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Tal como ocurrió con las nuevas Escuelas que se construyeron con el fin de intentar llegar a casi todos los barrios madrileños, con la llegada de la República en 1931 se elaboró un Plan General de Mercados con el objetivo de mejorar el sistema de abastecimiento de alimentos. Los planes abarcaban tanto los mercados centrales como la venta al público que por entonces en gran parte se realizaba en las calles, en puestos al aire libre, con la consiguiente falta de higiene y el escaso control.

Imperó una nueva visión de las características que debía reunir un edificio para albergar este tipo de servicios que había nacido en los años 20 y culminó en los años 30. El Racionalismo y la funcionalidad dominaron los proyectos que por entonces se emprendieron. Bajo la dirección de Luis Bellido, Jefe de los Servicios Municipales de Arquitectura, se planificaron los Mercados Centrales de Frutas y Verduras, de Pescados y de Leche. El Matadero y Mercado de Ganados ya existía, obra del propio Bellido. Y se programó la creación de Mercados de Distrito, de los cuales solo algunos pudieron inaugurarse antes de la guerra.

La visión de la arquitectura oficial cambió radicalmente, la funcionalidad pasó a ser lo más importante frente a la forma o los elementos decorativos, que prácticamente desaparecieron. El objetivo no era construir mercados bonitos o crear grandes obras arquitectónicas sino facilitar la conservación de los alimentos, su almacenamiento y exposición. Lo importante era la luz, la higiene y la facilidad para la actividad en el interior de los mercados.

La construcción de los mercados centrales fue encomendada a Francisco Javier Ferrero Llusiá, uno de los arquitectos madrileños más notables, autor entre otras obras del emblemático Viaducto.

Nació en Madrid en 1891. Hijo de Luis Ferrero Tomás, y hermano de Luis Ferrero Llusiá, hay que destacar la huella de esta familia de arquitectos en nuestra ciudad.

Javier Ferrero comenzó colaborando con su padre. Sus primeros trabajos estaban influidos por la arquitectura regionalista, el monumentalismo de Antonio Palacios y el neobarroco de los años 20. Se conservan espléndidos edificios en la calle de Manuel Cortina 6, Goya 77 y Cedaceros 4. También es suyo el edificio de la Tenencia de Alcaldía de la Latina en la Ribera de Curtidores.

Con la reorganización de los servicios del Ayuntamiento, asumió un papel muy importante como arquitecto municipal. Entre 1932 y 1933 ejecutó el proyecto de Bellido para el Matadero de aves y gallinas. Además, entre otras cosas, como decíamos, le fue encomendada la construcción de los mercados centrales.

En 1931 se inició la del nuevo Mercado de Pescados junto a la Puerta de Toledo. El proyecto del Mercado de Frutas y Verduras, en Legazpi, había sido aprobado en 1930 aunque no se comenzó a construir hasta abril del año siguiente. Ambos fueron inaugurados en abril de 1935.

El Mercado de Frutas y Verduras, entre la plaza de Legazpi, la calle Vado de Santa Catalina, avenida del Manzanares y calle Maestro Arbós, ocupó una parcela triangular junto al río. Fue construido en hormigón, con cerramientos de ladrillo visto, en colaboración con el ingeniero José A. Peña Boeuf.

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Calle Maestro Arbós

Las naves se adaptaron al terreno de más de 30.000 metros cuadrados perteneciente a la antigua Dehesa de la Arganzuela, llamado el Pico del Pañuelo, alrededor de un gran patio destinado a los vehículos.

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Patio. Plaza de Legazpi.

En 2006 fue destinado a albergar la sede de la Concejalía de Urbanismo, entonces en la calle Guatemala, en cuyo proyecto el anterior alcalde de Madrid tenía previsto construir un rascacielos en el interior del antiguo mercado.

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Vado de Santa Catalina esquina avenida de Andalucía

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Río Manzanares

El plan nunca se llevó a cabo, surgieron otros que tampoco prosperaron. Durante un tiempo fue almacén municipal y alojó la Oficina de Objetos Perdidos, pero actualmente está sin uso. El paso del tiempo y la crisis económica han permitido que esta construcción, una de las más puras del racionalismo madrileño, se conserve casi íntegra.

El Mercado Central de Pescados, ubicado entre la glorieta Puerta de Toledo, calle Capitán Salazar Martínez, calle de la Arganzuela, la plaza del Campillo del Mundo Nuevo y la Ronda de Toledo, se adapta a un solar trapezoidal de más de 16.000 metros cuadrados con enorme desnivel de terreno. Igualmente el material utilizado fue el hormigón armado.

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Puerta de Toledo

Las plantas unidas por rampas, la lonja de contratación y los puestos de los asentadores, los almacenes de salazones y escabeches… desaparecieron en los años 80 del siglo XX en que el antiguo mercado, cerrado hacía tiempo, fue rehabilitado y convertido en el Centro Comercial Puerta de Toledo.

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Calle Capitán Salazar esquina calle Arganzuela

Hace tres años la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid cedieron el edificio a la Universidad Carlos III, que hoy ya ocupa una parte del antiguo mercado y pasará a ser de su propiedad totalmente en 2016.

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Plaza del Campillo del Mundo Nuevo

A partir de 1934 Ferrero también levantó el tristemente demolido Mercado de la Plaza de Olavide, otra de nuestras joyas racionalistas.

