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Este mediodía he ido al Botánico. Iba a ser un momento, solo quería fotografiar una de sus estatuas. Era la hora de comer, viernes, cielo nublado, parecía que iba a comenzar a llover… el Jardín estaba prácticamente vacío. La entrada invitaba un poco a la melancolía, hasta los fontines, hace unas semanas alegres, hoy mostraban una cierta tristeza en su agua oscura. Había que darse prisa.

Pero he tardado más de lo previsto en llegar a mi destino, todo lo que iba encontrando en el camino me parecía bonito y me obligaba a detenerme y contemplarlo.

Es fácil recomendar la visita al Botánico en primavera, con sus flores de colores vivos y árboles esplendorosos. En pleno mes de noviembre hay que echarle mucho más valor, pero me voy a atrever, también en otoño merece la pena visitar el Real Jardín Botánico.

Las hojas de los árboles de hoja caduca están perdiendo su color verde, adoptando toda la gama de amarillos, ocres, marrones, algunas el bello color rojo.

El majestuoso olmo del Cáucaso, de casi doscientos años, el más alto del Jardín con sus cuarenta metros de altura, hasta hace poco frondoso, pronto quedará desnudo. De momento luce un colorido que domina el recinto.

No me ha extrañado encontrar algunos de los paseos cubiertos por las hojas caídas, a pesar del cuidado continuo y perfecto a que es sometido el querido Jardín. Las alfombras de hojas secas son tan bonitas y evocadoras, tan lógicas, que no he pensado en el porqué, no he pensado nada, simplemente las he admirado  y fotografiado.

Solo al llegar a casa y leer el Diario del Jardín Botánico, periódico gratuito que este maravilloso lugar edita y pone a nuestra disposición, me entero de que no es algo casual, ya el año pasado se decidió no barrer algunos caminos para que los visitantes podamos recordar mediante los sentidos del olfato y del oído, además de la vista, los antiguos paseos otoñales entre las hojas no recogidas de los parques. Es placentero pisarlas, y huele muy bien. Es precioso el Botánico, y alegre a su manera, también en otoño.

por Mercedes Gómez

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Real Jardín Botánico de Madrid
Plaza de Murillo nº 2
(Precio: 3 €.)

A mediados del siglo XV, reinando Enrique IV, el límite norte de Madrid estaba en la plaza de Santo Domingo. Mas allá de la Puerta del mismo nombre sólo había bosques y cursos de agua que regaban los fértiles terrenos. Y así fue hasta finales del siglo XVI, cuando Felipe II estableció la capitalidad en la Villa.

Por entonces comenzaron a aparecer pequeños núcleos de edificaciones fuera de la cerca, llamados “pueblas”, pero no fue hasta el siglo XVII cuando se produjo un gran crecimiento de población, y bajo el reinado de Felipe IV se construyó una nueva Cerca y se llevó a cabo la urbanización y deforestación de toda esta zona. La Puerta de salida de la villa por el norte pasó a situarse en la actual glorieta de San Bernardo, era la Puerta de Fuencarral.

Entre ambas puertas, sobre un antiguo camino, surgió la calle de los Convalecientes de San Bernardo, alrededor de la cual se trazaron las nuevas calles, una de ellas fue la Calle de las Beatas, que recibió este nombre por el cercano Beaterio, llamado de Santa Catalina de Siena, que se encontraba junto al Convento de Santo Domingo.

Plano de Texeira (1656)

Fue en 1887 cuando pasó a denominarse calle de Antonio Grilo, dedicada al poeta cordobés miembro de la Real Academia de la Lengua.

En el inicio del año 2004, un edificio en el número 8 de esta calle, creada sobre aquellos terrenos boscosos históricos, fue el protagonista de una noticia singular. La casa estaba en ruinas y a punto de desaparecer, había sido expropiada a sus dueños para construir un ambulatorio. Pero lo más curioso de todo era que una gran parra que había nacido en su interior hacía más de sesenta años, salía del portal, recorría toda la fachada y se adentraba en los balcones de las viviendas.


