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Ricardo Velázquez Bosco es sin duda uno de los Arquitectos de Madrid. Es un placer ir conociendo los edificios que construyó con su estilo tan personal, siempre con la ayuda de grandes artistas, ceramistas, herreros, pintores y escultores que los decoraban de forma magistral, tanto en su interior como en su exterior. El Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal en El Retiro, el Palacio de Fomento… y la Escuela de Ingenieros de Minas.
La Escuela de Minas tuvo su origen en la Academia de Minas, fundada en 1777 durante el reinado de Carlos III en Almadén, Ciudad Real. En 1835 fue trasladada a Madrid, pasó por varios locales de alquiler hasta que cincuenta y ocho años después pudo trasladarse a su propia sede, en la calle de Ríos Rosas nº 21.
Velázquez Bosco inició la construcción del edificio en 1884, cuando ya había finalizado el pabellón para la Exposición Nacional de Minería en el Retiro, hoy llamado en su honor Palacio de Velázquez, bajo una concepción arquitectónica muy similar, que culminaría con el Palacio de Fomento en Atocha.
Tanto en el exterior como el interior, como en todas sus obras, destaca el uso de las artes decorativas. Hierro, madera, vidrio, piedra, los materiales se combinan de forma armónica y ofrecen una imagen bella y singular.
Los cuatro torreones en las esquinas fueron construidos unos años después, en los comienzos del siglo XX.
Poco después, a la par que se urbanizaba la calle, fue colocada la verja que rodea la Escuela.
Hoy día el edificio, restaurado en los años 80 del siglo XX, se conserva en todo su esplendor.
La ornamentación escultórica de los torreones es magnífica, con estatuas de figuras mitológicas de Eduardo Barrón y de Vallcells, y los Mineros de Ángel García Díaz, que obtuvieron la 1ª Medalla en la Exposición Nacional de 1906.
El basamento del edificio es de granito, sus muros de ladrillo, y las columnas y adornos de piedra caliza.
El frontispicio es también obra de Barrón, con el escudo de España en el centro y las alegorías de la Industria y la Minería a los lados, lamentablemente hoy día casi destruido debido al efecto del tiempo y la contaminación sobre la piedra de Novelda.
En 1925 se colocaron sobre pedestales de granito las estatuas de bronce que flanquean la escalera de entrada, las figuras de los ingenieros Luis de la Escosura a la izquierda, y Luis Guillermo Schulz a la derecha, obra del escultor Fructuoso Orduna Lafuente.
Los detalles cerámicos y los espectaculares murales de las fachadas laterales con escenas dedicadas a la minería, metalurgia y ciencias físicas, son obra de Daniel Zuloaga realizados a partir de cartones del pintor Manuel Domínguez, el lado este, y del escultor Vicente Oms, el del lado oeste. En la decoración del edificio también participó el pintor ceramista Alfonso Romero.
Ese mismo año, a espaldas del edificio histórico, con fachada a la calle de Cristóbal Bordiú, se construyó otro pabellón según proyecto de Francisco Luque y Pérez, que en 1959 fue demolido, construyéndose uno nuevo. Se conservaron las naves industriales a los lados, y el Salón de Actos.
También los árboles que entonces se plantaron entre ambos edificios en el jardín que hoy día se utiliza como aparcamiento.
El edificio de planta rectangular que mide 48 x 33 metros está organizado alrededor de un patio central con dos pisos de arquerías sobre columnas de fundición y cubierto por un lucernario de vidrio y estructura metálica, restaurado en 2010, que proporciona luz cenital a todo el espacio.
Las alas laterales, simétricamente, albergan, al este, la Biblioteca Histórica,
y al oeste el Museo de minerales y fósiles, desde 1988 llamado Museo Histórico Minero Don Felipe de Borbón.
Elegantes vitrinas de madera de nogal llenas de libros a un lado, y de bellos y valiosos minerales y fósiles al otro. Las paredes ciegas de ambos espacios, iluminados por sendos lucernarios, similares al patio central, corresponden a los muros laterales decorados con los grandes murales cerámicos.
Infinidad de objetos admirables, maquetas y obras de arte repartidos por todo el edificio convierten la visita en una delicia. El Museo y la réplica de una mina de carbón construida en 1963 se pueden visitar todos los primeros domingos de mes, excepto en julio y agosto. Al lado, en el nº 23 de la calle, recordemos, se encuentra el Museo Geominero.
