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La primera Real Fábrica de Porcelana creada por el rey Carlos III en el siglo XVIII fue instalada en El Retiro en los terrenos cercanos a los que hoy ocupa la estatua del Ángel Caído, en la antigua ermita de San Antonio de los Portugueses. Convertida en cuartel por los franceses en 1808, fue destruida por los ingleses durante la Guerra de la Independencia.

Finalizada la guerra, unos años después, durante el reinado de Fernando VII, en 1816 se construyó una nueva Real Fábrica promovida por la reina Isabel de Braganza, cuyo amor al arte le llevó no solo a impulsar la creación del Museo del Prado sino otros lugares como esta nueva Real Fábrica de Loza y Porcelana de la Moncloa, en el Real Sitio de La Florida, ubicada en la Granjilla de los Jerónimos, tierra de labor que perteneció a los Jerónimos, y que antes se llamó El Paso –aquí, cerca de donde hoy se encuentra la ermita de San Antonio, estuvo el primer Convento de los Jerónimos, el Monasterio de Nuestra Señora de El Paso, fundado por Enrique IV en 1464, antes de su traslado al Buen Retiro–.

Las obras fueron dirigidas por Joaquín García Rojo, en calidad de teniente arquitecto mayor; su ayudante fue Pedro Vargas. Su planta en “L” aparece representada en un plano del Real Sitio conservado en la Biblioteca Nacional.

Real Sitio de La Florida (plano 1860-1900 (BNE)

“La Fábrica de la China” en el Real Sitio de La Florida (plano 1860-1900 (BNE)

El primer director fue Antonio Forni. La cerámica era de gran calidad, como lo fue la del Retiro, pero la fábrica no funcionaba como se esperaba, de modo que en 1820 Forni fue sustituido por Bartolomé Sureda, que ya había dirigido la Fábrica del Retiro antes de la guerra. Pero las cosas seguían sin marchar bien y en 1850 se cerró.

Los talleres de la Fábrica de la Moncloa aún vivieron una última etapa, en tiempos de Alfonso XII. Con los hermanos Zuloaga al mando fue reabierta en 1874 como Fábrica y Escuela de Artes Cerámicas de La Moncloa.

Eusebio Zuloaga, director de la Real Armería del Palacio Real, fue quien inculcó el arte de la cerámica en sus hijos Guillermo, Daniel y Germán, consiguiendo que fueran a estudiar a la Escuela de Cerámica de Sèvres, lo cual les proporcionó además de enseñanzas mucho prestigio. Los tres protagonizaron el resurgir de la Fábrica aunque el camino estuvo lleno de dificultades.

Sus trabajos pudieron contemplarse en el Pabellón de Cerámica de la Moncloa, en la Exposición Internacional de Minas que tuvo lugar en el Retiro en 1883. Esta muestra trajo consigo encargos y un cierto alivio económico, pero las cosas seguían sin ir bien. Guillermo, su director desde 1881, se hipotecó, estuvo a punto de ir a la cárcel, y le tuvieron que ayudar Daniel y Germán. En el Museo Zuloaga de Segovia se conserva una foto de los hermanos junto con sus operarios en aquellos tiempos difíciles.

Real Fábrica de la Moncloa, h.1883 (Museo Zuloaga, Segovia)

Real Fábrica de la Moncloa, h.1883 (Museo Zuloaga, Segovia)

Finalmente la antigua Fábrica fue clausurada; de ella subsisten algunas construcciones, la chimenea, el pabellón Florida…

 pabellon

… y el espectacular horno conocido como La Tinaja, construido después de 1881 para la cocción de vidrio.

tinaja

La fábrica y la escuela se cerraron pero estos terrenos no iban a olvidar fácilmente su pasado.

En 1911 se fundó la Escuela de Cerámica de Madrid, en un primer momento instalada en la calle Fernando el Católico nº 12, en un edificio cedido por el Ayuntamiento que pertenecía al Asilo de San Bernardino. El lugar no era apropiado y los talleres se trasladaron a las antiguas dependencias de La Tinaja, donde antes estuvo la Escuela de los Zuloaga, que fueron rehabilitadas.

El arquitecto municipal Luis Bellido y Leopoldo José Ulled construyeron los nuevos pabellones y la tapia que hoy día se conservan.

Su fundador y primer director Francisco Alcántara en 1929 consiguió que el entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes colaborara con el Ayuntamiento en el mantenimiento de la Escuela y su mecenazgo. Convivían la Escuela Oficial y la Escuela municipal de Cerámica.

abside

Como sabemos, fueron profesores de la Escuela los ceramistas Enrique Guijo y Daniel Zuloaga, que llegaron solicitados por Alcántara, artista y crítico de arte, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, a la Junta de Ampliación Estudios, y a sus protagonistas, entre ellos Ramón Menéndez Pidal quien recordemos decoró los muros de su jardín, que hemos visitado hace pocos días, con azulejos de la Escuela de Cerámica.

Lo dijo el propio Alcántara: “En la Escuela de Cerámica se aprende, a la vez, a pintar y a modelar, a preparar toda clase de tierras, a manejar la rueda del alfarero, a vaciar y a reproducir por todos los procedimientos los trabajos escultóricos, a caldear los hornos y conducirlos al fin deseado, y fomentar el continuo anhelo de belleza y de arte en sus dos expresiones de la pintura y de la escultura”.

La Escuela en 1924 (La Esfera 19.7.24)

La Escuela en 1924 (La Esfera 19.7.24)

Continuó su labor su hijo Jacinto, solo interrumpida por la guerra, otra vez. En los años 40 se reanudó la actividad. El conjunto escolar fue reconstruido y ampliado con nuevos pabellones formando una “U” alrededor del jardín, que hoy se mantiene.

jardin2

En 1966 Jacinto Alcántara fue asesinado por un loco. Igual que a su padre una escultura le recuerda en el jardín.

Don Francisco Alcántara

Don Francisco Alcántara

Don Jacinto Alcántara

Don Jacinto Alcántara

El Jardín fue diseñado en 1925 por el pintor y jardinero-paisajista Javier Winthuysen (1874-1856).

Hoy día, cuando el arte de la alfarería casi ha desaparecido y la cerámica es en su mayor parte de producción industrial, ya no existe la fábrica, pero sí las dos escuelas: la Escuela municipal de Cerámica de la Moncloa, y la Escuela de Arte Francisco Alcántara, actualmente dependiente de la Comunidad de Madrid.

Tras una complicada sucesión de denominaciones y titularidad, desde la Fábrica y Escuela de Artes Cerámicas de La Moncloa donde estuvieron los hermanos Zuloaga a fines del siglo XIX, y la Escuela-taller municipal de Artes industriales fundada por Francisco Alcántara en los comienzos del XX junto a la Escuela Oficial estatal, llegamos al siglo XXI. Hoy, una frente a la otra, separadas por el jardín, funcionan independientes desde 1984 en que la antigua colaboración estatal y municipal se rompió. Pero en 2011 ambas celebraron juntas el Centenario de la fundación de la Escuela de Cerámica de Madrid, dirigida por Francisco Alcántara.

escuela municipal

Con motivo de la Semana de la Ciencia hemos tenido ocasión de visitar algunas de las instalaciones. Después de una charla en el Salón de Actos que pertenece a la Escuela municipal, conocimos alguna de las aulas y talleres de la Escuela de Arte Francisco Alcántara en el antiguo Pabellón Bellido.

Visitamos el taller de alfarería y tuvimos el placer de contemplar cómo uno de los profesores trabajaba en el torno. Después en una de las aulas vimos cómo los alumnos trabajaban en el difícil arte del modelado, todos alrededor de una mesa, como antaño.

modelado

Conocimos el taller de moldes y matricería, con vistas al Parque del Oeste. En el laboratorio de química vimos un pequeño horno eléctrico funcionando a muy alta temperatura. Apenas quedan recuerdos de los comienzos… en el taller de alfarería, un poco escondida, cerca del techo hay una pieza en forma de media luna que recuerda las cerámicas antiguas en la que, solo ampliando la foto, podemos leer: Escuela Especial de Cerámica 1911-1919 Madrid.

recuerdo 1911

Las obras que ahora adornan las estanterías y los pasillos del pabellón son modernas, realizadas por los alumnos de la escuela.

Pero no todo se puede olvidar fácilmente. Desde el patio trasero se divisan los restos de la antigua Fábrica y Escuela de los Zuloaga, a su vez construida sobre la antigua Real Fábrica de Loza.

Tinaja desde escuela

En 1991 el Pabellón Florida fue rehabilitado por Joaquín Roldán para centro cultural y sala de exposiciones, pero desde 2001 está ocupado por oficinas de la Policía municipal.