(Foto: Claudio Álvarez, El País, 2004)

Poco después el edificio fue derribado, la vid desapareció, nunca se construyó el ambulatorio y el solar ha permanecido abandonado durante años.

Hace unos días leí en el periódico digital Somos Malasaña la pregunta ¿Qué hacemos en el solar público de Antonio Grilo?. Hablaban de un solar propiedad del Ayuntamiento que el pasado mes de junio se había anunciado como un nuevo espacio liberado, tras su ocupación por los integrantes del Patio Maravillas -famoso centro social, actualmente en un edificio ocupado en la calle del Pez-, con el fin de convertirlo en huerto urbano.

El reportaje no mencionaba el número de la calle, pero, no se por qué, inmediatamente lo relacioné con el recuerdo de la antigua parra en esa misma calle, una de esas historias que llaman la atención pero que el paso del tiempo lleva al olvido y a no saber cuál fue el desenlace.

12 octubre 2010

Se trata efectivamente del solar donde hace cerca de siete años aún vivía la enorme y asombrosa vid.

Tal vez estos terrenos, antes acostumbrados a ver crecer poderosos árboles, propiciaron la vida de la desaparecida parra.

No muy lejos, en el jardín de la antigua Universidad Central de San Bernardo, desgraciadamente convertido en un aparcamiento, sobrevive una antiquísima encina, como hace algún tiempo nos contaba Carlos Osorio en su blog Caminando por Madrid.

Ahora los vecinos ya han comenzado a plantar algunas semillas en este recién nacido huerto urbano.

Seguimos sin saber cuál será el desenlace de la historia, si este solar abandonado durante tanto tiempo conseguirá ser escenario de actividades positivas, como pretenden sus ocupantes, o si en el futuro por fin albergará algún servicio necesario para el barrio, pero mientras tanto seguro que el huerto dará sus frutos.

Texto y fotografías por Mercedes Gómez

En el nº 122 de la calle de Serrano se encuentra uno de los grandes museos de Madrid, el Museo Lázaro Galdiano, lleno de maravillas de todas las épocas y estilos, representados todos los grandes maestros de la Historia del Arte. El Greco, Sánchez Coello, El Bosco, Goya… Delicadas joyas, exquisitos libros, pintura gótica, escultura renacentista, pintura barroca… Obras adquiridas por José Lázaro Galdiano a lo largo de toda su vida, que colocó y cuidó con cariño, continúan entre las paredes de su Palacio, a disposición de todos, tal como él quiso y decidió antes de morir.

José Lázaro Galdiano nació en Beure, Navarra, el 30 de enero de 1862. Muy joven se trasladó a Barcelona para estudiar, ciudad en la que comenzó a trabajar, en la Compañía Transatlántica, y a aficionarse a la lectura, al arte, y al coleccionismo.

No cabe duda de que fue un personaje especial. Gran financiero, se convirtió en accionista principal en Banca –fue fundador del Banco Hispano Americano-, Transportes, etc. supo incrementar la fortuna de su adinerada familia y luego la suya propia, pero también gastó mucho dinero de forma altruista, con el único objetivo de potenciar la cultura española.

Lázaro fue el creador y director de la editorial La España Moderna, y de la revista del mismo nombre, que se publicó desde enero de 1889 hasta diciembre de 1914.

A los 25 años se instaló en Madrid, en la calle Fomento, y animado por el mundo cultural que conoció en la capital decidió fundar la revista, que le ocupaba “el día y la noche enteros”. El entonces joven José buscaba engrandecer la cultura y no lucrarse, para ello buscó la colaboración de los más renombrados intelectuales, como Galdós, Clarín, Pereda, Emilia Pardo Bazán, Unamuno…

Emilia Pardo Bazán fue su gran amiga en los primeros años de la década de los 90, y dicen que amante, pero dejando aparte este aspecto que forma más parte del mundo de los chismes, lo realmente importante y cierto es que jugó un papel decisivo, aconsejando y difundiendo la revista, y le dio su apoyo en aquellos comienzos. Suyo es el primer escrito del primer número de la revista.

