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Claudio Coello nació en 1642 en Madrid, en las cercanías de Puerta Cerrada, en el seno de una familia de origen portugués.

Su padre Faustino Coello, que era broncista, le llevó al taller de Francisco Ricci, por entonces Pintor del Rey, para que aprendiera a dibujar con el fin de que le ayudara en su oficio. El joven se convirtió en uno de sus discípulos preferidos y, viendo su valía, fue el propio maestro quien tuvo que convencer al padre de que le permitiera también dedicarse a pintar. Junto con Juan Carreño de Miranda y Lucas Jordán se convertiría en uno de los grandes últimos representantes del Barroco madrileño.

Gracias a Ricci entró en contacto con Juan Carreño, cuya amistad le llevó a conocer las grandes obras de las Colecciones Reales que guardaba el Alcázar. Allí pudo contemplar y copiar a los maestros Tiziano, Van Dyck, Rubens,…

Llegó a ser un pintor de éxito y famoso en vida, aunque actualmente no es muy conocido. Sin embargo, Claudio Coello, al contrario que Carreño, sí tiene una calle con su nombre en Madrid en el barrio de Salamanca, paralela a la dedicada al mismísimo Velázquez. Y uno de los medallones que adornan la fachada del Museo del Prado, obra del escultor Ramón Barba (1830), le recuerda.

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Museo del Prado

En los años 60, en la veintena, realizó una gran parte de sus obras religiosas. En sus comienzos, curiosamente fue uno de los pocos artistas que en esa época pintó un desnudo, Susana y los viejos (1663), aunque esta pintura se encuentra en un museo fuera de España, en Puerto Rico.

En el Museo del Prado, al final de la planta 1, tras las salas dedicadas a Velázquez y a la pintura española del siglo XVII, la Sala 18 A está dedicada a Madrid y el triunfo del Barroco. Como nos cuenta el cartel explicativo donde se exponen obras de Cabezalero, Cerezo, Jusepe Leonardo… y Coello, estos artistas, fascinados por Rubens y los pintores venecianos del XVI, transformaron la pintura religiosa iluminando sus cuadros siempre con el objetivo de impresionar a los fieles y dar una imagen triunfal de la religión.

De Coello se encuentran dos de las dieciocho obras que posee el Prado, El triunfo de San Agustín (1664), su primera gran obra, y La Virgen y el Niño adorados por San Luis (1665-68), la culminación de su pintura en la que muestra  a la perfección su gran recurso barroco: las figuras sobre un fondo luminoso, el gran colorido y el movimiento; todo ello en un escenario muy teatral, con arquitecturas al fondo.

Foto: Museo del Prado

Foto: Museo del Prado

Todos estos cuadros de altar le dieron mucho prestigio en la Corte y como consecuencia los encargos fueron en aumento.

En la mágica iglesia de San Plácido, en la calle de San Roque 9, en el Altar Mayor se encuentra su obra cumbre, La Anunciación. Es una pintura esplendorosa, compleja en su contenido religioso y de gran riqueza pictórica y escenográfica.

Al parecer su maestro Ricci, que también trabajó en este templo, le sugirió firmarlo él con el fin de que recibiera más dinero por su trabajo, pero el entonces joven Claudio -estamos en 1668- prefirió firmar él mismo su pintura. Cobró menos, pero ha pasado a la posteridad como el verdadero autor de esta obra maestra.

San Plácido se encuentra muy cerca de la iglesia de San Antonio de los Alemanes, en la que recordemos su amigo Carreño pintó su bóveda. Ambos templos merecen una visita.

En los años 70 desarrolló una gran actividad como fresquista, igual que Ricci y Carreño, siguiendo las enseñanzas de Mitelli y Colonna. Una de las obras más importantes es la que realizó junto con José Jiménez Donoso para el Salón Real de la Casa de la Panadería cuando allí se encontraba ubicada la Real Academia de Bellas Artes. Únicamente se conserva la pintura del Salón principal, la Cámara que da a la plaza, con el Escudo de la Monarquía, rodeado de las Virtudes Cardinales en el centro, y en los laterales una serie de arquitecturas fingidas, con ocho lunetos simulados al trampantojo, dos de ellos con el escudo de Madrid y los otros seis con los trabajos de Hércules.

Salón Real. Claudio Coello y José J. Donoso (1672-1674).

Salón Real. Claudio Coello y José J. Donoso (1672-1674).

Igual que otros pintores de la época, Coello tenía una formación arquitectónica. Palomino se refiere a él como Pintor de Cámara y Arquitecto.

Detalle arquitecturas fingidas

Detalle arquitecturas fingidas

También participó en las pinturas de la Escalera del Monasterio de las Descalzas Reales.

Además de pintar, como otros artistas del Barroco, participó en la creación de Arquitecturas efímeras. Comenzó su trabajo para la Casa Real en 1679 con dos Arcos triunfales instalados con motivo de la entrada en Madrid de la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orleans.

Decoración efímera para la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans (1680) (Dibujo BNE)

Decoración efímera para la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans (1680) (Dibujo BNE)

En 1683 obtuvo el título de Pintor del Rey.

En 1685 murieron Carreño y Ricci, y Coello obtuvo el título de Pintor de Cámara.

A partir de aquí recibió los encargos más importantes de la Corte, incluidos los retratos de la familia real, el rey Carlos II y sus dos esposas, aunque hubo otros dos pintores Jan van Kessel el Joven y Sebastián Muñoz que fueron nombrados Pintor de la Reina, acaso por los gustos de ésta, o por otros motivos, lo cierto es que Coello no fue el único retratista real en esta época.

A finales de la década de los 80 realizó la gran obra, La Sagrada Forma, en la Sacristía del Monasterio de El Escorial, que había comenzado Ricci. En el ángulo inferior izquierdo del cuadro pintó su autorretrato.

El Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando también posee obras de Claudio Coello. Actualmente se expone El Jubileo de la Porciúncula.

La Porciúncula

La Porciúncula

La Inmaculada Concepción fue uno de los temas que repitió en varias ocasiones, mostrando su evolución pictórica.

En el Palacio del Tribunal Supremo, antiguo Convento de las Salesas Reales, en la Sala de Vistas de la Sala I de lo Civil, que visitamos hace tiempo, hay una de ellas.

Inmaculada

En el Museo Lázaro Galdiano se muestra otra muy bella, datada hacia 1690, elegante y más serena que las anteriores, con el rostro más alargado y las vestiduras que caen sin arremolinarse.

