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Estos días de suave verano en Madrid además de pasear se pueden visitar algunas exposiciones magníficas. Como la espectacular El Greco y la Pintura Moderna, en el Museo del Prado, y la sorprendente Variaciones sobre el Jardín Japonés en La Casa Encendida.

Son muy diferentes desde luego, no son comparables, pero las dos son bellas e interesantes y llama la atención un elemento común. En ambas se cuenta la influencia, de un artista o de una filosofía, de una forma de contemplar el mundo, sobre los demás artistas, sobre el Arte del siglo XX. Dicho de otra forma, las dos tratan, o se sirven de, el tema del influjo bajo el cual han trabajado algunos de los creadores más importantes desde finales del siglo XIX hasta ahora.

En el primer caso, la que ejerció el Greco sobre la Pintura moderna, sobre las vanguardias. En el segundo, la del pintor, historiador y paisajista Mirei Shigemori y la cultura japonesa sobre algunos artistas de diferentes estilos y épocas.

El Greco y la Pintura Moderna, inaugurada hace unos días en el Museo del Prado, es sencillamente deslumbrante. Es una exposición extraordinaria por varios motivos. Por supuesto por las veintiséis obras del pintor, algunas se pueden ver habitualmente en el Prado, pero otras han llegado de museos de diferentes países, incluso de lugares próximos; es una ocasión única para contemplar de cerca la Expulsión de los Mercaderes del Templo, cedida para la ocasión por la Iglesia de San Ginés.

Por las obras de otros pintores, todas de gran calidad, algunas de ellas merecen la visita por si solas. Desde finales del siglo XIX, Manet, Cézanne, Fortuny, Picasso… hasta pintores del siglo XX como Modigliani, Diego Rivera, Chagall, Pollock…

El Greco, El caballero de la mano en el pecho (1580) y A.Modigliani, Paul Alexandre tras una vidriera (1913) (Fotos: museodelprado.es)

Pero sobre todo por la relación entre todas ellas, expuestas en un montaje cuidado y luminoso que pone de manifiesto la enorme influencia que el Greco ejerció sobre los grandes artistas del siglo XX y sobre la pintura moderna.

El Greco, La Oración en el Huerto (h.1600) y A.Korteweg, Composición: La Oración en el Huerto (1913) (Fotos: museodelprado.es)

El Greco, La Oración en el Huerto (h.1600) y A.Korteweg, Composición: La Oración en el Huerto (1913) (Fotos: museodelprado.es)

La linterna de las salas dedicadas a las exposiciones temporales, normalmente cerrada, se ha abierto, dejando pasar la luz. Una maravilla.

El Greco, La Resurrección de Cristo (h.1600) y J.Pollock, Sin título (h. 1937-39). (Fotos: museodelprado.es)

El Greco, La Resurrección de Cristo (h.1600) y J.Pollock, Sin título (h. 1937-39). (Fotos: museodelprado.es)

No demasiado lejos, en La Casa Encendida se exponen las Variaciones sobre el jardín japonés, una verdadera sorpresa.

El punto de partida, el centro de la exposición, es la figura y la obra de Mirei Shigemori (1896-1975). Se muestran fotografías de su obra cumbre, los jardines zen del templo de Tôfuku-ji, en Kyoto, creados en 1939. Shigemori fue entre otras cosas un gran estudioso del jardín japonés.

fotos shigemori

Bajo una vitrina se exponen también ejemplares de la enciclopedia que creó, con el fin de perpetuar la memoria de los jardines desaparecidos.

El jardín japonés es un espacio cerrado, no un lugar para pasear sino para reflexionar, un lugar de recogimiento y tranquilidad. No tiene nada que ver que los jardines llenos de vegetación, son jardines secos, sin agua, diseñados para ser una obra de arte. Lugares que hablan del vacío, pero no como algo negativo. Se ha dicho de las obras de Shigemori que eran versiones ajardinadas del arte conceptual.

Y así lo recogen las creaciones de artistas dispares y de disciplinas y épocas distintas, todos ellos influenciados por la cultura japonesa.

Alrededor de la obra de Shigemori, la exposición propone un paseo como si de un jardín zen se tratara. Un paseo libre, sin orden establecido que nos invita a convertirnos en parte activa del jardín.

En cierto modo la muestra comienza con el antiguo grabado Panorama del lago Shinobazu desde el templo Kiyomizu (1894), propiedad del Museo del Prado. Y termina con el grafiti, obra reciente de arte manga, de Iwana. Pero la verdad es que esta última es la primera que vemos al bajar al sótano de la Casa Encendida, y el paisaje japonés se encuentra situado en una de las salas, al fondo, quizá tardamos en llegar a contemplarlo.

grabado Prado

Panorama del lago Shinobazu desde el templo Kiyomizu (1894)

El grabado se encuentra junto a Lucio Fontana, con su concepto espacial de 1960, y frente a uno de los Double rift de Richard Serra (2013). Cortes, aberturas, que muestran ese vacío del que hablábamos, o que parecen puertas. ¿Qué nos sugieren? la presencia de otro mundo, el mundo interior, al otro lado del espacio exterior, del que formamos parte.

fontana y serra

La música, el jardín de sonidos de John Cage da paso a otra sala en la que junto a la maqueta del Santuario de Ise se ubican otra serie de obras. Tapies, una de las barras de acero inoxidable de Walter di Maria… Interesante leer las cartelas instaladas, y, si tenemos tiempo y curiosidad, sobre todo preguntar a la persona encargada de la sala, sus explicaciones son muy interesantes. Desde aquí le vuelvo a dar las gracias por guiarme.

Tapies

En el suelo se encuentra el Cruzeiro do Sul (1969-1970) de Cildo Meireles, diminuta pieza de madera de pino y roble, materiales sagrados para los indios, todo un símbolo de su situación respecto al mundo.

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Pensada para ser colocada en una sala mucho mayor, ella sola, aquí solo una luz desde el techo anuncia su presencia.

Cildo Meireles, Cruzeiro do Sul (1969-1970).

Cildo Meireles, Cruzeiro do Sul (1969-1970).

Los videos de Yoko Ono y Angels Ribé, el papel japonés, Sin título, de James Lee Byars; el azul sin título de Yves Klein sobre el que se refleja la obra de Lucio Fontana…

Iwana, Promethea (2014)

Iwana, Promethea (2014)

En septiembre todos ellos viajarán desde el sótano de la Casa Encendida a la Alhambra de Granada, qué interesante sería poder asistir a ese nuevo diálogo entre el jardín japonés y el andalusí.

Por : Mercedes Gómez

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Museo del Prado
El Greco y la Pintura Moderna
Hasta el 5 octubre 2014

La Casa Encendida
Variaciones sobre el Jardín japonés
Hasta el 7 de septiembre 2014

 

 

 

 

En el Museo del Prado, en lugar privilegiado, a continuación de las salas dedicadas a Velázquez, la sala 16 a reúne una serie de cuadros de temática cortesana, uno de los aspectos más importantes de la Pintura española del siglo XVII : las Imágenes de la Corte.

La poderosa monarquía de los Austrias originó una inmensa Corte a su alrededor, servidores reales en todos los ámbitos, incluido el artístico, con una amplia lista de pintores que trabajaban para el rey, empezando por el gran Diego Velázquez.

