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Enrique Guijo, espíritu del Renacimiento, inquieto de todo arte, sin abandonar la cerámica ni apartarse por completo del terrible y fascinador “nido de víboras”, que es el horno donde cuajan los esmaltes, extendió su actividad a otras manifestaciones de las artes aplicadas y suntuarias: la decoración arquitectónica, el mobiliario, la talla, la herrería artística…
(Manuel Machado, en La Esfera, 26 junio 1920)
Enrique Guijo Navarro, espíritu del Renacimiento, como bien le definió su amigo Manuel Machado, fue pintor, decorador, ceramista, restaurador… uno de tantos artistas que a pesar de haber sido importante para Madrid, y reconocido en su época, actualmente es casi un desconocido y sus huellas corren el peligro de desaparecer.
Nació en Córdoba en 1871. Su madre se llamaba Antonia, y su padre Mariano, quien desgraciadamente murió muy pronto, cuando Enrique contaba apenas catorce años de edad, hecho que quizá condicionó todo su futuro pues en lugar de estudiar tuvo que trabajar. Junto a su madre viajó a Sevilla, acaso en busca de una vida mejor. En su primer empleo, en el taller del escenógrafo Antonio Matarredoma, se inició en el arte del dibujo y la pintura. De allí pasó a una fábrica de cerámica, probablemente la de la familia Mensaque, y finalmente al taller de Manuel Rodríguez donde definitivamente se formó en el arte de la cerámica.
Hacia 1898 se trasladó a Madrid con su mujer y su recién nacida hija Enriqueta. Hay noticias de que vivieron en la calle de la Parada, debía tratarse de la Travesía de la Parada, nº 7, próxima a San Bernardo.
En esta primera estancia conoció, entre otros intelectuales, a dos personas que más adelante serían muy importantes en su vida: Francisco Alcántara, futuro director de la Escuela de Cerámica, y Manuel Machado, futuro director del Museo Municipal. Frecuentó tertulias, entre ellas la del Café Comercial, a la que acudían los hermanos Machado. Personas que le conocieron afirmaron que era una buena persona, alegre y simpático. Su carácter y desenvoltura seguramente le ayudaron a labrarse su carrera.
En esta etapa en Madrid trabajó como pintor decorador de algunos palacios, uno de ellos el de Medinaceli en la plaza de Colón, desaparecido. En 1907 viajó a Talavera a probar fortuna donde conoció a Juan Ruiz de Luna. Juntos fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Las piezas las firmaban Ruiz de Luna, Guijo y Cia., como la que regalaron a su amigo Joaquín Sorolla, seguramente obra de Guijo, hoy expuesta en el Museo Sorolla.
Debido a los problemas económicos que surgieron, en 1910 se trasladó a Madrid con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica, cuyo primer director fue Francisco Alcántara, que le contrató junto a Daniel Zuloaga con el fin de poner en marcha el proyecto.
Guijo continuó representando a Ruiz de Luna en Madrid y se hizo cargo de la sucursal de la fábrica en la calle Mayor 80 (actual nº 74). En 1915 la sociedad se disolvió definitivamente. Enrique Guijo continuó con el taller de la calle Mayor de donde salieron numerosas obras, anuncios para tiendas y para el Metro de Madrid, casi todo desaparecido. Felizmente sí se conservan algunos de los anuncios que realizó para la estación de Chamberí, restaurados tras tantos años abandonados en el interior de la estación “fantasma”, que permaneció varios años cerrada, hoy convertida en maravilloso Museo del Metro de Madrid.
Por entonces la publicidad era una novedad. Como indica uno de los pequeños letreros del museo la mayor parte de los anuncios realizados para el Metropolitano los realizaron Enrique Guijo y Alfonso Romero, en algunos casos con la firma del taller, E.Guijo. Mayor 80. Madrid, en otros E.Guijo. Madrid.
Los autores que han estudiado su obra coinciden en que fue un gran rotulista. De esta faceta existe un precioso ejemplo en la Travesía del Arenal, en la antiquísima Librería de los Bibliófilos Españoles.
Desde aquí nos dirigimos a la calle del Espíritu Santo esquina Santa Lucía donde se encontraba uno de los rótulos que Guijo realizó para tiendas madrileñas. La casa, en esta histórica calle en la que una gran parte de sus edificios datan de finales del siglo XIX, ha sido pintada de vistoso color azul.
En el lugar de la antigua tienda de Comestibles, quesos y ultramarinos, que sabemos existió gracias a la foto de Antonio Perla en su imprescindible libro sobre la Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña, hay un bar, parece que los azulejos han desaparecido, pero no, solo están tapados. Permanece el escudo, y bajo el material pegado sobre la cerámica se adivinan las letras y números del letrero centenario.
Muy cerca, en la calle de San Vicente Ferrer 27, en el nuevo establecimiento sí podemos admirar los azulejos de la Antigua Huevería.
Junto a ella, la famosa Farmacia de los Laboratorios Juanse, en la esquina con la calle de San Andrés en la que algunas escenas está firmadas por el pintor Mardomingo y en otras aparece la firma del taller, E. Guijo. Mayor 80.
Abandonamos el barrio de Malasaña y continuamos nuestro paseo buscando los vestigios de las obras realizadas por Enrique Guijo y llegamos a uno de los barrios más singulares de Madrid, aunque casi desaparecido, los hotelitos del antiguo Madrid Moderno, en la Guindalera, cerca de la plaza de las Ventas. En el nº 30 de la calle de Roma subsiste a duras penas el letrero de la que en otro tiempo debió ser espléndida Villa Sara, hoy completamente destrozada, incluso sus balcones han sido arrancados.
¿Por qué un edificio llega a alcanzar este lamentable estado?. Solo el letrerito de azulejos sobre la puerta con el nombre de la mujer que tal vez inspiró su construcción conserva sus letras azules y su orla, tristemente pintarrajeadas.
Enrique Guijo, además de trabajar como profesor en la Escuela de Cerámica participó en numerosos proyectos junto a Luis Bellido, arquitecto municipal.
