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La calle de Mejía Lequerica nace en la calle de Hortaleza, junto al antiguo Camino de Santa Bárbara, y llega hasta la de Sagasta, antigua ronda por donde hasta el año 1868 discurría la Cerca que rodeaba Madrid desde tiempos del rey Felipe IV.
En 1941 se le asignó el nombre de un médico y escritor, José Mejía Lequerica, nacido en Quito (Ecuador) en 1777, diputado de las Cortes de Cádiz, y fallecido en esa ciudad en 1813. Anteriormente fue la calle de la Florida, y aún antes, en el siglo XVII, era la calle de la Flores.
Es una calle corta pero con historia y edificios notables. En el nº 1 se encuentra la famosa Casa de los Lagartos, de comienzos del siglo XX. En los números 2 y 4, los Palacios del Conde de Villagonzalo y del Marqués de Ustáriz, recuerdos de otras épocas. Este último es uno de los pocos ejemplos de palacios del siglo XVIII que perviven en Madrid.
En el nº 8 se encuentra el edificio construido en 1913 por José María Mendoza Ussía para acoger la sede de la Papelera Española. El pasado mes de marzo, cuando estaba preparando el artículo dedicado a la cerámica de Juan Ruiz de Luna en Madrid, fui a esta calle con la intención de ver y fotografiar su fachada, decorada por el gran artista toledano, pero estaba cubierta por lonas de obra, igual que su vecino el Palacio de Ustáriz. Y no eran las únicas obras… la calle era prácticamente intransitable. La construcción de un aparcamiento para el futuro mercado de Barceló -también en marcha-, tras el derribo del antiguo, ocupaba toda la vía.
Un mes después El País publicó la noticia del hallazgo de un muro de sesenta metros de largo por uno y medio de ancho que recorre el último tramo de la calle. Aunque el titular era “Un gran muro del XVIII paraliza las obras en Mejía Lequerica” el reportaje planteaba dudas sobre si pertenecía a un antiguo cuartel o a una estructura hidráulica, quizá al antiguo Viaje de Agua de la Castellana.
Estos días de agosto el paseo por la calle de Mejía Lequerica nos depara algunas novedades. Una parte del Palacio de Ustáriz ha sido derribada, aunque en el antiguo jardín sobreviven sus majestuosos árboles.
La rehabilitación del magnífico edificio de la Papelera Española ha terminado, al menos en su exterior.
Un cartel anuncia las “obras de rehabilitación con acondicionamiento general y reestructuración parcial para uso hotelero”. Sobre una de las ventanas se conserva el viejo letrero Central de fabricantes de papel, y los frisos decorados por Ruiz de Luna ahora lucen esplendorosos.
Continúan las obras de construcción del mercado y del aparcamiento. Respecto al hallazgo arqueológico, por una rendija contemplamos el grueso “muro” tapado, aunque algún arco de ladrillo se muestra indiscreto, y nos recuerda el aspecto de las galerías de los antiguos Viajes de Agua que bajaban desde el norte y se adentraban en la Villa por esta zona de Madrid.
Muy cerca, en las proximidades de las Puertas de entrada al recinto urbano, se encontraban las arcas principales donde se medía el agua, desde donde partían las galerías que la conducían al interior de la ciudad. Recordemos también que, a pocos pasos de aquí, bajo el Museo Municipal fue encontrada una noria, quizá perteneciente al Viaje de la Alcubilla.
La construcción se adapta a la forma de la antigua calle de la Flores, cuando en su último tramo llegaba a encontrarse con la Cerca que cerraba Madrid en el siglo XVII, tal como nos muestra el plano de Pedro Texeira.
Estos descubrimientos sirven para conocer mejor nuestra historia, ojalá se aclare la procedencia del singular hallazgo. Y nos lo cuenten.
por Mercedes Gómez
El pasado viernes día 29 de abril varios medios digitales publicaron la noticia, algunos de ellos incluyendo la foto de los protagonistas a las puertas del Palacio. Ambas partes también lo publicaron en sus respectivas páginas web:
La Comunidad de Madrid ha suscrito un acuerdo con la New York University, importante universidad privada estadounidense, para que esta se instale en el Palacio del Marqués de Salamanca en la Quinta de Vista Alegre. El acuerdo supone que, si se rubrica, la Comunidad cederá el palacio durante 40 años por un alquiler aún indeterminado, y a cambio se compromete a rehabilitarlo.