Las pinturas expuestas en esta sala ilustran la vida en torno a Felipe IV y Carlos II. La familia real, las estancias del Alcázar, las ceremonias, autos de fe, la caza… y los jardines reales. Doña Margarita de Austria y el Príncipe Baltasar Carlos, de Juan Bautista Martínez del Mazo; la reina Mariana de Austria y su hijo Carlos II adolescente en el Salón de los Espejos del Alcázar, y otros personajes, de Juan Carreño de Miranda. Eugenia Martínez Vallejo, vestida y desnuda, en la línea de la colección de bufones y personajes con alguna deformidad o deficiencia física o psíquica tan del gusto del barroco, también de Carreño. La Cacería del tabladillo en Aranjuez, de Martínez del Mazo. El Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, de Ricci, una de las facetas más duras del siglo de oro madrileño… Y un bello paisaje, La Fuente de los Tritones en el Jardín de la Isla, de Aranjuez.

Fuente de los Tritones (Foto: Museo del Prado)

La Fuente de los Tritones. Foto: Museo del Prado.

Esta pintura, guardada en los almacenes del museo hasta hace poco tiempo, no se podía contemplar ­–sí una copia que se encuentra en uno de los salones del Teatro Real–. En septiembre de 2006 fue trasladada a los talleres de restauración, informan en el Prado; recientemente ha sido instalada en esta sala donde ahora luce esplendorosa. El cuadro, procedente de la Colección Real, óleo sobre lienzo (1657), mide 248 x 223 cm.

En algún momento fue atribuida a Velázquez, posteriormente se consideró que su autor fue su yerno Juan Bautista Martínez del Mazo. Actualmente, con el nº P01213 en el catálogo del Museo del Prado figura como perteneciente al Taller de Diego Velázquez.

A finales del siglo XVIII se encontraba en el Palacio de Aranjuez, en el Cuarto de la Reina, Pieza del Cubierto. Representaba la fuente barroca que en 1657 había sido instalada en el cercano Jardín de la Isla.

Además de la fuente, en la parte inferior del cuadro el pintor representó una serie de escenas cortesanas, amables y algo románticas, otra de las caras de la vida en el Madrid del siglo XVII. Dos damas charlan sentadas en el suelo sobre unos cojines, dos religiosos conversan, un caballero galante ofrece una flor a otra dama sentada junto a un árbol…

La Fuente de los Tritones (detalle). Foto: Museo del Prado.

La Fuente de los Tritones (detalle). Museo del Prado.

Los personajes, vestidos a la moda del siglo XVII, nos cuentan cómo era la vida cortesana en aquellos parajes palaciegos.

En 1845, en tiempos de Isabel II, la Fuente de los Tritones fue trasladada desde Aranjuez a los Jardines del Campo del Moro, donde se conserva.

No se conoce exactamente su fecha de construcción, en cualquier caso anterior a 1657 pues en esa fecha estaba ya en el Jardín de la Isla y es la que figura en el pedestal.

La Fuente de los Tritones (detalle). Foto: Museo del Prado.

La Fuente de los Tritones (detalle). Museo del Prado.

El pilón cuadrangular, que se aprecia en la pintura, fue sustituido por uno circular.

Mascarones, guirnaldas, columnas toscanas, victorias, delfines, sirenas y ninfas de mármol la adornan. El nombre proviene de los tres tritones que, sujetando unos escudos, cargan unos cestos por donde mana el agua que cae al pilón de granito desde las dos grandes tazas.

El Campo del Moro es uno de los jardines más hermosos de Madrid. La entrada, desde el paseo de la Virgen del Puerto, muestra una alfombra verde que lleva hasta Palacio, con dos fuentes barrocas, magníficas, alineadas a lo largo del paseo llamado Praderas de las Vistas del Sol, la de las Conchas y la de los Tritones. La perspectiva con las dos fuentes, y el Palacio Real al fondo, es de las más espectaculares y mágicas de Madrid.

Jardines del Campo del Moro

Jardines del Campo del Moro

La de los Tritones está situada en la parte más alta, a los pies del Palacio. Debido a su proximidad al edificio lamentablemente no es posible acercarse a ella para disfrutarla. Desde la Cuesta de San Vicente también se puede contemplar a lo lejos.

 

Jardines del Campo del Moro (desde la Cuesta de San Vicente).

Jardines del Campo del Moro (desde la Cuesta de San Vicente).

La Fuente de los Tritones es la más antigua de Madrid, la única fuente monumental que se conserva casi completa, y en funcionamiento.

Hoy la bellísima fuente está sola, alejada de los visitantes y de las escenas que se producen en el bonito jardín, público desde que en 1978 el rey Juan Carlos abriera sus puertas, escenas del siglo XXI; pero ahí sigue, junto al Palacio Real, testigo del presente que se vive a sus pies, y también del pasado que se vivió en el Jardín de la Isla, reflejado para siempre en la pintura del Prado.

La Fuente de los Tritones (detalle). Foto: Museo del Prado.

La Fuente de los Tritones (detalle). Museo del Prado.

Por : Mercedes Gómez

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Fuentes:

Museo del Prado
www.monumentamadrid.es
Martínez Carbajo, A.F. y García Gutiérrez, P.F. Fuentes de Madrid. Arte e Historia. Ed. La Librería. Madrid 2009.

Pedro Pablo Rubens nació en 1577 en Siegen, Alemania.

En 1590 con apenas catorce años entró a servir como paje de la condesa Ligne-Arenberg, primer paso en su formación de cortesano. Casi a la par comenzó a pintar, en el taller de Tobias Verhaecht, iniciando la brillante carrera de uno de los personajes y artistas más admirados de todos los tiempos.

Rubens fue un pintor y un hombre singular, no solo por su arte sino por su inteligencia, cultura y habilidad en las relaciones sociales, uno de los pocos que alcanzó fama y dinero en vida. Trabajó para las monarquías europeas, viajando por todos los países del continente, para la iglesia y las clases altas; fue diplomático y coleccionista, habló varios idiomas, pintó, creó esculturas, obras arquitectónicas y decoraciones efímeras; su biblioteca era, entre las hoy conocidas, la mayor que entonces poseía un pintor… fue un artista completo, que, como explica el gran especialista en su vida y obra, Alejandro Vergara, con su pintura Rubens mostró su visión exaltada de la vida.

En 1598 ingresó como maestro en el gremio de pintores de Amberes donde estableció su taller y vivió casi toda su vida, excepto los ocho años que pasó en Italia adonde llegó con 23 años, para visitar sus ciudades y estudiar el arte de la Antigüedad y del Renacimiento, conocimientos que luego reflejaría en sus cuadros. Estaba convencido de que “para lograr la mayor perfección en la pintura es necesario comprender a los antiguos”.

A su vuelta a Amberes en 1609 comenzó a trabajar como pintor de la corte de los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia en Bruselas, príncipes soberanos de los Países Bajos meridionales, título que Isabel había heredado de su padre Felipe II.

Su relación con Isabel Clara Eugenia –hija de Felipe II y de Isabel de Valois; hermana de Felipe III y tía de Felipe IV– resultaría decisiva para ambos. Él la aconsejó en lo artístico y en lo político, y ella le apoyó siempre en su carrera.