En 1914 restauró los azulejos de la Casa de la Panadería y los frescos de Claudio Coello, que hace tiempo tuvimos la suerte de conocer. También realizó las pinturas de la fachada, sustituyendo a las antiguas que estaban muy deterioradas. Eran las que los madrileños pudimos contemplar hasta 1992 en que nuevamente fueron sustituidas por las actuales, obra de Carlos Franco.

Plaza Mayor, Casa de la Panadería (1893-1954) Archivo Moreno (Mº Cultura). Pinturas de Enrique Guijo.
Entre 1910 y 1925 participó en la construcción del Matadero y Mercado Municipal de Ganado, nuevamente con Luis Bellido. Además de otros elementos cerámicos, Guijo fue el autor de los rótulos pintados sobre azulejos.
En 1920 abrió un taller en Carabanchel, por entonces debía tener muchos encargos. Allí trabajaron su sobrino Joaquín Bustillo, su hija Enriqueta (que también fue profesora de la Escuela) y el pintor Alfonso Romero, antes de abrir el suyo propio.
Hay otras obras suyas adornando diversas calles de Madrid (o al menos lo hacían hace pocos años): los bonitos paneles de la antigua Vaquería La Tierruca, en la calle Monte Igueldo 103, La Andaluza Fábrica de aguardientes, en Muñoz Grandes esquina General Ricardos, la Mina de Oro en la Avenida Ciudad de Barcelona 58, los azulejos en la parte del superior del edificio de Altamirano nº 10, y alguno más.
Otra de sus más notables obras cerámicas fueron algunos de los murales de azulejos que durante muchos años decoraron la taberna Los Gabrieles, en la calle Echegaray 17.
Pero como ya hemos visto, la Cerámica no fue la única actividad de Enrique Guijo. En 1925, tras presentarse a un concurso, obtuvo el cargo de Conservador de Edificios Municipales de Madrid.
En 1926, recordemos nuestra visita al antiguo Hospicio, tuvo lugar un acontecimiento que resultaría decisivo para el futuro del edificio, la celebración de la exposición El Antiguo Madrid, precedente del Museo Municipal. Luis Bellido comenzó su restauración para museo. En 1929 fue inaugurado el Museo Municipal, con Manuel Machado como primer director y Guijo fue nombrado Conservador del museo, a la par que se le asignaba una zona como vivienda en el propio edificio.
Durante la guerra civil el Museo permaneció cerrado pero él continuó viviendo allí.
Enrique Guijo fue perdiendo la vista. Murió ciego, en Madrid. Respecto a la fecha de su muerte no hay unanimidad, ¿1945, 1954, 1955?, en lo que sí parecen coincidir los autores es en que murió solo, casi olvidado.
Que no ocurra lo mismo con su obra, deberíamos cuidarla con cariño, con el fin de que no desaparezca y darle todo el valor que merece.
Por : Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Antonio Perla. Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña. Comunidad de Madrid 1988.
Ángel Sánchez-Cabezudo. Enrique Guijo, artista esencial en el historicismo cerámico de Talavera. En Renacimientos: la cerámica española en tiempos de Ruiz de Luna. Universidad Castilla-La Mancha. Cuenca 2010.
Catálogo ”El arte redivivo. Exposición del I Centenario de la Fábrica de Cerámica Ruiz de Luna Nuestra Señora del Prado”. Talavera 2008.
El Museo Sorolla es una maravilla. Nos sugiere infinidad de historias de las que podríamos hablar, la biografia de Joaquín Sorolla, su duro comienzo, huérfano con solo dos años de edad, su afición al arte, siendo casi un niño, su vida feliz, con su mujer, “su Clotilde”, y sus hijos, y su duro final, debido a la enfermedad que le llevó a la muerte con solo 60 años. Su extraordinaria pintura, su casa-taller… es un placer contemplar el edificio, los jardines… pero hoy os invito a detenernos en un aspecto diferente, muy interesante y bonito, Sorolla y sus amigos.
En la Casa-Museo de Joaquín Sorolla, en el paseo del General Martínez Campos, además de sus cuadros se conservan muchos de los muebles, algunos de gran valor, objetos personales y numerosas obras de arte, algunas compradas o encargadas por él mismo, y otras fueron regalos, muchas de ellas realizadas por amigos, todas por tanto tuvieron un gran significado para él, no solo artístico sino emocional.
Recorriendo la casa se respira un ambiente muy grato y a cada paso se encuentran las huellas de sus amigos, sobre todo de los escultores Mariano Benlliure y José Capuz.
Recordemos que Mariano Benlliure vivía cerca de Joaquín Sorolla, en la calle de José Abascal. Ambos eran casi de la misma edad, Joaquín un año mayor que Mariano, y ambos habían nacido en Valencia. El recuerdo de su amistad nos acompaña desde el comienzo de la visita.
El paso del primer jardín al segundo está enmarcado por dos columnas sobre las cuales hay dos pequeñas esculturas, a la izquierda Desnudo femenino de José Clará, y a la derecha El Gaitero, de Benlliure. Los originales, restaurados, se encuentran en el interior de la casa, en el Comedor, como veremos. Las figuras que actualmente se encuentran al aire libre son dos reproducciones en resina sintética.
Nos quedamos un rato en este segundo jardín, sentados en su banco de cerámica, escuchando el sonido del agua, rodeados de los magníficos árboles plantados por Sorolla, un mirto, un árbol del amor, un magnolio… el lugar es bellísimo y se respira la paz que debieron disfrutar los Sorolla hace un siglo, a pesar de que ahora la casa está rodeada por altos edificios que a principios del siglo XX no existían.
Los tres delicados amorcillos de bronce de la fuente se cree podrían ser obra de Benlliure, aunque no hay certeza.
En el tercer jardín, bajo la pérgola, se halla el Busto de Sorolla, regalo de la Hispanic Society of America de Nueva York tras la inauguración del museo, réplica en mármol del original en bronce que ellos poseen.
Entramos por fin en la casa sin poder olvidar la imagen del expresivo y noble rostro de Joaquín Sorolla captado por Mariano Benlliure.