Ojalá esto acabe siendo una buena noticia para Madrid, pero tras el fracaso -al menos por ahora- de nuestra solicitud de protección como bien de interés cultural para la Quinta de Vista Alegre, podemos preguntarnos qué pasará con el antiguo Real Sitio, el único sin la catalogación de BIC, al ser considerado únicamente un patrimonio desde el punto de vista económico, no histórico ni artístico, o eso parece.
Dice la nota de prensa de la Comunidad que “en este Palacio del Marqués de Salamanca, un edificio del siglo XIX y patrimonio regional, se instalaría la universidad, junto con una residencia universitaria.”
¿Hay vía libre para construir?.
La Universidad afirma en su web refiriéndose a los terrenos de Vista Alegre que “the Madrid government has said is available for construction”. ¿Que el Gobierno de Madrid ha dicho que están disponibles para la construcción?.
¿Qué supondrá para este palacio su rehabilitación para acoger una universidad privada?. ¿Qué efecto tendrá sobre el Jardín Histórico, podrá ser recuperado o desaparecerá definitivamente?.
Lo siento, hoy solo se me ocurren preguntas.
Porque sobre Vista Alegre y este Palacio creo que en este blog ya lo hemos contado y mostrado todo. Bueno, casi todo.
por Mercedes Gómez
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Artículos anteriores:
La Quinta de Vista Alegre ¿Bien de Interés Cultural?.
Huellas del Marqués de Salamanca en Vista Alegre.
Saber más sobre Vista Alegre.
Finca Vista Alegre, patrimonio desaparecido.
Reportaje sobre Vista Alegre en el diario Qué!.
La Quinta de Vista Alegre, Carabanchel Bajo, Madrid.
¿Por qué la Quinta de Vista Alegre debería ser BIC?.
La Quinta de Vista Alegre ¿Bien de Interés Cultural? (II).
El Salón Árabe.
JARDINES DEL PASEO DEL PRADO-RECOLETOS (IV)
Continuando con los jardines del Paseo de Recoletos, hoy os invito a visitar el Jardín del antiguo Palacio del Marqués de Salamanca, situado en el nº 10, considerado de Interés Histórico.
Como ya comentamos durante nuestra visita al cercano Palacio de Linares, el Marqués de Salamanca fue el primer financiero de la época en prever el valor que adquirirían estos terrenos, situados entre la huerta del Convento de los Agustinos Recoletos –derribado en 1836- y el Pósito, y decidió construir aquí su palacio, alrededor del cual se instalaron otros, llegando la zona a ser conocida como el “barrio de los banqueros”.
Pero en un principio la casa quedó situada en un lugar un tanto raro para un palacete, más fabril que palaciego, entre el Pósito, que aún no había sido derribado, y la Fábrica de Carruajes con su gran chimenea, como se aprecia en el famoso grabado de Alfred Guesdon. Por eso la opinión unánime es que don José tuvo una gran visión de futuro.
José de Salamanca encargó el proyecto al entonces Arquitecto Mayor de Palacio, Narciso Pascual y Colomer, en el año 1846, cuando sus negocios se encontraban en un buen momento. El arquitecto diseñó tanto el palacio como el jardín.
En origen el edificio era exento, únicamente constaba del cuerpo central rectangular, rodeado por el jardín y cerrado por una verja. Al contrario que otros palacetes construidos por la misma época, con su fachada a la calle, el Marqués de Salamanca construyó el suyo alejado del Paseo por un frondoso jardín.
Tras un primera quiebra económica, que interrumpió la construcción del palacio, por fin fue finalizado en el año 55, siendo los años siguientes la etapa más próspera del Marqués.
Colomer diseñó una entrada monumental, que quedó reflejada en un precioso dibujo conservado en el Archivo de la Villa, que desapareció muy pronto, apenas un año después de finalizar la obra, al ser modificada la alineación del Paseo de Recoletos, que robó unos metros al jardín.
El Jardín rodeaba el Palacio, con parterres curvos de estilo paisajista en la parte posterior y en la anterior, y estrechos parterres geométricos en los laterales. Tras el edificio se instaló una estufa o invernadero que había sido realizado en unos talleres de Londres en hierro y cristal, y que costó 100.000 pesetas de la época.
En 1876 nuevamente la ruina financiera le obligó a vender el Palacio, que fue adquirido por el Banco Hipotecario. Como sabemos, el Marqués de Salamanca murió unos años después en su Palacio de la Quinta de Vista Alegre.