La Escuela se encuentra junto al Cementerio de la Florida, en el nº 2 de la calle de Francisco y Jacinto Alcántara así llamada en homenaje a su fundador y primeros directores; merece la pena asomarse a ver el edificio de Luis Bellido y el precioso Jardín de Winthuysen. Y por supuesto disfrutar de los alrededores, del hoy llamado Parque de la Tinaja, inaugurado en 1973 sobre terrenos de la antigua Fábrica de Cerámica, en el Parque del Oeste.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

La Esfera. 28.6.1919
Mª Teresa Fernández Talaya. El Real Sitio de La Florida y La Moncloa. Caja Madrid. Madrid 1999.
COAM. Guía de Arquitectura. Madrid 2003.
Abraham Rubio. La Fábrica de Cerámica de la Moncloa en la época de los Zuloaga (1877-1893). En Revista de Arte, Geografía e Historia nº 7, Comunidad de Madrid. 2005.

En la Edad Media no debían ser necesarios los letreros indicando a los vecinos el nombre de las calles, entre otras razones porque casi ninguna –de las pocas existentes entonces– lo tenía. A mediados del siglo XII y durante los siglos XIII y XIV, según consta en los documentos, existían vías regis o calles reales (actuales calle Mayor, Sacramento, San Justo, Segovia…), alguna calle pública, pero pocas tenían un nombre propio. Hacia 1440 las actuales Mesón de Paños, Escalinata, Cava de San Miguel, Cava Baja, plazas de los Carros y Humilladero, Don Pedro, Yeseros, Cuesta de los Ciegos… eran simplemente las cavas.

En los Libros de Acuerdos del Concejo madrileño hasta los últimos años del siglo XV no aparece nombrada ninguna calle. En general se recurría a alguna descripción o característica para referirse a ellas: “… la calle ancha que va a Palacio…”, “la calle que va de Valnadú a Santo Domingo”,  las cuestas “de la Vega” o “de Sagra”, eran caminos que llevaban a alguna parte, o próximos a las Puertas… “camino junto a la Puerta de la Vega”… En esa etapa únicamente se menciona la plaza de la iglesia de San Salvador.

Ya alrededor de 1490 se nombra alguna. Además del Camino de Alcalá y la Plaza del Arrabal, aparecen en las Actas, siempre en relación al empedrado, las más antiguas: la calle de los Estelos (actual Señores de Luzón), la de Luzón (que es la misma) y del Pilar. Con esta última denominación existieron hasta tres vías hoy desaparecidas, dos de ellas en la zona de la calle de Segovia y del Rollo, la otra en los Caños del Peral (hoy Plaza de Isabel II), que hacían referencia a los pilares de aguas gordas o fuentes. La calle del Arrabal era la actual de las Fuentes.

En los comienzos del siglo XVI se nombra alguna más, tampoco muchas: de Alonso de Medina, de las Beatas, calle Grande, Herrería, Mancebía Vieja, del Marqués de Moya, del Monasterio de la Concepción, de la Puerta de Guadalajara, de San Francisco y de Toledo. Pero con la llegada de la Corte la Villa experimentó un gran crecimiento y en el siglo XVII las calles comenzaron a tener denominaciones oficiales. Fue por entonces cuando se realizaron las primeras Visitas a las Casas de Madrid, en 1606 y 1626. El resultado de estas Visitas se redujo a un registro alfabético de calles y casas (solo las de incómoda partición, tercia parte o a la malicia), aunque hoy día de gran valor.

Con el fin de tener una información más completa de todos los inmuebles en el siglo XVIII se realizó la Visita General. Tras la publicación en octubre de 1749 de las Ordenanzas para la administración, cobranza y distribución del Aposentamiento de Corte, durante los siguientes veinticinco años se llevó a cabo el catastro urbano más importante hasta esos momentos, la Planimetría General de Madrid.

Se colocaron en la villa las primeras placas cerámicas indicando los números de las 557 Manzanas y las Casas numeradas de cada una, en color azul sobre blanco. Se conservan algunas, aunque desgraciadamente van desapareciendo. Además de proporcionar información valiosa son sin duda elementos de nuestro Patrimonio Histórico y Cultural.

manzana 240

La división en manzanas, realizada por motivos más censales y de recaudación que de otro tipo, en el terreno práctico resultó un lío: repetición de números en una misma calle, dificultad para localizar las casas…  En 1833 el Ayuntamiento encargó a Javier de Mariátegui, Arquitecto Mayor, un estudio para establecer la numeración y rotulación de las casas y calles de Madrid.

A partir del 2 de julio de 1834 en que se publicó una Real Orden se acometió la gran reforma, las calles se numerarían cada una independientemente, los pares a la derecha y los impares a la izquierda, partiendo de la Puerta del Sol.

Siendo Alcalde Joaquín Vizcaíno, el Marqués Viudo de Pontejos, se puso en marcha el proyecto. En 1835 se presentó el Cuadro alfabético de los nombres de las calles y plazas de Madrid, que por hallarse repetidos en varios de ellas, han sido sustituidos con una dos o más denominaciones, se les ha fijado una sola en el último arreglo hecho para la nueva rotulación de calles y numeración de casas de esta Villa. El Ayuntamiento encargó la creación de las placas al marmolista del Asilo de San Bernardino. Según cuenta Monlau en su Madrid en la mano publicado en 1850, eran unas lápidas claras con el nombre en letras de plomo que al parecer en seguida se deterioraban y caían.

Poco a poco fueron sustituidas por unas nuevas de cerámica blanca rotuladas en negro. En el Centro aún se conservan algunas de ellas que proporcionan datos interesantes sobre el callejero de finales del siglo XIX aunque también están desapareciendo.

madera alta

El proceso fue largo. La rotulación de las calles sufrió los grandes vaivenes de la complicada evolución de la toponimia: había que evitar la frecuente repetición de nombres y unificar la nomenclatura (eliminar las calles ancha, angosta, nueva, vieja, alta, baja, subida, bajada, pretil… reminiscencias de la antigua y accidentada topografía madrileña).

Al menos desde los comienzos del siglo XX se colocaron nuevas placas de metal con letras blancas sobre fondo azul. Posteriormente se incluyó el escudo de la ciudad.

espiritu santo XX

En los años 30 en el Centro se instalaron por primera vez unas placas de azulejos cerámicos con imágenes que ilustraban la historia de cada calle o plaza realizadas en la Escuela Oficial de Cerámica de Madrid.

En febrero de 1936 hubo una exposición en el Patio de Cristales de la Casa de la Villa con obras de sus alumnos, entre ellas setenta y dos lápidas destinadas a las calles madrileñas, en sustitución de las “vulgarísimas placas metálicas”, publicaba por entonces el periódico La Libertad.

Conde Barajas ceramica

En los años 60, en tres fases, se colocaron unas nuevas, muchas de las cuales se  conservan. Formadas por 16 azulejos, miden 60 x 60 centímetros y fueron también realizadas en la Escuela de Cerámica de la Moncloa para sustituir a las metálicas, que continuaron siendo las placas utilizadas en el resto de distritos.

Pl.Encarnacion XX

Desde 1981 los rótulos de las calles tienen dos modelos, uno cerámico para el casco antiguo y, con escasas excepciones, otro metálico para el resto de la ciudad. En estos últimos se observa la evolución en el uso del Escudo de Madrid.

Delicias escudo

En 1967 cambió el Escudo oficial de la ciudad, y así lo reflejan las placas en las calles madrileñas.

escudo2

Actualmente se utiliza el logotipo creado a partir del diseño oficial en color blanco.

arte hiperrealista

Finalmente, en los años 90 se comenzaron a instalar en el casco antiguo las cerámicas actuales formadas por nueve azulejos pintados, obra del nieto y continuador del gran artista talaverano Juan Ruiz de Luna, Alfredo Ruiz de Luna, lamentablemente fallecido el pasado mes de mayo a la edad de 64 años.

Rollo 1998

Solo en algunos casos singulares los rótulos se apartan de los modelos oficiales, como por ejemplo esta bonita lápida dedicada a la Calle de Madrid.

calle de Madrid

por Mercedes Gómez

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NOTA:

El pasado 24 de abril de 2013 ha sido aprobada, en sustitución de la última normativa de 1981, la nueva Ordenanza Reguladora de la Denominación y Rotulación de Vías y Espacios Urbanos.

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BIBLIOGRAFÍA:

Libros de Acuerdos del Concejo madrileño (1464-1515, cinco vol.). Ayuntamiento de Madrid, 1932-1987.
L.M. Aparisi Laporta. Toponimia madrileña: proceso evolutivo, Madrid, Gerencia Municipal de Urbanismo, 2001.
M. Montero Vallejo. Origen de las calles de Madrid. Ed. Avapiés. Madrid 1995 (3ª ed.)
La Libertad, 6 febrero 1936
ABC, 30 marzo 1961
Hoja del Lunes, 26 feb. 1962

La calle del Salitre, antigua calle de San Bernardo, nace en la de Santa Isabel y llega hasta la de Valencia.