En 1621 Isabel tras enviudar ingresó en la orden tercera de San Francisco. Pidió al nuevo rey, su sobrino Felipe IV, volver a Madrid y retirarse en el monasterio que había fundado su tía Juana, el Monasterio de las Descalzas Reales. Pero el rey no aceptó, deseaba que ella continuara en Flandes. Entonces se estrechó su relación con Rubens, que como decíamos se convirtió en su consejero, y en pintor de su Corte.

En aquel momento el pintor de los archiduques era Jan Brueghel el Viejo. Juntos, ambos artistas, que parece fueron también amigos, realizaron algunas obras maestras, como los inigualables cinco cuadros dedicados a Los Sentidos, hoy en el Museo del Prado. Y el retrato de La infanta Isabel Clara Eugenia. Rubens pintó el retrato y Brueghel el paisaje.

La Infanta Isabel Clara Eugenia (h. 1615). Museo del Prado.

La Infanta Isabel Clara Eugenia (h. 1615). Museo del Prado.

En 1622 Rubens inició otra de las actividades importantes en su vida, la Diplomacia, al servicio de la Monarquía Española. Dos años después, gracias a Isabel, el rey le concedió cartas de nobleza.

Hacia 1625, tenía ya 48 años, recibió el encargo de Isabel Clara Eugenia de diseñar una serie de tapices sobre la exaltación de la Eucaristía, gran dogma del Catolicismo que defendía la Monarquía, para el Monasterio de las Descalzas Reales en Madrid.

descalzas portada

El Convento de las Descalzas, en la plaza del mismo nombre, es una de las joyas madrileñas. Fundado en 1557 por Juana de Austria, hija de Carlos I e Isabel de Portugal, en el palacio que habían ocupado sus padres y donde ella misma había nacido. Los tapices encargados a Rubens por la infanta Isabel Clara Eugenia son uno de los grandes tesoros que guarda.

Rubens pasó solo unos meses en Madrid. Llegó en agosto de 1628 en misión diplomática, para informar al rey sobre las negociaciones de un tratado de paz. Instalado en el Real Alcázar conoció a Diego Velázquez entonces pintor de Cámara.

En Velázquez y Rubens. Conversación en El Escorial, el escritor Santiago Miralles recrea, imagina, las conversaciones que pudieron existir entre ambos artistas, basándose en hechos reales y los datos entresacados de una amplia bibliografía. Presenta un Velázquez tranquilo, agudo, conciliador… frente a un Rubens experimentado –era más de veinte años mayor–, orgulloso, seguro de sí mismo… ambos ingeniosos… el libro es una delicia. En una estancia del Monasterio, mientras beben vino, hablan de lo que era el oficio de pintor, lo que debería ser, de sus ambiciones, de sus colegas… Rubens es implacable con los pintores españoles, solo tiene buenas palabras para Velázquez, su acompañante en el Alcázar y en este viaje al Escorial.

Por entonces “Rubens es un hombre alto y elegante de cincuenta años, pelo castaño claro con grandes entradas que disimula peinándose hacia delante. Gasta barba y bigotes, y tiene la tez sonrosada. Expresivo y risueño, viste con suma distinción y riqueza. Habla un castellano muy correcto con ligero acento flamenco y resonancias de italiano”.

Rubens. Autorretrato, 1623 (Rubenshuis, Amberes)

Rubens. Autorretrato, 1623 (Rubenshuis, Amberes)

Los expertos coinciden en que Rubens ejerció una gran influencia sobre el joven Velázquez y su intervención debió ser decisiva para hacer posible su primer viaje a Italia. La estancia de Pedro Pablo Rubens en la Corte del rey Felipe IV fue muy fructífera y en cualquier caso dejó un buen legado que actualmente en gran parte podemos contemplar en el Museo del Prado.

El encargo de la infanta consistía en la realización de veinte tapices. El trabajo, ejecutado en Bruselas donde se encontraban los mejores talleres, fue largo y costoso; los primeros llegaron a Madrid en 1628 y los últimos en 1633 para ser instalados en la iglesia del convento. Sus dimensiones son grandiosas, tienen cinco metros de alto, algunos son cuadrados, otros casi siete metros de anchura.

Como hemos mostrado repetidamente en este blog, en el siglo XVII fue habitual el uso del trampantojo. Rubens fue quien lo introdujo en los tapices, esta fue la primera vez en que las escenas no estaban rodeadas por cenefas sino por arquitecturas fingidas. Las escenas en cada tapiz simulan a su vez ser telas colgadas de dichas arquitecturas barrocas.

Con el fin de exaltar el sacramento de la Eucaristía el pintor se sirvió de diversos lenguajes, la metáfora, las fábulas, las alegorías… utilizó los mitos una vez más demostrando su gran cultura y conocimiento de la historia Antigua. Lo barroco y el dramatismo dominan las historias y los personajes.

El proceso fue complejo, de cada obra el artista primero realizó un boceto pequeño y simple. Luego pintó bocetos muy terminados, los llamados modelos, óleos sobre tablas de roble que muestran la escena invertida respecto a la obra final debido a las técnicas obligadas en la producción del tapiz.

La victoria de la Verdad sobre la Herejía (1625-25) óleo sobre tabla, 64,5 x 90,5 cm. Museo del Prado

La victoria de la Verdad sobre la Herejía (1625-25) óleo sobre tabla, 64,5 x 90,5 cm. Museo del Prado

Seis de los bellísimos modelos se encuentran en el Prado desde el siglo XIX. En este pequeño formato se muestra la exquisitez de la que era capaz Rubens pintando. Habían pertenecido a Gaspar de Haro y Guzmán, Marqués del Carpio y de Eliche, y en 1689 pasaron a manos del rey Carlos II. En el siglo XVIII sufrieron añadidos de madera de pino que dañaron las pinturas y desvirtuaron la idea original.

Las imágenes de los modelos fueron trasladadas a los cartones, pintados por los ayudantes de su taller ya en el tamaño definitivo. De los cartones se conservan otros seis, en museos extranjeros. Finalmente, los mejores tejedores de dos talleres de Bruselas realizaron los tapices, en seda y lana. Todos se conservan en el Monasterio de las Descalzas.

Como siempre en Semana Santa, este año varios de ellos han sido colocados en el Claustro de la Iglesia y expuestos al público durante unos días.

claustro Descalzas copia

Luego habrán vuelto a su ubicación habitual, en el Salón de Tapices, antiguo dormitorio de las monjas, donde se pueden admirar todo el año.

Descalzas

El Museo del Prado destina una atención preferente a quien sin duda es uno de los grandes pintores de la historia. Le ha dedicado a lo largo de los años diversas exposiciones. La penúltima, Rubens, a finales de 2010, comienzos de 2011, que reunió en dos salas dedicadas a las exposiciones temporales las pinturas que posee el museo con el fin de acercar el arte de este extraordinario pintor al público. En ella pudimos contemplar todas sus obras maestras, incluidos los seis modelos, óleos sobre tabla, antes de la restauración, que fue acometida ese mismo año 2011.

folletos copia

La difícil y delicada restauración que ha necesitado tres años de trabajos ha conseguido la recuperación de las pinturas originales, tal como Rubens las creó, sin añadidos. Ahora, desde el pasado 25 de marzo hasta el 29 de junio, se pueden contemplar en la pequeña pero espectacular exposición Rubens. El triunfo de la Eucaristía.