En 1903 José se casó con la bella Paula Florido, argentina, también muy rica, seis años mayor que él, y que antes se había casado tres veces y enviudado otras tantas. Ella también era aficionada al coleccionismo, se conocieron y enamoraron en la tertulia de un Anticuario a la que él solía acudir, y juntos formaron la gran Colección que poco a poco iría adornando su palacio, el Palacio de Parque Florido, así llamado en homenaje a ella.

El mismo año de la boda José Lázaro encargó su construcción en un solar adquirido en la calle de Serrano esquina López de Hoyos, al arquitecto José Urioste. Por entonces, este punto era el final de la urbanización de la calle Serrano, en la que ya quedaban muy pocos solares disponibles.

1907. El edificio aún en construcción.

Tras muchos problemas y desacuerdos entre ambos, participación de otros arquitectos y ligeros cambios del proyecto inicial, la obra fue finalizada en 1908 por Francisco Borrás. Al año siguiente se dio por terminada la decoración del palacio, muy trabajosa y compleja, dirigida también por Borrás, quedando inaugurado uno de los palacetes más lujosos de la época.

El mismo Borrás construyó junto al palacio la sede de la editorial, edificio actualmente ocupado por oficinas, el auditorio, la biblioteca, la revista Goya y otras dependencias, aunque del edificio original apenas se conserva parte de la fachada que da al jardín.

1910. A la izquierda, la sede de "La España Moderna".

El palacio, aunque reformado entre 1949 y 1950 por Chueca Goitia para transformarlo en museo, se conserva totalmente.

La planta baja estaba ocupada por el servicio, y la segunda por los dormitorios de los dueños. La primera, estaba prácticamente dedicada a guardar los objetos, cuadros, etc. que iban adquiriendo en tiendas o subastas.

El palacete estaba rodeado por un jardín romántico, adornado con esculturas, flores y árboles.

En 1932 murió Doña Paula, y don José, muy afectado y entristecido, se fue apartando de la vida social, se dedicó a viajar y se trasladó a vivir a Nueva York, hasta 1945 en que volvió a Madrid, donde murió dos años después.

Don José Lázaro Galdiano durante toda su vida adquirió arte, fue casi una obsesión, llegando a reunir una de las Colecciones más importantes de Europa, que legó al Estado español, junto con su fortuna, su palacio y su jardín.

Los árboles del Jardín del Museo Lázaro Galdiano son imponentes, fueron creciendo junto al palacio a lo largo del siglo XX. Uno de los más significativos era una haya roja centenaria, plantada por orden del propio Lázaro frente al torreón donde instaló su despacho.

Febrero de 2008

Desgraciadamente, estaba enferma, y a finales de 2008 fue talada. Su pérdida fue importante para el Museo y también para Madrid. Se trataba de un árbol casi único, dicen que sólo en el Botánico se puede encontrar un ejemplar de tales características.

El Museo decidió que el árbol caído no debía ser olvidado. Allí pervive, junto a una haya joven recién plantada, la base del viejo tronco del árbol talado, y una placa conmemorativa que recuerda las fechas importantes en la historia del lugar. Los anillos de la corteza del árbol representan el paso del tiempo y la historia de estos cien años.

En el cristal de la ventana de la planta baja del torreón desde la que durante un siglo pudo contemplarse el árbol, continúan reflejándose sus ramas.

Octubre 2010

Este año 2010 una pequeña exposición instalada en la sala 6, conmemora los 100 años de existencia del palacio y su jardín, 100 años de Parque Florido: de Palacio a Museo.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

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Museo Lázaro Galdiano
Calle Serrano nº 122
100 años de Parque Florido: de Palacio a Museo
Hasta el 12 de diciembre

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Fuentes:

Museo Lázaro Galdiano
R. Asún. La Editorial La España Moderna.