En el siglo XVII ya estaba urbanizada casi completamente excepto el último tramo bajando a la izquierda. En el Plano de Texeira en dicho tramo solo se aprecia una pequeña edificación en el solar donde luego se levantaría y hoy se encuentra la Parroquia de San Lorenzo. Los terrenos a continuación, sitios 1 y 2 de la futura manzana 36 junto a la Puerta de Valencia (marcados en rojo en el plano), aún eran un erial situado junto a la Cerca.

Plano de Texeira (1656)

Plano de Texeira (1656).

Pedro Texeira no dibujó la iglesia porque su construcción debió comenzar unos años después de realizado el plano, finalizando las obras en 1669, en un principio como auxiliar de la parroquia de San Sebastián. Estaba situada en la esquina con la calle del Doctor Piga -antigua Travesía de San Lorenzo- frente a la calle de la Fe.

Una escultura de San Lorenzo en una hornacina central adornaba la fachada.

A.Passaporte. San Lorenzo (1927-36) (Fototeca del Patrimonio Histórico.)

A.Passaporte. San Lorenzo (1927-36) (Fototeca del Patrimonio Histórico.)

El interior también era sencillo, con una sola nave.

A.Passaporte. San Lorenzo (1927-36) (Fototeca del Patrimonio Histórico.)

A.Passaporte. San Lorenzo (1927-36) (Fototeca del Patrimonio Histórico.)

La antigua iglesia de San Lorenzo sufrió varios incendios a lo largo de su historia, el más grave de todos y definitivo en 1936. Desde el comienzo de la guerra hasta 1942 en que fue reconstruida, como veremos, los vecinos solo pudieron contemplar sus ruinas.

La calle de la Fe, según algunos autores -sobre todo del siglo XIX-, antes se llamó calle de la Sinagoga, debido a que en ese mismo solar estuvo ubicada la sinagoga judía. Recientemente otros autores han afirmado que no hay prueba documental que sostenga esta teoría, que hasta finales del siglo XV en que fueron expulsados por los Reyes Católicos, los judios habitaron en otros barrios (originalmente en el de Santa María de la Almudena) y que esta zona de Madrid entonces situada extramuros estaba muy poco poblada, siendo por tanto poco probable que allí se ubicara la judería medieval. Una vez más los especialistas, con ayuda de los documentos y la arqueología, deberán separar la leyenda de la verdadera historia de Madrid, tantas veces unidas.

En el siglo XVIII la monarquía borbónica creó varias fábricas, muchas de ellas de productos de lujo para su propio abastecimiento (tapices, loza, cristales…), pero también algunas de otro tipo. Entre estas últimas estaba por ejemplo la fábrica de Pólvora, para la cual era necesario el salitre.

La Real Fábrica de Salitres de Madrid fue construida entre los años 1778 y 1785 según proyecto de José de la Ballina en esos terrenos existentes al final de la calle de San Bernardo junto a la Puerta de Valencia. Le ayudó su hijo Manuel que alcanzó el cargo de Arquitecto de Rentas Reales desde el cual en 1784 se encargó de la construcción de la Fábrica de Filtraciones de Lejías, que eran necesarias para la fabricación del salitre -ubicada en el norte de la ciudad, cerca de la Puerta de los Pozos de la Nieve, hoy Glorieta de Bilbao-.

Manuel de la Ballina también se hizo cargo del proyecto de la Real Fábrica de Aguardientes y Naipes de Madrid (1780-1796), luego Fábrica de Tabacos.

Los sitios mencionados de la manzana 36, junto a la Puerta de Valencia, se convirtieron en los llamados Terrenos del Salitre.

Las instalaciones de la Fábrica se extendieron por un amplio espacio, reflejado en los planos, desde el Barranco de Embajadores -hoy calle de Miguel Servet- hasta el Hospital General –hoy sede del Museo Reina Sofía- a ambos lados de la Cerca, actual Ronda de Atocha, llegando hasta el paseo de Santa María de la Cabeza. El Plano de Tomás López representa estas Fábricas de Salitre, que aún aparecen en el plano de 1835, dos grandes triángulos ocupados por albercas y depósitos de sal.

Tomás López (1785)

Tomás López (1785)

Recibe el nombre de calle del Salitre desde 1835, asignado por acuerdo municipal el día 11 de enero.

El Plano de Madrid de 1866 muestra el Barrio del Salitre, ya únicamente en el interior de la cerca, derribada dos años después.

Plano de Madrid (1866)

Plano de Madrid (1866)

En 1869 el Estado vendió el conjunto, como Bien Nacional, a varios particulares. La zona fue urbanizada, se abrieron calles como la de Doctor Fourquet y se crearon nuevas manzanas de viviendas.

Muchos de los edificios actuales son de aquella época, últimas décadas del siglo XIX, principios del XX, hoy rehabilitados y bien cuidados. Muchos detalles en las fachadas de estas viviendas nos trasladan al pasado, como las numerosas puertas de madera que se conservan.

puertas madera

La calle baja en gran pendiente hacia lo que era conocido como el Barranco de Embajadores ya mencionado, que fue explanado en 1881 y convertido en la calle de Miguel Servet, y hacia el Arroyo del mismo nombre que iba a desembocar en el Manzanares.

salitre pendiente

En el inicio del paseo, en el nº 2 hay una taberna con una preciosa fachada de cerámica. Sus azulejos, que representan un colorido viñedo y una bodega, fueron creados para la antigua Casa Lara, desde 1987 convertida en la Taberna Encantada.

ceramica salitre 2

Son  obra de la Casa de Carlos González. La Casa Carlos González y Hermano fue una de las empresas sevillanas de Cerámica más importantes. En los años 20 del siglo pasado se convirtió en la Casa González que abrió una sede en Madrid, en la Gran Vía nº 14, dirección que figura en la firma.

firma Gonzalez

En el número 22 existe otro edificio en el que la cerámica se mezcla con el ladrillo, bonito ejemplo de este tipo de decoración arquitectónica.

salitre 22

En 1929 la calle del Salitre cambió su nombre por el de calle de Baltasar Bachero, hasta 1967 en que recuperó, no se sabe muy bien porqué, su segunda denominación.

Baltasar Bachero era conductor de una calesa o carruaje de cuatro o seis plazas del que tiraba un caballo que se utilizaba para transportar viajeros, aún habitual en esos años, que se convirtió en un héroe –hoy casi desconocido- tras morir al salvar del atropello a unos niños que jugaban en la calle cuando al pasar una calesa a toda velocidad el caballo se desbocó. Un placa de azulejos tan modesta como la vivienda y el propio Baltasar, recuerda los años en que la calle recibió su nombre.

bachero placa copia

Salitre, 34

Continuamos nuestro camino y llegamos a la actual Parroquia de San Lorenzo, en el nº 23 con vuelta a la calle del Doctor Piga nº 2, que fue construida entre los años 1942 y 1950 por los hermanos Sixto y Antonio Cámara Niño, según la Guía del Colegio de Arquitectos de Madrid, y es tan humilde o más que la primitiva.

san lorenzo

En el vestíbulo de la entrada lateral unos paneles cuentan la historia del templo y del martirio de San Lorenzo, y explican el proceso de restauración -finalizado en 2007- a que ha sido sometido el retablo mural situado en la cabecera del presbiterio. Las pinturas murales fueron realizadas en 1951 por Emilio Sánchez Cayauela “Gutxi”.

iglesia interior

Después de la visita a la iglesia continuamos nuestro paseo por la calle del Salitre, y contemplamos los edificios de viviendas que hoy ocupan aquel erial del siglo XVII sobre el que se construyó la fábrica en la que dicen llegaron a trabajar más de mil quinientos operarios y a cuyas espaldas se extendió el gran Barrio del Salitre.

sitios 1 y 2 manzana 35

Tras cruzar la de Argumosa la calle del Salitre llega a su fin encontrándose con las de la Sombrerería y de Valencia. Todos esos terrenos a la izquierda del lugar donde nos encontramos antaño ocupados por depósitos de sal hoy albergan casas antiguas pero bien rehabilitadas, animados bares, bonitas tiendas, y galerías de arte.

calle valencia

Es pequeña y discreta, pero con muchas cosas que contar, mucha vida y mucha historia, como tantas sencillas calles madrileñas.

Por: Mercedes Gómez

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Bibliografía:
Antonio Perla. Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña. Madrid 1988.
L.M. Aparisi Laporta. Toponimia madrileña. Ayuntamiento de Madrid 2001.
Eugenio Suárez. El calesero. El País 7.5.2001
Gonzalo Viñuales. Los judíos de Madrid en el siglo XV: las minutas de los escribanos. Revista Espacio Tiempo y Forma, UNED 2002.
La Maqueta de León Gil de Palacio y su época. Madrid 1830. Museo Municipal, Madrid 2006.
Fidel Revilla y Rosalía Ramos. La arquitectura industrial de Madrid. La Libreria, Madrid 2008.