Al final de su carrera le sustituyó el italiano Lucas Jordán -aunque nunca llegó a ser Pintor de Cámara-, dando comienzo la tendencia de los monarcas, que se intensificaría con la llegada del Borbón Felipe V, de llamar a artistas extranjeros para sustituir a los españoles.

Claudio Coello murió en 1693 en su ciudad, Madrid. Acababa de cumplir 51 años. Fue el último Pintor de Cámara de los Austrias.

por Mercedes Gómez

Fuentes:

Antonio Palomino. El museo pictórico y escala óptica. Práctica de la pintura… Madrid 1797.

Ángel Aterido. Conferencia Claudio Coello, o el principio contado como final, en el Museo del Prado, 12 febrero 2013.

NOTA: Según Miguel Álvarez, en su libro Personajes ilustres de la historia de Madrid: Guía de placas conmemorativas , (La Librería, 2001 ), en la plaza de Puerta Cerrada s/nº hay una placa municipal que dice: En este lugar nació en 1642 Claudio Coello pintor de cámara del rey Carlos II.
No he sido capaz de localizarla, si alguien sabe si continúa allí, y exactamente dónde, se agradecerá la información.

El Museo Thyssen-Bornemisza es sin duda uno de los grandes museos de Madrid. Además de sus siempre sugerentes exposiciones temporales ofrece una Colección Permanente extraordinaria, con obras que abarcan desde el siglo XIII hasta finales del XX, desde el arte Medieval, Renacimiento, Barroco, Impresionismo, las vanguardias… hasta el Pop Art. Todo ello en un edificio singular, el antiguo Palacio de Villahermosa en el Paseo del Prado.

Ahora, desde el pasado mes de enero, gracias al patrocinio de MasterCard, el museo abre dicha Colección Permanente de manera gratuita todos los lunes del año, de 12.00 a 16.00 horas.

Hace unos días tuve el placer y la suerte de poder asistir a Un desayuno en el Thyssen, agradable encuentro que incluía una preciosa visita guiada y diseñada por Teresa de la Vega titulada El Viaje, patrocinado igualmente por MasterCard dentro de un programa de actividades que esta empresa va a ir desarrollando dentro de su campaña Priceless Madrid, Madrid no tiene precio.

Fue una invitación a desayunar y redescubrir el museo, una delicia. ¿Os apetece acompañarnos?.

pasillo Thyssen

Museo Thyssen

Se trata de un recorrido temático que nos lleva a través del tiempo y el espacio por el significado del Viaje y su presencia en la Pintura a lo largo de ocho siglos.

Comienza el paseo en la Sala 1 con uno de los primeros viajes representados, el de los Reyes Magos, ante la tabla de Luca di Tommé, La Adoración de los Magos, del siglo XIV.

En la Sala 4 viajamos al siglo XV y observamos cómo los Los Argonautas abandonan la Cólquida de Ercole de Roberti, los héroes griegos que junto a Jasón fueron en busca del vellocino de oro. En la nº 7, el Retrato del dux Francesco Venier, (1554-1556), de Tiziano… poco a poco continúa nuestro recorrido a lo largo de los siglos.

Durante el paseo aprendemos que los viajes no se realizaron por placer hasta el XVIII, antes únicamente se debían a motivos económicos, militares o religiosos. Como nos cuenta nuestra guía los caminos estaban ocupados por bandoleros o animales peligrosos, y los mares por piratas.

En el siglo XVII el Paisaje se va convirtiendo en un género, a medida que pierde su significado de lugar de peligro y adquiere el de lugar digno de ser contemplado y vivido. En la Sala 13 nos trasladamos a un Paisaje idílico con la huida a Egipto, de Claudio de Lorena (1663).

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C. de Lorena. Paisaje idílico con la huida a Egipto (1663)

En la Sala 17 admiramos las obras de Canaletto representando la bellísima Venecia, cita obligada para los viajeros que comenzaron a realizar el Gran Tour, itinerario antecesor del turismo moderno que incluía Turín, Milán, Venecia, Florencia y Roma, para terminar en Nápoles. El viaje, que duraba desde varios meses a años -según los medios económicos disponibles-, se puso de moda entre los jóvenes ingleses de las clases más altas.

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Canaletto. Vista de la Pl. San Marcos en Venecia (1723)

En la Sala 21 una obra muy ilustrativa, el Rincón de una biblioteca (1711), de Jan Jansz. van der Heyden, en el que además de libros hay mapas, un atlas, una esfera terrestre, otra celeste y una armilar, objetos que reflejan la gran importancia que alcanzaron los Paises Bajos, especialmente Amberes, en el desarrollo de la Cartografía y los Viajes.

En fin, vamos descubriendo aspectos verdaderamente interesantes, como los Bodegones del desorden, relacionados con los viajes y con lo masculino, frente a los Bodegones del orden que representan los interiores de las casas, y están relacionados con lo doméstico, con lo femenino.

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Sala 27

Los descargadores en Arles de Vincent van Gogh (1888), la Habitación de hotel de Edward Hopper, ya en el siglo XX,… hasta veintitres obras magníficamente seleccionadas.

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Hopper. Habitación de Hotel (1931). Sala 40.

Muchas gracias al Museo Thyssen por su grata acogida, y a MasterCard por su invitación y su ayuda en la difusión de la Cultura y el Arte.

Acudir a los museos es otra forma de viajar y conocer mundos nuevos.

Mercedes Gómez

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Museo Thyssen
Paseo del Prado, 8
Entrada gratuita los lunes de 12.00 a 16.00 h.

Tarjeta MasterCard Priceless Madrid

Juan Carreño de Miranda nació en 1614 en Asturias, probablemente el 25 de marzo en Avilés, hoy hace trescientos noventa y nueve años. Siendo aún casi un niño, con once años llegó a la Villa y Corte, donde viviría toda su vida y desarrollaría su arte.

Por entonces -estamos en 1625- Velázquez ya estaba instalado en Madrid con su familia, ya era pintor real y ocupaba un taller en el Alcázar. Diego Velázquez tuvo un papel de gran importancia en la historia de Carreño, para bien y para mal. Debieron tener una cierta relación y su pintura tuvo una gran influencia sobre él, como sobre tantos artistas, pero también provocó que durante mucho tiempo se mantuviera oculto bajo su sombra. Los neoclásicos “enterraron” a casi todos los pintores barrocos posteriores a Velázquez, identificando la decadencia política de los Austrias con una decadencia artística.

Carreño formó parte de una generación posterior a la de Velázquez, la de Francisco Ricci, Antonio de Pereda y Bartolomé Esteban Murillo entre otros, grupo de pintores del último barroco madrileño, que, como dice Javier Portús, reflejaron aquel Madrid cosmopolita de la segunda mitad del Siglo de Oro. Estos artistas tuvieron acceso a las grandes obras de las colecciones reales, a la escuela veneciana y flamenca, al naturalismo de Caravaggio… y crearon un nuevo lenguaje, el de la escuela barroca madrileña de la que Carreño fue uno de sus más importantes representantes.