En la Sala I, antiguo almacén y lugar en el que el pintor preparaba sus telas y bastidores, entre fotografías, postales y distinciones, en una vitrina se recuerda al pintor madrileño Aureliano de Beruete, su gran amigo, que le ayudó a introducirse en los ambientes más dispares, tanto “intelectuales como mundanos”.
Cuando en 1912 Aureliano murió en Madrid, Joaquín Sorolla organizó en su propia casa, en esta sala y en la contigua, hoy Sala II, una exposición antológica. Actualmente ambos artistas comparten la sala 60 A en el Museo del Prado.
En esta misma Sala I contemplamos una magnífica pintura de 1897, Una investigación, retrato de su amigo el doctor Luis Simarro, en su laboratorio. Sorolla pensaba que la mejor forma de retratar a las personas, que aparezcan con naturalidad, es en su propio ambiente, en su propia atmosfera. Así que por las noches iba casa del doctor, importante figura de la ciencia y la neurología españolas, y gran aficionado al Arte, y pintaba.
Tras visitar la Sala II llegamos a la espectacular Sala III, su antiguo Taller. En uno de los rincones hay un relieve realizado en 1909 dedicado Al pintor Sorolla. Su amigo, M. Benlliure.
Salimos del taller para dirigirnos a la parte de la casa que la familia utilizaba como vivienda. En la zona inferior de la Escalera, entre otras bellas esculturas, se encuentra la Psyque, vaciado en bronce de la obra que el gran escultor Auguste Rodin regaló al pintor durante su visita a su taller de París en 1913, realizado por José Capuz. El original no se conserva debido a que resultó dañado durante el vaciado.
José Capuz era 20 años más joven que Sorolla, y en un principio fue protegido y ayudado por él, pero con el tiempo se convirtió en su amigo y una de las personas más importantes de su vida, y luego, tras la muerte del pintor, de la de su esposa Clotilde y sus hijos, como persona de confianza. Formó parte del Patronato del Museo creado en 1931 y diseñó el sello para su inauguración al año siguiente.
En esta parte de la casa se encuentra otra obra suya, Torso de mujer.
Sorolla decoró la rotonda del Salón con esculturas de su familia. De José Capuz son las dedicadas al propio pintor y a su hijo Joaquín, de bronce, y a su hija Elena, esculpida en mármol. Las figuras de la hija mayor María y de su suegro Antonio García Peris fueron modeladas en bronce por Mariano Benlliure.
En el Comedor, son de Capuz los yesos de la ampliación de la estancia tras el arco a la izquierda, y los relieves en madera de la mesa. Al fondo, en la chimenea, se encuentran las esculturas originales que antes estuvieran en el jardín, una de ellas la mencionada El Gaitero de Benlliure.
Capuz realizó un busto de Clotilde, modelado en yeso, que actualmente se encuentra situado a la entrada de la exposición temporal a ella dedicada, y que podemos visitar hasta el próximo mes de octubre, Clotilde de Sorolla.
Igual que Mariano Benlliure y el propio Sorolla, José Capuz era valenciano.
Un detalle que indica el valor que dio Sorolla a sus amigos, como personas, pero también como artistas, es que primero Mariano Benlliure y luego José Capuz fueron maestros de su hija menor, Elena, que fue escultora. De ella se conservan muchas obras en el Museo.
Otro de sus amigos más íntimos, a pesar de que se encontraron pocas veces en persona, fue el pintor Pedro Gil, que vivía en París. La abundante correspondencia mantenida entre ambos así lo demuestra. Como vimos, el taller de Sorolla está lleno de objetos que fueron importantes para el artista, obra o regalo de sus amigos. Pedro Gil es el autor de la reproducción en miniatura de la Victoria de Samotracia, cuyo original se encuentra en el Louvre, encargada por Sorolla a su amigo en 1894. Otras dos esculturas, obra de Troubestzkoy, representan a Gil y al mismo Sorolla.
También tuvo una gran relación con la familia Sorolla el fotógrafo Diego González Ragel, aunque la gran amistad la tuvo con su hijo, Joaquín Sorolla García. Gracias a sus fotografías se conoce muy bien cómo era la casa del pintor cuando la familia la habitaba y cómo estaba decorado el taller que luego pudo ser reproducido con fidelidad.
Joaquín Sorolla fue un gran enamorado de la Cerámica, que fue coleccionando a lo largo de los años. Gran parte de la decoración de su Casa y los jardines la encargó a otro de los artistas con los que entabló una relación amistosa, Juan Ruiz de Luna, que recordemos también decoró la Casa-Estudio de Benlliure. Suyo es el zócalo del patio andaluz. En la zona acristalada donde actualmente se expone la colección de cerámica, hay un Jarrón dedicado Al gran Pintor Sorolla firmado por Ruiz de Luna Guijo y Cia. Año 1909.
En el Antecomedor el artista quiso recrear una de las estancias de Felipe II en el Monasterio de El Escorial. Para ello pidió a la Fábrica de Ruiz de Luna en Talavera la reproducción de un modelo de zócalo del siglo XVI, el existente en la ermita talaverana del Prado.
No podía faltar una obra del gran ceramista Daniel Zuloaga, de quien una vitrina en el taller guarda un precioso jarrón.
Estas exquisitas obras de arte son solo algunas de las muchas que adornan el Museo Sorolla, las estancias en las que vivió el pintor con su familia, creó gran parte de su pintura y recibió a sus amigos.
Por Mercedes Gómez
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Fuentes:
Museo Sorolla
Pº General Martínez Campos, 37.
Guía del Museo Sorolla. Madrid 2009.
Ragel. Reporter Fotógrafo. Exposición Museo de la Ciudad. Madrid 2010
La calle de Mejía Lequerica nace en la calle de Hortaleza, junto al antiguo Camino de Santa Bárbara, y llega hasta la de Sagasta, antigua ronda por donde hasta el año 1868 discurría la Cerca que rodeaba Madrid desde tiempos del rey Felipe IV.