Dicen que no es un oso sino una osa, y que no es un madroño sino un madroñero. Pero, durante siglos, nos hemos referido a ellos, el Oso y el Madroño, como parte del escudo de nuestra ciudad. El oso, y el madroño, “mudruny” en la lengua de los mozárabes, símbolos de la Villa.

Hoy día en Madrid no abundan los madroños, quizá este arbusto tan cargado de historia eche de menos el ambiente y el aire medievales. Pero sí hay algunos. Podemos contemplarlos si vamos al Retiro, a lo largo del Paseo de Coches, o a la Casa de Campo, por supuesto en el Jardín Botánico o el Parque de la Fuente del Berro. Más pequeños, también repartidos por la ciudad, por ejemplo en el Paseo del Prado. Incluso algunos en grandes maceteros, como en la plaza del Conde de Miranda o la calle Mayor. O en pequeños maceteros, como en mi balcón.

Y sobre todo podemos seguir admirando el majestuoso madroño centenario que se encuentra en la Plaza de la Lealtad, frente al Hotel Ritz. Hace unos años estuvo en peligro pues el peso de sus enormes ramas amenazaba con derribarlo, pero hoy día unas grandes horcas de hierro a modo de “muletas” sujetan el magnífico árbol, uno de los más singulares de Madrid.

Estos días, como siempre en otoño, comienzan a verse sus frutos rojos, comestibles, junto a las florecillas blancas.

De ellos nace el Licor de Madroño que, según cuentan, Felipe IV tomaba después de las comidas, preparado por su cocinero según la receta que inventaron los frailes benedictinos: machacando el madroño con alcohol de vino.

Está muy rico el licor de madroño, bien frío, sobre todo en esos diminutos y castizos vasitos de barquillo en que a veces lo sirven en la Taberna El Madroño, en la Plaza de Puerta Cerrada. Una delicia.

Otra curiosidad sobre nuestro emblema: el madroño, con su color rojo intenso, en el famoso y maravilloso cuadro de El Bosco “El Jardín de las Delicias” es el símbolo de la lujuria.

Lo que quizá no todo el mundo sabe es que la espléndida pintura flamenca de los comienzos del siglo XVI se titula “El Jardín de las Delicias o la Pintura del Madroño”.


La podemos admirar en el Museo del Prado, después de un paseo por los alrededores contemplando los madroños al natural.

por Mercedes Gómez

A finales del siglo XIX se comenzaron a construir los barrios de Chamberí y Salamanca, el Ensanche de Madrid, separados por el Arroyo de la Fuente Castellana, hoy Paseo de la Castellana, creándose infinidad de jardines y zonas ajardinadas. Paseos, plazas, jardines públicos, y también jardines privados en palacetes, conventos, hospitales, etc. de los cuales muchos han desaparecido, pero por suerte quedan bastantes ejemplos, todos ellos incluidos en el Catálogo de Parques Históricos y Jardines de Interés del Ayuntamiento de Madrid, incluido en el último Plan General de Ordenación Urbana.

Hoy día una gran parte de los edificios que albergan estos jardines pertenecen a entidades bancarias, embajadas o instituciones oficiales, de forma que es muy difícil visitarlos, aunque también hay que decir que gracias a eso se conservan muchos de ellos.

Uno de los jardines públicos creados en esa época es el Jardín del Museo de Ciencias Naturales.

Palacio de Exposiciones (Ayuntamiento de Madrid)

Palacio de la Industria y de las Artes (Ayuntamiento de Madrid)

Entre 1881 y 1887, en parte de los terrenos conocidos entonces como Bosquecillo de la Castellana, se construyó el Palacio de Exposiciones para la Exposición Nacional de Industria y de las Artes, que actualmente, convertido en sede del Museo de Ciencias Naturales y de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, constituye uno de los mejores ejemplos de arquitectura de exposiciones, y de los primeros en que se utilizó el hierro y el cristal. En 1979 se acometió una importante reforma en la magnífica cúpula y en la fachada con el fin de recuperar el lucernario y las cerámicas de los famosos Ruiz de Luna y Zuloaga, quien trabajó en otros edificios de este tipo –como el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal en el Retiro-.