Enrique Guijo, espíritu del Renacimiento, inquieto de todo arte, sin abandonar la cerámica ni apartarse por completo del terrible y fascinador “nido de víboras”, que es el horno donde cuajan los esmaltes, extendió su actividad a otras manifestaciones de las artes aplicadas y suntuarias: la decoración arquitectónica, el mobiliario, la talla, la herrería artística…

(Manuel Machado, en La Esfera, 26 junio 1920)

 

Enrique Guijo Navarro, espíritu del Renacimiento, como bien le definió su amigo Manuel Machado, fue pintor, decorador, ceramista, restaurador… uno de tantos artistas que a pesar de haber sido importante para Madrid, y reconocido en su época, actualmente es casi un desconocido y sus huellas corren el peligro de desaparecer.

Nació en Córdoba en 1871. Su madre se llamaba Antonia, y su padre Mariano, quien desgraciadamente murió muy pronto, cuando Enrique contaba apenas catorce años de edad, hecho que quizá condicionó todo su futuro pues en lugar de estudiar tuvo que trabajar. Junto a su madre viajó a Sevilla, acaso en busca de una vida mejor. En su primer empleo, en el taller del escenógrafo Antonio Matarredoma, se inició en el arte del dibujo y la pintura. De allí pasó a una fábrica de cerámica, probablemente la de la familia Mensaque, y finalmente al taller de Manuel Rodríguez donde definitivamente se formó en el arte de la cerámica.

Hacia 1898 se trasladó a Madrid con su mujer y su recién nacida hija Enriqueta. Hay noticias de que vivieron en la calle de la Parada, debía tratarse de la Travesía de la Parada, nº 7, próxima a San Bernardo.

En esta primera estancia conoció, entre otros intelectuales, a dos personas que más adelante serían muy importantes en su vida: Francisco Alcántara, futuro director de la Escuela de Cerámica, y Manuel Machado, futuro director del Museo Municipal. Frecuentó tertulias, entre ellas la del Café Comercial, a la que acudían los hermanos Machado. Personas que le conocieron afirmaron que era una buena persona, alegre y simpático. Su carácter y desenvoltura seguramente le ayudaron a labrarse su carrera.

En esta etapa en Madrid trabajó como pintor decorador de algunos palacios, uno de ellos el de Medinaceli en la plaza de Colón, desaparecido. En 1907 viajó a Talavera a probar fortuna donde conoció a Juan Ruiz de Luna. Juntos fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Las piezas las firmaban Ruiz de Luna, Guijo y Cia., como la que regalaron a su amigo Joaquín Sorolla, seguramente obra de Guijo, hoy expuesta en el Museo Sorolla.

Debido a los problemas económicos que surgieron, en 1910 se trasladó a Madrid con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica, cuyo primer director fue Francisco Alcántara, que le contrató junto a Daniel Zuloaga con el fin de poner en marcha el proyecto.

Guijo continuó representando a Ruiz de Luna en Madrid y se hizo cargo de la sucursal de la fábrica en la calle Mayor 80 (actual nº 74). En 1915 la sociedad se disolvió definitivamente. Enrique Guijo continuó con el taller de la calle Mayor de donde salieron numerosas obras, anuncios para tiendas y para el Metro de Madrid, casi todo desaparecido. Felizmente sí se conservan algunos de los anuncios que realizó para la estación de Chamberí, restaurados tras tantos años abandonados en el interior de la estación “fantasma”, que permaneció varios años cerrada, hoy convertida en maravilloso Museo del Metro de Madrid.

Museo del Metro. Plaza de Chamberí.

Por entonces la publicidad era una novedad. Como indica uno de los pequeños letreros del museo la mayor parte de los anuncios realizados para el Metropolitano los realizaron Enrique Guijo y Alfonso Romero, en algunos casos con la firma del taller, E.Guijo. Mayor 80. Madrid, en otros E.Guijo. Madrid.

Los autores que han estudiado su obra coinciden en que fue un gran rotulista. De esta faceta existe un precioso ejemplo en la Travesía del Arenal, en la antiquísima Librería de los Bibliófilos Españoles.

Travesía del Arenal

Desde aquí nos dirigimos a la calle del Espíritu Santo esquina Santa Lucía donde se encontraba uno de los rótulos que Guijo realizó para tiendas madrileñas. La casa, en esta histórica calle en la que una gran parte de sus edificios datan de finales del siglo XIX, ha sido pintada de vistoso color azul.

En el lugar de la antigua tienda de Comestibles, quesos y ultramarinos, que sabemos existió gracias a la foto de Antonio Perla en su imprescindible libro sobre la Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña, hay un bar, parece que los azulejos han desaparecido, pero no, solo están tapados. Permanece el escudo, y bajo el material pegado sobre la cerámica se adivinan las letras y números del letrero centenario.

Muy cerca, en la calle de San Vicente Ferrer 27, en el nuevo establecimiento sí podemos admirar los azulejos de la Antigua Huevería.

Junto a ella, la famosa Farmacia de los Laboratorios Juanse, en la esquina con la calle de San Andrés en la que algunas escenas está firmadas por el pintor Mardomingo y en otras aparece la firma del taller, E. Guijo. Mayor 80.

Abandonamos el barrio de Malasaña y continuamos nuestro paseo buscando los vestigios de las obras realizadas por Enrique Guijo y llegamos a uno de los barrios más singulares de Madrid, aunque casi desaparecido, los hotelitos del antiguo Madrid Moderno, en la Guindalera, cerca de la plaza de las Ventas. En el nº 30 de la calle de Roma subsiste a duras penas el letrero de la que en otro tiempo debió ser espléndida Villa Sara, hoy completamente destrozada, incluso sus balcones han sido arrancados.

¿Por qué un edificio llega a alcanzar este lamentable estado?. Solo el letrerito de azulejos  sobre la puerta con el nombre de la mujer que tal vez inspiró su construcción conserva sus letras azules y su orla, tristemente pintarrajeadas.

Enrique Guijo, además de trabajar como profesor en la Escuela de Cerámica participó en numerosos proyectos junto a Luis Bellido, arquitecto municipal.

En 1914 restauró los azulejos de la Casa de la Panadería y los frescos de Claudio Coello, que hace tiempo tuvimos la suerte de conocer. También realizó las pinturas de la fachada, sustituyendo a las antiguas que estaban muy deterioradas. Eran las que los madrileños pudimos contemplar hasta 1992 en que nuevamente fueron sustituidas por las actuales, obra de Carlos Franco.

Plaza Mayor, Casa de la Panadería (1893-1954) Archivo Moreno (Mº Cultura). Pinturas de Enrique Guijo.

Entre 1910 y 1925 participó en la construcción del Matadero y Mercado Municipal de Ganado, nuevamente con Luis Bellido. Además de otros elementos cerámicos, Guijo fue el autor de los rótulos pintados sobre azulejos.

En 1920 abrió un taller en Carabanchel, por entonces debía tener muchos encargos. Allí trabajaron su sobrino Joaquín Bustillo, su hija Enriqueta (que también fue profesora de la Escuela) y el pintor Alfonso Romero, antes de abrir el suyo propio.

Hay otras obras suyas adornando diversas calles de Madrid (o al menos lo hacían hace pocos años): los bonitos paneles de la antigua Vaquería La Tierruca, en la calle Monte Igueldo 103, La Andaluza Fábrica de aguardientes, en Muñoz Grandes esquina General Ricardos, la Mina de Oro en la Avenida Ciudad de Barcelona 58, los azulejos en la parte del superior del edificio de Altamirano nº 10, y alguno más.

Otra de sus más notables obras cerámicas fueron algunos de los murales de azulejos que durante muchos años decoraron la taberna Los Gabrieles, en la calle Echegaray 17.

Pero como ya hemos visto, la Cerámica no fue la única actividad de Enrique Guijo. En 1925, tras presentarse a un concurso, obtuvo el cargo de Conservador de Edificios Municipales de Madrid.

En 1926, recordemos nuestra visita al antiguo Hospicio, tuvo lugar un acontecimiento que resultaría decisivo para el futuro del edificio, la celebración de la exposición El Antiguo Madrid, precedente del Museo Municipal. Luis Bellido comenzó su restauración para museo. En 1929 fue inaugurado el Museo Municipal, con Manuel Machado como primer director y Guijo fue nombrado Conservador del museo, a la par que se le asignaba una zona como vivienda en el propio edificio.

Durante la guerra civil el Museo permaneció cerrado pero él continuó viviendo allí.