La pintura que abre la muestra es, no podía ser de otra forma, el retrato de La infanta Isabel Clara Eugenia. A continuación las espléndidas tablas, que ahora podemos contemplar, recuperado el formato original y su lujoso colorido, por primera vez cuatro de ellas junto a los tapices correspondientes, procedentes de las Descalzas.

Imagen: Museo del Prado

Imagen: Museo del Prado

Las buenas relaciones de Rubens con Felipe IV continuaron toda su vida, cumpliendo muchos encargos para el rey que se convirtió en el mayor admirador y coleccionista de su obra, gracias a lo cual hoy día disfrutamos en el Museo del Prado de una gran parte.

Pedro Pablo Rubens murió en Amberes el 30 de mayo de 1640 poco antes de cumplir los 63 años. Dejó una preciosa herencia, alrededor de mil quinientos cuadros en el mundo, siendo el Prado el museo que guarda la mayor colección, casi cien pinturas, de las que actualmente en la Colección permanente se exponen alrededor de treinta y cinco.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía y fuentes:

Pérez Preciado, J.J. y Vergara, A. Folleto exposición: Rubens. Museo del Prado 2010-2011.
Santiago Miralles. Velázquez y Rubens. Conversación en el Escorial. Ed Turner. Madrid 2010.

Alejandro Vergara. Conferencia: Rubens. El triunfo de la Eucaristía. Museo del Prado, 9 abril 2014.

Rubens. El triunfo de la Eucaristía
Museo del Prado.
Hasta el 29 de junio 2014

Monasterio de las Descalzas Reales
Plaza de las Descalzas
Madrid

 

Como sabemos, este 2014 se conmemora el IV Centenario de la muerte de El Greco en Toledo. Con este motivo a lo largo del año vamos a tener ocasión de ver magníficas exposiciones y recordar su vida y su obra. Se trata de un acontecimiento artístico de enorme importancia de modo que no podemos dejar de hablar aquí sobre el pintor y modestamente sumarnos a este homenaje al artista, uno de los más grandes de todos los tiempos. A la poderosa atracción que a veces ejerce su personalísima obra ante nuestra mirada se añade que se trata de un personaje algo enigmático tanto por su pintura como por su vida de la que se ignoran muchos detalles.

Doménikos Theotokópoulos, El Greco, nació en 1541 en Candía, capital de la isla griega Creta, entonces perteneciente a la República de Venecia. Con 22 años ya era maestro de pintura. Con muchas lagunas y algunos datos confusos, se sabe que de Creta fue a Venecia donde vivió un tiempo, luego realizó un viaje por diversas ciudades de Italia, y finalmente hacia 1570 se instaló en Roma, hasta 1577 en que viajó a España. Tenía 36 años.

Estuvo primero en Madrid, al parecer intentando trabajar para la Corte del rey Felipe II, pero no lo consiguió. Así que decidió trasladarse a Toledo donde trabajó y vivió hasta su muerte, realizando escasos viajes y siempre por motivos profesionales.

Recién llegado a Toledo tuvo una relación amorosa con Jerónima de las Cuevas, de la que al año siguiente nació su hijo Jorge Manuel Theotocopuli –Domenico ya había italianizado su nombre y su apellido–, pero nunca se casaron.

El caballero de la mano en el pecho, h.1580 (Museo del Prado)

El caballero de la mano en el pecho, h.1580 (Foto: Museo del Prado)

Su arte, incomprendido durante los siglos XVII y XVIII, también esconde misterios, que solo los estudios iniciados en el siglo XX están revelando. Su pintura cuyo análisis llevó a teorías absurdas, como que padecía locura o defectos visuales, se ha demostrado que fue fruto de una evolución intelectual y personal y de la maestría de un genio. Visto con la perspectiva que nos ha dado el tiempo, fue el primer pintor moderno, precedente del gran Velázquez.

Hoy día, además de alguna colección particular, en Madrid son varios los museos o instituciones que poseen obras suyas o de su taller; el Museo Lázaro Galdiano, Cerralbo, la iglesia de San Ginés (impresionante su Expulsión de los mercaderes del templo), el Thyssen, el Museo del Prado…

Aunque la única obra importante que El Greco realizó para nuestra ciudad fue el retablo del templo del Colegio de la Encarnación o de María de Aragón, encargo que recibió en 1596 y que se convirtió en el trabajo mejor pagado de toda su vida. Sin embargo la extraordinaria obra, creada en plena madurez, fue objeto de comentarios negativos, las pinturas incluso fueron consideradas “creaciones nacidas del delirio”.

Según las conclusiones del Congreso celebrado en el Museo del Prado en 2000, la monumental obra estaba formada por la estructura arquitectónica, seis esculturas y siete pinturas. De todo ello solo se conservan seis pinturas. Las obras, óleos sobre lienzo, fueron desmontadas durante el reinado del rey francés José I. Después de una serie de avatares y traslados fueron felizmente recuperadas para el Museo del Prado (excepto una, La Adoración de los Pastores que se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Rumanía) procedentes del Museo Nacional de Pintura y Escultura, más conocido como Museo de la Trinidad.

Las cinco obras, firmadas, forman parte de la Colección Permanente del Museo del Prado, que dedica tres maravillosas salas (8, 9 y 10 B) a este pintor incomparable.

La Anunciación, 1597-1600, 315 x 174 cm. (Museo del Prado)

La Anunciación, 1597-1600, 315 x 174 cm. (Foto: Museo del Prado)

Acompañan a las esplendorosas pinturas que formaron parte del retablo una serie de obras maestras, como La Fábula, que representa de manera perfecta la luz que ilumina el rostro del pícaro; la famosa Caballero de la mano en el pecho, una de las obras procedentes de la Colección de Felipe V en la Quinta del Duque del Arco en el Pardo. Etc.

Además, el Prado prepara dos exposiciones temporales para este año de celebración. El próximo mes de abril presentará La biblioteca del Greco, y en junio El Greco y la pintura moderna.

Por su parte, el Museo Thyssen se ha adelantado y ya ha inaugurado El Greco, de Italia a Toledo, una pequeña pero valiosísima muestra basada en el estudio técnico de las cuatro obras que posee, que podemos visitar hasta el 2 de marzo. Ubicada en la Sala Contextos en la primera planta, la entrada es gratuita.

Se exponen los resultados de un estudio realizado mediante análisis químicos, imágenes infrarrojas y radiografías con el fin de investigar la evolución del artista desde sus inicios en Italia hasta su etapa final en Toledo.

thyssen expo

La Anunciación, 1576, 117 x 98 cm. (Museo Thyssen)

La primera obra es la Anunciación pintada en 1576 probablemente durante su estancia en Roma antes de su viaje a España. Otra es la realizada hacia 1596-1600, ya en Toledo, versión en pequeño tamaño o tal vez un boceto de la Anunciación que pintó para el retablo del Colegio de Doña María de Aragón en Madrid que hemos visto en el Museo del Prado.

La Anunciación, 1596-1600, 114 x 67 cm. (Museo Thyssen)

La Anunciación, 1596-1600, 114 x 67 cm. (Museo Thyssen)

Contemplando estos lienzos se aprecia la evolución de su pintura, desde su primera época bajo la influencia de los maestros italianos hasta su singularísima pintura en la que el dibujo cedió su lugar a una pincelada más suelta de tono impresionista y sus figuras alargadas tan personales.