En 1935 el mismo Ferrero proyectó el Mercado Central de Leche, que no llegó a construirse.

De los tres mercados construidos, como decíamos, el único edificio que subsiste tal como fue proyectado es el de Frutas y Verduras de Legazpi. Si nos decidimos a dar un paseo por los alrededores, caminando desde Legazpi por el Paseo de la Chopera, llegamos a la plaza del General Maroto, donde, frente a la Casa del Reloj del Matadero, se encuentra el Edificio Parque Sur, obra de Ferrero junto a José de Azpiroz y el ingeniero José Paz.

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Pº de la Chopera 41

No es un mercado, pero sí otro magnifico ejemplo de la arquitectura racionalista de la época. Son los Talleres del Parque Automovilístico del Ayuntamiento de Madrid, otro edificio de los servicios municipales levantado entre 1933 y 1935.

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Una placa del Colegio de Arquitectos junto a la puerta de entrada que nos recuerda que “este edificio de estilo racionalista forma parte del conjunto de instalaciones municipales realizadas durante la II República” puede servir como resumen del modesto homenaje a este brillante arquitecto.

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Javier Ferrero es también el autor de la Imprenta Municipal.

Murió el 27 de octubre de 1936, con solo 45 años de edad.

Por : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

PEÑA BOEUF, A: “El mercado de frutas y verduras de Madrid. “, Revista de Obras Públicas, 1.1.1935.
“Nuevos mercados centrales en Madrid. “, La Construcción Moderna, 15 mayo 1935.
La Libertad 30 junio 1935
CASAS RAMOS, María Encarnación: “El arquitecto Francisco Javier Ferrero. “, Villa de Madrid, . nº 86, 1985-IV, pp. 33-42.

 

La primera Real Fábrica de Porcelana creada por el rey Carlos III en el siglo XVIII fue instalada en El Retiro en los terrenos cercanos a los que hoy ocupa la estatua del Ángel Caído, en la antigua ermita de San Antonio de los Portugueses. Convertida en cuartel por los franceses en 1808, fue destruida por los ingleses durante la Guerra de la Independencia.

Finalizada la guerra, unos años después, durante el reinado de Fernando VII, en 1816 se construyó una nueva Real Fábrica promovida por la reina Isabel de Braganza, cuyo amor al arte le llevó no solo a impulsar la creación del Museo del Prado sino otros lugares como esta nueva Real Fábrica de Loza y Porcelana de la Moncloa, en el Real Sitio de La Florida, ubicada en la Granjilla de los Jerónimos, tierra de labor que perteneció a los Jerónimos, y que antes se llamó El Paso –aquí, cerca de donde hoy se encuentra la ermita de San Antonio, estuvo el primer Convento de los Jerónimos, el Monasterio de Nuestra Señora de El Paso, fundado por Enrique IV en 1464, antes de su traslado al Buen Retiro–.

Las obras fueron dirigidas por Joaquín García Rojo, en calidad de teniente arquitecto mayor; su ayudante fue Pedro Vargas. Su planta en “L” aparece representada en un plano del Real Sitio conservado en la Biblioteca Nacional.

Real Sitio de La Florida (plano 1860-1900 (BNE)

“La Fábrica de la China” en el Real Sitio de La Florida (plano 1860-1900 (BNE)

El primer director fue Antonio Forni. La cerámica era de gran calidad, como lo fue la del Retiro, pero la fábrica no funcionaba como se esperaba, de modo que en 1820 Forni fue sustituido por Bartolomé Sureda, que ya había dirigido la Fábrica del Retiro antes de la guerra. Pero las cosas seguían sin marchar bien y en 1850 se cerró.

Los talleres de la Fábrica de la Moncloa aún vivieron una última etapa, en tiempos de Alfonso XII. Con los hermanos Zuloaga al mando fue reabierta en 1874 como Fábrica y Escuela de Artes Cerámicas de La Moncloa.

Eusebio Zuloaga, director de la Real Armería del Palacio Real, fue quien inculcó el arte de la cerámica en sus hijos Guillermo, Daniel y Germán, consiguiendo que fueran a estudiar a la Escuela de Cerámica de Sèvres, lo cual les proporcionó además de enseñanzas mucho prestigio. Los tres protagonizaron el resurgir de la Fábrica aunque el camino estuvo lleno de dificultades.

Sus trabajos pudieron contemplarse en el Pabellón de Cerámica de la Moncloa, en la Exposición Internacional de Minas que tuvo lugar en el Retiro en 1883. Esta muestra trajo consigo encargos y un cierto alivio económico, pero las cosas seguían sin ir bien. Guillermo, su director desde 1881, se hipotecó, estuvo a punto de ir a la cárcel, y le tuvieron que ayudar Daniel y Germán. En el Museo Zuloaga de Segovia se conserva una foto de los hermanos junto con sus operarios en aquellos tiempos difíciles.

Real Fábrica de la Moncloa, h.1883 (Museo Zuloaga, Segovia)

Real Fábrica de la Moncloa, h.1883 (Museo Zuloaga, Segovia)

Finalmente la antigua Fábrica fue clausurada; de ella subsisten algunas construcciones, la chimenea, el pabellón Florida…

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… y el espectacular horno conocido como La Tinaja, construido después de 1881 para la cocción de vidrio.

tinaja

La fábrica y la escuela se cerraron pero estos terrenos no iban a olvidar fácilmente su pasado.