(en Catálogo “El Arte redivivo” Expo. Centenario Ruiz de Luna. Talavera 2008)

Enrique Guijo fue perdiendo la vista. Murió ciego, en Madrid. Respecto a la fecha de su muerte no hay unanimidad, ¿1945, 1954, 1955?, en lo que sí parecen coincidir los autores es en que murió solo, casi olvidado.

Que no ocurra lo mismo con su obra, deberíamos cuidarla con cariño, con el fin de que no desaparezca y darle todo el valor que merece.

Por : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Antonio Perla. Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña. Comunidad de Madrid 1988.
Ángel Sánchez-Cabezudo. Enrique Guijo, artista esencial en el historicismo cerámico de Talavera. En Renacimientos: la cerámica española en tiempos de Ruiz de Luna. Universidad Castilla-La Mancha. Cuenca 2010.
Catálogo ”El arte redivivo. Exposición del I Centenario de la Fábrica de Cerámica Ruiz de Luna Nuestra Señora del Prado”. Talavera 2008.

El Museo Sorolla es una maravilla. Nos sugiere infinidad de historias de las que podríamos hablar, la biografia de Joaquín Sorolla, su duro comienzo, huérfano con solo dos años de edad, su afición al arte, siendo casi un niño, su vida feliz, con su mujer, “su Clotilde”, y sus hijos, y su duro final, debido a la enfermedad que le llevó a la muerte con solo 60 años. Su extraordinaria pintura, su casa-taller… es un placer contemplar el edificio, los jardines… pero hoy os invito a detenernos en un aspecto diferente, muy interesante y bonito, Sorolla y sus amigos.

En la Casa-Museo de Joaquín Sorolla, en el paseo del General Martínez Campos, además de sus cuadros se conservan muchos de los muebles, algunos de gran valor, objetos personales y numerosas obras de arte, algunas compradas o encargadas por él mismo, y otras fueron regalos, muchas de ellas realizadas por amigos, todas por tanto tuvieron un gran significado para él, no solo artístico sino emocional.

Recorriendo la casa se respira un ambiente muy grato y a cada paso se encuentran las huellas de sus amigos, sobre todo de los escultores Mariano Benlliure y José Capuz.

Recordemos que Mariano Benlliure vivía cerca de Joaquín Sorolla, en la calle de José Abascal. Ambos eran casi de la misma edad, Joaquín un año mayor que Mariano, y ambos habían nacido en Valencia. El recuerdo de su amistad nos acompaña desde el comienzo de la visita.

El paso del primer jardín al segundo está enmarcado por dos columnas sobre las cuales hay dos pequeñas esculturas, a la izquierda Desnudo femenino de José Clará, y a la derecha El Gaitero, de Benlliure. Los originales, restaurados, se encuentran en el interior de la casa, en el Comedor, como veremos. Las figuras que actualmente se encuentran al aire libre son dos reproducciones en resina sintética.

Nos quedamos un rato en este segundo jardín, sentados en su banco de cerámica, escuchando el sonido del agua, rodeados de los magníficos árboles plantados por Sorolla, un mirto, un árbol del amor, un magnolio… el lugar es bellísimo y se respira la paz que debieron disfrutar los Sorolla hace un siglo, a pesar de que ahora la casa está rodeada por altos edificios que a principios del siglo XX no existían.

Los tres delicados amorcillos de bronce de la fuente se cree podrían ser obra de Benlliure, aunque no hay certeza.

En el tercer jardín, bajo la pérgola, se halla el Busto de Sorolla, regalo de la Hispanic Society of America de Nueva York tras la inauguración del museo, réplica en mármol del original en bronce que ellos poseen.

Entramos por fin en la casa sin poder olvidar la imagen del expresivo y noble rostro de Joaquín Sorolla captado por Mariano Benlliure.

En la Sala I, antiguo almacén y lugar en el que el pintor preparaba sus telas y bastidores, entre fotografías, postales y distinciones, en una vitrina se recuerda al pintor madrileño Aureliano de Beruete, su gran amigo, que le ayudó a introducirse en los ambientes más dispares, tanto “intelectuales como mundanos”.

Cuando en 1912 Aureliano murió en Madrid, Joaquín Sorolla organizó en su propia casa, en esta sala y en la contigua, hoy Sala II, una exposición antológica. Actualmente ambos artistas comparten la sala 60 A en el Museo del Prado.

En esta misma Sala I contemplamos una magnífica pintura de 1897, Una investigación, retrato de su amigo el doctor Luis Simarro, en su laboratorio. Sorolla pensaba que la mejor forma de retratar a las personas, que aparezcan con naturalidad, es en su propio ambiente, en su propia atmosfera. Así que por las noches iba casa del doctor, importante figura de la ciencia y la neurología españolas, y gran aficionado al Arte, y pintaba.

Tras visitar la Sala II llegamos a la espectacular Sala III, su antiguo Taller. En uno de los rincones hay un relieve realizado en 1909  dedicado Al pintor Sorolla. Su amigo, M. Benlliure.

Salimos del taller para dirigirnos a la parte de la casa que la familia utilizaba como vivienda. En la  zona inferior de la Escalera, entre otras bellas esculturas, se encuentra la Psyque, vaciado en bronce de la obra que el gran escultor Auguste Rodin regaló al pintor durante su visita a su taller de París en 1913, realizado por José Capuz. El original no se conserva debido a que resultó dañado durante el vaciado.

José Capuz era 20 años más joven que Sorolla, y en un principio fue protegido y ayudado por él, pero con el tiempo se convirtió en su amigo y una de las personas más importantes de su vida, y luego, tras la muerte del pintor, de la de su esposa Clotilde y sus hijos, como persona de confianza. Formó parte del Patronato del Museo creado en 1931 y diseñó el sello para su inauguración al año siguiente.

En esta parte de la casa se encuentra otra obra suya, Torso de mujer.

Sorolla decoró la rotonda del Salón con esculturas de su familia. De José Capuz son las dedicadas al propio pintor y a su hijo Joaquín, de bronce, y a su hija Elena, esculpida en mármol. Las figuras de la hija mayor María y de su suegro Antonio García Peris fueron modeladas en bronce por Mariano Benlliure.

En el Comedor, son de Capuz los yesos de la ampliación de la estancia tras el arco a la izquierda, y los relieves en madera de la mesa. Al fondo, en la chimenea, se encuentran las esculturas originales que antes estuvieran en el jardín, una de ellas la mencionada El Gaitero de Benlliure.

Capuz realizó un busto de Clotilde, modelado en yeso, que actualmente se encuentra situado a la entrada de la exposición temporal a ella dedicada, y que podemos visitar hasta el próximo mes de octubre, Clotilde de Sorolla.

Igual que Mariano Benlliure y el propio Sorolla, José Capuz era valenciano.

Un detalle que indica el valor que dio Sorolla a sus amigos, como personas, pero también como artistas, es que primero Mariano Benlliure y luego José Capuz fueron maestros de su hija menor, Elena, que fue escultora. De ella se conservan muchas obras en el Museo.

Otro de sus amigos más íntimos, a pesar de que se encontraron pocas veces en persona, fue el pintor Pedro Gil, que vivía en París. La abundante correspondencia mantenida entre ambos así lo demuestra. Como vimos, el taller de Sorolla está lleno de objetos que fueron importantes para el artista, obra o regalo de sus amigos. Pedro Gil es el autor de la reproducción en miniatura de la Victoria de Samotracia, cuyo original se encuentra en el Louvre, encargada por Sorolla a su amigo en 1894. Otras dos esculturas, obra de Troubestzkoy, representan a Gil y al mismo Sorolla.

También tuvo una gran relación con la familia Sorolla el fotógrafo Diego González Ragel, aunque la gran amistad la tuvo con su hijo, Joaquín Sorolla García. Gracias a sus fotografías se conoce muy bien cómo era la casa del pintor cuando la familia la habitaba y cómo estaba decorado el taller que luego pudo ser reproducido con fidelidad.

Taller de Sorolla. Foto: Ragel (1932)

Taller de Sorolla (15 agosto 2012).

Joaquín Sorolla fue un gran enamorado de la Cerámica, que fue coleccionando a lo largo de los años. Gran parte de la decoración de su Casa y los jardines la encargó a otro de los artistas con los que entabló una relación amistosa, Juan Ruiz de Luna, que recordemos también decoró la Casa-Estudio de Benlliure. Suyo es el zócalo del patio andaluz. En la zona acristalada donde actualmente se expone la colección de cerámica, hay un Jarrón dedicado Al gran Pintor Sorolla firmado por Ruiz de Luna Guijo y Cia. Año 1909.

En el Antecomedor el artista quiso recrear una de las estancias de Felipe II en el Monasterio de El Escorial. Para ello pidió a la Fábrica de Ruiz de Luna en Talavera la reproducción de un modelo de zócalo del siglo XVI, el existente en la ermita talaverana del Prado.