“Juan Carreño de Miranda”, según Cean Bermúdez, que reproduce este grabado de Palomino, autorretrato del pintor, propiedad del Marqués de Salamanca (colección BNE).

En Madrid ningún monumento ni calle le recuerda (sí en su tierra natal), pero es posible conocer su pintura paseando por el interior de algunas iglesias, que guardan tantos tesoros, y nuestros museos.

Igual que otros componentes de su generación se formó con Pedro de las Cuevas. En su primera etapa, hasta 1658, realizó sobre todo obras de temática religiosa. A partir de entonces su carrera transcurrió en la Corte, en la que desempeñó varios cargos.

Velázquez, como sabemos, además de adquirir los vaciados de esculturas clásicas, durante su segundo viaje a Italia (entre noviembre 1648 y junio 1651), contactó con los mejores especialistas italianos en pintura al fresco Agostino Mitelli y Michele Angelo Colonna, que viajaron a Madrid para trabajar al servicio de Felipe IV. Estos prestigiosos artistas llegaron a Madrid ese mismo año. Ejercieron una gran influencia sobre los pintores del barroco madrileño, introduciendo las técnicas de las perspectivas fingidas para bóvedas y muros, que ellos dominaban, y que imitaban espacios arquitectónicos.

Francisco Ricci y Juan Carreño fueron los que mejor recogieron sus enseñanzas que plasmaron en los muros de algunos templos, por ejemplo en el camarín de la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, y en otros lugares reales, casi todo desaparecido.

En una de las más bellas iglesias de Madrid, San Antonio de los Alemanes, se conservan las impresionantes e inolvidables pinturas de la bóveda que ambos crearon en 1662 según bocetos de Mitelli y Colonna. La parte central que representa a San Antonio de Padua en la Gloria es obra de Carreño.

San Antonio de los Alemanes

San Antonio de los Alemanes

Entre 1663 y 1668 realizó un cuadro para la capilla de San Isidro en la iglesia de San Andrés, hoy día desaparecido, que representaba el milagro de la fuente. En el siglo XVIII se hizo una copia en relieve, instalada en la parte superior de la Fuente de San Isidro.

Fuente de San Isidro (foto: monumentamadrid)

Fuente de San Isidro (foto: monumentamadrid)

La vida y obra de ambos pintores, Ricci y Carreño, que nacieron el mismo año, fueron paralelas, fueron amigos y juntos crearon numerosas y maravillosas obras tanto frescos como de altar.

En 1669 Carreño fue nombrado Ayuda de Furriera, un oficio de la Casa Real a cuyo cargo estaban las llaves, muebles y enseres de Palacio, su limpieza y la de las habitaciones. Dos años después, tras la muerte de Sebastián Herrera Barnuevo, Pintor de Cámara, Carreño heredó el cargo, al que también aspiraba Ricci. A partir de entonces su relación se estropeó y la amistad entre ambos artistas se rompió. Pero su pintura les mantiene unidos para siempre.

En la iglesia de Santiago, en el crucero, lado de la Epístola se encuentra el “Bautismo de Cristo” de Carreño. Este cuadro originalmente estuvo en la derribada iglesia de San Juan, en la cercana plaza de Ramales.

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En el Altar Mayor está situada la gran obra de Francisco Ricci (1657), “Santiago en la batalla de Clavijo” (Carreño también realizó su Batalla de Clavijo, pero esta se encuentra en el Museo de Budapest).

Continuando nuestro paseo por las iglesias madrileñas en busca de las pinturas de Juan Carreño llegamos a San Ginés donde se encuentra una luminosa Sagrada Familia.

Como ya vimos, en los Jerónimos se halla una pintura propiedad del Museo del Prado, Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, de 1674, firmada como Pintor del rey.

Los últimos quince años de su vida pintó sobre todo retratos. Fue el pintor de la reina Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV (fallecido en 1665) y de su hijo Carlos II, de quienes realizó numerosos retratos que muestran la evolución de ambos. Algunos de ellos se encuentran en el Museo del Prado.

El retrato de La reina Mariana de Austria (h. 1670), procedente del Monasterio de El Escorial.

El retrato de La reina Mariana de Austria (h. 1670) (Museo del Prado)

El escenario de este cuadro es el Salón de los Espejos del Alcázar. De este retrato hay una versión muy parecida en el Museo de Bellas Artes de San Fernando.

En el mismo Salón -se reconocen los espejos del fondo junto con la mesa sostenida por los leones de bronce que hoy se encuentran en el Palacio Real-, tres años después pintó el retrato de Carlos II cuando tenía unos 12 años.

1673 Carlos II

Carlos II (1673) (Museo del Prado)

La influencia velazqueña es notable, utilizando el recurso de la representación del espacio reconocible, la estancia real, además de la figura retratada, incluso el espejo, como hiciera el gran pintor en Las Meninas.

Además del Prado y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando también conservan obras suyas el Museo Lázaro Galdiano y Museo del Romanticismo.

Juan Carreño de Miranda murió en 1685 a la edad de 72 años, en Madrid.

Después de largo tiempo olvidado, felizmente se ha recuperado su figura y su obra de gran calidad y riqueza, la de un pintor del Barroco madrileño.

Por Mercedes Gómez

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ACTUALIZACIÓN 28.3.2013

Existe otra pintura atribuida a Juan Carreño en la iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas y de los Santos Justo y Pastor, en la calle del Dos de Mayo.

Sobre un altar en el lado del Evangelio, hay un Cristo de la Luz, del XVIII. A su derecha se encuentra el Martirio de San Sebastián. A la izquierda otro cuadro del XVII, de Pereda, el Niño de las Calaveras. Ambas podrían proceder del antiguo templo de San Miguel de los Octoes.

Carreño san sebastian

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Fuentes:

Conferencia de Javier Portús, Juan Carreño de Miranda y el crepúsculo de los Austrias, Museo del Prado, 8 enero 2013.

Museo del Prado

En los inicios del siglo XVII el paseo del Prado Viejo de San Jerónimo era muy diferente al actual Paseo del Prado. Entonces no había calles asfaltadas, ni aceras, ni automóviles. Situado en las afueras de la villa, aún no estaba urbanizado, era un camino de tierra arbolado, surcado por un arroyo, con puentecillos y fuentes. A ambos lados había numerosos solares de pequeño tamaño en su mayor parte ocupados por huertas.