La Anunciación, 1576 (detalle) (Museo Thyssen)

La Anunciación, 1576 (detalle) (Museo Thyssen)

La Anunciación, 1596-1600 (detalle) (Museo Thyssen)

La Anunciación, 1596-1600 (detalle) (Museo Thyssen)

Pura pintura, que también esconde su personalidad, para algunos extravagante. Lo que no hay duda es que fue un hombre muy culto, que le gustaba vivir bien, que consideraba que ser artista no era solo un oficio manual, como aún era considerado en España, sino algo más elevado, una filosofía, un trabajo que merecía ser bien pagado. Tuvo muchos pleitos por eso, pero curiosamente guardaba una gran parte de su obra, en lugar de venderla.

A medida que se hacía mayor su taller fue creciendo, uno de sus discípulos fue su propio hijo que se casó en Toledo y lo convirtió en abuelo.

El genial pintor murió sin haber dictado testamento, a la edad de 73 años, en Toledo el 7 de abril de 1614. Aunque sí dejó escritos con sus opiniones sobre el arte, anotaciones en los márgenes de algunas obras de su biblioteca, que explican en parte quién fue Doménico, el griego, y el porqué de su pintura y comportamiento.

Por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Calvo Serraller, Francisco. El Greco. Alianza Cien nº 49. Madrid 1994.

Pita Andrade, J.M. y Almagro, A. “Sobre la reconstrucción del retablo del Colegio de doña María de Aragón” en Actas del Congreso sobre el Retablo del Colegio de doña María de Aragón del Greco. Madrid 2001.

Marías, Fernando. El Greco. Guía de Sala. Fundación Amigos Museo del Prado. Madrid 2010.

Hace unos días, visitando la nueva Sala Várez Fisa del Museo del Prado que contiene las doce espléndidas obras de arte español del Románico al Renacimiento donadas por esta familia, pensaba que era una suerte que el museo reciba este tipo de legados que nos brindan la oportunidad de admirar el arte medieval del cual desgraciadamente subsisten escasos ejemplos en Madrid. Una de ellas es un espectacular artesonado de madera tallada y policromada procedente del sotacoro de la iglesia de Santa Marina de Valencia de Don Juan (León). Es una obra anónima realizada hacia 1400 en un taller leonés. Mide 11,4 metros de largo por 6,05 de ancho; representa numerosas figuras profanas y religiosas además de escudos familiares y el escudo de Castilla y León.

Contemplando esta impresionante techumbre plana que cubre toda la sala y las demás obras de pintura románica que se exponen en el Prado recordé una de nuestras joyas, la ermita de Santa María de la Antigua en Carabanchel, en cuyo interior se conserva un sencillo pero igualmente bello techo mudéjar.

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La ermita, antigua iglesia parroquial de la Magdalena, está en la calle de Monseñor Oscar Romero junto al Cementerio de Carabanchel al que desde el siglo XVII sirve como Capilla.

Detalle mudéjar junto al cementerio cristiano

Detalle mudéjar junto al Cementerio.

La torre de la iglesia de San Nicolás del siglo XII, Santa María la Antigua del XIII, la torre de la iglesia de San Pedro del siglo XIV y la Torre y la Casa de los Lujanes del XV, ­–en este caso un edificio civil–, son los recuerdos del pasado árabe madrileño y ejemplos del arte que los alarifes mudéjares realizaron en nuestra ciudad y sus aledaños tras la conquista de los cristianos a finales del siglo XI.

Santa María de la Antigua es la única iglesia mudéjar enteramente conservada en Madrid, además de la más antigua. No se conoce a ciencia cierta el momento de su construcción; según el Colegio de Arquitectos, la restauración y las recientes excavaciones han constatado que el ábside, los pilares y la portada sur datan de la primera mitad del siglo XIII. En cualquier caso, la historia de sus orígenes y la de los terrenos donde se asienta es antiquísima.

Los hallazgos arqueológicos a lo largo de los últimos siglos han revelado que en este cerro del histórico pueblo de Carabanchel, que a pesar de la cercanía de las zonas urbanas continúa ofreciendo un aspecto rural, existió población desde tiempos remotos, incluso anteriores a la llegada de los romanos.

El pasado romano de estos parajes se conoce desde el siglo XVIII cuando en sus proximidades fue descubierto el famoso Mosaico de Carabanchel, que hoy podemos contemplar en el Museo de San Isidro.

En los comienzos del siglo XX, cuando los Carabancheles aún no pertenecían a Madrid –fueron anexionados en 1948–, en los alrededores de la ermita se encontraron nuevos restos arqueológicos de población romana.

Más de noventa años después, en el verano de 1999 durante las obras de ampliación de la línea 5 del metro, actual estación Eugenia de Montijo, apareció un yacimiento de extraordinaria importancia. Restos pre-romanos y numerosas estructuras y materiales que demuestran la existencia de una gran Villa romana en los siglos I-II.

Sobre parte de este antiguo poblado, en el siglo XI-XII los mudéjares construyeron una iglesia, nombrada en el Códice de Juan Diácono (sg. XIII), que según dicen fue visitada por San Isidro, y así lo recuerda una placa municipal en el exterior.

placa San isidro

La modesta ermita actual es un valioso ejemplo de arquitectura mudéjar. Sus muros son de mampostería con verdugadas de ladrillo.

puerta

Destacan la preciosa portada de ladrillo con tres arcos rehundidos enmarcados en un alfiz y la singular torre maciza excepto en la zona del campanario; ésta mide 20 metros y es de planta rectangular. Junto al templo se encuentra la Sacristía, construida en el siglo XVII. Un elemento moderno es la escalera de metal adosada a la torre.

ext torre

Su interior guarda algunos tesoros. En 1995 aparecieron fragmentos de pinturas medievales y un pozo.

pozo

El pozo, probablemente del siglo XII, perteneció a la iglesia anterior, aunque quizá su origen se remonte a la época romana; unos años después fue hallado muy cerca un horno romano.

Ante los hallazgos en su entorno se sospechó la existencia de importantes restos bajo la ermita. Prácticamente todo el interior de la iglesia fue excavado.

Según publicó la prensa por entonces, uno de los descubrimientos más importantes fue un muro de grandes dimensiones perteneciente al templo primitivo, el que se supone acogió al Santo Patrón madrileño. También se hallaron cerámicas, entre ellas objetos domésticos carpetanos, de época pre-romana, pavimentos romanos y el citado horno –indica que quizá en este lugar estaban las casas de los trabajadores de la villa romana–, elementos mudéjares y sepulturas del siglo XVII; toda la historia de Madrid bajo el suelo de esta ermita.