En 1911 se fundó la Escuela de Cerámica de Madrid, en un primer momento instalada en la calle Fernando el Católico nº 12, en un edificio cedido por el Ayuntamiento que pertenecía al Asilo de San Bernardino. El lugar no era apropiado y los talleres se trasladaron a las antiguas dependencias de La Tinaja, donde antes estuvo la Escuela de los Zuloaga, que fueron rehabilitadas.

El arquitecto municipal Luis Bellido y Leopoldo José Ulled construyeron los nuevos pabellones y la tapia que hoy día se conservan.

Su fundador y primer director Francisco Alcántara en 1929 consiguió que el entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes colaborara con el Ayuntamiento en el mantenimiento de la Escuela y su mecenazgo. Convivían la Escuela Oficial y la Escuela municipal de Cerámica.

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Como sabemos, fueron profesores de la Escuela los ceramistas Enrique Guijo y Daniel Zuloaga, que llegaron solicitados por Alcántara, artista y crítico de arte, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, a la Junta de Ampliación Estudios, y a sus protagonistas, entre ellos Ramón Menéndez Pidal quien recordemos decoró los muros de su jardín, que hemos visitado hace pocos días, con azulejos de la Escuela de Cerámica.

Lo dijo el propio Alcántara: “En la Escuela de Cerámica se aprende, a la vez, a pintar y a modelar, a preparar toda clase de tierras, a manejar la rueda del alfarero, a vaciar y a reproducir por todos los procedimientos los trabajos escultóricos, a caldear los hornos y conducirlos al fin deseado, y fomentar el continuo anhelo de belleza y de arte en sus dos expresiones de la pintura y de la escultura”.

La Escuela en 1924 (La Esfera 19.7.24)

La Escuela en 1924 (La Esfera 19.7.24)

Continuó su labor su hijo Jacinto, solo interrumpida por la guerra, otra vez. En los años 40 se reanudó la actividad. El conjunto escolar fue reconstruido y ampliado con nuevos pabellones formando una “U” alrededor del jardín, que hoy se mantiene.

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En 1966 Jacinto Alcántara fue asesinado por un loco. Igual que a su padre una escultura le recuerda en el jardín.

Don Francisco Alcántara

Don Francisco Alcántara

Don Jacinto Alcántara

Don Jacinto Alcántara

El Jardín fue diseñado en 1925 por el pintor y jardinero-paisajista Javier Winthuysen (1874-1856).

Hoy día, cuando el arte de la alfarería casi ha desaparecido y la cerámica es en su mayor parte de producción industrial, ya no existe la fábrica, pero sí las dos escuelas: la Escuela municipal de Cerámica de la Moncloa, y la Escuela de Arte Francisco Alcántara, actualmente dependiente de la Comunidad de Madrid.

Tras una complicada sucesión de denominaciones y titularidad, desde la Fábrica y Escuela de Artes Cerámicas de La Moncloa donde estuvieron los hermanos Zuloaga a fines del siglo XIX, y la Escuela-taller municipal de Artes industriales fundada por Francisco Alcántara en los comienzos del XX junto a la Escuela Oficial estatal, llegamos al siglo XXI. Hoy, una frente a la otra, separadas por el jardín, funcionan independientes desde 1984 en que la antigua colaboración estatal y municipal se rompió. Pero en 2011 ambas celebraron juntas el Centenario de la fundación de la Escuela de Cerámica de Madrid, dirigida por Francisco Alcántara.

escuela municipal

Con motivo de la Semana de la Ciencia hemos tenido ocasión de visitar algunas de las instalaciones. Después de una charla en el Salón de Actos que pertenece a la Escuela municipal, conocimos alguna de las aulas y talleres de la Escuela de Arte Francisco Alcántara en el antiguo Pabellón Bellido.

Visitamos el taller de alfarería y tuvimos el placer de contemplar cómo uno de los profesores trabajaba en el torno. Después en una de las aulas vimos cómo los alumnos trabajaban en el difícil arte del modelado, todos alrededor de una mesa, como antaño.

modelado

Conocimos el taller de moldes y matricería, con vistas al Parque del Oeste. En el laboratorio de química vimos un pequeño horno eléctrico funcionando a muy alta temperatura. Apenas quedan recuerdos de los comienzos… en el taller de alfarería, un poco escondida, cerca del techo hay una pieza en forma de media luna que recuerda las cerámicas antiguas en la que, solo ampliando la foto, podemos leer: Escuela Especial de Cerámica 1911-1919 Madrid.

recuerdo 1911

Las obras que ahora adornan las estanterías y los pasillos del pabellón son modernas, realizadas por los alumnos de la escuela.

Pero no todo se puede olvidar fácilmente. Desde el patio trasero se divisan los restos de la antigua Fábrica y Escuela de los Zuloaga, a su vez construida sobre la antigua Real Fábrica de Loza.

Tinaja desde escuela

En 1991 el Pabellón Florida fue rehabilitado por Joaquín Roldán para centro cultural y sala de exposiciones, pero desde 2001 está ocupado por oficinas de la Policía municipal.