Ya desde el siglo XVI tras la llegada de la Corte a la Villa fue lugar de encuentro y diversión sobre todo para las clases altas madrileñas. Después, en tiempos del rey Felipe IV entre los años 1630-1640 se construyó el Real Sitio del Buen Retiro lo cual provocó que muchos nobles se instalaran en sus proximidades. Uno de los hombres más poderosos que construyó su casa de recreo en las cercanías de la posesión real fue el duque de Lerma, recordemos edificada según proyecto de Juan Gómez de Mora.

Los cortesanos que deseaban vivir cerca del rey fueron convirtiendo las tierras de labor que se encontraban frente al Buen Retiro en los jardines de sus casas.

Según el manuscrito Libro de las casas y calles de Madrid (magníficamente transcrito por el investigador Roberto Castilla, desgraciadamente inédito), hacia 1650 la última edificación de la Carrera de San Jerónimo hasta el Prado era una casa-jardín en esos momentos propiedad del secretario Luis Sánchez García.

Este inmueble, junto con otros cuatro colindantes, formaron el sitio nº 6 de la que sería la manzana nº 173, que hacia 1750 era propiedad de la condesa de Altri, según consta en la Planimetría General. En 1771 su dueño pasó a ser el duque de Villahermosa, quien construyó el edificio actual, remodelado y adaptado por el arquitecto Rafael Moneo para albergar el Museo Thyssen-Bornemisza, inaugurado en 1992.

Entramos en el museo en cuyo vestíbulo hay un cuadro que representa el lugar en que nos encontramos, el ambiente y el aspecto de las calles tal como debían ser en las últimas décadas del siglo XVII, durante el reinado de Carlos II, el último de los Austrias.

museo thyssen

Foto: Museo Thyssen.

Es la Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado con cortejo de carrozas.

Anónimo, atribuido a Jan van Kessel III, pintor nacido en Amberes en 1654 que a finales de la década de los 70 llegó a Madrid y trabajó en la Corte. Óleo sobre lienzo de gran tamaño (164 x 445 cm) pintado hacia 1680, pertenece a la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Se encuentra en depósito en el Museo.

Tampoco se sabe con certeza qué acontecimiento representa pero parece claro que fue pintado con ocasión de la visita de algún alto dignatario a los monarcas, Carlos II y María Luisa de Orleans. Las carrozas se dirigen hacia el Palacio del Buen Retiro y a su alrededor se producen infinidad de escenas en las que los protagonistas son los madrileños de la época.

Todo tipo de personajes, nobles y pobres, hidalgos, curas y monjas, encapuchados, damas con abanicos, mujeres vestidas muy modestamente con su hijo en brazos, niños descalzos, perros jugando, un mozalbete bebiendo de la fuente, varias personas sentados en el borde del pilón o de pie, conversando… Los vecinos se asoman a ver pasar la comitiva…

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Vista de la C. de San Jerónimo y el Pº del Prado (detalle).

La pintura también nos proporciona una preciosa información acerca del caserío y las calles. A la izquierda se aprecia un trozo del muro o tapia de la casa del Duque de Lerma, y una de las Fuentes del Prado.

El Prado fue el primer lugar en que se empezaron a construir fuentes con un objetivo meramente ornamental, aspecto que cobró importancia con la llegada de la Corte a Madrid. A partir de ese momento, las fuentes siempre tuvieron protagonismo en los proyectos urbanísticos de la zona. La sencillez fue su principal característica. Por una parte, las fuentes-taza, puramente ornamentales, y por otra las pilas con uno o dos pedestales de granito, coronados con las tradicionales bolas graníticas herrerianas, dotados con surtidores que vertían a un pilón. Ambas aparecen representadas en el magnífico cuadro.

En la Carrera de San Jerónimo adivinamos el Convento del Espíritu Santo, sin terminar pues aún no aparecen las torres de la iglesia cuyas obras finalizaron alrededor de 1684, únicamente se ve una cruz coronando el tejado.

Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado (detalle).

Vista de la C. de San Jerónimo y el Pº del Prado (detalle).

A la derecha, el Paseo del Prado, con su frondoso arbolado. Al fondo, la Huerta de Juan Fernández, lugar de recreo inmortalizado por Tirso de Molina.

Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado (detalle).

Vista de la C. de San Jerónimo y el Pº del Prado (detalle).

Frente a la esquina donde hoy se encuentra el Museo Thyssen, aunque no se ve, en lo que hoy es la Plaza de la Lealtad estaba la Torrecilla de Música, sencilla casita donde se colocaban unos músicos que alegraban el paseo, y que también servía como alojería, o quiosco de bebidas.

Infinidad de detalles y pequeñas historias que poco a poco vamos contemplando con admiración en esta maravillosa Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado gracias a la cual, una vez más, paseamos por el Madrid del siglo XVII.

Por Mercedes Gómez

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Museo Thyssen-Bornemisza
Vestíbulo Palacio de Villahermosa,
Paseo del Prado 8.

El pintor Elmyr de Hory llegó a ser conocido en todo el mundo como el gran falsificador. Aunque él decía que no copiaba, que no intentaba reproducir fielmente una obra, sino que trataba de introducirse en el espíritu de los artistas que admiraba y expresarse según su estilo, pintaba a la manera de otros pintores. Insistía en que siempre firmaba con su propio nombre, eran los otros los que, según él, cambiaban la firma y vendían sus pinturas auténticas convertidas en obras falsas.

La realidad es que muchos cuadros pintados por él fueron considerados obras de Monet, Degas, Modigliani, Matisse, Picasso, etc., vendidos por grandes sumas de dinero, y no se sabe, seguramente nunca se sabrá, si alguno continúa expuesto en algún museo.

Su biografía, como su obra, está llena de falsedades y trampas. Nació en Hungría en 1906 en el seno de una familia de clase media, su padre fue  un sencillo comerciante, pero él mismo se encargó de inventarse un pasado aristocrático. Además, a lo largo de su vida utilizó muchos nombres distintos para evitar ser identificado ante los numerosos conflictos que tuvo con la justicia.

En la década de los años 70 del pasado siglo se convirtió en un personaje famoso sobre todo a raíz del estreno en 1973 de la película de Orson Wells Question Mark (Fake), Fraude, en la que el gran cineasta le convirtió en protagonista junto a otro falsificador, Clifford Irving, de su extraordinario documental sobre el fraude y la autenticidad del arte.

Elmyr de Hory en la Falaise, Ibiza. Fotografía Archivo Diario Última Hora.

Elmyr de Hory en la Falaise, Ibiza. (Archivo Diario Última Hora).