No podía faltar una obra del gran ceramista Daniel Zuloaga, de quien una vitrina en el taller guarda un precioso jarrón.

Estas exquisitas obras de arte son solo algunas de las muchas que adornan el Museo Sorolla, las estancias en las que vivió el pintor con su familia, creó gran parte de su pintura y recibió a sus amigos.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Museo Sorolla
Pº General Martínez Campos, 37.

Guía del Museo Sorolla. Madrid 2009.

Ragel. Reporter Fotógrafo. Exposición Museo de la Ciudad. Madrid 2010

La calle de Mejía Lequerica nace en la calle de Hortaleza, junto al antiguo Camino de Santa Bárbara, y llega hasta la de Sagasta, antigua ronda por donde hasta el año 1868 discurría la Cerca que rodeaba Madrid desde tiempos del rey Felipe IV.

En 1941 se le asignó el nombre de un médico y escritor, José Mejía Lequerica, nacido en Quito (Ecuador) en 1777, diputado de las Cortes de Cádiz, y fallecido en esa ciudad en 1813. Anteriormente fue la calle de la Florida, y aún antes, en el siglo XVII, era la calle de la Flores.

Calle de las Flores (Texeira, 1656)

Es una calle corta pero con historia y edificios notables. En el nº 1 se encuentra la famosa Casa de los Lagartos, de comienzos del siglo XX. En los números 2 y 4, los Palacios del Conde de Villagonzalo y del Marqués de Ustáriz, recuerdos de otras épocas. Este último es uno de los pocos ejemplos de palacios del siglo XVIII que perviven en Madrid.

En el nº 8 se encuentra el edificio construido en 1913 por José María Mendoza Ussía para acoger la sede de la Papelera Española. El pasado mes de marzo, cuando estaba preparando el artículo dedicado a la cerámica de Juan Ruiz de Luna en Madrid, fui a esta calle con la intención de ver y fotografiar su fachada, decorada por el gran artista toledano, pero estaba cubierta por lonas de obra, igual que su vecino el Palacio de Ustáriz. Y no eran las únicas obras… la calle era prácticamente intransitable. La construcción de un aparcamiento para el futuro mercado de Barceló -también en marcha-, tras el derribo del antiguo, ocupaba toda la vía.

Un mes después El País publicó la noticia del hallazgo de un muro de sesenta metros de largo por uno y medio de ancho que recorre el último tramo de la calle. Aunque el titular era “Un gran muro del XVIII paraliza las obras en Mejía Lequerica” el reportaje planteaba dudas sobre si pertenecía a un antiguo cuartel o a una estructura hidráulica, quizá al antiguo Viaje de Agua de la Castellana.

Estos días de agosto el paseo por la calle de Mejía Lequerica nos depara algunas novedades. Una parte del Palacio de Ustáriz ha sido derribada, aunque en el antiguo jardín sobreviven sus majestuosos árboles.

La rehabilitación del magnífico edificio de la Papelera Española ha terminado, al menos en su exterior.

Un cartel anuncia las “obras de rehabilitación con acondicionamiento general y reestructuración parcial para uso hotelero”. Sobre una de las ventanas se conserva el viejo letrero Central de fabricantes de papel, y los frisos decorados por Ruiz de Luna ahora lucen esplendorosos.

Continúan las obras de construcción del mercado y del aparcamiento. Respecto al hallazgo arqueológico, por una rendija contemplamos el grueso “muro” tapado, aunque algún arco de ladrillo se muestra indiscreto, y nos recuerda el aspecto de las galerías de los antiguos Viajes de Agua que bajaban desde el norte y se adentraban en la Villa por esta zona de Madrid.

Muy cerca, en las proximidades de las Puertas de entrada al recinto urbano, se encontraban las arcas principales donde se medía el agua, desde donde partían las galerías que la conducían al interior de la ciudad. Recordemos también que, a pocos pasos de aquí, bajo el Museo Municipal fue encontrada una noria, quizá perteneciente al Viaje de la Alcubilla.

La construcción se adapta a la forma de la antigua calle de la Flores, cuando en su último tramo llegaba a encontrarse con la Cerca que cerraba Madrid en el siglo XVII, tal como nos muestra el plano de Pedro Texeira.

Estos descubrimientos sirven para conocer mejor nuestra historia, ojalá se aclare la procedencia del singular hallazgo. Y nos lo cuenten.

por Mercedes Gómez

El Museo o Centro de Interpretación del Metro de Madrid Andén Cero, tiene dos sedes, la Estación de Chamberí y la Nave de Motores de Pacífico. Quizá la más conocida es la antigua estación “fantasma”, la Estación de Chamberí perteneciente a la Línea 1 Cuatro Caminos-Vallecas, que fue clausurada en 1966. La estación permaneció abandonada tal como estaba el día que la cerraron, cuentan que hasta los billetes usados y tirados al suelo allí continuaron durante años. Ahora magníficamente restaurada, ofrece una especie de viaje en el tiempo, maravilloso. Las antiguas taquillas, los pasillos de azulejos, los anuncios de cerámica…  toda la decoración encantadora, con el sello de Antonio Palacios.

La otra es la Nave de Motores, cuya visita complementa perfectamente ese viaje que decíamos nos traslada a aquellos primeros tiempos del metro, y a otro Madrid, al Madrid de la primera mitad del siglo XX.

La primera línea del metropolitano fue inaugurada en 1919 y por aquellos años la Compañía eléctrica madrileña no garantizaba el suministro continuo. La Central Eléctrica de Pacífico se comenzó a construir en 1923 en una gran parcela propiedad de la Compañía, entonces a las afueras de Madrid, entre las calles de Cavanilles, Sánchez Barcaiztegui y Valderribas, para mejorar el funcionamiento de la red de Metro, solucionando dichas posibles faltas de suministro eléctrico.

Construcción de la Central en 1923

abril 2011

La obra fue dirigida por el Ingeniero Jefe del Metro, Carlos Lafitte, y el proyecto arquitectónico fue obra de Antonio Palacios, Arquitecto de la Compañía del Ferrocarril Metropolitano.

El conjunto estaba formado por una gran nave destinada a albergar la central eléctrica y varios edificios auxiliares para talleres, oficinas, etc., alguno de ellos desaparecido.

Tres motores diesel de 1.500 c.v. cada uno, fueron instalados en la nave. La gran potencia de esta central llegó a proporcionar energía a otras subestaciones e incluso a la ciudad. Durante la guerra suministró luz a la población madrileña.

Nave de motores

Poco después Palacios también construyó otras dos subestaciones eléctricas para el Metro, en los barrios de Salamanca y Chamberí. Dos edificios fabriles que se conservan en pleno centro de Madrid, el primero en la calle de Castelló nº 21, a un paso del Retiro.

Castelló, 21.

Actualmente una parte del edificio se encuentra cubierto por lonas de obra, pero se pueden apreciar los detalles en hierro de la puerta de entrada.

Detalle de la puerta. Castelló, 21.

Y el otro en la calle de Olid 9, cerca de la glorieta de Quevedo. Estos edificios, como toda la red, conservan el famoso logotipo del Metro también creado por el arquitecto.

Calle de Olid, 9.

En la Nave de Motores, como en todas sus obras, Palacios cuidó hasta el mínimo detalle, utilizando siempre los mejores materiales y colaborando con los mejores artistas.

Nave de motores. Detalle del suelo.

Nave de motores. Detalle muros.

En toda la red de metro, hoy día prácticamente desaparecidos, utilizó los azulejos blancos biselados y el cordón cerámico de reflejos metálicos, que aquí se conservan.

Detalle cerámica.

Con fachada a la calle de Valderribas números 40 y 42 se construyó otro edificio actualmente ocupado por el Ministerio de Defensa, que sirve, según me cuentan en el museo, de almacén.

Calle de Valderribas 40-42.

Enfrente se levantó el hotel destinado a vivienda del ingeniero de la Central, al parecer también hoy día destinado a almacén del metro.

Calle de Valderribas

En el exterior, además de otras instalaciones, se ubicaron cuatro depósitos de agua.

Con el tiempo, regularizado el suministro por parte de las compañías eléctricas, la central dejó de ser necesaria y en la década de los 50 cesó la producción de energía. En 1972 quedó clausurada.

En 1994 se ajardinaron los depósitos y algunas dependencias del conjunto fueron reconvertidas.

Entre los años 2006 y 2008 la maquinaria, así como la nave fueron restauradas. Desde entonces forma parte del Museo del Metro de Madrid.