En 1941 se le asignó el nombre de un médico y escritor, José Mejía Lequerica, nacido en Quito (Ecuador) en 1777, diputado de las Cortes de Cádiz, y fallecido en esa ciudad en 1813. Anteriormente fue la calle de la Florida, y aún antes, en el siglo XVII, era la calle de la Flores.
Es una calle corta pero con historia y edificios notables. En el nº 1 se encuentra la famosa Casa de los Lagartos, de comienzos del siglo XX. En los números 2 y 4, los Palacios del Conde de Villagonzalo y del Marqués de Ustáriz, recuerdos de otras épocas. Este último es uno de los pocos ejemplos de palacios del siglo XVIII que perviven en Madrid.
En el nº 8 se encuentra el edificio construido en 1913 por José María Mendoza Ussía para acoger la sede de la Papelera Española. El pasado mes de marzo, cuando estaba preparando el artículo dedicado a la cerámica de Juan Ruiz de Luna en Madrid, fui a esta calle con la intención de ver y fotografiar su fachada, decorada por el gran artista toledano, pero estaba cubierta por lonas de obra, igual que su vecino el Palacio de Ustáriz. Y no eran las únicas obras… la calle era prácticamente intransitable. La construcción de un aparcamiento para el futuro mercado de Barceló -también en marcha-, tras el derribo del antiguo, ocupaba toda la vía.
Un mes después El País publicó la noticia del hallazgo de un muro de sesenta metros de largo por uno y medio de ancho que recorre el último tramo de la calle. Aunque el titular era “Un gran muro del XVIII paraliza las obras en Mejía Lequerica” el reportaje planteaba dudas sobre si pertenecía a un antiguo cuartel o a una estructura hidráulica, quizá al antiguo Viaje de Agua de la Castellana.
Estos días de agosto el paseo por la calle de Mejía Lequerica nos depara algunas novedades. Una parte del Palacio de Ustáriz ha sido derribada, aunque en el antiguo jardín sobreviven sus majestuosos árboles.
La rehabilitación del magnífico edificio de la Papelera Española ha terminado, al menos en su exterior.
Un cartel anuncia las “obras de rehabilitación con acondicionamiento general y reestructuración parcial para uso hotelero”. Sobre una de las ventanas se conserva el viejo letrero Central de fabricantes de papel, y los frisos decorados por Ruiz de Luna ahora lucen esplendorosos.
Continúan las obras de construcción del mercado y del aparcamiento. Respecto al hallazgo arqueológico, por una rendija contemplamos el grueso “muro” tapado, aunque algún arco de ladrillo se muestra indiscreto, y nos recuerda el aspecto de las galerías de los antiguos Viajes de Agua que bajaban desde el norte y se adentraban en la Villa por esta zona de Madrid.
Muy cerca, en las proximidades de las Puertas de entrada al recinto urbano, se encontraban las arcas principales donde se medía el agua, desde donde partían las galerías que la conducían al interior de la ciudad. Recordemos también que, a pocos pasos de aquí, bajo el Museo Municipal fue encontrada una noria, quizá perteneciente al Viaje de la Alcubilla.
La construcción se adapta a la forma de la antigua calle de la Flores, cuando en su último tramo llegaba a encontrarse con la Cerca que cerraba Madrid en el siglo XVII, tal como nos muestra el plano de Pedro Texeira.
Estos descubrimientos sirven para conocer mejor nuestra historia, ojalá se aclare la procedencia del singular hallazgo. Y nos lo cuenten.
por Mercedes Gómez
Como sabemos, el Palacio de Cibeles, nueva sede del Ayuntamiento de Madrid, tras varios años de obras y el gasto de muchos millones de euros, ha abierto sus puertas a todos los curiosos que deseemos ver el resultado de la rehabilitación del interior del antiguo Palacio de Comunicaciones, con el aliciente de poder asomarnos a uno de los torreones en la 8ª planta y contemplar Madrid desde las alturas.
Según vamos subiendo desde la primera a la quinta planta, a través de las ventanas del monumental edificio, construido por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi entre los años 1904 y 1918, se pueden contemplar otras obras del gran Palacios, como el Círculo de Bellas Artes y el Edificio de Las Cariátides, este último también en colaboración con Otamendi. De paso podemos saludar a la castiza diosa Cibeles, que como nosotros dirige su mirada hacia la calle de Alcalá y la Gran Vía.
Antonio Palacios contribuyó en gran medida a cambiar la imagen de Madrid en aquellos comienzos del siglo XX.
El conjunto de la visita merece la pena, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos elementos, pocos, que en su momento fueron elegidos por los autores del edificio con sumo cuidado, que permanecen. Escultura, cristal y cerámica. Ya conocemos el interés de Antonio Palacios en integrar las artes decorativas en su arquitectura, -pues hemos hablado aquí ya varias veces sobre ello- lo cual consiguió gracias a la colaboración de grandes artistas. La visión de Palacios era la de un arte global.
En el antiguo Palacio de Correos, además de en su exterior, como ya vimos, en su interior hay obras de Ángel García Díaz, que consiguió junto al genial arquitecto convertir el edificio en una gigantesca pero delicada escultura.
También se puden admirar las magníficas vidrieras del techo.
Y, en la escalera circular, que fue escalera de servicio, se han conservado los zócalos de azulejos obra de la Casa Ramos Rejano, fábrica de Cerámica sevillana.
Son detalles, grandes detalles, que forman parte de una gran obra de la Arquitectura madrileña, el Palacio de Cibeles.
Texto y fotografías: Mercedes Gómez
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Artículos anteriores:
De la Casa de la Villa al Patio de Cibeles
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CentroCentro Palacio de Cibeles. Jornadas de puertas abiertas
Visitas guiadas gratuitas para el público general (a partir del 5 de abril).
Hasta el 27 de julio de 2011 de martes a domingo de 10 a 20 horas.
El acceso se realiza por la Plaza de Cibeles.