En su azarosa vida hubo de todo un poco, fiestas, lujo, y épocas de ruina, incluso cárcel. Elmyr protagonizó varios escándalos, juicios y peticiones de extradición que acabaron de forma trágica.

A Madrid viajó varias veces. En diciembre de 1973 asistió al estreno de la película de Wells.

anuncio ABC estreno Madrid dic 1973

Coincidiendo con su presencia en Madrid, se inauguró su primera exposición en nuestra ciudad, en la Galería Orfila. Nuevamente en diciembre, tres años después, expuso en la Galería Bruagut, que ya no existe.

Elmyr de Hory pasó los dieciséis últimos años de su vida en Ibiza donde en 1976 se suicidó. No era la primera vez que lo intentaba, siempre temiendo la extradición a Francia, estaba seguro de que allí lo matarían. Pero en esta ocasión sus amigos no llegaron a tiempo.

Aquellos días aún se podía visitar su última exposición en Madrid, en la que los cuadros firmados con su nombre alcanzaban el millón de pesetas. Había conseguido ser reconocido como pintor. Otra prueba de su éxito es que se ha comprobado que existen falsos Elmyr de Hory, él mismo quizá nunca imaginó que se convertiría en el falsificador falsificado.

Treinta y siete años después Elmyr de Hory ha vuelto a Madrid. Esta semana se ha presentado en el Círculo de Bellas Artes la exposición Elmyr de Hory. Proyecto Fake, una de las más sugerentes y originales de la temporada.

cartel

Hasta el próximo 12 de mayo en la Sala Goya se exponen óleos, acuarelas y dibujos, veintiocho piezas a la manera de… y seis retratos en su propio estilo, a la manera de Elmyr de Hory.

sala goya

Como complemento se muestran fotografías y publicaciones en prensa que explican su historia y su figura, y se emite un documental, Historias como cuerpos, cristales como cielos, un curioso montaje dirigido por Ana Useros que habla de la identidad, el disfraz y la apariencia.

La exposición en su conjunto nos propone una reflexión sobre el arte, la autoría, el plagio… la verdad y la mentira, lo auténtico, lo falso, lo fingido, lo original o la copia…

Las pinturas firmadas por Elmyr a la manera de los maestros del siglo XX son bonitas. A estas alturas deben ser también muy caras.

Elmyr de Hory. A la manera de Modigliani. “Dona”.

Elmyr de Hory. A la manera de Modigliani. “Dona”.

La exposición incluye auténticos Elmyr de Hory, bellas obras pintadas a su manera.

H. de Hory. “Retrato de la madre de Elmyr”.

E. de Hory. “Retrato de la madre de Elmyr”.

Además de contar la historia de un hombre singular y mostrar su pintura, esta muestra nos obliga a pensar.

Hoy día quien lo desee puede encargar a un copista su cuadro favorito de algún pintor de éxito por una cantidad razonable de dinero. El único requisito es que exista al menos un detalle diferente a la pintura original, para que no sea considerado un plagio. Elmyr le dijo un día a una amiga, seguramente sonriendo: ¿Te hago un Picasso?.

Elmyr de Hory antes de tomar la última dosis de barbitúricos mezclada con alcohol escribió varias cartas a sus amigos, que hablaban y aún hoy hablan bien de aquel caballero simpático, culto y elegante.

La que finalmente no escribió (o no se ha encontrado) como había avisado en alguna ocasión, es la lista de cuadros suyos expuestos con la firma de otros pintores en los grandes museos. A finales de 1976 la temida extradición iba a llegar por fin. Como dijeron los periódicos por entonces, prefirió la muerte a la cárcel.

Por Mercedes Gómez

 

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Bibliografía:

Dolores Durán. Yo es otro (Catálogo exposición Elmyr de Hory. Proyecto Fake. CBA Madrid 2013).

Círculo de Bellas Artes
Calle Alcalá, 42.
Sala Goya
Hasta el 12 de mayo de 2013

María Blanchard fue una de las grandes pintoras del siglo XX, una de las protagonistas de la vanguardia en los comienzos del siglo. Sin embargo su arte, por distintas razones, y su vida, llena de interrogantes, no son tan conocidos como sin duda merecen.

Museo Reina Sofía

Museo Reina Sofía

Mucho se ha escrito sobre su aspecto físico y el sufrimiento que le ocasionaba. Había nacido jorobada. Durante largo tiempo se dijo que la causa había sido una caída de su madre embarazada, pero la realidad es que nació con una doble desviación de columna y otros problemas debido a un defecto genético, cuenta Gloria Crespo, que ha estudiado la vida y la obra de la artista y ha realizado el documental 26, Rue du Départ – Érase una vez en París.

No solo era su aspecto, bajita y contrahecha, sino que durante toda su vida esa malformación provocó muchos problemas de salud y fuertes dolores. Dormía en un sillón, recostada siempre hacia el mismo lado. Mucha fortaleza debía ser necesaria para vivir así.

Sus biógrafos han relacionado siempre esta desgracia con su pintura, felizmente hoy día se ha comenzado a desligar ambos aspectos dando a su arte la importancia que merece, y a valorar la valentía que siempre tuvo como artista y como mujer que supo adaptarse a los tiempos y a las dificultades.

María Gutiérrez Blanchard nació en 1881 en Santander. Animada por su padre, que también pintaba, en 1903 con veintidós años María se trasladó a Madrid para estudiar y formarse como pintora.

María Blanchard en 1909

María Blanchard en 1909

En 1909 obtuvo una beca gracias a la cual fue a París. Tal vez la vida entre la gente “corriente”, en Santander, en Madrid y en Salamanca donde dio clases de pintura, era demasiado dura, siempre objeto de burlas y rechazo. En París, entre los artistas, encontró la libertad y se sintió apreciada.

En 1912 se instaló en Montparnasse, en 26 rue de Départ, donde compartió piso y estudio con Diego Rivera y entabló contacto con Juan Gris.

María sufrió mucho por su deformidad pero debía tener una personalidad fuerte. Fue aceptada con cariño y estima en el grupo de artistas, la mayoría hombres, que protagonizaron la época más vanguardista. Todos hablaron muy bien de ella, no solo de su arte sino su bondad, generosidad, incluso de la belleza de su rostro, sus manos, su pelo… y la admiraron. Llegaron a ser muy importantes en su vida sus grandes amigos los pintores Rivera, Gris y André Lhote.

"Paisaje", 1912

“Paisaje”, 1912

Después de experimentar con el Fauvismo y otros estilos se convirtió en una de las mejores y más puras representantes del Cubismo.