A partir de la venta, varias ampliaciones y reformas fueron transformando el edificio y el jardín originales.
La única zona ajardinada que pervive es la delantera, frente a la fachada, donde se conservan tres fuentes,
y dos imponentes Cedros del Líbano de la plantación original.
El Palacio de Salamanca en Recoletos hoy está rodeado por otras construcciones, producto de las sucesivas ampliaciones llevadas a cabo, pero continúa resguardado por los majestuosos árboles plantados en época del Marqués.
Adquirido por otra entidad financiera a finales del siglo XX, actualmente tiene dos entradas, una en el Paseo, y la otra en la esquina con la calle de Salustiano Olózaga.
Varias esculturas pertenecientes a la Colección de los actuales dueños del edificio acompañan ahora a las antiguas fuentes. Obras de Cristina Iglesias, Miquel Navarro, Francisco Leiro y Andreu Alfaro.
El Marqués de Salamanca fue coleccionista de arte, seguramente si hubiera vivido en el siglo XXI habría sabido elegir también entre los artistas hoy día más cotizados.
No está permitido acercarse a contemplar las esculturas, ni las fuentes, hay que conformarse con verlo todo desde fuera, a través de la verja.
Pero existe otro lugar, abierto a todos, donde podemos buscar las huellas del Marqués de Salamanca y el recuerdo de lo que pudo ser su Jardín. La Estufa fue trasladada al Retiro, estuvo situada en el centro de La Rosaleda creada en los comienzos del siglo XX por Cecilio Rodríguez. Durante la guerra resultó destruida, solo se conserva el basamento de ladrillo que limita el estanque.
Sí se conservan dos fuentes deliciosas, realizadas en granito y mármol, la Fuente del Amorcillo y la Fuente del Fauno, también procedentes del Jardín del antiguo Palacio del Marqués de Salamanca en el Paseo de Recoletos.
Se cree que pudieron ser diseñadas, igual que el palacio y el jardín, por Narciso Pascual y Colomer.
Texto y fotografías : Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Catálogo Exposición Narciso Pascual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid Isabelino. Ayuntamiento de Madrid 2007.
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Otros artículos:
Paseo del Prado-Recoletos I.- El Jardín del Palacio de Linares.
Paseo del Prado-Recoletos II.- Paseo de Recoletos.
Paseo del Prado-Recoletos III.- El Jardín del Palacio de Buenavista.
JARDINES DEL PASEO DEL PRADO-RECOLETOS (III)
Retomamos los recorridos por los jardines históricos madrileños que perviven en algunas zonas de la ciudad. Ya tuvimos ocasión de pasear por algunos rincones de la Castellana, por el Paseo de Recoletos y nos adentramos en el Jardín del Palacio de Linares. Justo enfrente, en la otra esquina del Paseo con la calle de Alcalá, se encuentra el Palacio de Buenavista rodeado de un bello jardín de Interés Histórico-Artístico.
Situado entre las calles de Alcalá, Barquillo, Prim y el Paseo de Recoletos, parece una pequeña ciudad, con sus distintos edificios, calles y jardines.
La historia del lugar es muy antigua, allí vivieron ilustres personajes y sucedieron hechos notables durante siglos. Ya en el siglo XVI existía una casa-palacio en la colina conocida como Altillo de Buenavista, rodeada de huertas, a la salida del Camino de Alcalá. Eran las afueras de la Villa cuando Felipe II la eligió como capital, y el entonces propietario, el Cardenal Quiroga, se la cedió como casa de campo y lugar de descanso próximo al Alcázar.
Recordemos que en aquellos tiempos los límites de Madrid por el este se hallaban en la Puerta del Sol, una de las puertas de la Cerca que el propio Felipe II mandó levantar.
Los terrenos situados junto a la Casa, en el siglo XVII se convirtieron en la Huerta del Regidor Juan Fernández, entonces zona pública, de paseo y acaso devaneos, hasta el punto que Tirso de Molina escribió una obra titulada La Huerta de Juan Fernández, en gran parte escenario de la trama de esta comedia de enredo.
En 1769 don Fernando de Silva Álvarez de Toledo, Duque de Alba, adquirió estas casas llamadas de Buenavista y fue su nieta, la Duquesa de Alba, la famosa María Teresa Cayetana, quien inició la construcción de un gran palacio, junto a su esposo, José Álvarez de Toledo con quien antes de trasladarse aquí vivió en su Palacio de la calle de Don Pedro, que ya visitamos.