Por Mercedes Gómez
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Fuentes:
Escuela de Minas
Calle de Ríos Rosas, 21.
Benjamín Calvo Pérez. El Museo Histórico Minero Don Felipe de Borbón y Grecia.
Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid.
El Museo Nacional del Romanticismo es quizá uno de los menos conocidos de Madrid. Antes llamado Museo Romántico, tras cerca de diez años cerrado por obras de reforma y restauración, ahora luce esplendoroso. La espera ha merecido la pena.
El pasado lunes tuve el placer de asistir a una visita guiada, invitada por el Museo, junto a otros autores de blogs dedicados al arte y a la vida cultural madrileña. Nos recibió su directora Asunción Cardona, y Carmen Cabrejas y Mª Jesús Cabreras, del departamento de Difusión, nos guiaron. Mil gracias a las anfitrionas.
Matritensis, autor del blog Es Madrid no Madriz, ha escrito una buena crónica de la visita, que os recomiendo, en la que podréis ver magníficas fotos del interior. Por mi parte, propongo otra visión, os invito a conocer un poquito la historia de la calle, del edificio y su jardín, y por supuesto animo a todos a visitar el Museo, interesante y encantador.
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El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle de San Mateo, que ya en el siglo XVII recibía este nombre. Iba desde el camino de Fuencarral hasta la Puerta de Santa Bárbara, atravesando la calle de las Flores, actual Mejía Lequerica. En ella se encontraba una de las arcas cambijas que distribuían el agua del Viaje de la Fuente Castellana. Las casas de Juan de Echauz, situadas en los terrenos en los que después se construiría nuestro edificio protagonista, recibían medio cuartillo de agua.
La calle, situada en lo que entonces eran las afueras de la Villa, próxima a la Cerca, albergó a la nobleza desde muy pronto. Se conservan algunos palacios construidos entre el siglo XVIII y XIX, el del conde de Villagonzalo y el del marqués de Ustáriz, en la zona próxima a la plaza de Santa Bárbara, el palacio del duque de Veragua, en el nº 7, y el Palacio del marqués de Matallana, sede del Museo que hoy visitamos, en el número 13.
En el último cuarto del siglo XVIII fue cuando el solar pasó a manos del marqués de Matallana, quien en 1776 encargó la construcción de su palacio al arquitecto Manuel Rodríguez, sobrino del gran Ventura Rodríguez. Don Manuel levantó un edificio de estilo clasicista, de líneas limpias y sencillas, y escasos adornos.
La entrada principal tiene lugar por la calle de San Mateo, aunque existe otra entrada en el nº 14 de la calle de la Beneficencia, antes San Benito. Mediado el siglo XIX la construcción fue adquirida por los condes de la Puebla del Maestre.
El museo ha estado ubicado en este edificio desde que en 1921 fue creado por Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, II marqués de la Vega-Inclán, quien donó al Estado una serie de obras de arte y objetos de su colección privada. Don Benigno fue uno de los personajes más importantes de la vida española en los años finales del siglo XIX y comienzos del XX, coleccionista de arte e impulsor de la cultura, junto con otros como José Lázaro Galdiano, Manuel Laredo y el marqués de Cerralbo.
En 1927 el edificio fue adquirido por el Estado.
En el zaguán de entrada, nos da la bienvenida el busto del Marqués, realizado en 1931 por el escultor Mariano Benlliure.
El edificio, en forma de “L”, está organizado alrededor de dos patios, más el jardín, como se aprecia en el plano del General Ibáñez de Ibero.
Uno de los patios se puede contemplar desde el zaguán, tras una puerta protegida por una bonita verja y arco de medio punto, con una sencilla fuente, cubierta por un emparrado sobre un suelo de grava que forma figuras geométricas tan perfectas que parecen una alfombra.
También se conserva el precioso Jardín Romántico, sorprendente remanso de paz en pleno centro de Madrid, en el que únicamente escuchamos el ruido del agua de una fuentecilla que lo adorna, junto a plantas, flores y árboles de diversas especies, entre los que destaca un gran magnolio centenario.
Los sencillos balcones de algunas estancias de la casa, ahora museo, se asoman a este jardín que por un ratito nos traslada a tiempos románticos.
En la esquina contraria, algo escondido, a los pies del magnolio, hay un brocal de piedra acaso del antiguo pozo que surtía al palacio del agua necesaria.