La Escuela se encuentra junto al Cementerio de la Florida, en el nº 2 de la calle de Francisco y Jacinto Alcántara así llamada en homenaje a su fundador y primeros directores; merece la pena asomarse a ver el edificio de Luis Bellido y el precioso Jardín de Winthuysen. Y por supuesto disfrutar de los alrededores, del hoy llamado Parque de la Tinaja, inaugurado en 1973 sobre terrenos de la antigua Fábrica de Cerámica, en el Parque del Oeste.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

La Esfera. 28.6.1919
Mª Teresa Fernández Talaya. El Real Sitio de La Florida y La Moncloa. Caja Madrid. Madrid 1999.
COAM. Guía de Arquitectura. Madrid 2003.
Abraham Rubio. La Fábrica de Cerámica de la Moncloa en la época de los Zuloaga (1877-1893). En Revista de Arte, Geografía e Historia nº 7, Comunidad de Madrid. 2005.

La Casa del Lector es un nuevo espacio cultural inaugurado el pasado mes de octubre en el recinto del antiguo Matadero, dedicado a los lectores y a la lectura en su sentido más amplio, a su estudio en todos los soportes y manifestaciones. No solo leemos libros, y por supuesto no solo en papel, sino que toda obra (escrita, filmada, pintada…) nos ofrece la posibilidad de leerla.

Es una institución privada creada gracias al editor Germán Sánchez Ruipérez, que persiguió la idea durante mucho tiempo, fue su “sueño”, cuentan quienes le conocieron. Decía que “libro, lector, lectura, se escriben con ele de laberinto, con ele de libertad”, y a investigar ese mundo dedicó su tiempo y su dinero. En 1981 creó su Fundación para la realización de programas culturales y educativos y puso en marcha el proyecto de la Casa del Lector o Centro Internacional para la Investigación, el Desarrollo y la Innovación de la Lectura. Lamentablemente murió en los comienzos de 2012 sin poder ver la obra terminada, pero sí con la satisfacción de verla hecha realidad.

El Ayuntamiento de Madrid cedió el espacio. En 2002 se firmó un convenio entre la Fundación y  el Consistorio, en el que se le cedían por 50 años las antiguas naves de degüello de ganado vacuno (naves 13 y 14), la antigua cochera (nave 17 b) y parte de los colgaderos (nave 17 c) del Matadero.

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Nave 17 b (2010)

A cambio, la Fundación se comprometía a restaurar y rehabilitar los edificios, casi en ruinas por entonces, y construir las nuevas instalaciones.

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Nave 13 (deguello ganado vacuno, J. de Sande 2006)

Se convocó un concurso en el que resultó ganador el proyecto del arquitecto Antón García Abril. La intervención tuvo lugar en el interior de las naves ya que el exterior no se podía modificar gracias a su nivel de protección, y en el espacio existente entre ellas, que fue cubierto, convirtiéndolas así en un espacio único unido por puentes, alegre, confortable y que anima a participar.

puentes

Bajo la premisa del laberinto como símbolo, y el mito de Ariadna que nos permite liberarnos, en estos primeros meses de existencia la Casa nos ofrece la exposición El Hilo de Ariadna en la que los lectores somos navegantes que vamos desde el antiguo mito hasta las formas de comunicación actuales. Es un recorrido poético, por lugares imaginarios, y real al mismo tiempo.

hilo de ariadna

La  exposición se abre con una obra de Jaume Plensa (Premio Nacional de Artes Plásticas 2012), Overflow VI (2007), un hombre pensativo construido a base de letras de acero.

jaume plensa

A continuación una intrigante instalación interactiva sobre el laberinto de la Casa de Lucrecio en Pompeya en la que los dibujos del suelo aparecen o desaparecen con nuestros movimientos.

mosaico pompeya

Las cartas rotas en infinitos papelitos que nunca podrán ser leídas de nuevo, pues nunca podrán ser reconstruidas, que se mueven a nuestro paso y recogen el sonido de nuestra presencia, y gracias a una grabadora oculta lo repiten aleatoriamente, quizá cuando ya no estemos y podamos oírlo… Una bonita sala llena de palabras, de letras que van deshaciéndose, flotan y se reflejan en suelo y muros, y sobre nosotros. En fin, formas distintas del laberinto como metáfora y del hilo que siempre nos guía hasta encontrar la salida, la solución.

En los diferentes espacios hay otras exposiciones. En los puentes 2 y 10, una muestra explica los orígenes del Matadero como institución pública, las Carnicerías en el siglo XV, las necesidades de nuevos edificios en el siglo XVI cuando Madrid se convirtió en capital y la población creció. El propio edificio del Nuevo Matadero y Mercado de Ganados, construido en los comienzos del siglo XX por Luis Bellido en la Dehesa de la Arganzuela. Y la rehabilitación de las naves para esta Casa del Lector.

Inserción viga nave 13 (2010)

pasillo lectores

También nos encontramos con las palabras y los objetos de Germán. Su bicicleta, su vespa, su antigua máquina de escribir, su parchís. Actividades para niños, cuentacuentos, talleres… en salas llenas de colorido.

nave central

Y para adultos, clubs de lectura, lectura de libros electrónicos prestados, aprender cómo escribir una novela…

casa del lector ext

Merece la pena acercarse a visitar esta nueva Casa, perderse por el laberinto, encontrar el hilo que nos guíe, y descubrir cosas nuevas.

Por Mercedes Gómez

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Casa del Lector
Matadero Madrid
Paseo de la Chopera, 14
Últimas visitas guiadas por el espacio y la exposición El Hilo de Ariadna:
Sábado 29: 12 h, 13 h, 18 h y 19 h.
Domingo 30: 12 h y 13 h.