Entre los años 2000 y 2002 se llevó a cabo su restauración y rehabilitación a cargo del arquitecto Pedro Iglesias.

nave

Detrás del retablo barroco que adorna el altar con algunas pinturas de la Escuela madrileña y una imagen moderna de Nuestra Señora de la Antigua, en el ábside semicircular aparecieron restos de pinturas románicas.

pinturas2

Lamentablemente no se pueden apreciar los temas representados pues la mayor parte ha desaparecido, pero ayudan a imaginar cómo debió ser este pequeño templo en el siglo XIII.

pinturas1

En la Epístola, junto al Altar, tras el retablo que la cubrió durante mucho tiempo apareció una hornacina con más restos de pinturas.

pinturas3

A los pies se encuentra el sencillo Coro.

detalle viga

Ubicado sobre vigas de madera decoradas con pinturas.

techos

Como en el caso de los frescos de los muros, la mayor parte se ha perdido pero se conservan algunas escenas dedicadas a San Isidro y castillos y leones del Escudo de Castilla, como en el bellísimo artesonado de la iglesia leonesa que ahora podemos admirar en el Museo del Prado.

detalle pintura

Por: Mercedes Gómez

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Museo del Prado
Sala Várez-Fisa: Edificio Villanueva, Sala 52 A, planta baja.

Ermita de Santa María la Antigua
Calle Monseñor Oscar Romero 92.
Metro: Eugenia de Montijo.
Según nos informa María Rosa en su post dedicado a San Isidro en la Ermita de Santa María de la Antigua, la iglesia se puede visitar los sábados a las 11 h. de la mañana.

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Bibliografía:

Florit, José Mª. “Restos de población romana en los Carabancheles (Madrid)”. Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid 1907.
Navascués, Pedro J. La ermita de Santa María la Antigua en Carabanchel (Madrid). revista Al-Andalus  (CSIC) nº 26. 1961.
Diario El País 25 agosto1999, 2 sept. 1999, 27 dic. 2005.
Diario El Mundo 21 sept. 1999.
C. Caballero, F.J. Faucha, I. M. Fernández, J.Mª Sánchez Molledo. Materiales Arqueológicos Inéditos Procedentes del cementerio parroquial de Carabanchel Bajo (Madrid). Estudios de Prehistoria y Arqueología Madrileñas, nº 12, 2002.
COAM. Guía de Arquitectura. Tomo II. Madrid 2003.

Blogs:
Guerra Esetena. Pasión por Madrid. Santa María la Antigua.

Hemos hablado aquí alguna vez del gran Diego Velázquez. De cómo además de llegar a ser Pintor de Cámara de Felipe IV, desempeñó varios cargos para su rey. Fue ujier, alguacil de casa y corte, aposentador…, y entre otras muchas cosas se encargó de la decoración de las dependencias del Alcázar Real. De su segundo viaje a Italia con el cometido de adquirir obras de arte antiguo que incrementaran la Colección del monarca. Hemos conocido algunas de las obras que compró, reproducciones de las más importantes esculturas clásicas mediante la técnica del vaciado en yeso o en bronce. Su influencia en otros artistas, como Carreño de Miranda

Sobre su pintura han escrito ampliamente los mejores especialistas, describiendo su espectacular uso de la perspectiva, la luz y el color –esos cielos velazqueños–, la pincelada suelta precursora de la modernidad, su pintura alla prima, o sea sin boceto previo…

Diego Velázquez es muy importante para el Prado, uno de sus grandes protagonistas.

Su figura esculpida por Aniceto Marinas en 1899 se encuentra en lugar de honor, frente a la entrada principal que recibe el nombre del genial pintor.

Velazquez estatua copia

Y al revés, la creación del Museo del Prado tuvo una importancia decisiva para el conocimiento y valoración de este artista que por una serie de razones no siempre fue tan admirado. Hasta la inauguración del museo en 1819 las pinturas de Velázquez solo podían ser contempladas en las estancias reales. A partir de entonces, alrededor de Las Meninas, se fueron instalando las obras maestras. De las más de noventa que posee la pinacoteca, hoy día hay casi sesenta fascinantes obras expuestas.

Hoy martes 8 de octubre se ha abierto al público la exposición Velázquez y la familia de Felipe IV, que muestra su trabajo como retratista los últimos once años de su vida y los diez años siguientes, el trabajo de sus sucesores, su yerno Juan Bautista Martínez del Mazo, y Juan Carreño de Miranda.

La muestra es pequeña, treinta lienzos, pero magnífica. Comienza en el momento en que Velázquez aún no había regresado de su segundo viaje a Italia, con algunos de los cuadros realizados en la corte papal, de gran expresividad, entre los que se puede admirar la versión de El Papa Inocencio X que el pintor se trajo a Madrid a su vuelta de Roma y que regresa a España por primera vez desde su salida durante la Guerra de la Independencia (actualmente en el Wellington Museum-Apsley House de Londres). La segunda sala enlaza con la historia de la familia de Felipe IV, su segunda esposa Mariana de Austria y su hija María Teresa (de su primera esposa, Isabel de Borbón), Las dos primas, madrastra e hijastra, casi de la misma edad. A continuación la sala dedicada a La infanta Margarita y la infancia es extraordinaria; asombran las miradas del niño Felipe Próspero y su perro, la dulzura de los rostros y el detalle de los trajes son inigualables.

Las dos últimas salas están dedicadas a Rodríguez del Mazo y Carreño de Miranda, pintores de Cámara sucesores del maestro. Entre otras obras admiramos un espléndido Carlos II de Carreño procedente del Museo de Bellas Artes de Asturias.

Finalmente, a la salida un letrero nos anima a continuar la visita contemplando Las Meninas, “obra que culmina la labor de Velázquez como retratista cortesano, que forma parte fundamental de esta exposición”, en su lugar habitual, la Sala 12.

Como dice Alberto Corazón en su artículo Velázquez en El Prado, el aliento de un genio, a Velázquez solo se le puede admirar con el lienzo ante nuestros ojos.

Sin duda en Madrid tenemos el privilegio de poder disfrutar de uno de los grandes pintores de todos los tiempos. Por eso solo queda animar a todos los amantes de la pintura a visitar esta exposición, contemplar los cuadros, y disfrutar.

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Velázquez y la familia de Felipe IV, en el Museo del Prado, desde el 8 de octubre 2013 al 9 febrero 2014.

Por Mercedes Gómez

El Museo Nacional de Pintura y Escultura, posteriormente llamado Museo Nacional del Prado, fue inaugurado en 1819 durante el reinado de Fernando VII, poco después de que muriera su segunda esposa María Isabel de Braganza, gran amante del arte, a quien recordemos se debió en gran medida la creación de la Pinacoteca.

En el extremo sur del edificio construido por Juan de Villanueva, al final del pasillo central, con vistas al Botánico, fue instalado el Gabinete de Descanso de Sus Majestades.

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Incluía un Salón y un pequeño cuarto de aseo o Retrete, en el que había un mueble-tocador de madera de caoba con incrustaciones de bronce dorado. Medía 0,70 cm. de alto, 2,14 de ancho y 0,58 de fondo, en forma de sillón. Tanto el asiento como el respaldo estaban forrados de terciopelo, y a los lados dos mueblecitos guardaban todos los objetos y productos necesarios para la higiene. Un estuche de viaje contenía todos los útiles necesarios, un espejo, una palangana, cepillo de dientes con mango dorado, una cajita dorada para polvos dentífricos… También disponían de un juego de agua con todas sus piezas, bandeja dorada, botella y vasos de cristal tallado.

Tanto el Salón como el Retrete, al modo de los palacios borbónicos, fueron adornados con una serie de decoraciones pictóricas. La obra quizá iniciada en tiempos de Fernando VII, finalizó en 1835, dos años después de la muerte del rey.