Fotografía 1934. Museo de Historia (www.memoriademadrid.es)

Fotografía 1934. Museo de Historia (www.memoriademadrid.es)

A finales de 1883, enfrente, delante de la Escuela Superior del Ejército, fue instalado el Monumento a Isabel la Católica, obra del escultor catalán Manuel Oms y Canet, que en 1959 fue trasladado a su emplazamiento actual, a los pies del jardín. El pedestal fue cambiado por otro más sencillo y el monumento situado dentro de un estanque con cuatro surtidores y rodeado por una verja de hierro.

Año 1960 (de www.memoriademadrid.es)

Año 1960. Fotografía Museo de Historia (www.memoriademadrid.es)

Veinte años después, en el lateral próximo a la calle Vitruvio, fue instalado el Monumento Homenaje del Pueblo de Madrid a la Constitución de 1978, obra del arquitecto Miguel Ángel Ruiz-Larrea. A menudo nos referimos a él como “un cubo”, pero se trata de una figura geométrica mucho más compleja, en la que además de la forma cobra importancia el espacio, por algo fue creada por un arquitecto y no un escultor. Un cubo vacío dentro de otro cubo cuyas paredes abiertas permiten participar. Construido en mármol blanco de Macael, Almería, uno de los de mayor calidad, el monumento invita a entrar en él, observar el cielo o el aire, desde sus cuatro puntos de vista.

Constitucion1978

Alejándose de las representaciones figurativas y tradicionales, el monumento abstracto madrileño sufrió, y sigue sufriendo numerosas críticas, pero, aparte gustos personales, hay que reconocer que la opción innovadora elegida también ofrece su simbolismo y permite al ciudadano no solo observar la figura sino formar parte de ella.

En 1982, el importante arquitecto Miguel Fisac acusó a Ruiz-Larrea de plagio, de haberse inspirado en la obra presentada por el suizo Max Bill en 1952 a un concurso en Londres para la creación del “Monumento al prisionero político desconocido”, formada por tres cubos. Claro que no menos importantes eran los miembros del jurado que premiaron y eligieron la obra que sería instalada en Madrid, entre los que se encontraban el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza, los escultores Eduardo Chillida y Pablo Serrano y el pintor Lucio Muñoz.

Curiosamente, diez años después, el arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen construyó el “Arco de la Defensa” de París, que también puede recordar a nuestro monumento, pero sin embargo no ha sido acusado de nada. En estos casos lo mejor es que cada uno saquemos nuestras propias conclusiones.

El Jardín, en las primeras horas de esta mañana del primer domingo del verano que se adivina caluroso, comienza a poblarse de jóvenes que acuden a sentarse en el césped ajenos a los monumentos cercanos y a casi todo. La terraza del quiosco ubicado en la parte superior, ahora vacía, seguro que a lo largo del día se llenará, el lugar es muy agradable.

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El jardín original, de estilo paisajista, fue diseñado en 1887 por Celedonio Rodrigáñez, entonces Director de Parques y Jardines del Ayuntamiento. Situado en pendiente, está formado por caminos de arena y superficies de césped de trazado curvilíneo, recordando el primitivo.

Prácticamente la totalidad de la vegetación es posterior, pero se conservan tres árboles de la original:

un magnífico cedro en el centro de la composición, y dos secuoyas frente al Paseo, viejos árboles testigos de la historia del Jardín.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Teresa Sánchez-Fayos y Silvia Villacañas. “Los Jardines del Madrid Moderno” Ayuntamiento de Madrid. Madrid 2001.

COAM. Guía de Arquitectura. Madrid 2003.

Constitución española. Homenajes y recuerdos

El País 4 mayo 1982

El Mundo 2 dic 2000

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