Enrique Guijo, espíritu del Renacimiento, inquieto de todo arte, sin abandonar la cerámica ni apartarse por completo del terrible y fascinador “nido de víboras”, que es el horno donde cuajan los esmaltes, extendió su actividad a otras manifestaciones de las artes aplicadas y suntuarias: la decoración arquitectónica, el mobiliario, la talla, la herrería artística…

(Manuel Machado, en La Esfera, 26 junio 1920)

 

Enrique Guijo Navarro, espíritu del Renacimiento, como bien le definió su amigo Manuel Machado, fue pintor, decorador, ceramista, restaurador… uno de tantos artistas que a pesar de haber sido importante para Madrid, y reconocido en su época, actualmente es casi un desconocido y sus huellas corren el peligro de desaparecer.

Nació en Córdoba en 1871. Su madre se llamaba Antonia, y su padre Mariano, quien desgraciadamente murió muy pronto, cuando Enrique contaba apenas catorce años de edad, hecho que quizá condicionó todo su futuro pues en lugar de estudiar tuvo que trabajar. Junto a su madre viajó a Sevilla, acaso en busca de una vida mejor. En su primer empleo, en el taller del escenógrafo Antonio Matarredoma, se inició en el arte del dibujo y la pintura. De allí pasó a una fábrica de cerámica, probablemente la de la familia Mensaque, y finalmente al taller de Manuel Rodríguez donde definitivamente se formó en el arte de la cerámica.

Hacia 1898 se trasladó a Madrid con su mujer y su recién nacida hija Enriqueta. Hay noticias de que vivieron en la calle de la Parada, debía tratarse de la Travesía de la Parada, nº 7, próxima a San Bernardo.

En esta primera estancia conoció, entre otros intelectuales, a dos personas que más adelante serían muy importantes en su vida: Francisco Alcántara, futuro director de la Escuela de Cerámica, y Manuel Machado, futuro director del Museo Municipal. Frecuentó tertulias, entre ellas la del Café Comercial, a la que acudían los hermanos Machado. Personas que le conocieron afirmaron que era una buena persona, alegre y simpático. Su carácter y desenvoltura seguramente le ayudaron a labrarse su carrera.

En esta etapa en Madrid trabajó como pintor decorador de algunos palacios, uno de ellos el de Medinaceli en la plaza de Colón, desaparecido. En 1907 viajó a Talavera a probar fortuna donde conoció a Juan Ruiz de Luna. Juntos fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Las piezas las firmaban Ruiz de Luna, Guijo y Cia., como la que regalaron a su amigo Joaquín Sorolla, seguramente obra de Guijo, hoy expuesta en el Museo Sorolla.

Debido a los problemas económicos que surgieron, en 1910 se trasladó a Madrid con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica, cuyo primer director fue Francisco Alcántara, que le contrató junto a Daniel Zuloaga con el fin de poner en marcha el proyecto.

Guijo continuó representando a Ruiz de Luna en Madrid y se hizo cargo de la sucursal de la fábrica en la calle Mayor 80 (actual nº 74). En 1915 la sociedad se disolvió definitivamente. Enrique Guijo continuó con el taller de la calle Mayor de donde salieron numerosas obras, anuncios para tiendas y para el Metro de Madrid, casi todo desaparecido. Felizmente sí se conservan algunos de los anuncios que realizó para la estación de Chamberí, restaurados tras tantos años abandonados en el interior de la estación “fantasma”, que permaneció varios años cerrada, hoy convertida en maravilloso Museo del Metro de Madrid.

Museo del Metro. Plaza de Chamberí.

Por entonces la publicidad era una novedad. Como indica uno de los pequeños letreros del museo la mayor parte de los anuncios realizados para el Metropolitano los realizaron Enrique Guijo y Alfonso Romero, en algunos casos con la firma del taller, E.Guijo. Mayor 80. Madrid, en otros E.Guijo. Madrid.

Los autores que han estudiado su obra coinciden en que fue un gran rotulista. De esta faceta existe un precioso ejemplo en la Travesía del Arenal, en la antiquísima Librería de los Bibliófilos Españoles.

Travesía del Arenal

Desde aquí nos dirigimos a la calle del Espíritu Santo esquina Santa Lucía donde se encontraba uno de los rótulos que Guijo realizó para tiendas madrileñas. La casa, en esta histórica calle en la que una gran parte de sus edificios datan de finales del siglo XIX, ha sido pintada de vistoso color azul.

En el lugar de la antigua tienda de Comestibles, quesos y ultramarinos, que sabemos existió gracias a la foto de Antonio Perla en su imprescindible libro sobre la Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña, hay un bar, parece que los azulejos han desaparecido, pero no, solo están tapados. Permanece el escudo, y bajo el material pegado sobre la cerámica se adivinan las letras y números del letrero centenario.

Muy cerca, en la calle de San Vicente Ferrer 27, en el nuevo establecimiento sí podemos admirar los azulejos de la Antigua Huevería.

Junto a ella, la famosa Farmacia de los Laboratorios Juanse, en la esquina con la calle de San Andrés en la que algunas escenas está firmadas por el pintor Mardomingo y en otras aparece la firma del taller, E. Guijo. Mayor 80.