Juan Ruiz de Luna Rojas nació en 1863, en Noez, Toledo. Muy joven comenzó a trabajar en la empresa familiar, fabricante de castañuelas y otros objetos artesanos, luego se trasladó a Talavera de la Reina para ayudar a sus hermanos que eran pintores decoradores. El propio Juan allí trabajó como pintor y fotógrafo, y se tuvo que hacer cargo del taller de pintura debido a la muerte de sus hermanos. Hasta la llegada de Enrique Guijo a Talavera, momento en que cambió su vida.
Enrique Guijo -a quien tuvimos ocasión de conocer al hablar del gran pintor ceramista Alfonso Romero-, nació en Córdoba en 1871, se formó como ceramista en Sevilla, y en 1900 se trasladó a Madrid. Siete años después fue a Talavera donde conoció a Juan Ruiz de Luna, a quien inició en el mundo de la cerámica.
Juntos, en 1908, fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Enrique tenía 37 años, y Juan 45. La cerámica toledana estaba en un mal momento, olvidada, y gracias a estos dos hombres revivió y recuperó la tradición perdida, que aún hoy día se conserva. Formaron la sociedad “Ruiz de Luna, Guijo y Cia”, con el objetivo, según palabras del propio Ruiz de Luna, de poner en marcha una fábrica destinada a “hacer resurgir la Cerámica artística de Talavera tan famosa en los siglos XVI y XVII”.
Enrique Guijo era el director artístico. Después la fábrica se convirtió en Escuela, y Guijo ejerció de maestro de pintores. Debido a los problemas económicos que surgieron, en 1910 se trasladó a Madrid con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica. Continuó representando a Ruiz de Luna en Madrid y se hizo cargo de la sucursal de la fábrica en la calle Mayor 80, que se inauguró en 1914.
En 1915 la sociedad se disolvió definitivamente. A pesar de todas las dificultades, Juan Ruiz de Luna estaba decidido a continuar, luchó, se convirtió en el único propietario de la Fábrica y la sacó adelante. Enrique Guijo continuó con el Taller de la calle Mayor. Y aquí le dejamos por hoy, pues sin duda merecerá que algún día contemos su propia historia.
Francisco Arroyo pasó a ser el director artístico de la fabrica en Talavera, y al año siguiente se casó con la hija mayor de Ruiz de Luna.
En 1922 Ruiz de Luna inauguró una nueva tienda en Madrid, en la calle Floridablanca 3, de la que se hizo cargo su hijo Juan.
No son muchas las obras de la fábrica de Juan Ruiz de Luna en Madrid -aunque seguramente más de las que he podido localizar-, todas de mucho valor. Algunas fueron realizadas en la primera etapa de la fábrica, entre los años 1910 y 1915, época en la que Guijo era el director artístico y representante en nuestra ciudad. Ruiz de Luna trabajó para diversos arquitectos.
Uno de ellos fue Luis Bellido, arquitecto municipal que en 1910 acometió la reforma de la Casa de Cisneros, en la Plaza de la Villa. Las escaleras y el patio fueron decorados con cerámica talaverana realizada en la Fábrica de Ruiz de Luna.
En la planta baja del edificio construido por Jesús Carrasco Muñoz entre 1913 y 1914, en la calle Mayor nº 59, se encuentra la farmacia más antigua de Madrid, la Real Botica de la Reina Madre. En su interior, lleno de joyas, existen unos adornos realizados por Ruiz de Luna.
Para José María Mendoza Ussía decoró un friso bajo la cornisa del edificio construido para la antigua Papelera Española, en la calle Mejía Lequerica nº 8, actualmente en obras.
De su trabajo para Carlos de Luque se conservan dos magníficos ejemplos, el primero en la Plaza de Olavide nº 1, cuyos elementos modernistas y adornos cerámicos del friso superior y la cubierta del torreón, fueron realizados por Juan Ruiz de Luna y Francisco Arroyo.
El segundo se encuentra en la calle de Antonio Acuña, esquina Duque de Sesto, con una fachada exquisita que combina los elementos cerámicos y escultóricos. El interior del portal también está decorado por Ruiz de Luna.
Recordemos la colaboración de Ruiz de Luna con Benlliure en la decoración de su casa y las dos Fuentes de los Niños. También decoró la casa de Sorolla, cercana a la de Benlliure, en el Paseo del General Martínez Campos. Fue obra suya el zócalo de azulejos de uno de los salones y de la galería del patio.
De la segunda etapa de la Fábrica, con Arroyo de director artístico, se conservan algunas obras realizadas entre 1925 y 1930, como la fachada de la antigua Vaquería del Carmen, en la Avenida de Filipinas nº 1, realizada en 1928, que desaparecida la vieja tienda ha sido de todo, últimamente disco-pub, tienda de bolsos, y actualmente moderna taberna-franquicia. Únicamente permanecen los azulejos pintados, testigos del cambio de los tiempos.
En la calle de San Bernardo números 67 y 112, Ruiz de Luna decoró dos edificios construidos por José Antonio de Agreda en los que la mezcla del hierro con la cerámica ofrece una arquitectura de gran belleza.
Juan Ruiz de Luna murió en 1945. Fue el primero de una gran familia de artistas que aún hoy día continúa trabajando. No fue únicamente un ceramista sino que fue un estudioso e investigador de la cerámica talaverana que había sido tan importante en los siglos XVI y XVII, recuperándola ya para siempre.
Sus hijos Juan, Rafael y Antonio se hicieron cargo de la empresa en la que desde muy jóvenes habían aprendido el oficio y el arte de la cerámica.
La tienda de Floridablanca fue traspasada en 1933, y Juan volvió a Talavera. En la última etapa de la Fábrica, desde 1942 a 1961, fue el director artístico. Ese año, nuevas dificultades, esta vez definitivas, obligaron a cerrar la histórica Fábrica, que por entonces se llamaba Cerámicas Ruiz de Luna S.L.
Tras el cierre, Juan y su familia se fueron a vivir a Málaga, donde sus descendientes continúan la tradición.
En Madrid continúa trabajando su nieto, hijo de Antonio, Alfredo Ruiz de Luna González. Suyas son las placas de cerámica que indican y adornan muchas de las calles madrileñas desde 1991.