Diego Rivera y María Blanchard (que al parecer también compartieron estudio en la madrileña calle de Goya) fueron dos de los pintores que participaron en la exposición organizada en 1915 por Ramón Gómez de La Serna, Los pintores íntegros.

El periódico La Esfera recogió el acontecimiento en un artículo firmado por S.A., irónico y cruel contra Ramón, los artistas y contra el Cubismo en general. La muestra resultó escandalosa para el Madrid de comienzos del siglo XX. De la Srta. Gutiérrez (así se refería a María Blanchard el autor del artículo) decía que “cuando quiere dibujar dibuja admirablemente, según puede apreciarse en su repugnante cuadro titulado Madrid”. En la revista Mundo Gráfico José Francés aplicaba el mismo calificativo al desnudo pintado por María Blanchard. Aquella pintura, en algún lugar llamada Venus de Madrid, hoy día está desaparecida.

La Esfera junto al texto publicaba una foto en la que a la izquierda se puede apreciar con dificultad otra de las obras de María expuesta en aquella memorable muestra, otro desnudo femenino, Nu o Eva, actualmente conservada en el Museo Nacional de Arte Moderno de París.

expo pintores integros

La Esfera, 8 marzo 1915

En 1916 se fue definitivamente a París, a pesar de que la guerra mundial continuaba. La vida no debía ser fácil en esas circunstancias, pero allí permaneció María. Ya nunca volvió a vivir en España.

"Naturaleza muerta con relieve", 1916

“Naturaleza muerta con relieve”, 1916

"Bodegón con caja de cerillas", 1918

“Bodegón con caja de cerillas”, 1918

Así como Juan Gris continuó investigando las posibilidades del Cubismo, en los años 20 María Blanchard volvió a la figuración, en lo que se llamó el retorno al orden. Ella tomó el camino del realismo mágico, alejándose de Gris, pictórica y personalmente.

Maternidad (1922) junto a  Madre y niño - maternidad (1926)

Maternidad (1922) junto a Madre y niño – Maternidad (1926)

A pesar de todo cuando en 1927 su gran amigo murió se sintió muy afectada y sufrió una gran crisis espiritual y, podemos imaginar, vital. Pero continuó pintando.

"Bodegón", 1930.

“Bodegón”, 1930.

Murió en París el día 5 de abril de 1932, recién cumplidos los 51 años. Una breve nota en los periódicos franceses comunicó el “fallecimiento de una pintora española, María Blanchard, después de larga y penosa enfermedad”.

Dos días después en España Luz. Diario de la República recogió la noticia. El escritor Corpus Barga le dedicó un bonito artículo en el que hablaba de cómo la artista que era un duendecillo en su estudio de Montparnasse había sido tragada por el silencio y pedía a las mujeres españolas que salvaran su memoria. La visión del arte en 1932 ya no era la de 1915, por suerte.

La Unión Republicana Femenina recogió la llamada y el día 1 de junio de 1932 se celebró un homenaje. A las siete de la tarde en el Ateneo de Madrid, junto a Clara Campoamor, se reunieron un grupo de artistas y escritores. Ramón Gómez de la Serna que tanto la había apoyado, Concha Espina que era famila suya, y Federico García Lorca que leyó su Elegía a María Blanchard.

Luego la artista cayó en el olvido, con escasas excepciones. En 1962 una galería madrileña le dedicó una exposición. En 1981, centenario de su nacimiento, fue objeto de un homenaje y otra muestra. Y poco más.

Por fin el año pasado 2012, a los 80 años de su muerte, en varios lugares se ha recordado su figura (Museo de Arte Moderno de Santander, Fundación Botín, estreno del mencionado documental en Matadero Madrid). Además, podemos admirar algunas de sus obras en la planta 5ª del Espacio Telefónica en la Gran Vía acompañando a su admirado Juan Gris.

Finalmente en las salas de la 3ª planta del Museo Reina Sofía, una vez más marco perfecto para una exposición, se nos ofrece una gran retrospectiva dedicada a esta gran artista a la cual pertenecen los cuadros de las fotos anteriores.

sala reina sofia

Hasta el próximo 25 de febrero podemos visitar la muestra que “quiere reivindicar a esta artista española que vivió la pintura con todas sus incertidumbres y convicciones y que llegaría a ser una de las grandes figuras de la vanguardia.”

Además de una magnífica selección de su pintura, el museo ha reunido las imágenes que existen de la artista, fotos, dibujos y alguna caricatura.

fotografias y dibujos de maria

Toda una vida, corta pero intensa, dolorosa y creativa, bajo el cristal de una vitrina.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

El Heraldo de Madrid, 8 marzo 1915
Mundo Gráfico, 17 marzo 1915
Luz, 7 abril 1932
Luz, 31 mayo 1932
Hoja del Lunes de Madrid, 5 enero 1981
El País, 31 enero 2012. Un documental rescata la figura cubista de María Blanchard.
El País, 5 nov. 2012 Gloria Crespo. Contra el olvido de María Blanchard.

Museo Reina Sofía
Exposición María Blanchard – hasta el 25 de febrero de 2013
Edificio Sabatini, Planta 3

Una de las exposiciones recientemente inauguradas en el Museo del Prado es una pequeña y original muestra titulada Los trípticos cerrados. De grisalla a color.

En un bello e inesperado lugar, en la Galería norte de la planta baja del Edificio Villanueva iluminada por la luz natural que llega del Paseo del Prado, se han instalado las fotografías de varios trípticos cerrados cuyos originales abiertos se pueden contemplar en su emplazamiento habitual, en las cercanas salas dedicadas a la pintura de la Escuela Flamenca.

Son nueve óleos sobre tabla de los siglos XV y XVI, nueve trípticos de los que normalmente no se pueden ver las imágenes pintadas sobre el reverso de las puertas que los cierran.

En estas puertas los primeros pintores flamencos como Robert Campin comenzaron a utilizar las grisallas o pinturas monocromas que emplean únicamente la gama de los grises, para simular esculturas de piedra ubicadas en marcos arquitectónicos.

Luego algunos pintores introdujeron el color, entre ellos El Bosco, en La Misa de San Gregorio. Puertas exteriores de La adoración de los Magos, de 1505, donde utiliza una semi-grisalla. En esta obra el gran artista también utilizó la técnica del trampantojo, pintando un marco falso junto al verdadero con el fin de atraer más la atención sobre la escena.

El Bosco. Misa de San Gregorio (1505).

Pierre Pourbus el Viejo en su Tríptico de los santos Juanes, pintado en 1549, en el exterior de las puertas nos muestra a San Pedro y San Pablo. En este caso las figuras están situadas sobre el zócalo de una estructura de madera con desperfectos que parece real. Los pies de los apóstoles se salen del cuadro… El pintor recurre al engaño visual para conseguir mejor el efecto de ilusión deseado.