Abandonamos el barrio de Malasaña y continuamos nuestro paseo buscando los vestigios de las obras realizadas por Enrique Guijo y llegamos a uno de los barrios más singulares de Madrid, aunque casi desaparecido, los hotelitos del antiguo Madrid Moderno, en la Guindalera, cerca de la plaza de las Ventas. En el nº 30 de la calle de Roma subsiste a duras penas el letrero de la que en otro tiempo debió ser espléndida Villa Sara, hoy completamente destrozada, incluso sus balcones han sido arrancados.

¿Por qué un edificio llega a alcanzar este lamentable estado?. Solo el letrerito de azulejos  sobre la puerta con el nombre de la mujer que tal vez inspiró su construcción conserva sus letras azules y su orla, tristemente pintarrajeadas.

Enrique Guijo, además de trabajar como profesor en la Escuela de Cerámica participó en numerosos proyectos junto a Luis Bellido, arquitecto municipal.

En 1914 restauró los azulejos de la Casa de la Panadería y los frescos de Claudio Coello, que hace tiempo tuvimos la suerte de conocer. También realizó las pinturas de la fachada, sustituyendo a las antiguas que estaban muy deterioradas. Eran las que los madrileños pudimos contemplar hasta 1992 en que nuevamente fueron sustituidas por las actuales, obra de Carlos Franco.

Plaza Mayor, Casa de la Panadería (1893-1954) Archivo Moreno (Mº Cultura). Pinturas de Enrique Guijo.

Entre 1910 y 1925 participó en la construcción del Matadero y Mercado Municipal de Ganado, nuevamente con Luis Bellido. Además de otros elementos cerámicos, Guijo fue el autor de los rótulos pintados sobre azulejos.

En 1920 abrió un taller en Carabanchel, por entonces debía tener muchos encargos. Allí trabajaron su sobrino Joaquín Bustillo, su hija Enriqueta (que también fue profesora de la Escuela) y el pintor Alfonso Romero, antes de abrir el suyo propio.

Hay otras obras suyas adornando diversas calles de Madrid (o al menos lo hacían hace pocos años): los bonitos paneles de la antigua Vaquería La Tierruca, en la calle Monte Igueldo 103, La Andaluza Fábrica de aguardientes, en Muñoz Grandes esquina General Ricardos, la Mina de Oro en la Avenida Ciudad de Barcelona 58, los azulejos en la parte del superior del edificio de Altamirano nº 10, y alguno más.

Otra de sus más notables obras cerámicas fueron algunos de los murales de azulejos que durante muchos años decoraron la taberna Los Gabrieles, en la calle Echegaray 17.

Pero como ya hemos visto, la Cerámica no fue la única actividad de Enrique Guijo. En 1925, tras presentarse a un concurso, obtuvo el cargo de Conservador de Edificios Municipales de Madrid.

En 1926, recordemos nuestra visita al antiguo Hospicio, tuvo lugar un acontecimiento que resultaría decisivo para el futuro del edificio, la celebración de la exposición El Antiguo Madrid, precedente del Museo Municipal. Luis Bellido comenzó su restauración para museo. En 1929 fue inaugurado el Museo Municipal, con Manuel Machado como primer director y Guijo fue nombrado Conservador del museo, a la par que se le asignaba una zona como vivienda en el propio edificio.

Durante la guerra civil el Museo permaneció cerrado pero él continuó viviendo allí.

(en Catálogo “El Arte redivivo” Expo. Centenario Ruiz de Luna. Talavera 2008)

Enrique Guijo fue perdiendo la vista. Murió ciego, en Madrid. Respecto a la fecha de su muerte no hay unanimidad, ¿1945, 1954, 1955?, en lo que sí parecen coincidir los autores es en que murió solo, casi olvidado.

Que no ocurra lo mismo con su obra, deberíamos cuidarla con cariño, con el fin de que no desaparezca y darle todo el valor que merece.

Por : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Antonio Perla. Cerámica aplicada en la arquitectura madrileña. Comunidad de Madrid 1988.
Ángel Sánchez-Cabezudo. Enrique Guijo, artista esencial en el historicismo cerámico de Talavera. En Renacimientos: la cerámica española en tiempos de Ruiz de Luna. Universidad Castilla-La Mancha. Cuenca 2010.
Catálogo ”El arte redivivo. Exposición del I Centenario de la Fábrica de Cerámica Ruiz de Luna Nuestra Señora del Prado”. Talavera 2008.

Los pasadizos volados son elementos arquitectónicos que unen dos edificios fronteros por su parte más alta, con el fin de facilitar la comunicación entre ambos. Su origen se remonta a las ciudades andalusíes de calles laberínticas, curvos trazados, arcos, recovecos y adarves o callejones sin salida. En la ciudad islámica, los pasadizos unían las diferentes partes de una vivienda o casas de un mismo propietario con un fin utilitario.

En 1530 se promulgó una ley que prohibía construir nuevos balcones, saledizos… y pasadizos, para evitar la falta de higiene o de luz que pudieran causar, y la fácil propagación de incendios entre dos viviendas en las estrechas calles medievales. Sin embargo, en el Madrid del siglo XVII se construyeron un gran número de ellos.

El Madrid de los Austrias, famoso por sus al parecer innumerables pasadizos subterráneos, que unían el Alcázar con palacios y conventos, fue también el Madrid de los pasadizos elevados, que llegaron a ser una de las construcciones más características del barroco madrileño, aunque con un nuevo significado. El pasadizo, conservando su función intimista y de secreto, se convirtió en un mirador privilegiado, al servicio del espíritu del Barroco, sus celebraciones religiosas y sus fiestas. Además de cumplir una función práctica, permitía observar y moverse libremente sin ser objeto de miradas indiscretas.