La puerta de entrada se encuentra en la esquina de las calles de Valderribas y Sánchez Barcaiztegui, y lo primero que vemos es el Jardín, espléndido, cubierto de césped, flores y árboles de distintas especies. La visita a la Nave de Motores es además de interesante, muy bonita.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

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Andén Cero

Estación de Chamberí
Plaza de Chamberí s/n
Nave de Motores

Calle de Valderribas, 49 (esquina c/Sánchez Barcaiztegui)

Horario de visita
De martes a viernes de 11 a 19h
Sábado, domingo y festivos de 11 a 15h
Lunes cerrado

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Bibliografía:

Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid COIIM. Revista nº 49. 2010

COAM Guía de Arquitectura. Madrid 2003.

Como sabemos, el Palacio de Cibeles, nueva sede del Ayuntamiento de Madrid, tras varios años de obras y el gasto de muchos millones de euros, ha abierto sus puertas a todos los curiosos que deseemos ver el resultado de la rehabilitación del interior del antiguo Palacio de Comunicaciones, con el aliciente de poder asomarnos a uno de los torreones en la 8ª planta y contemplar Madrid desde las alturas.

Según vamos subiendo desde la primera a la quinta planta, a través de las ventanas del monumental edificio, construido por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi entre los años 1904 y 1918, se pueden contemplar otras obras del gran Palacios, como el  Círculo de Bellas Artes y el Edificio de Las Cariátides, este último también en colaboración con Otamendi. De paso podemos saludar a la castiza diosa Cibeles, que como nosotros dirige su mirada hacia la calle de Alcalá y la Gran Vía.

Antonio Palacios contribuyó en gran medida a cambiar la imagen de Madrid en aquellos comienzos del siglo XX.

El conjunto de la visita merece la pena, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos elementos, pocos, que en su momento fueron elegidos por los autores del edificio con sumo cuidado, que permanecen. Escultura, cristal y cerámica. Ya conocemos el interés de Antonio Palacios en integrar las artes decorativas en su arquitectura, -pues hemos hablado aquí ya varias veces sobre ello- lo cual consiguió gracias a la colaboración de grandes artistas. La visión de Palacios era la de un arte global.

En el antiguo Palacio de Correos, además de en su exterior, como ya vimos, en su interior hay obras de Ángel García Díaz, que consiguió junto al genial arquitecto convertir el edificio en una gigantesca pero delicada escultura.

También se puden admirar las magníficas vidrieras del techo.

Y, en la escalera circular, que fue escalera de servicio, se han conservado los zócalos de azulejos obra de la Casa Ramos Rejano, fábrica de Cerámica sevillana.

Son detalles, grandes detalles, que forman parte de una gran obra de la Arquitectura madrileña, el Palacio de Cibeles.

Texto y fotografías: Mercedes Gómez

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Artículos anteriores:

De la Casa de la Villa al Patio de Cibeles

Galería de Cristales

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CentroCentro Palacio de Cibeles. Jornadas de puertas abiertas

Visitas guiadas gratuitas para el público general (a partir del 5 de abril).
Hasta el  27 de julio de 2011 de martes a domingo de 10 a 20 horas.
El acceso se realiza por la Plaza de Cibeles.

Juan Ruiz de Luna Rojas nació en 1863, en Noez, Toledo. Muy joven comenzó a trabajar en la empresa familiar, fabricante de castañuelas y otros objetos artesanos, luego se trasladó a Talavera de la Reina para ayudar a sus hermanos que eran pintores decoradores. El propio Juan allí trabajó como pintor y fotógrafo, y se tuvo que hacer cargo del taller de pintura debido a la muerte de sus hermanos. Hasta la llegada de Enrique Guijo a Talavera, momento en que cambió su vida.

Enrique Guijo -a quien tuvimos ocasión de conocer al hablar del gran pintor ceramista Alfonso Romero-, nació en Córdoba en 1871, se formó como ceramista en Sevilla, y en 1900 se trasladó a Madrid. Siete años después fue a Talavera donde conoció a Juan Ruiz de Luna, a quien inició en el mundo de la cerámica.

Juntos, en 1908, fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Enrique tenía 37 años, y Juan 45. La cerámica toledana estaba en un mal momento, olvidada, y gracias a estos dos hombres revivió y recuperó la tradición perdida, que aún hoy día se conserva. Formaron la sociedad “Ruiz de Luna, Guijo y Cia”, con el objetivo, según palabras del propio Ruiz de Luna, de poner en marcha una fábrica destinada a “hacer resurgir la Cerámica artística de Talavera tan famosa en los siglos XVI y XVII”.

Enrique Guijo era el director artístico. Después la fábrica se convirtió en Escuela, y Guijo ejerció de maestro de pintores. Debido a los problemas económicos que surgieron, en 1910 se trasladó a Madrid con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica. Continuó representando a Ruiz de Luna en Madrid y se hizo cargo de la sucursal de la fábrica en la calle Mayor 80, que se inauguró en 1914.

En 1915 la sociedad se disolvió definitivamente. A pesar de todas las dificultades, Juan Ruiz de Luna estaba decidido a continuar, luchó, se convirtió en el único propietario de la Fábrica y la sacó adelante. Enrique Guijo continuó con el Taller de la calle Mayor. Y aquí le dejamos por hoy, pues sin duda merecerá que algún día contemos su propia historia.

Francisco Arroyo pasó a ser el director artístico de la fabrica en Talavera, y al año siguiente se casó con la hija mayor de Ruiz de Luna.

En 1922 Ruiz de Luna inauguró una nueva tienda en Madrid, en la calle Floridablanca 3, de la que se hizo cargo su hijo Juan.

No son muchas las obras de la fábrica de Juan Ruiz de Luna en Madrid -aunque seguramente más de las que he podido localizar-, todas de mucho valor. Algunas fueron realizadas en la primera etapa de la fábrica, entre los años 1910 y 1915, época en la que Guijo era el director artístico y representante en nuestra ciudad. Ruiz de Luna trabajó para diversos arquitectos.

Uno de ellos fue Luis Bellido, arquitecto municipal que en 1910 acometió la reforma de la Casa de Cisneros, en la Plaza de la Villa. Las escaleras y el patio fueron decorados con cerámica talaverana realizada en la Fábrica de Ruiz de Luna.

Plaza de la Villa

En la planta baja del edificio construido por Jesús Carrasco Muñoz entre 1913 y 1914, en la calle Mayor nº 59, se encuentra la farmacia más antigua de Madrid, la Real Botica de la Reina Madre. En su interior, lleno de joyas, existen unos adornos realizados por Ruiz de Luna.

Para José María Mendoza Ussía decoró un friso bajo la cornisa del edificio construido para la antigua Papelera Española, en la calle Mejía Lequerica nº 8, actualmente en obras.

De su trabajo para Carlos de Luque se conservan dos magníficos ejemplos, el primero en la Plaza de Olavide nº 1, cuyos elementos modernistas y adornos cerámicos del friso superior y la cubierta del torreón, fueron realizados por Juan Ruiz de Luna y Francisco Arroyo.

Plaza de Olavide nº 1

El segundo se encuentra en la calle de Antonio Acuña, esquina Duque de Sesto, con una fachada exquisita que combina los elementos cerámicos y escultóricos. El interior del portal también está decorado por Ruiz de Luna.

Calle de Antonio Acuña nº 9

Recordemos la colaboración de Ruiz de Luna con Benlliure en la decoración de su casa y las dos Fuentes de los Niños. También decoró la casa de Sorolla, cercana a la de Benlliure, en el Paseo del General Martínez Campos. Fue obra suya el zócalo de azulejos de uno de los salones  y de la galería del patio.

De la segunda etapa de la Fábrica, con Arroyo de director artístico, se conservan algunas obras realizadas entre 1925 y 1930, como la fachada de la antigua Vaquería del Carmen,  en la Avenida de Filipinas nº 1, realizada en 1928, que desaparecida la vieja tienda ha sido de todo, últimamente disco-pub, tienda de bolsos, y actualmente moderna taberna-franquicia. Únicamente permanecen los azulejos pintados, testigos del cambio de los tiempos.

Av. de Filipinas nº 1

En la calle de San Bernardo números 67 y 112, Ruiz de Luna decoró dos edificios construidos por José Antonio de Agreda en los que la mezcla del hierro con la cerámica ofrece una arquitectura de gran belleza.

Portal San Bernardo 67.

Juan Ruiz de Luna murió en 1945. Fue el primero de una gran familia de artistas que aún hoy día continúa trabajando. No fue únicamente un ceramista sino que fue un estudioso e investigador de la cerámica talaverana que había sido tan importante en los siglos XVI y XVII, recuperándola ya para siempre.

Sus hijos Juan, Rafael y Antonio se hicieron cargo de la empresa en la que desde muy jóvenes habían aprendido el oficio y el arte de la cerámica.

La tienda de Floridablanca fue traspasada en 1933, y Juan  volvió a Talavera. En la última etapa de la Fábrica, desde 1942 a 1961, fue el director artístico. Ese año, nuevas dificultades, esta vez definitivas, obligaron a cerrar la histórica Fábrica, que por entonces se llamaba Cerámicas Ruiz de Luna S.L.