P. Pourbus. San Pedro y San Pablo (1549)

Salimos del museo y paseando por las calles de Madrid comprobamos cómo este recurso tan antiguo, que alcanzó su esplendor en el siglo XVII, continúa siendo utilizado en el siglo XXI con el mismo objetivo de engañar, siempre con buena intención, la de mejorar la imagen ofrecida.

Desde hace unos años los edificios madrileños deben ser revisados cada cierto tiempo y los propietarios están obligados a reparar y reformar todo lo que sea necesario para mantener su buena salud. En algunos casos, los vecinos de las viviendas en lugar de limitarse a limpiar o pintar sus fachadas las adornan con decoraciones realmente bonitas. Uno de los medios utilizados es la pintura al trampantojo.

En la mágica calle del Espejo, una de las más antiguas de la Villa, que fue ronda interior de la muralla medieval, uno de sus edificios ha sido decorado con esmero. Aunque lamentablemente ya muestra las huellas de los que se dedican a ensuciar y pintarrajear las casas ajenas.

Sobre los fuertes sillares de piedra que lo sustentan otros más pequeños componen sus muros, pero resultan ser falsos… aunque son tan perfectos que hay que tocarlos para cerciorarse de que son pintados.

Como los que conforman la esquina del edificio, dibujados fingiendo el sólido granito.

Además, varios balcones imaginarios se abren a la calle del Lazo con sus rejas pintadas que se confunden con las de los balcones auténticos.

Por Mercedes Gómez

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Otros artículos:

Trampantojos en Madrid.
Antonio de Pereda. Bodegón. 1652.
Murillo. Autorretrato. 1670.
Coello y Donoso. Salón Real de la Casa de la Panadería. 1672-74.
El Trampantojo de Juan Muñoz. 1994.

Una de las muchas buenas exposiciones, de todo tipo, que estos días de otoño se pueden visitar en Madrid es El artista en la ciudad, en el Palacio de Cibeles.

En ella, treinta y seis artistas nacidos entre 1945 y 1975, representantes de las últimas décadas del siglo XX y los comienzos del XXI, nos muestran su visión de la ciudad en un escenario perfecto, en la 5ª planta del edificio proyectado por Antonio Palacios, con vistas a la diosa Cibeles, al paseo del Prado, y a la calle de Alcalá. Un lujo.

Las pinturas, que conversan con las esculturas del antiguo Palacio de Correos, provienen de diferentes museos y colecciones particulares, alguna de ellas del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid (ubicado en el Cuartel del Conde Duque) que, igual que el Museo de Historia de la calle de Fuencarral, permanece cerrado y sin fecha prevista de apertura, así que esta es una buena ocasión de poder volver a contemplar al menos algunas de sus espléndidas obras. Cuadros de José Manuel Ballester, Félix de la Concha, etc.

José Manuel Ballester, “Torres Kio, Puerta de Europa” (1992). Museo Arte Contemporáneo.

La muestra está dividida en cuatro partes, la ciudad como acontecimiento o lugar en el que ocurren cosas; la ciudad, la Historia y las historias; los bordes de la ciudad, el cielo y el subsuelo; y las ciudades ensoñadas.

La ciudad pintada, obras que proponen miradas realistas, o imaginadas…

G. Pérez Villalta , “Imaginar” (2002). Colección particular.

… y ofrecen un interesante y bonito panorama de pintura contemporánea española, madrileña en particular. Los personajes del Madrid de los 80 de Ceesepe, el desaparecido Cine Europa de Carlos García Alix, el Puente de Vallecas de Marina Arespacochaga, la Entrada al Botánico de César Luengo, etc. todos son importantes y forman parte de una cuidada selección para disfrute de los aficionados a la pintura.

por Mercedes Gómez

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Palacio de Cibeles
El artista en la ciudad
De 10 a 20 h.
Lunes cerrado

El Paseo de las Delicias nace en la plaza del Emperador Carlos V, en el lugar donde estuvo la Puerta de Atocha, hasta el año 1851 en que fue derribada, y llega hasta la plaza de Legazpi. Su historia se remonta al siglo XVIII. Antes, en el siglo XVII, tras la puerta que en el plano de Pedro Texeira aparece con el nombre de Puerta de Vallecas únicamente existía un camino rodeado de sembrados.

En 1748, reinando Fernando VI, dentro de un amplio plan de reformas de la zona, se construyó una nueva Puerta. A la salida, extramuros, como continuación del Salón del Prado, se crearon unos hermosos paseos arbolados en dirección al Río Manzanares que recibieron el nombre de Las Delicias. El artista italiano Antonio Joli reflejó las novedades en uno de sus mágicos cuadros realizados durante su estancia en Madrid, la Vista de la Calle de Atocha. A la izquierda, tras la nueva puerta de la Cerca que rodeaba Madrid, Joli pintó el inicio de los paseos.

A. Joli, Vista de la calle de Atocha (h.1750). Casa de Alba.

La imagen más ilustrativa es otra bella pintura creada hacia 1785 por Francisco Bayeu, pintor de cámara, El paseo de las Delicias, un pequeño óleo sobre lienzo de 37×56 cm. que podemos contemplar en el Museo del Prado.

En la segunda planta al sur del edificio, se encuentran las salas dedicadas al siglo XVIII español, entre ellas la Sala de Bocetos y Pintura de Gabinete. Una de las obras expuestas es este boceto para un cartón de tapiz realizado para el cuarto de los Príncipes de Asturias del Palacio del Pardo.

Paseo de las Delicias, Francisco Bayeu (1785). Museo del Prado.

El Paseo de las Delicias se convertiría en uno de los más frecuentados de la ciudad. Su ambiente era más popular que el del Salón del Prado, que era visitado por los nobles y clases más altas, pero era igualmente lugar de alegre entretenimiento y relación social. En el cuadrito de Bayeu se puede apreciar muy bien cómo debía ser la vida allí y los personajes que lo animaban.

Según la descripción de Pascual Madoz, en el siglo XIX, a la salida de la puerta se veían dos malas fuentes (debían ser abrevaderos para el ganado), y tras un camino alargado se llegaba a una plazuela en la que había otras dos fuentes, de la cual partían tres caminos: el denominado paseo de las Delicias que llevaba al puente de Santa Isabel sobre el Canal del Manzanares, adornado con cuatro filas de árboles y dividido en tres calles, y el de Santa María de la Cabeza, de iguales características, que llevaba hasta el Embarcadero. Tanto uno como otro tenían de trecho en trecho sus plazuelas, algunas con bancos de piedra, y eran muy frecuentados por las personas que paseaban por conveniencia y sin otro objeto que respirar un aire libre. Finalmente, el último ramal que salía de dicha plazuela era la Ronda de la Cerca que rodeaba Madrid, que desde la Puerta de Atocha se dirigía a la Puerta de Toledo.