Texto y fotografías por : Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Catálogo ”El arte redivivo. Exposición del I Centenario de la Fábrica de Cerámica Ruiz de Luna Nuestra Señora del Prado”. Talavera 2008.
Museo Ruiz de Luna. Talavera de la Reina.
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ACTUALIZACIÓN 21.3.2011
Actualizamos el post dedicado a Ruiz de Luna porque la antigua Vaquería del Carmen, en la avenida de Filipinas nº 1, ha generado una bonita “conversación”, dentro y fuera del blog.
Esta es la foto que me ha enviado antonioiraizoz, como veréis es muy curiosa:
Además, una persona que vive muy cerca me ha contado que recuerda la Vaquería, que estuvo varios años cerrada hasta que, hace relativamente poco tiempo, al menos después de 1983, fue derribado el edificio anterior y construido el actual, en cuya puerta de cristal hoy se reflejan modernos edificios.
¡Muchas gracias, Antonio!
Mercedes
Hoy me gustaría invitaros a conocer una preciosa fuente.
Antes, tengo que dar las gracias a Lucrecia Enseñat Benlliure, directora del Archivo de la Fundación Mariano Benlliure, bisnieta del escultor, y autora del magnífico artículo que cito al final, que recoge su minuciosa investigacion sobre la Fuente de los Niños. Su ayuda me ha permitido descubrir la verdadera historia de una fuente que siempre me intrigó.
Gracias, Lucrecia.
Y a todos, espero que os guste,
Mercedes
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Mariano Benlliure es sin duda uno de los grandes escultores españoles de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. Gran artista, incansable, tuvo éxito en su tiempo, ocupó cargos, recibió premios y se relacionó con los personajes más ilustres. La presencia de su obra en Madrid es muy importante.
Nació en Valencia el año 1862, en una familia de artistas que facilitó su interés temprano por el dibujo, la pintura y la escultura. Siendo un joven de apenas 19 años se trasladó a Roma, donde vivió hasta 1896 en que se instaló en Madrid. Tuvo su primer estudio en la Glorieta de Quevedo número 5.
El artista se había casado con Leopoldina Tuero con quien tuvo dos hijos, pero el matrimonio fracasó, y ya en Madrid conoció a la entonces famosa cantante de zarzuela Lucrecia Arana, con quien compartiría su vida hasta la muerte de ella, muy pronto, en 1927, de cuya unión nació otro hijo, José Luis Mariano.
A partir de 1908 Mariano Benlliure y Lucrecia Arana adquirieron un hotel y varios terrenos a su alrededor en la manzana situada entre la Castellana, la calle José Abascal, Zurbano y Bretón de los Herreros. En el centro de la manzana el escultor construyó su Estudio.
Benlliure decoró la fachada con elementos cerámicos, sobre todo relativos a la infancia, tema que utilizó en otras obras a lo largo de su vida, siempre de forma exquisita. Para ello contó con la colaboración de la Fábrica Nuestra Señora del Prado fundada por Juan Ruiz de Luna y Enrique Guijo en Talavera de la Reina.
Dicha fachada fue decorada con un friso, un zócalo y una fuente. El friso estaba formado por parejas de niños que portaban guirnaldas de flores, y el zócalo compuesto también de formas vegetales, todo ello modelado en cerámica policromada.
La fuente consistía en un luneto, o altorrelieve en forma de media luna, con delicadas figuras realizadas en cerámica. Siete niños jugando, empujaban a otro que caía al agua en una taza de mármol semicircular. A partir del modelo diseñado por Benlliure, su colaborador Vicente Camps formó el molde, y la fuente fue realizada en la fábrica de Talavera. Quedó instalada a finales del año 1912.
En 1914 el hotel fue reformado por el arquitecto Enrique Mª Repullés y Vargas, aunque se cree que los planos y los elementos decorativos fueron diseñados por el propio Benlliure. El hotelito, con entrada por José Abascal, era la vivienda de la familia.
Además del interior de la casa, la reforma incluyó la creación de una nueva fachada que daba al jardín, decorada también con cerámica realizada en la fabrica de Juan Ruiz de Luna. Más guirnaldas con frutas, niños, cisnes blancos…
…Y una segunda Fuente de los Niños, realizada a partir del modelo de la primera, con dos diferencias, en este caso las figuras eran de color blanco monocromo, y la taza era rectangular y revestida de azulejos.
La casa de José Abascal llegó a ser muy famosa, por las tertulias que allí tenían lugar y por las personalidades de todos los ámbitos que por allí pasaban.

Los infantes de España junto a la segunda Fuente de los Niños (Foto:semanasantacrevillent.com/benlliure)
La fuente era tan bella que los visitantes deseaban tener una igual en sus propios jardines. Benlliure encargó algunas a Juan Ruiz de Luna a cuenta de sus clientes.
Así fue cómo llegaron varias réplicas de la Fuente a Cádiz, Santander, y en Madrid, a la familia Bauer en la Alameda de Osuna –de la que no se conserva ninguna información- y otra al entonces Cónsul de Guatemala, Sr. Traumann, que vivía en una finca en Chamartín, encargada en 1923.
Hasta el propio ceramista Juan Ruiz de Luna tuvo el deseo y la tentación de tener su propia Fuente de los Niños en su casa de Talavera, aunque finalmente solo reprodujo dos de los niños.
Mariano Benlliure murió en Madrid, en su casa de la calle José Abascal, en 1947. Sus restos fueron trasladados a Valencia, como él deseaba, para ser enterrado junto a sus padres en el cementerio del Cabanyal. Tras su muerte la casa-estudio fue derribada, y los elementos decorativos, algunos se perdieron, y otros fueron a parar a museos o colecciones particulares.
La primera Fuente de los Niños se conserva completa, en una finca en Ciudad Real, adonde llegó procedente de un chalet del Viso madrileño.
La fuente del cónsul pasó por varios propietarios y finalmente fue localizada en los años 60 del siglo XX en un vivero del mismo Chamartín, con bastantes daños tras tantos cambios y traslados. Estaba a la venta.
Existen otras reproducciones realizadas después, copias por tanto, que no deberían ser anunciadas como obras originales de Mariano Benlliure.