Pero del Palacio de Buenavista, actual sede del Cuartel General del Ejército, que posee maravillosos salones y obras de arte, quizá hablemos otro día, hoy recordemos la historia del jardín.
En época de José Bonaparte, se construyó la escalera que va desde el Palacio hasta la calle de Alcalá. La posesión, que había ido aumentando su extensión con las casas cercanas, estaba cercada por un muro.
Posteriormente se creó un jardín geométrico, al estilo francés.
Fue después de 1870 cuando se construyeron edificios accesorios, se instaló la bonita verja de hierro y el jardín se transformó al estilo paisajista.
En 1882 fue noticia la instalación de luz eléctrica que por la noche embellecía la vista del palacio y del jardín.

La Ilustración Española y Americana 1882 (en http://www.bne.es)
Constaba de varios parterres de formas curvas organizados alrededor de la gran escalinata, que siguen existiendo. En el paseo central, mirando hacia la calle de Alcalá, se instaló una escultura dedicada al Valor.
En la terraza superior, a cada lado, una encantadora fuente de piedra.
Árboles de varias especies, castaños de indias, cedros, magnolios… rodeados de césped y setos adornan el precioso jardín romántico. Leo que entre ellos hay dos árboles singulares, un Ginkgo o árbol de los cuarenta escudos, que mide más de 30 metros de altura, el más grande y más viejo de Madrid de esta especie procedente de China, con alrededor de 120 años de edad. El otro es una Casuarina, rara en Madrid, que con sus más de 20 metros es un ejemplar único.
Es bonito observar cómo, después de más de ciento cuarenta años, se conserva el trazado del jardín, por eso su valor no es únicamente histórico sino también artístico.
Ahora por la calle de Alcalá circulan coches en lugar de carruajes.
Pero el antiguo Altillo de Buenavista ahí continúa, el palacio casi oculto tras los hermosos árboles.
El jardín normalmente está cerrado al público, únicamente se abre en ocasiones especiales (Noche en Blanco, Semana de la Arquitectura…), al menos de momento.
En los comienzos de este mes de febrero de 2011, el Alcalde de Madrid presentó el Proyecto Madrid Centro, en el cual se proponen una serie de intervenciones y planes para Madrid, de futuro incierto. Uno de ellos consiste en abrir al público estos jardines del palacio de Buenavista. Volver a abrir al público, como en el siglo XVII, ¿será posible?.
Nunca se sabe. Como dice un personaje en la obra de Tirso, en aquella Huerta de Juan Fernández, hoy Jardín del Palacio de Buenavista,
… que aunque es confusión Madrid,
tiene mucha claridad su cielo, …
Texto y fotografías: Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Alfonso De Carlos. El Palacio de Buenavista. Revista Villa de Madrid nº 52. Madrid 1976.
Rafael Moro. Árboles de Madrid. La Librería 2007.
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Otros artículos:
Paseo de la Castellana I.- Jardín del Museo de Ciencias Naturales.
Paseo de la Castellana II.- El Barrio de Indo.
Paseo de la Castellana III.- El Jardín del Hotel Villa Magna.
Paseo del Prado-Recoletos I.- El Jardín del Palacio de Linares.
Paseo del Prado-Recoletos II.- Paseo de Recoletos.
En el nº 122 de la calle de Serrano se encuentra uno de los grandes museos de Madrid, el Museo Lázaro Galdiano, lleno de maravillas de todas las épocas y estilos, representados todos los grandes maestros de la Historia del Arte. El Greco, Sánchez Coello, El Bosco, Goya… Delicadas joyas, exquisitos libros, pintura gótica, escultura renacentista, pintura barroca… Obras adquiridas por José Lázaro Galdiano a lo largo de toda su vida, que colocó y cuidó con cariño, continúan entre las paredes de su Palacio, a disposición de todos, tal como él quiso y decidió antes de morir.
José Lázaro Galdiano nació en Beure, Navarra, el 30 de enero de 1862. Muy joven se trasladó a Barcelona para estudiar, ciudad en la que comenzó a trabajar, en la Compañía Transatlántica, y a aficionarse a la lectura, al arte, y al coleccionismo.
No cabe duda de que fue un personaje especial. Gran financiero, se convirtió en accionista principal en Banca –fue fundador del Banco Hispano Americano-, Transportes, etc. supo incrementar la fortuna de su adinerada familia y luego la suya propia, pero también gastó mucho dinero de forma altruista, con el único objetivo de potenciar la cultura española.
