajaba hasta el Río, luego llamado Manzanares, estuvo el Madrid más remoto, allí se produjeron los asentamientos humanos más antiguos, junto al agua.

Las primeras noticias arqueológicas sobre grupos de población organizados datan nada más y nada menos que de la Edad del Bronce, allá por los siglos XIII-XV antes de Cristo, como supimos durante uno de nuestros paseos por las Vistillas y el primer poblado madrileño. Y hay indicios -en ello se fundó Asín para su teoría- de que allí hubo asentamientos anteriores a la llegada de los musulmanes, un poblado construido en el siglo VII por los visigodos dedicados al pastoreo y a la caza.

En el siglo IX los árabes construyeron su castillo y la recia muralla, rodeando la almudena, recinto militar, y la medina, o recinto civil. Fuí sobre agua edificada, mis muros de fuego son, dice el antiguo emblema de la Villa de Madrid. Agua y pedernal, los símbolos del Viejo Madrid.

Después, en el siglo XII, los cristianos construyeron su cerca, que partía de la musulmana, en lo alto de la Cuesta de la Vega, cruzaba la gran hondonada entre las dos colinas, entre el Alcázar y las Vistillas, y se dirigía hacia la Puerta de Moros.

Era el terreno tan abrupto que cuesta trabajo imaginarlo. Si ahora el desnivel, salvado por el Viaducto, entre ambos cerros es considerable, en la Edad Media era mucho mayor, y más peligroso. Entonces no era una bonita calle, como ahora, la calle de Segovia, rodeada de césped, era el Barranco, así con mayúsculas, porque aunque no era el único en la villa, era el más profundo y difícil.

Cuando Felipe II convirtió a Madrid en capital y sede de la Corte, la muralla aún se mantenía en pie, imponente. Fue entonces, en el siglo XVI cuando comenzó a desaparecer, devorada por las construcciones que a ella se arrimaban o por la tierra.

Existe una pintura que a pesar de ser imaginada, realizada en los años 50 del siglo XX por Pierre Schild, refleja de forma asombrosa lo que pudieron ser aquellos parajes. El cuadro se encuentra en uno de los salones del Restaurante Sobrinos de Botín, en la Cava Baja. Representa ese Madrid de 1561, con el Barranco en primer plano, atravesado por la muralla, sus torreones, sus arcos, callejones y sus adarves.

P. Schild

La primera reforma de la zona fue llevada a cabo poco después, hacia 1570, el rey quiso convertirla en transitable y facilitar la salida de Madrid hacia Segovia. Fue así cómo la muralla fue desapareciendo y el barranco allanado, aunque seguía siendo terrible en la Cuesta de los Ciegos, así aparece en el siglo XVII, dibujado por Texeira.

Plano de Texeira (1656)

Tras los derrumbes accidentales y los derribos provocados, la piedra fue utilizada para adoquinar la nueva calle y aprovechada en nuevas construcciones. La muralla desapareció del Barranco y de la Cuesta de los Ciegos, pero continuó subiendo por la calle Yeseros y entre las calles de Mancebos y Don Pedro, donde aún hoy día perviven restos, como sabemos.

La calle, llamada de la Puente en el siglo XVII, nació sobre el camino natural marcado por el cauce del arroyo. Otras calles surgieron aprovechando la ronda exterior de la muralla, como las Cavas, o la calle de Don Pedro, antes de la Alcantarilla, por haber servido de foso a la muralla. La Alcantarilla llegaba hasta el Arroyo de San Pedro.

Nuevas obras en la zona, a cargo de Ventura Rodríguez en el siglo XVIII, los desmontes para suavizar el terreno en el XIX, la construcción de la escalera de la Cuesta de los Ciegos y más reformas durante la 2ª República en el XX… acabaron de transformar la Calle Segovia y su entorno en el bonito lugar que es hoy día. Pero al observar el paisaje ante nuestros ojos, no podemos olvidar como fue en el pasado.

¿Resulta descabellado pensar que a pesar de todo existen restos medievales bajo la antiquísima Cuesta de los Ciegos?

Hoy Pedro y yo os invitamos a un Viaje a la Edad Media. Puede ser producto de nuestra imaginación, pero parece real, juzgad vosotros mismos.

En todo el barrio de la Morería, las galerías del alcantarillado son, como en otros barrios del centro, de ladrillo enfoscado. También los túneles que comunican algunas de las construcciones más antiguas, algunos dicen que con el mismísimo Palacio Real, como por ejemplo el pasadizo que sale de la actual Academia de Ingeniería en la calle de Don Pedro, donde recordemos existe un largo lienzo de muralla cristiana, son de ladrillo.

Sin embargo bajo la Cuesta de los Ciegos, en este lugar tan misterioso para nosotros, cerca del camino por donde transcurría la vieja muralla, bajo la ladera ahora ajardinada, escondido entre subterráneos vericuetos, existe un pasadizo increíble, emocionante, y sin uso, por el que, además de las ratas, únicamente corre un pequeño hilo de agua limpia.

Una de sus singularidades es que mide cerca de dos metros de altura por 1,20 de ancho. No se trata de una galería cualquiera.

Y otra, muy importante, es que sus muros están construidos en mampostería de pedernal, aunque algunos tramos tienen refuerzos intermedios de ladrillo.

El camino es además de apasionante, sorprendente. Los muros del pasadizo, en algún lugar, cuenta Pedro, entroncan “en perfecta armonía” con una especie de cámara o espacio circular de construcción espectacular, con un precioso arco de acceso.

Lo mismo ocurre en otro punto del pasadizo, que continúa en la dirección de la muralla.

En otra parte del trayecto se incorpora al pasadizo una estrecha galería que parece pertenecer a un viaje que en caso de necesidad proporcionaría el agua.

Hoy día todo esto puede parecer imposible, una fantasía, pero creemos que se puede tratar de un Pasadizo construido cuando aún existía la muralla, acaso procedente de uno de los edificios próximos. Un camino de entrada o salida de la Villa en un lugar en el que no debía resultar fácil, escarpado y de difícil acceso, lejos de la Puerta de Moros, y separado de la Puerta de la Vega por el tortuoso barranco.

por :  Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

Continuará… quizá.

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