Virginia Tovar les dio el nombre de arquitecturas encubiertas por su función de ocultar, encubrir.

Los reyes implantaron su uso construyendo varios pasos elevados, permanentes o efímeros, desde el Alcázar Real hacia otras dependencias, como el Juego de la Pelota, junto a los Caños del Peral.

Juego de la Pelota (Texeira, 1656)

Esto motivó el deseo de la nobleza de imitar a los monarcas y disfrutar de sus propios pasos privados.

Así el Pasadizo se convirtió en elemento de diferenciación social, que permitía a los nobles no mezclarse con las clases bajas, no pisar las calles sucias… Los motivos para solicitar su construcción eran variados: la poca salud que no permitía asistir a misa, el deseo de unir casas entre miembros de una misma familia… La realidad fue que además de perseguir una comodidad, se convirtió en un elemento de clase y adquirió un significado religioso, pues en muchos casos suponía un acceso directo a la iglesia. En contrapartida, ésta recibía una cantidad de dinero por conceder ese privilegio. Era un buen negocio para todos.

Los alarifes de la villa visitaban el lugar para el que se solicitaba el corredor, analizaban, hacían un informe, y el Concejo decidía. El pasadizo debía no molestar a los vecinos, tener una altura suficiente que permitiera el paso de carruajes y las muy frecuentes procesiones, permitir el paso de la luz… debía ser proyectado por un alarife de la villa, incluso a veces por el Maestro Mayor, como veremos.

En teoría eran muchas las dificultades para conseguir la licencia de construcción, pero el Ayuntamiento siempre accedía, los solicitantes eran cortesanos o personajes muy influyentes.

Uno de los pasos más antiguos es el de la plaza de las Descalzas Reales, que como casi todos los que se construyeron en calles importantes, era una estructura en arco. Fue construido hacia 1582, entre la Casa de los Capellanes, junto a la iglesia del Convento, y la casa de María de Pisa, donde luego se levantaría el Monte de Piedad.

Plazuela de las Descalzas Reales (Texeira, 1656)

Conocemos este pasadizo situado frente a la iglesia de San Martín gracias a un grabado de Minguet, según dibujo de Diego de Villanueva, realizado en el siglo XVIII.

Vista del Convento de las Descalzas Reales. Minguet, 1758. Museo de Historia (memoriademadrid.es)

En los comienzos del siglo, de vuelta la Corte a Madrid, el poderoso Francisco Gómez de Sandoval Duque de Lerma levantó su casa de recreo en el Prado de San Jerónimo, según trazas de Juan Gómez de Mora. Junto a ella, en terrenos de su propiedad, construyó dos conventos, el de Santa Catalina de Sena de Dominicas, en la misma manzana en la que se hallaba su casa, y el de San Antonio de Capuchinos, al otro lado de la calle del Prado.

Carrera de San Jerónimo (Texeira, 1656)

En 1615 sobre la calle del Prado, se construyó, según trazas del propio Gómez de Mora, un corredor igualmente en forma de arco desde la tribuna que el Duque tenía en el Convento de los Capuchinos, hasta la que poseía en el Convento de Santa Catalina de Sena, así consiguió que su palacio se comunicara con ambos monasterios.

El de Lerma debió ser uno de los pasadizos más monumentales de la época. Frente a él, al otro lado de la Carrera de San Jerónimo, la marquesa del Valle construyó el que comunicaba su Palacio con el Convento del Espíritu Santo de la orden de los Clérigos Menores sobre la actual calle de Fernanflor. En los terrenos del Convento en el siglo XIX se construyó el Congreso de los Diputados y se abrió la calle de Floridablanca.

En los alrededores de la actual plaza de Ramales, entonces plazuela de San Juan, existieron varios pasadizos. En 1625 don Diego de la Cerda marqués de la Laguna pidió construir uno desde su casa al coro de la iglesia de Santiago afirmando que lo construiría tan alto y en arco como el de la calle del Prado. Su autor fue Gómez de Mora una vez más.

Iglesias de Santiago y San Juan (Texeira, 1656)

Otro pasadizo volado comunicaba la casa de los Guzmanes (en el lugar donde hoy se encuentra la casa que fue palacio del marqués de Trespalacios en la plaza de Ramales nº 3), con la tribuna en la iglesia de San Juan. Otro corredor unía las casas del Conde de Lemos frente a la plazuela de Santiago. Fueron varios los pasadizos reflejados por Pedro Texeira.

En diciembre de 1616 doña Inés de Toledo, marquesa de Cerralbo, construyó otro desde su casa a la iglesia de San Norberto, de los religiosos Premostatenses. En 1632 vivía allí el duque de Alburquerque y unió con otro pasadizo la de su suegra, la duquesa de Rioseco, con el fin de que su mujer se pudiera comunicar fácilmente con su madre. El cartógrafo representa este pasadizo, frente a la iglesia y su tapia, sobre la entonces calle de la Cuadra, próxima a la fuente de Leganitos, desaparecida por la construcción de la Gran Vía. En la hoy Cava de San Miguel Texeira dibujó el Cobertizo de San Miguel, y un pasadizo que unía la vivienda del marqués de Estepa en la Cava con otra que tenía en la plaza Mayor.