Lázaro fue el creador y director de la editorial La España Moderna, y de la revista del mismo nombre, que se publicó desde enero de 1889 hasta diciembre de 1914.
A los 25 años se instaló en Madrid, en la calle Fomento, y animado por el mundo cultural que conoció en la capital decidió fundar la revista, que le ocupaba “el día y la noche enteros”. El entonces joven José buscaba engrandecer la cultura y no lucrarse, para ello buscó la colaboración de los más renombrados intelectuales, como Galdós, Clarín, Pereda, Emilia Pardo Bazán, Unamuno…
Emilia Pardo Bazán fue su gran amiga en los primeros años de la década de los 90, y dicen que amante, pero dejando aparte este aspecto que forma más parte del mundo de los chismes, lo realmente importante y cierto es que jugó un papel decisivo, aconsejando y difundiendo la revista, y le dio su apoyo en aquellos comienzos. Suyo es el primer escrito del primer número de la revista.
En 1903 José se casó con la bella Paula Florido, argentina, también muy rica, seis años mayor que él, y que antes se había casado tres veces y enviudado otras tantas. Ella también era aficionada al coleccionismo, se conocieron y enamoraron en la tertulia de un Anticuario a la que él solía acudir, y juntos formaron la gran Colección que poco a poco iría adornando su palacio, el Palacio de Parque Florido, así llamado en homenaje a ella.
El mismo año de la boda José Lázaro encargó su construcción en un solar adquirido en la calle de Serrano esquina López de Hoyos, al arquitecto José Urioste. Por entonces, este punto era el final de la urbanización de la calle Serrano, en la que ya quedaban muy pocos solares disponibles.
Tras muchos problemas y desacuerdos entre ambos, participación de otros arquitectos y ligeros cambios del proyecto inicial, la obra fue finalizada en 1908 por Francisco Borrás. Al año siguiente se dio por terminada la decoración del palacio, muy trabajosa y compleja, dirigida también por Borrás, quedando inaugurado uno de los palacetes más lujosos de la época.
El mismo Borrás construyó junto al palacio la sede de la editorial, edificio actualmente ocupado por oficinas, el auditorio, la biblioteca, la revista Goya y otras dependencias, aunque del edificio original apenas se conserva parte de la fachada que da al jardín.
El palacio, aunque reformado entre 1949 y 1950 por Chueca Goitia para transformarlo en museo, se conserva totalmente.
La planta baja estaba ocupada por el servicio, y la segunda por los dormitorios de los dueños. La primera, estaba prácticamente dedicada a guardar los objetos, cuadros, etc. que iban adquiriendo en tiendas o subastas.
El palacete estaba rodeado por un jardín romántico, adornado con esculturas, flores y árboles.
En 1932 murió Doña Paula, y don José, muy afectado y entristecido, se fue apartando de la vida social, se dedicó a viajar y se trasladó a vivir a Nueva York, hasta 1945 en que volvió a Madrid, donde murió dos años después.
Don José Lázaro Galdiano durante toda su vida adquirió arte, fue casi una obsesión, llegando a reunir una de las Colecciones más importantes de Europa, que legó al Estado español, junto con su fortuna, su palacio y su jardín.
Los árboles del Jardín del Museo Lázaro Galdiano son imponentes, fueron creciendo junto al palacio a lo largo del siglo XX. Uno de los más significativos era una haya roja centenaria, plantada por orden del propio Lázaro frente al torreón donde instaló su despacho.
Desgraciadamente, estaba enferma, y a finales de 2008 fue talada. Su pérdida fue importante para el Museo y también para Madrid. Se trataba de un árbol casi único, dicen que sólo en el Botánico se puede encontrar un ejemplar de tales características.
El Museo decidió que el árbol caído no debía ser olvidado. Allí pervive, junto a una haya joven recién plantada, la base del viejo tronco del árbol talado, y una placa conmemorativa que recuerda las fechas importantes en la historia del lugar. Los anillos de la corteza del árbol representan el paso del tiempo y la historia de estos cien años.
En el cristal de la ventana de la planta baja del torreón desde la que durante un siglo pudo contemplarse el árbol, continúan reflejándose sus ramas.
Este año 2010 una pequeña exposición instalada en la sala 6, conmemora los 100 años de existencia del palacio y su jardín, 100 años de Parque Florido: de Palacio a Museo.