Tras el cierre, Juan y su familia se fueron a vivir a Málaga, donde sus descendientes continúan la tradición.

En Madrid continúa trabajando su nieto, hijo de Antonio, Alfredo Ruiz de Luna González. Suyas son las placas de cerámica que indican y adornan muchas de las calles madrileñas desde 1991.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Catálogo “El arte redivivo. Exposición del I Centenario de la Fábrica de Cerámica Ruiz de Luna Nuestra Señora del Prado”. Talavera 2008.

Museo Ruiz de Luna. Talavera de la Reina.

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ACTUALIZACIÓN 21.3.2011

Actualizamos el post dedicado a Ruiz de Luna porque la antigua Vaquería del Carmen, en la avenida de Filipinas nº 1, ha generado una bonita “conversación”, dentro y fuera del blog.

Esta es la foto que me ha enviado antonioiraizoz, como veréis es muy curiosa:

Vaquería del Carmen, Ayer (munimadrid)

Además, una persona que vive muy cerca me ha contado que recuerda la Vaquería, que estuvo varios años cerrada hasta que, hace relativamente poco tiempo, al menos después de 1983, fue derribado el edificio anterior y construido el actual, en cuya puerta de cristal hoy se reflejan modernos edificios.

Vaquería del Carmen, Hoy

¡Muchas gracias, Antonio!

Mercedes

Hoy me gustaría invitaros a conocer una preciosa fuente.

Antes, tengo que dar las gracias a Lucrecia Enseñat Benlliure, directora del Archivo de la Fundación Mariano Benlliure, bisnieta del escultor, y autora del magnífico artículo que cito al final, que recoge su minuciosa investigacion sobre la Fuente de los Niños. Su ayuda me ha permitido descubrir la verdadera historia de una fuente que siempre me intrigó.

Gracias, Lucrecia.

Y a todos, espero que os guste,

Mercedes
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Mariano Benlliure es sin duda uno de los grandes escultores españoles de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. Gran artista, incansable, tuvo éxito en su tiempo, ocupó cargos, recibió premios y se relacionó con los personajes más ilustres. La presencia de su obra en Madrid es muy importante.

Nació en Valencia el año 1862, en una familia de artistas que facilitó su interés temprano por el dibujo, la pintura y la escultura. Siendo un joven de apenas 19 años se trasladó a Roma, donde vivió hasta 1896 en que se instaló en Madrid. Tuvo su primer estudio en la Glorieta de Quevedo número 5.

El artista se había casado con Leopoldina Tuero con quien tuvo dos hijos, pero el matrimonio fracasó, y ya en Madrid conoció a la entonces famosa cantante de zarzuela Lucrecia Arana, con quien compartiría su vida hasta la muerte de ella, muy pronto, en 1927, de cuya unión nació otro hijo, José Luis Mariano.

A partir de 1908 Mariano Benlliure y Lucrecia Arana adquirieron un hotel y varios terrenos a su alrededor en la manzana situada entre la Castellana, la calle José Abascal, Zurbano y Bretón de los Herreros. En el centro de la manzana el escultor construyó su Estudio.

Jardín y fachada del Estudio (La Esfera, 7 febrero 1914)

Benlliure decoró la fachada con elementos cerámicos, sobre todo relativos a la infancia, tema que utilizó en otras obras a lo largo de su vida, siempre de forma exquisita. Para ello contó con la colaboración de la Fábrica Nuestra Señora del Prado fundada por Juan Ruiz de Luna y Enrique Guijo en Talavera de la Reina.

Dicha fachada fue decorada con un friso, un zócalo y una fuente. El friso estaba formado por parejas de niños que portaban guirnaldas de flores, y el zócalo compuesto también de formas vegetales, todo ello modelado en cerámica policromada.

La fuente consistía en un luneto, o altorrelieve en forma de media luna, con delicadas figuras realizadas en cerámica. Siete niños jugando, empujaban a otro que caía al agua en una taza de mármol semicircular. A partir del modelo diseñado por Benlliure, su colaborador Vicente Camps formó el molde, y la fuente fue realizada en la fábrica de Talavera. Quedó instalada a finales del año 1912.

Benlliure junto a la Fuente de los Niños (Foto:.semanasantacrevillent.com/benlliure)

En 1914 el hotel fue reformado por el arquitecto Enrique Mª Repullés y Vargas, aunque se cree que los planos y los elementos decorativos fueron diseñados por el propio Benlliure. El hotelito, con entrada por José Abascal, era la vivienda de la familia.

Además del interior de la casa, la reforma incluyó la creación de una nueva fachada que daba al jardín, decorada también con cerámica realizada en la fabrica de Juan Ruiz de Luna. Más guirnaldas con frutas, niños, cisnes blancos…

…Y una segunda Fuente de los Niños, realizada a partir del modelo de la primera, con dos diferencias, en este caso las figuras eran de color blanco monocromo, y la taza era rectangular y revestida de azulejos.

La casa de José Abascal llegó a ser muy famosa, por las tertulias que allí tenían lugar y por las personalidades de todos los ámbitos que por allí pasaban.

Los infantes de España junto a la segunda Fuente de los Niños (Foto:semanasantacrevillent.com/benlliure)

La fuente era tan bella que los visitantes deseaban tener una igual en sus propios jardines. Benlliure encargó algunas a Juan Ruiz de Luna a cuenta de sus clientes.

Así fue cómo llegaron varias réplicas de la Fuente a Cádiz, Santander, y en Madrid, a la familia Bauer en la Alameda de Osuna –de la que no se conserva ninguna información- y otra al entonces Cónsul de Guatemala, Sr. Traumann, que vivía en una finca en Chamartín, encargada en 1923.

Hasta el propio ceramista Juan Ruiz de Luna tuvo el deseo y la tentación de tener su propia Fuente de los Niños en su casa de Talavera, aunque finalmente solo reprodujo dos de los niños.

Mariano Benlliure murió en Madrid, en su casa de la calle José Abascal, en 1947. Sus restos fueron trasladados a Valencia, como él deseaba, para ser enterrado junto a sus padres en el cementerio del Cabanyal. Tras su muerte la casa-estudio fue derribada, y los elementos decorativos, algunos se perdieron, y otros fueron a parar a museos o colecciones particulares.

La primera Fuente de los Niños se conserva completa, en una finca en Ciudad Real, adonde llegó procedente de un chalet del Viso madrileño.

La fuente del cónsul pasó por varios propietarios y finalmente fue localizada en los años 60 del siglo XX en un vivero del mismo Chamartín, con bastantes daños tras tantos cambios y traslados. Estaba a la venta.

Existen otras reproducciones realizadas después, copias por tanto, que no deberían ser anunciadas como obras originales de Mariano Benlliure.

En 2001 la Fundación del Canal de Isabel II adquirió una Fuente de los Niños para su nueva sede en la Plaza de Castilla, instalada en la antigua estación elevadora de agua, situada bajo el depósito elevado de la Plaza de Castilla.

En aquellos momentos se creía que se trataba de la segunda fuente que estuvo en el jardín de Benlliure, pero más adelante se descubrió que se trata de la que perteneció al antiguo Cónsul de Guatemala, Sr. Traumann.

Perfectamente restaurada quedó instalada en el vestíbulo de entrada a la Sala de Exposiciones, sobre una lámina de agua rectangular.

La placa a los pies de la fuente continúa indicando que se trata de la fuente que estuvo en el jardín de Mariano Benlliure en su Casa-Estudio de la calle de José Abascal, lo cual pensamos debería ser corregido.

Expectación, sorpresa, risa, travesura, susto… cada niño manifiesta su reacción al juego de forma distinta… las figuras muestran una delicadeza y expresividad extraordinarias.

Aunque finalmente el propietario de esta fuente no haya sido el propio Benlliure, sí es su autor.

El que fuera tan famoso escultor, cuya obra podemos admirar por todo Madrid, y quizá recorramos otro día, también realizó pequeñas obras maestras en Cerámica, como esta Fuente de los Niños que podemos contemplar en la entrada de la Sala de Exposiciones de la Fundación Canal de Isabel II, en la calle Mateo Inurria nº 2.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Lucrecia Enseñat Benlliure. “La Fuente de los Niños de Mariano Benlliure”. En Renacimientos: la cerámica española en tiempos de Ruiz de Luna, Actas del XIII Congreso de la Asociación de Ceramología celebrado en Talavera de la Reina en 2008, Ed. Universidad de Castilla-La Mancha, octubre 2010.

Fundación Mariano Benlliure

La Esfera. 7 febrero 1914 (BNE)

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ACTUALIZACIÓN 13 enero 2013

La Fuente de los Niños, réplica en bronce, ubicada en Santander:

Fuente de los Niños de Santander

M. Benlliure, Fuente de los Niños (Santander)

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