Es una alegría comprobar cómo el jardín conserva el antiguo trazado y el pilón de la fuente que ya existía cuando el museo fue aquí instalado, como se aprecia en la foto de los años 20 del siglo pasado:
La bonita figura del niño que sostiene una flor de la que mana el agua debió instalarse posteriormente.
El museo, planteado como una evocación y explicación del siglo XIX, propone distintos recorridos, aunque paralelos entre sí: el arte de la época, la historia, la vida cotidiana y los usos sociales… Es un museo pequeño pero que nos ofrece una riqueza extraordinaria, la pintura de grandes maestros, muebles y objetos que recrean la vida de la burguesía decimonónica, y mucha historia, además de interesantes actividades que podéis consultar en su web, y una estupenda Librería romántica.
Por Mercedes Gómez
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Gracias a los pintores y grabadores, como hemos comentado en alguna ocasión, conocemos detalles de muchas calles, plazas, jardines, edificios y de la vida del antiguo Madrid. Félix Castello, Antonio Joli, Aureliano de Beruete, … Avrial, y su maestro Fernando Brambilla… Todos ellos, y algunos otros, a lo largo de los siglos nos han dejado muestras más o menos realistas del pasado madrileño.
José María Avrial y Flores nació en Madrid el 26 de febrero de 1807.
Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Fue pintor, paisajista, perspectivista, colaboró como dibujante en diversas publicaciones, y realizó escenografías y decoraciones efímeras para celebraciones de índole tanto civil como religiosa.
El Museo de Historia de Madrid, entre otras obras, guarda cuatro preciosos óleos sobre lienzo realizados por el pintor, tres de ellos en 1836. Una Vista de la fuente de Cibeles y el Palacio de Buenavista que nos muestra cómo la diosa estaba emplazada desde su creación a finales del siglo XVIII, a los pies del palacio y miraba hacia Neptuno. Fue a finales del XIX cuando fue trasladada al centro del Paseo del Prado, donde continúa, mirando hacia la calle de Alcalá.
No podía faltar una Vista del Palacio Real y la cornisa madrileña, con la ribera del río Manzanares en primer plano.
Finalmente, una curiosa Vista del Campo del Moro, que muestra el aspecto anterior a la reforma proyectada unos años después por Narciso Pascual y Colomer.
Cuatro años después pintó La Plazuela de la Paja, con la Capilla del Obispo y la iglesia de San Andrés al fondo, uno de los rincones más bonitos de Madrid.
Como escenógrafo, en los años 40 trabajó en Madrid para el Teatro Príncipe y el de la Cruz donde alcanzó una gran notoriedad.
El Museo Nacional del Teatro ha reconocido el valor de la obra de Avrial. En 2008, en el Festival de Almagro, organizó una exposición “La Escenografía Romántica: José María Avrial y Flores (1807-1891)”, mostrando su participación en obras que tuvieron gran éxito en su momento, Don Juan Tenorio, Los Misterios de Madrid, La Corte del Buen Retiro, etc. El Museo guarda más de ciento setenta dibujos realizados para estas y otras obras teatrales.
También nuestro Museo Municipal, hoy Museo de Historia, conserva algunos, como un dibujo a pluma y tinta china, proyecto para el Telón de embocadura del Teatro de la Cruz, levantado sobre el Antiguo Corral de Comedias.
Avrial lo diseñó, con una Vista del Palacio Real enmarcada con columnas, cortinas y las Musas de la Poesía y la Música, bajo el Escudo de la Villa.
Si cerramos los ojos no resulta difícil evocar el momento en que ese telón teatral se abría y daba paso a las escenas imaginadas por Zorrilla y otros dramaturgos del Romanticismo.
En 1853, con 46 años, se trasladó a Cádiz como profesor de Perspectiva en la Escuela de Bellas Artes. Veinte años después regresó a Madrid y desempeñó la misma tarea como Profesor decano en la Escuela Central de Artes y Oficios.
Ese mismo año, 1873, fue elegido miembro numerario de la Real Academia de San Fernando.
Otra de sus facetas fue la de dibujante y litógrafo. El Museo de Historia guarda varios ejemplos.
Entre 1860 y 1864 realizó la Iglesia y Convento San Felipe el Real, uno de sus grabados más interesantes, incluido en la Historia de la Villa y Corte de Amador de los Ríos, publicada en 1861.