Texto y fotografías por : Mercedes Gómez
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Museo Lázaro Galdiano
Calle Serrano nº 122
100 años de Parque Florido: de Palacio a Museo
Hasta el 12 de diciembre
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Fuentes:
Museo Lázaro Galdiano
R. Asún. La Editorial La España Moderna.
Hoy os propongo que sigamos recorriendo la calle de Alcalá y conociendo su historia. Nuevamente, uno de los cuadros de Antonio Joli nos sirve de ilustración. Recordemos que representa el Madrid de mitad del siglo XVIII:
A la derecha, frente a la Iglesia de San Hermenegildo -actualmente de San José-, podemos ver la fachada del desaparecido Convento de Carmelitas Recoletas, conocido por el nombre de Convento de las Baronesas en alusión a su fundadora, la baronesa doña Beatriz de Silveyra. Las religiosas se instalaron en el edificio el 15 de agosto de 1651, aunque la construcción de la iglesia no fue iniciada hasta 1675. Obra del arquitecto Juan de Lobera, fue acabada por su yerno Juan de Pineda, al cabo de 25 años y habiendo ya muerto la baronesa. Construida al estilo del primer barroco madrileño, debió ser una bonita iglesia. Además había en su interior notables obras de arte, como un Apostolado, del Greco, o un San Rafael de Lucas Jordán.
Junto al convento, en la esquina de la actual calle del Marqués de Cubas -entonces calle del Turco- se encontraba la casa-palacio, que también se aprecia en la pintura de Joli, y que era propiedad del Conde de Miranda desde el año 1757. A comienzos del siglo XIX fue derribada para construir un nuevo palacio, que sería conocido como la Casa de los Alfileres por formar parte de la dote de la duquesa de Abrantes. En esta famosa casa los inquilinos se sucedieron. La marquesa de Ariza; el francés Ouvrad, llegado a Madrid con las tropas de Angoulème; ó Tatische, embajador de Rusia, ya en época de Fernando VII.
Hasta que lo compró el marqués de Casa Riera, que, como cuenta Répide “lo transformó, enriqueció y decoró magníficamente para no visitarlo”, siempre cerrado y triste, dio lugar a una leyenda. El marqués, o un antepasado suyo, no está muy claro quién fue el protagonista, tuvo un gran desengaño amoroso y, en el jardín, un hombre murió atravesado por un estoque, y una bella mujer vestida de blanco también murió junto a él; en ese lugar se plantó un ciprés y se contaba que el marqués había jurado y hecho jurar a sus descendientes que mientras no se secase el árbol, el jardín permanecería abandonado y el palacio deshabitado.
Don Felipe Riera nació en Barcelona el 20 de diciembre de 1790, y obtuvo el titulo de marqués en 1834 por los servicios prestados a la Corona. Riera, que era un hombre muy rico, compró la casa en la década de los 30 a nombre de su esposa Raimunda Gibert, aunque antes de 1840 se fueron a vivir a París, donde murieron.
En 1836 el convento contiguo al palacio fue desamortizado como tantos otros, y demolido, convirtiéndose su solar en jardín del palacio del marqués.
El palacete tenía dos jardines muy extensos, que el plano del General Ibáñez de Ibero representa con detalle.
En 1893 la casa también fue demolida, y su descendiente, su sobrino Alejandro Mora y Riera, alzó otro edificio que tampoco habitó nunca, al igual que su tío vivía más en París que en Madrid de forma que el nuevo palacio también estaba siempre cerrado. Cuando murió en 1915, igualmente en la capital francesa, la prensa de la época reflejó la noticia y recordó la vieja y misteriosa leyenda cuyo escenario fue el Jardín.
La nueva construcción fue obra del arquitecto Rodríguez Avial, en piedra, ladrillo y pizarra en la zona abuhardillada. Este edificio, igual que el anterior, tuvo un jardín, sobre cuyo solar en 1917 se construyó el edificio del Círculo de Bellas Artes, obra de Antonio Palacios, y se abrió la calle del Marqués de Casa Riera, que hoy separa los dos edificios existentes.
El edificio actual situado en el número 44 de la calle de Alcalá se construyó en los años 30.