En 1866 se trasladó al Prado el lienzo que Vicente López, primer Pintor de Cámara de Fernando VII, había pintado al temple para el Palacete del Casino de la Reina. Para instalarlo en el techo, en el Salón se construyó una escocia o moldura cóncava cuya sección estaba formada por dos arcos de circunferencias distintas, y más ancha en su parte inferior. Las pinturas de los muros se perdieron.

En 1967 se acometieron nuevas reformas, la escocia fue eliminada y aparecieron restos pictóricos de la decoración primitiva que consistía en un friso alto pintado en grisallas que representaba una alegoría de las artes con niños jugando con elementos relativos a la Escultura, la Pintura y la Arquitectura en los dos lados mayores y otros dibujos de guirnaldas vegetales en los dos lados menores.

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Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

El antiguo Gabinete de Descanso hoy es la Sala 39 del Museo, dedicada a los Retratos de Pintura francesa del siglo XVIII, entre ellos Felipe V y su familia, de Van Loo, Luis I de Houasse, Fernando VI y Carlos III niños, de Jean Ranc… En el techo continúa la esplendorosa Alegoría de la donación del Casino a la reina Isabel de Braganza por el Ayuntamiento de Madrid, de Vicente López.

El Prado está lleno de sorpresas. Discreto, un poco escondido, también sigue en su lugar el cuartito de aseo ahora vacío que sí conserva sus hermosas pinturas, una de las escasas decoraciones originales que se conservan en el Museo.

puertas

Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

El antiguo retrete -2,70 x 2,45 metros-, que hoy comunica la Sala 39 con el pasillo en el extremo noreste del Edificio Villanueva, fue decorado exquisitamente. El suelo era de mármol y las paredes y el techo fueron cubiertos con pinturas al temple de estilo neoclásico, muy del gusto fernandino, a pesar de encontrarse ya en los comienzos del Romanticismo.

Gracias a Alfonso Pérez Sánchez se supo que las pinturas de ambas estancias fueron obra de Francisco Martínez, un casi desconocido pintor decorador que realizó sobre todo obras de carácter efímero. Apenas existen referencias a este artista y probablemente estas pinturas sean su única obra conservada.

Las pinturas del cuartito fueron restauradas en 1984 cuando estaban a punto de perderse debido a su mal estado.

Los muros están pintados al trampantojo simulando mármoles en tonos grises-verdosos en su parte inferior. En la superior, la pared frente al balcón que se asoma a la plaza de Murillo (hoy oculto tras una cortina blanca) muestra una extraordinaria hornacina fingida con tres estatuas de varones desnudos que sostienen un grutesco y un jarrón que refleja su sombra imaginada sobre el fondo.

3 desnudos

Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

La maestría del artista en esta técnica era indudable. Las molduras de las puertas también son falsas, como los jarrones y el cestito de flores.

flores

Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

Sobre la puerta que da a la Sala hay una inicial, la  “I”, que muestra que la obra fue  finalizada ya en tiempos de la regencia de Isabel II. La bóveda del techo con motivos florales, molduras fingidas y decoración en “ochos” es un bello ejemplo de pintura mural neoclásica.

techo retrete

Foto: Museo del Prado

También se conservan el mueble y los objetos del estuche de viaje de Fernando VII de los que hablábamos al principio, los podemos ver en el Museo del Romanticismo.

El mueble del retrete, de caoba, palma de caoba, bronce y terciopelo, construido hacia 1820 para el Gabinete de Descanso de Sus Majestades en el Museo del Prado…

retrete

… y sus útiles de aseo, un juego de aguamanil, cepillo de dientes, polvera, perfumador y dos vasos.

estuche objetos

Por: Mercedes Gómez

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Bibliografía:

A.E. Pérez Sánchez. El autor de la decoración del retrete de Fernando VII en el Prado. Boletín del Museo del Prado, vol. VII, n.º XIX, Madrid, enero-abril de 1986, pp. 33-38.

Museo del Prado

Museo del Romanticismo

En la Sala 75 del Museo del Prado hay una novedad inesperada: desde hace pocos días se expone la Vista de la fachada sur del Museo del Prado desde el interior del Jardín Botánico, de José María Avrial, óleo sobre lienzo, 43 x 51 cm., realizada en 1835.

La imagen que mostramos a continuación no hace justicia a la bella pintura, que a pesar de su pequeño tamaño brilla espléndida en la gran sala. Merece la pena acercarse a verla.

J.M. Avrial. Vista de la fachada sur del Museo del Prado (1835).

J.M. Avrial. Vista de la fachada sur del Museo del Prado

Ya conocemos la vida y la obra de José María Avrial, y sus fieles descripciones de los monumentos y lugares madrileños. Pero, como explica el letrero junto al cuadro, este artista no solo aportó su realismo al arte del siglo XIX sino que “el carácter anecdótico y pintoresco de la figuras, y el fuerte contraste entre luces y sombras” muestran una aproximación al Romanticismo.

Como hemos comentado otras veces, cualquier excusa es buena para ir al Museo del Prado, pero estos días, entre otras, se puede visitar la exposición La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny, cita obligada para todos los amantes del arte. Es sencillamente maravillosa.

Fachada norte Museo del Prado

Fachada norte Museo del Prado

Son cerca de trescientas obras del propio museo, de pequeño formato, muchas de ellas no expuestas habitualmente, que se van contemplando con admiración y expectación. Colocadas cronológicamente, todos los grandes maestros están representados en un montaje original y divertido que en cierto modo invita a jugar. Una serie de ventanas, alguna de ellas diminuta, comunican las salas y permiten distintos puntos de vista de las obras y la relación entre ellas, incluso algún visitante de repente parece el protagonista viviente de un retrato al otro lado del lugar donde nos encontramos. Parece que Manuela Mena, la Comisaria de la muestra, nos invita además de a mirar las pinturas y esculturas, a movernos y relacionarnos con el espacio y dejarnos asombrar.

No hay letreros junto a ellas, en su lugar se ha editado un pequeño librito en el que se detallan los cuadros y figuras que van desfilando ante nuestra mirada, que se puede consultar por orden, o a nuestro antojo. Otra opción es contemplarlos simplemente, sin leer quién los pintó o esculpió o cuándo, e imaginar, y solo disfrutar.

Desde la pequeña Atenea Partenos, una copia reducida del original de Fidias para el Partenón de Atenas del siglo II que nos recibe, -y podemos sumar a las imágenes de la diosa griega en Madrid-, hasta una curiosa postal, una fototipia de Mona-Lisa de principios del siglo XX que cierra la muestra, lo mejor es dejarse sorprender por las 281 obras que vamos descubriendo en este verdadero recorrido por la Historia del Arte más exquisito.

Si vais a ver la exposición no dejéis de ir a conocer la preciosa pintura de Avrial, o al revés, si vais a ver esta obra, entrad a ver la Belleza encerrada, no os defraudará.

por Mercedes Gómez

De vez en cuando me gusta volver a visitar las salas dedicadas a la escultura clásica en el Museo del Prado, y moverme despacio entre las figuras llenas de significados y simbolismos que nos trasladan al mundo Antiguo. Sobre todo de noche, con la luz artificial (Ariadna dormida reflejándose en los cristales que dan al patio, aún más esplendorosa), parece que cobran vida.