Entre sus obras más conocidas se encuentra la serie de doce vistas “tomadas de los puntos y edificios más notables” de Madrid, dibujadas y litografiadas por él, las cuales pertenecen al Museo Romántico.
Entre otras, forman parte de estas vistas los dibujos de las tres fachadas del Museo del Prado, entonces Museo de Pintura, en las cuales podemos comprobar el aspecto, tan distinto, del edificio cuando aún no se habían construido las escaleras de la entrada norte, que hoy día salvan el gran desnivel del suelo existente en aquellos momentos.
En 1888 fue retratado por otro pintor madrileño, Eduardo Balaca (1840-1914). El cuadro se encuentra en el Museo de la institución a la que pertenecía, la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Murió en diciembre del año 1891, en su ciudad, Madrid.
Por Mercedes Gómez
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Fuentes:
Hace pocos días he tenido el placer de disfrutar de un estupendo paseo por Alcalá de Henares, guiada por María Rosa, amiga, y autora del blog Viajando tranquilamente por España. Paseando con ella, he comprendido mejor el título de su precioso blog.
Tranquilamente, visitamos varios lugares, algunos poco conocidos, que en otro momento me gustaría mostraros, hoy os invito a entrar en el Palacio de Laredo, una joya del arte neomudéjar del siglo XIX alcalaíno y madrileño.
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El Palacio de Laredo o Quinta La Gloria fue construido por su propietario Manuel Laredo y Ordoño entre los años 1881 y 1884 para albergar su Casa-Estudio. Eran los tiempos en que el Alhambrismo y la recreación de ambientes exóticos en general se puso de moda entre los nobles y clases más pudientes, como ya hemos contado cuando hablamos del Salón Árabe del Palacio del Marqués de Salamanca en Vista Alegre, y recordamos los escasos ejemplos de este estilo que perviven en la Comunidad de Madrid, entre los que se encuentra este bello palacete.
Manuel Laredo nació en Amurrio -Álava- en 1842. Pocos años después su familia se trasladó a Madrid. Fue restaurador, pintor y arquitecto, académico de Bellas Artes de San Fernando, amante del arte y las antigüedades, un hombre activo, artista y político. Todo ello quedó reflejado en su palacio, que unos años después construiría para él y su familia en Alcalá de Henares.
Fue un hombre polifacético, que nos recuerda a otros personajes, como don Lázaro Galdiano y el Marqués de Cerralbo en Madrid, grandes coleccionistas que convirtieron sus viviendas en importantes museos debido a su amor al arte.
Hacia 1872 Laredo comenzó a trabajar como restaurador en Alcalá y poco a poco fue integrándose en la vida de esta ciudad, participando en la creación de muchas de las obras de su época más floreciente. En 1881, para construir su casa, con una gran visión de futuro eligió unos terrenos entonces rodeados por huertas, las llamadas Eras de San Isidro, que se convertirían en el “ensanche” de Alcalá.
Fue su Alcalde entre 1891 y 1893, época en la que la zona fue urbanizada y se construyó el Paseo de la Estación, vía en la quedó enclavada la quinta.
Manuel Laredo es el autor del Palacio en todos sus aspectos, diseñó el edificio, decidió su decoración, la materializó en su faceta de pintor, y la adornó con elementos arqueológicos traídos de diferentes lugares de España, piezas originales de los siglos XV y XVI.
Su estilo es neomudéjar, aunque incorpora otras formas y estilos de distintas épocas artísticas, gótico, renacimiento, modernismo… casi todo el lugar es un puro capricho.
Antes de entrar, rodeamos el edificio, adornado por multitud de elementos deliciosos, ventanitas, arcos, torres, celosías …
… y admiramos su apariencia de castillo entre los árboles.
La entrada es tan bonita que obliga a detenerse y contemplarla con calma.
Junto a la puerta don Manuel instaló unos azulejos del siglo XVI.
Comienza la visita en una sala en la que se encuentran las primeras vitrinas que muestran piezas del Museo Cisneriano, que tiene aquí su sede, conocida como Sala del Alfarje por su artesonado mudéjar, que proviene del Palacio de Antonio de Mendoza de Guadalajara, del siglo XVI. Una maqueta representa la ciudad de Alcalá tal como era en el siglo XIII.
El espectacular techo convive con otros elementos “falsos”, pintados al trampantojo, como los azulejos de esta habitación, de una calidad tan extraordinaria que parecen auténticos.