Cuando se creó el paseo de las Delicias de Isabel II, actual paseo de la Castellana, nuestro paseo recibió, para diferenciarlo, el nombre de Delicias del Río.

La construcción de la Estación de Delicias, proyectada en 1878, y la de Atocha pocos años después, en 1890, condicionaron la evolución del barrio. Por entonces ya habían comenzado a trazarse las calles hasta la línea que marcaba el paso del ferrocarril, que partía el barrio en dos (futura calle del Ferrocarril). En los comienzos del siglo XX la zona ya estaba urbanizada, desde Atocha hasta el Río. Al abrigo de la Estación de Delicias se instalaron varias fábricas y almacenes de tipo industrial. También surgieron nuevas formas de ocio, los cines, los bares… , el paseo continuaba siendo un lugar de esparcimiento y encuentro, como lo fuera en el siglo XVIII.

En los años 40 y 50 había varios cines de sesión continua a lo largo de la calle. Uno de ellos fue el Lusarreta, que con el tiempo se convertiría en el nuevo Teatro Cómico. En 1945 se inauguró el Pizarro, y al final de la década, el 6 de abril de 1958, se inauguró el Candilejas, en la plaza de Luca de Tena. Era un cine de los llamados de “reestreno” donde los vecinos podían ver las películas más recientes sin tener que acudir a las salas del centro. Desapareció, como tantos cines de barrio, pero aún perviven su recuerdo y los restos de la antigua entrada.

Por entonces, no es cosa de ahora, según leemos en la publicidad de la época, se puso de moda ver los partidos de fútbol en televisión en los bares por toda la ciudad, algunos de ellos en el Paseo de las Delicias, como por ejemplo en el entonces llamado Bar el 5, en el nº 5 del paseo.

Hoy día el paisaje es muy diferente, ya no existe una cerca ni puertas que cierren la ciudad, pero perviven huellas de la historia vivida.

Algunos de los edificios que jalonan el Paseo hoy día fueron construidos en los comienzos del siglo XX, como los primeros números, del 8 al 14, entre 1900 y 1910. En el nº 19, esquina a la calle Murcia, hay una bonita casa construida hacia 1925, con sus balcones de onduladas rejas.

Justo enfrente, en el número 28, el 12 de septiembre de 1959, fue inaugurado el Hotel Carlton, de 1ª categoría. Pocos pasos después, en el 27, se encuentra el callejón de entrada a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, que ya visitamos.

Entre las nuevas edificaciones de los años 40, en el nº 74-76 destaca un edificio de Secundino Zuazo y Vicente Eced.

En la plaza de Luca de Tena, como en las plazuelas dieciochescas, hay bancos y jardincillos, con árboles y arbustos, incluso un bonito madroño que el próximo otoño dará su fruto.

En 1970 se inauguró la nueva parroquia de las Delicias, actual nº 61. El barrio iba cambiando con los tiempos y de acuerdo a sus necesidades. A continuación pervive la verja de entrada a la antigua Estación de Delicias, donde en 1984 se instalaron el Museo del Ferrocarril y el Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica, este último quizá bastante desconocido. Ambos merecen una visita.

En el nº 67 se encuentra otro de los edificios más antiguos, el Colegio de Nuestra Señora de las Delicias, originalmente Instituto del Pilar para la Educación de la Mujer, para huérfanas hijas de Madrid, construido entre 1902 y 1913 junto al campo de fútbol de La Ferroviaria, según proyecto de Julio Martínez-Zapata, uno de los arquitectos para los que trabajó el escultor Ángel García Díaz, autor de algunas de las esculturas de la Capilla.

La fachada neomudejar parece haber sido restaurada recientemente y luce alegre.

El paseo es muy largo. Al final, en una de las antiguas plazoletas, hoy gran plaza de la Beata María Ana de Jesús, se cruza con la calle de Embajadores antes de continuar su camino hasta las proximidades del Río.

En el siglo XXI las tiendas tradicionales han ido desapareciendo, también las fábricas y los cines, incluso la Estación, pero hoy día el Paseo de las Delicias continúa siendo un paseo arbolado. Aunque ahora destinado a los automóviles, a ambos lados, sus aceras, con bancos de madera, siguen siendo lugar de encuentro del barrio.

Por Mercedes Gómez

Hoy tengo el placer de recomendaros la lectura de un artículo maravilloso e invitaros a conocer una imagen desconocida del Alcázar de Madrid que se encuentra en la Colegiata de Pastrana, Guadalajara. Su autor es David Gutiérrez Pulido.

David es Historiador del Arte. Y me atrevo a decir que el arte, además de su profesión es su afición, por eso cuenta las cosas, por escrito o de palabra, con mucho rigor pero también con pasión y de forma amena, doy fe.

David, querido amigo, se nos ha ido a vivir a Londres, pero desde allí sigue contándonos muchas cosas interesantes gracias al blog que hace pocos meses decidió abrir, un blog sobre la Historia del Arte, el arte español en Londres, y muchas cosas más.

Su último post, al que me refería al principio, es un estudio completo sobre una pintura que descubrió hace unos años durante uno de sus viajes a lo largo y ancho de este mundo, esta vez en Pastrana, que representa los Milagros de San Isidro. Análisis exhaustivo de la composición del cuadro, técnica pictórica… y encantadora descripción del paisaje madrileño, el Alcázar, la puente Segoviana… y los personajes, San Isidro, su mujer Santa María de la Cabeza, el patrón Iván de Vargas y su lacayo… sus atuendos…

“En la localidad de Pastrana (Guadalajara), en el interior de la Colegiata de la Asunción de la Virgen, se halla entre sus muros una obra pictórica anónima que representa los milagros de San Isidro Labrador. Al fondo, y como paisaje integrador de la escena, aparece una imagen del antiguo Alcázar de Madrid, quizás algo imaginativo pero basado enteramente en la realidad.

En su blog podéis leer el artículo completo, merece la pena: Imagen del Alcázar de Madrid en la Colegiata de Pastrana (Guadalajara).

Gracias a todos, espero que os guste.

Y gracias a tí David, por (aunque ahora un poquito más lejos) estar siempre ahí,

¡te damos la bienvenida!.

Mercedes

artedemadrid@gmail.com
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