En la planta baja, junto a la sala 73 dedicada a la escultura clásica griega se encuentran la sala 74 y la sala 72, ambas con obras realizadas en talleres romanos.

La sala 72 está dedicada a la escultura mitológica romana en la que se exhiben reproducciones de obras griegas, generalmente perdidas. No solo son en cierto modo recuperaciones de las grandes obras del arte griego y sus dioses (Zeus, Heracles, Dioniso y Afrodita) sino que además son testigos del arte y del gusto clásico romano. En ella, entre otras figuras, encontramos las de cuatro deidades adoradas en Roma:

El gran Júpiter, la máxima divinidad y protector del Imperio romano; Hércules, héroe y hombre modélico; Baco, dios del vino, del bienestar y la diversión; y Venus, diosa del amor y de las mujeres.

En una de las esquinas vemos una gran figura de mármol, mide 1,84 m. Es conocida como la Venus de Madrid.

Venus de Madrid

Venus de Madrid. Museo del Prado.

Según el letrero junto a la estatua, se trata de una  variación de una Afrodita procedente de la acrópolis griega de Corinto fechada entre los años 320-300 a. C. En el original la diosa tenía el torso desnudo, aquí, como en otras réplicas, está vestida con un chitón o túnica fina.

Fue realizada hacia el año 150, hace casi mil novecientos años. A lo largo de todo este tiempo ha debido vivir muchas aventuras, algunas buenas, seguro, otras no tanto. Ya en el siglo XVIII llegó al Palacio Real de La Granja en Segovia, luego Carlos IV la llevó a Aranjuez. Por fin, procedente de la colección real, llegó al Prado.

En algún momento perdió los brazos y la cabeza, ¡ay!, pero hoy continúa en pie, discreta, resguardada en un rinconcito en el extremo sur de la planta baja del Museo, esta monumental y bella Venus de Madrid.

Por Mercedes Gómez

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Otros artículos:

Flora y Hércules.
Mitos griegos.
La diosa Atenea en Madrid.

Julio López Hernández nació en Madrid en 1930. Su familia era propietaria de una orfebrería, Talleres López, donde trabajaron su abuelo y su padre, de forma que tanto él mismo como su hermano Francisco, nacido dos años después, se inclinaron hacia el mundo del arte y ambos eligieron el oficio de escultor.

Estudiaron en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí, desde 1952 formaron parte de un grupo de jóvenes que compartían el gusto por el arte y la literatura, se hicieron amigos, algunos de ellos incluso se enamoraron y se casaron, y entre todos formaron la Escuela del llamado Realismo Madrileño.

Entre ellos, el famoso pintor y escultor Antonio López que aunque nació en Tomelloso, Ciudad Real, en 1949 llegó a Madrid con solo trece años de edad y desde entonces su vida ha estado ligada a nuestra ciudad. Antonio López se casó con la también pintora madrileña María Moreno. El resto del grupo estaba formado por Amalia Avia, casada con el abstracto Lucio Muñoz, que llegaría a ser una de las pintoras realistas más importantes. Su hermano Francisco López Hernández se unió a Isabel Quintanilla. Y el propio Julio López que casó con otra artista del grupo, Esperanza Parada. Esperanza –que había dejado de pintar hace muchos años- y Amalia murieron en los inicios del pasado año 2011.

Julio López Hernández en sus comienzos se dedicó a la escultura religiosa, aunque pronto se especializó en la llamada nueva figuración.

Refiriéndose a aquellos tiempos, él mismo ha contado: “Fue como una toma de conciencia… En un momento dado dejó de interesarme la forma y la búsqueda de soluciones puramente plásticas y decidí, influenciado por la lectura de Baroja y Machado, hacer realismo. Y esa ha sido mi pretensión desde entonces“.

“Habitación en Joaquín Costa” (1970). Colección ICO, exposición 2010.

Su obra se encuentra en diferentes museos y colecciones privadas. El Museo Reina Sofía parece ser que posee alguna, pero debe estar en los almacenes.

Hace pocos días pudimos ver la escultura de bronce Jacobo I, primer ejemplar de una edición de cuatro, en un balcón del Museo Lázaro Galdiano, dar la bienvenida a la exposición Coleccionismo al cuadrado. La Colección de Leandro Navarro. La obra, de 1975, procede de la Galería Claude Bernard de París.

Entre otros importantes premios, en 1982 Julio López obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas “por su sentido original de la escultura realista fuera de los cánones académicos y su revitalización del espíritu clasicista”.

En 1986 fue nombrado académico de número de la Real Academia de San Fernando de Madrid, ocupando la plaza que el año anterior había dejado vacante el escultor Pablo Serrano.

La relación con su amigo Antonio López ha continuado a lo largo de los años. Juntos han impartido cursos y talleres, y realizado algunas obras, en las que también ha participado su hermano Francisco.

En Madrid podemos contemplar varias obras suyas, esculturas fundidas en bronce. En la plaza de Santa Ana, mirando hacia el Teatro Español, se halla la figura del poeta Federico García Lorca finalizada en 1986, aunque debió esperar diez años en el Cuartel del Conde Duque a que acabaran las obras de la plaza y poder ser instalada. Fue solicitada al Ayuntamiento por el entonces director del Teatro, Miguel Narros, al celebrarse el cincuenta cumpleaños del estreno de Yerma. Se trata de una figura de tamaño natural que representa al poeta de pie, con una alondra en las manos.

Una lápida de piedra caliza muestra la inscripción “Madrid, a Federico García Lorca”, sobre el pedestal de granito.

En 1989 la Fundación Juan March donó al Museo del Prado la obra Un pintor en el Prado, instalada en los jardines al pie de la Iglesia de los Jerónimos. Representa un joven que lleva todos los materiales necesarios para emprender una pintura al aire libre. La obra muestra un gran realismo y detalle.

Frente a ella, en el interior del Museo del Prado, a cuyo Patronato pertenece el artista, se halla un gran medallón fundido en bronce en 1983 del Retrato de Juan de Villanueva pintado por Goya hacia 1800, guardado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Actualmente el medallón se encuentra en la Sala de las Musas, en la pared de estuco rojo pompeyano frente a los mostradores de información, sobre la puerta que comunica con la zona de acceso de la Puerta de Velázquez, puerta central del museo.

Muy cerca, en el Real Jardín Botánico, en una pequeña glorieta dedicada a los Jardines por la Paz existe una estatua realizada en 1991, titulada La niña.

Una de sus dos hijas, Marcela, sirvió de modelo hace más de veinte años. El nombre que dio el escultor a su obra entonces fue Hizo de su amor simetría, ya que la protagonista tiene entre sus manos una dalia, “quizás la flor que mejor representa la proporción áurea, la simetría del arte de la naturaleza”.

En el jardín frente a la Casa de Cantabria, en la calle de Pío Baroja, muy cerca del Retiro, podemos ver la estatua de otro poeta, un busto de bronce “de Madrid a Gerardo Diego” que fue instalado en 2003.

Finalmente, la obra pública más moderna esculpida por Julio López para Madrid es una escultura del año 1999, la figura del rey Juan Carlos I, situada a la entrada del edificio de la Asamblea de Madrid, en Vallecas.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

monumentamadrid
El País
Colección ICO. Exposición Escultura con Dibujo. Octubre 2010.

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