Terminada la guerra y hasta el mes de abril de 1977 fue la sede de la Secretaría General del Movimiento, con el emblema gigante del yugo y de las flechas que durante tantos años estuvo instalado en la fachada principal. La retirada tuvo lugar al desaparecer dicha Secretaría y todos los órganos políticos dependientes de la misma. El yugo y las flechas, que muchos aún recuerdan, era de madera, pintada de color rojo y ocupaba tres pisos del edificio, unos diez metros aproximadamente.
Y llegamos a los años 90, cuando fue transformado en el edificio de oficinas que hoy conocemos, y el desaparecido jardín fue rehabilitado.
La entrada tiene lugar por la calle del Marqués de Casa Riera número 1, frente al Círculo de Bellas Artes. Tras la tapia de piedra y ladrillo y la verja de hierro, se adivina el jardín. Junto a la puerta un cartel indica que se trata de un recinto privado. Es la puerta de acceso a las oficinas de una empresa de Seguros, pero también a uno de los jardines más singulares y desconocidos de Madrid, el Jardín de Casa Riera.
Lógicamente, la visita solo es posible en contadas ocasiones, como ocurrió en una de las primeras Noche en Blanco cuando el bello Jardín fue abierto al público y se pudo presenciar un espectáculo de luz y sonido.
Nada más traspasar la puerta de hierro el jardín aparece ante nuestros ojos curiosos, pero antes de recorrerlo vamos a detenernos un momento para conocer el interior del edificio totalmente reformado. A la izquierda, la entrada, mediante un bonito pórtico formado por una galería de cuatro columnas formando tres arcadas a la manera clásica.
Ya en su interior, tras un espacioso vestíbulo de paredes lujosamente doradas, lo primero que vemos es una fuente moderna que juega con las formas cuadradas, el acero, la luz y el agua, en el centro de un espectacular patio.
Dos ascensores panorámicos nos llevan hasta la séptima planta donde bajo el techo acristalado podemos ver y sentirnos en el cielo, el cielo de Madrid.
Volvemos a la planta baja y nuevamente en el exterior, frente al pórtico se nos muestra el precioso Jardín.
Las paisajistas Carmen Añón y Myriam Silber idearon un espacio que se adaptara a la forma del terreno y que estuviera acorde con el edificio y el Madrid de principios de siglo. Un nuevo estilo lejos de los jardines tradicionales franceses o ingleses. No olvidemos que en los inicios del siglo XX surgieron nuevas formas artísticas, el cubismo y otras vanguardias que tuvieron su reflejo en los jardines europeos del momento. Formas geométricas, líneas puras, mezcladas con formas asimétricas, colorido, materiales nuevos como el cristal o el cemento junto con el hierro…
Utilizando documentación de la época las autoras crearon un espacio delicado y lleno de detalles encantadores. Frente al pórtico, el suelo decorado con formas cuadradas similares a las del patio interior, desde donde un paseo central con dos parterres con setos de boj que a su vez originan dos paseos laterales, nos conduce a una pérgola rodeando un estanque con un surtidor central, todo el conjunto en forma de hemiciclo en cuyo interior sus bancos de piedra invitan al sosiego.
A ambos lados dos pequeños espacios cuadrados construidos con celosías de hierro como la pérgola, cada una con una fuentecilla redonda de piedra en el suelo.
Continuando con el mismo juego de formas cuadradas una abertura en el techo nos vuelve a mostrar el cielo entre las plantas trepadoras.
La concepción del jardín está emparentada más con la arquitectura que con la jardinería, formas y espacios se complementan. Cristal, y una vez más el hierro, y las figuras geométricas en los faroles del techo de la pérgola y a la entrada de los pequeños y deliciosos pabellones. No hay césped, sino baldosas. Al fondo, los grandes árboles, protectores, como si fueran los únicos testigos de un tiempo anterior, rodean el jardín.
Texto y fotografías por: Mercedes Gómez
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NOTA: Escribí una primera versión de este artículo en la primavera del año 2008. Las fotos las hice también por esas fechas.
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RULL SABATER, A. “El palacio del Marqués de Casa Riera”. Anales Instituto Estudios Madrileños. Tomo XXXVI. Madrid 1996. Pp. 301-318
AVILA, Martín. “El ciprés de Casa Riera”. Nuevo Mundo 29 octubre 1915.
Diario El País, 10 de abril 1977
LUENGO AÑÓN, A. “Jardines escondidos”. Ed. Doce Calles/Caja Madrid. Madrid 2001.





















































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