En 2001 la Fundación del Canal de Isabel II adquirió una Fuente de los Niños para su nueva sede en la Plaza de Castilla, instalada en la antigua estación elevadora de agua, situada bajo el depósito elevado de la Plaza de Castilla.
En aquellos momentos se creía que se trataba de la segunda fuente que estuvo en el jardín de Benlliure, pero más adelante se descubrió que se trata de la que perteneció al antiguo Cónsul de Guatemala, Sr. Traumann.
Perfectamente restaurada quedó instalada en el vestíbulo de entrada a la Sala de Exposiciones, sobre una lámina de agua rectangular.
La placa a los pies de la fuente continúa indicando que se trata de la fuente que estuvo en el jardín de Mariano Benlliure en su Casa-Estudio de la calle de José Abascal, lo cual pensamos debería ser corregido.
Expectación, sorpresa, risa, travesura, susto… cada niño manifiesta su reacción al juego de forma distinta… las figuras muestran una delicadeza y expresividad extraordinarias.
Aunque finalmente el propietario de esta fuente no haya sido el propio Benlliure, sí es su autor.
El que fuera tan famoso escultor, cuya obra podemos admirar por todo Madrid, y quizá recorramos otro día, también realizó pequeñas obras maestras en Cerámica, como esta Fuente de los Niños que podemos contemplar en la entrada de la Sala de Exposiciones de la Fundación Canal de Isabel II, en la calle Mateo Inurria nº 2.
por Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Lucrecia Enseñat Benlliure. “La Fuente de los Niños de Mariano Benlliure”. En Renacimientos: la cerámica española en tiempos de Ruiz de Luna, Actas del XIII Congreso de la Asociación de Ceramología celebrado en Talavera de la Reina en 2008, Ed. Universidad de Castilla-La Mancha, octubre 2010.
La Esfera. 7 febrero 1914 (BNE)
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ACTUALIZACIÓN 13 enero 2013
La Fuente de los Niños, réplica en bronce, ubicada en Santander:
Como contábamos al hablar de la Forja industrial madrileña, durante la época de esplendor de las Fundiciones en el siglo XIX, el hierro se convirtió en protagonista de la ciudad, material característico que daría una nueva imagen a Madrid. Material decorativo por excelencia, utilizado en la construcción de los elementos urbanos, rejas, bancos, farolas, quioscos,… también propició el nacimiento de una Arquitectura del Hierro.
A imitación de otros países europeos, se levantaron grandes construcciones, como el primer Viaducto -inaugurado en 1874- estaciones, mercados –todos desaparecidos excepto el de San Miguel-, invernaderos…, y pabellones para la celebración de exposiciones. En algunos edificios se utilizó para construir únicamente algunos de los elementos, como galerías, cubiertas de patios, bibliotecas, cúpulas, etc. Este es el caso del Palacio de Velázquez.
Obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, fue construido en el Parque del Retiro en 1883 para la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales.
El exterior muestra una gran nave central con bóveda de cañón y cuatro torreones en las esquinas, unidos por galerías. Las fachadas de fábrica de ladrillo en dos colores están decoradas con figuras escultóricas y cerámica. La armadura, la cubierta y los marcos de los huecos son de hierro, cinc y cristal.
Igual que en otras ocasiones, como poco después para la construcción del maravilloso Palacio de Cristal, Vélazquez Bosco trabajó con el ingeniero Alberto de Palacio, quien calculó toda la estructura, y con el constructor del hierro Bernardo Asins, que la montó. La preciosa azulejería de cerámica es obra de Daniel Zuloaga.
Entre todos estos grandes artistas y profesionales crearon uno de los edificios más singulares de Madrid.
Tras la inauguración la prensa alababa el hecho de que todos los materiales empleados provenían de la industria española, el ladrillo de Zaragoza, los adornos realizados en barro cocido de la madrileña casa de Santigosa y Cia., los azulejos de la Real Fábrica de la Moncloa, el mármol de varias de las casas participantes en la Exposición, las columnas de la Fundición Sanford…
A los lados del pórtico de entrada existen dos discretos bajorrelieves, a la izquierda uno dedicado a las Bellas Artes y a la derecha otro dedicado a la Minería. Este último inspiraría la magnífica obra “La Minería” realizada diez años después por Ángel García Díaz para el Ministerio de Fomento en Atocha, obra del mismo arquitecto Velázquez Bosco, que se caracterizó por reutilizar en sus construcciones modelos escultóricos de edificios anteriores, este es un ejemplo.
En el centro una escalera de delicado mármol blanco de quince metros de longitud nos conduce hasta la entrada, a continuación un pórtico con tres arcos de medio punto sobre columnas jónicas.
Sin embargo el interior de planta rectangular es prácticamente un único espacio sin divisiones, sólo las que corresponden a los cuatro torreones.
En la galería central de dieciocho metros de altura, las cubiertas y las columnas de hierro son las únicas protagonistas.
Como el cercano Palacio de Cristal construido para la Exposición de Filipinas, el Palacio de Velázquez -así llamado en honor al arquitecto- acoge las exposiciones temporales del Museo Reina Sofía. Después de cinco años cerrado para su rehabilitación, el pasado 23 de junio reabrió sus puertas. Las obras han consistido en la sustitución de la cubierta y las bóvedas, utilizando juntas de cinc como las originales. Los adornos cerámicos han sido tratados con el fin de protegerlos y evitar el deterioro que produce el paso del tiempo.
Hasta el próximo 11 de octubre podemos visitar una interesante y curiosa exposición de Antoni Miralda, y disfrutar del bello edificio, que felizmente ha perdurado hasta nuestros días.
Texto y fotografías por: Mercedes Gómez
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Miralda. De gustibus non disputandum
Palacio de Velázquez
Parque de El Retiro
Horario de abril a septiembre:
Todos los días de 11:00 – 20:00 h
Martes cerrado
Bibliografía:
Exposición de Minería. Pabellón Central. La Ilustración Española y Americana, 8 junio 1883, nº XXI, pp. 346-347.