En la esquina de la Costanilla de San Andrés con la calle de los Mancebos se encontraba el Palacio de los Lasso de Castilla, levantado en el siglo XV y derribado en el XIX.

Palacio de los Lasso y la iglesia de San Andrés (Texeira, 1656)

Un pasadizo unía la torre del palacio, en el que se alojaron los Reyes Católicos, con la iglesia de San Andrés cuyo muro ha conservado desde entonces la huella de la antigua construcción.

San Andrés, sept. 2012

Recientemente se ha colocado una lápida de cerámica recordando la existencia del antiguo paso.

Curiosamente uno de los escasos pasadizos existentes hoy día pertenece al Ayuntamiento, en el pasado tan reacio a ellos. Lo diseñó Luis Bellido en 1909 para unir la Casa de Cisneros que había sido adquirida para alojar dependencias municipales, a la Casa de la Villa. El corredor fue construido sobre la calle de Madrid.

Calle de Madrid, julio 2012

El otro se encuentra sobre la hoy cerrada calle de Floridablanca, muy cerca del lugar donde hace cuatro siglos se encontraba el pasadizo que comunicaba el Convento del Espíritu Santo con el palacio de la marquesa del Valle.

Convento del Espíritu Santo (Texeira, 1656)

Este pasadizo moderno fue edificado a finales de los años 70 del siglo XX para unir el Congreso de los Diputados con su ampliación.

Congreso de los Diputados, sept. 2012

Además, los edificios del Congreso se comunican a través de un pasadizo subterráneo. Como en el siglo XVII.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

V. Tovar Martín. El pasadizo, forma arquitectónica encubierta en el Madrid de los siglos XVII y XVIII, Villa de Madrid nº 87. Madrid, 1986.

C. de Mora Lorenzo. El pasadizo en el Madrid de los Austrias (siglo XVII). Madrid, Revista de arte, geografía e historia nº 6. Madrid 2004.

J.M. Muñoz de la Nava Chacón. El COAATM: sus sedes y su historia. (en Un edificio en crecimiento. COAATM Madrid 2008).

A un paso de Puerta Cerrada, en la calle de Concepción Jerónima nº 15, en pleno centro histórico, se encuentra un edificio que llama la atención por su estilo racionalista industrial. Se trata de la Imprenta Municipal, como indica el letrero en su fachada de ladrillo adornada con detalles de Art Decó.

Construido por los arquitectos Francisco Javier Ferrero y Luis Bellido entre 1931 y 1933, es un magnífico ejemplo de la arquitectura desarrollada durante la 2ª República. En 1955 fue ampliado y remodelado por Lucio Oñoro.

La Imprenta Municipal en los años 30

Hace pocos días nos sorprendió una grata noticia, desde el pasado día 16 acoge un nuevo museo, el Museo de la Imprenta Municipal. De momento se ha abierto al público la planta baja, donde se encuentra la Sala de Máquinas, que nos propone un paseo por la historia de la imprenta y las artes gráficas, desde el nacimiento de la imprenta manual en el siglo XV hasta la creación de la imprenta mecánica en el XIX.

Según nos cuentan en el propio museo, está previsto inaugurar en breve el resto de plantas, organizadas alrededor del patio iluminado por un tragaluz.

En la Edad Media los textos eran todos manuscritos, el número de lectores aumentaba, y fue necesario buscar otros medios. A mediados del siglo XV surgió la imprenta manual que por primera vez permitía realizar copias de los escritos.

En Madrid la primera imprenta fue instalada en 1566, poco después de que Felipe II estableciera la capitalidad, por Alonso Gómez asociado con Pierres Cosin, así nos lo contó una exposición dedicada a la imprenta en el Museo de los Orígenes hace unos años.

Los textos se componían letra a letra, con tipos fundidos en plomo, antinomio y estaño que formaban las líneas en la galera o tabla que recogía la futura página.  Una vez creadas las páginas se reproducían utilizando las prensas de imprimir. Tinta y papel, eran los elementos necesarios.

Poco después se descubrió la técnica del grabado calcográfico, que permitía reproducir no solo textos sino también imágenes, de forma que nacieron las ilustraciones, que tanta y tan valiosa información nos proporcionan.

El origen de la Imprenta Municipal se remonta al año 1853 cuando se creó la imprenta del Asilo de San Bernardino, que formaba en el oficio a los niños acogidos, y realizaba los trabajos que el Ayuntamiento necesitaba. De allí pasó a la calle Noblejas, la Casa de la Panadería y la Casa de Cisneros, hasta el año 1934 en que se instaló definitivamente en el edificio de la calle Concepción Jerónima.

A través de misteriosos artilugios vamos conociendo los procesos de la impresión y los secretos del oficio de la encuadernación, o forma de unir las hojas de los códices y libros desde hace muchos siglos, mediante costura.

Un bonito paseo por la Historia de la Impresión, de la Tipografía, del Libro… y por la Historia de Madrid.

Prensa Krause de 1860

En su web están todos los detalles del nuevo museo, Imprenta Municipal-Artes del Libro , que viene a unirse a la larga lista de museos a nuestra disposición, con la intención de convertirse en un centro cultural vivo.

Bienvenido sea.

Por Mercedes Gómez

artedemadrid@gmail.com
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