COAM. Arquitectura de Madrid. Madrid 2003.
El País, 24 junio 2010
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Pocos días después de la publicación del artículo sobre “Alfonso Romero, pintor ceramista” recibí un gratísimo correo. Me escribía Mª Jesús García Romero, nieta del artista.
Me transmitía su alegría al haber encontrado mi escrito sobre su abuelo en internet y me ofrecía su ayuda y la de su familia para ampliar datos sobre su vida y su obra. Por supuesto su ofrecimiento fue para mí una agradable sorpresa y una ilusión. Dentro de unos días haré una nueva entrada sobre el gran ceramista, pero hoy quería que conocierais a su nieta.
Mª Jesús también es artista. Me contaba que desgraciadamente no conoció a su abuelo, pero que “el destino había querido que sus andares comenzando por la escultura hayan seguido por el rumbo de la cerámica artística”. Tal vez el destino… y la herencia que sin duda su abuelo le legó a pesar de no llegar a conocerse.
Nació en Madrid, en la calle del Rollo, allá donde el maestro tuvo su taller. En Madrid cursó sus estudios de escultura, y aquí aún vive parte de su familia. Aunque desde el año 1997 ella vive en El Casar, Guadalajara, donde en 2003 abrió su propio taller.
Realiza obras utilizando la misma técnica que empleaba su abuelo, la técnica de Decoración con Grasas, que consiste en la aplicación de pigmentos colorantes con grasa sobre piezas esmaltadas y horneadas; se llama grasa-miel por su aspecto. Tal como me ha explicado Mª Jesús, se trata de una técnica artesana, delicada, primero hay que realizar el dibujo con lápiz, mezclar los pigmentos y la grasa con precisión, trazar las figuras o formas con el pincel, a veces con un plumín, difuminar con una esponja, limpiar con una espátula pequeñita lo sobrante… Finalizado el dibujo se pasa al proceso de cocción. Creo que hace falta poner mucho cariño además de talento para realizar este tipo de obras.
Esta es la forma tradicional de trabajar la cerámica, la que le gusta a ella, como le gustaba a Alfonso Romero. Hoy día existen técnicas industriales, empresas que se dedican a realizar dibujos en una especie de calcomanías y el “artista” lo único que tiene que hacer es pegarlos y meter los azulejos en el horno. Pero eso puede hacerlo casi cualquiera, una obra de arte, no.
Las esculturas de Mª Jesús pueden ser de arcilla, bronce, mármol o alabastro. Artista artesana, además de sus cerámicas decorativas, realiza otro tipo de objetos, incluso complementos personales (bolsos o collares), mezclando los materiales con creatividad, como la lana con las arcillas.
Podéis conocer mejor su obra visitando su propia web M J Cerámica, merece la pena.
por Mercedes Gómez
El Metro de Madrid cumple 90 espléndidos años el próximo sábado. Su inauguración por el rey Alfonso XIII el día 17 de octubre de 1919 merece una celebración, y así lo está haciendo la madroñosfera, contando su historia, anécdotas, etc. Quiero poner mi granito de arena recordando que en las estaciones de metro también hay Arte.
Ya tuvimos ocasión de ver algunos ejemplos al hablar del Arte Urbano; desde el adorno más antiguo, el escudo cerámico, de reflejo metálico, que hoy día se encuentra en la estación de Tirso de Molina, que también cumple años, pues fue instalado en Cuatro Caminos ese mismo 1919, hasta alguno de los más modernos, como el luminoso mural de Planetario-Arganzuela. Pero hay muchos más. Según la propia empresa del Metro, hay más de cien murales instalados en la red.
En Nuevos Ministerios, sus dos accesos, el antiguo y el nuevo, muestran en cierto modo la evolución de la expresión artística en el metro, las primeras cerámicas y las actuales técnicas fotográficas.
Merece la pena recordar también los anuncios publicitarios que en aquellos primeros años del suburbano igualmente se realizaban en cerámica, de ellos quedan maravillosas muestras en el Museo del Metro instalado en la antigua estación “fantasma” de Chamberí.
O este curioso anuncio de un taller de reparación de radios, encontrado en 2001 en la estación de Bilbao durante unas obras de remodelación (*). Se trata de una hornacina de azulejos de Triana, obra de la Casa Manuel Marcos Rejano, diseñada por el arquitecto Antonio Palacios para decorar la línea 1, que también data de 1919. Un bonito recuerdo casi arqueológico que debería ser restaurado y espero que conservado, las fotos están hechas hace unos meses. Palacios, tan importante para Madrid, también lo fue para el Metro y su estética, ideando los interiores de los andenes y pasillos, y las entradas, como los templetes que hoy día tanto añoramos.
Menos habitual es la escultura, aunque hay algún caso, como en Sol donde se recuerda a los fundadores del metro, los ingenieros Echarte, Mendoza y Otamendi, en una obra colgada del techo, instalada en 1969, cuando se cumplieron los 50 años del Metro de Madrid.
Muy distinta es la curiosa estructura amarilla de un avión colocada en la moderna estación de Colombia.
Una estación completamente dedicada al arte es la de Goya, en la que se exponen reproducciones en aguafuertes de los grabados del famoso pintor, de las series Tauromaquia y los Desastres de la guerra.
Retiro, además de los vistosos murales de azulejos pintados por Mingote, posee su propia Sala de Exposiciones.
Y no olvidemos tantas otras estaciones en las que de vez en cuando sus pasillos y vestíbulos se han convertido en ocasionales escenarios de teatro, danza o conciertos musicales. Ni por supuesto a los ciudadanos anónimos que a veces nos ofrecen música de gran calidad en el momento más inesperado.
El Metro de Madrid, además de ser uno de los mejores del mundo, y en crecimiento constante, esconde mucha historia y mucho arte. Felicidades.
Texto y fotografías: Mercedes Gómez
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* El País 12 enero 2001.
















































































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