A continuación, la Sala Árabe, que intenta evocar los ambientes de la Alhambra. En este caso los azulejos del zócalo son verdaderos, cerámicas originales del siglo XV, que proceden del Palacio de Pedro I en Jaén.
El precioso cupulín del techo estuvo en el Palacio del Conde de Tendilla en Guadalajara.
En una de sus esquinas se encuentra una imagen de madera policromada de la reina Isabel la Católica, atribuida al escultor Gil de Siloé, gran representante del arte gótico tardío o isabelino.
La siguiente Sala del Espejo supone un gran contraste, con su decoración renacentista. Aquí se encuentra otra maqueta de la ciudad, tal como era en el siglo XVI. Pasamos a otra habitación, más sencilla, la Sala Entelada, por cuyas ventanas se puede contemplar el Jardín.
Como era obligado, Manuel Laredo ordenó construir un Jardín Romántico alrededor de su palacete en el cual se conservan también algunos elementos de interés, como el cenador de hierro.
El salón principal, alrededor del cual están situadas las demás estancias, es el Salón de Reyes, situado bajo el torreón, gran homenaje a la Monarquía, en cuyas paredes están representados desde Alfonso XI hasta Carlos I. Los nervios góticos de la bóveda y las columnas pertenecieron al Castillo de Santorcaz.
Finalmente visitamos el que fuera su dormitorio, con su mirador cubierto de celosías y azulejos del siglo XVI, y su gabinete, con imaginativa decoración mudéjar.
Manuel Laredo vivió aquí hasta 1895, en que vendió la posesión, al parecer obligado por las deudas, y se trasladó a Madrid.
Murió al año siguiente, a la edad de 54 años. Fue enterrado en el antiguo Cementerio de la Almudena.
La familia que lo compró lo donó al Ayuntamiento para que fuera dedicado a difundir todo lo relativo al Cardenal Cisneros, la Universidad y la historia de Alcalá. Este es el objetivo del Centro Internacional de Estudios Históricos Cisneros, de la Universidad de Alcalá, y el Museo Cisneriano, aquí ubicados.
Texto y fotografías por : Mercedes Gómez
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Fuentes:
JARDINES DEL PASEO DEL PRADO-RECOLETOS (IV)
Continuando con los jardines del Paseo de Recoletos, hoy os invito a visitar el Jardín del antiguo Palacio del Marqués de Salamanca, situado en el nº 10, considerado de Interés Histórico.
Como ya comentamos durante nuestra visita al cercano Palacio de Linares, el Marqués de Salamanca fue el primer financiero de la época en prever el valor que adquirirían estos terrenos, situados entre la huerta del Convento de los Agustinos Recoletos –derribado en 1836- y el Pósito, y decidió construir aquí su palacio, alrededor del cual se instalaron otros, llegando la zona a ser conocida como el “barrio de los banqueros”.
Pero en un principio la casa quedó situada en un lugar un tanto raro para un palacete, más fabril que palaciego, entre el Pósito, que aún no había sido derribado, y la Fábrica de Carruajes con su gran chimenea, como se aprecia en el famoso grabado de Alfred Guesdon. Por eso la opinión unánime es que don José tuvo una gran visión de futuro.
José de Salamanca encargó el proyecto al entonces Arquitecto Mayor de Palacio, Narciso Pascual y Colomer, en el año 1846, cuando sus negocios se encontraban en un buen momento. El arquitecto diseñó tanto el palacio como el jardín.
En origen el edificio era exento, únicamente constaba del cuerpo central rectangular, rodeado por el jardín y cerrado por una verja. Al contrario que otros palacetes construidos por la misma época, con su fachada a la calle, el Marqués de Salamanca construyó el suyo alejado del Paseo por un frondoso jardín.
Tras un primera quiebra económica, que interrumpió la construcción del palacio, por fin fue finalizado en el año 55, siendo los años siguientes la etapa más próspera del Marqués.
Colomer diseñó una entrada monumental, que quedó reflejada en un precioso dibujo conservado en el Archivo de la Villa, que desapareció muy pronto, apenas un año después de finalizar la obra, al ser modificada la alineación del Paseo de Recoletos, que robó unos metros al jardín.
El Jardín rodeaba el Palacio, con parterres curvos de estilo paisajista en la parte posterior y en la anterior, y estrechos parterres geométricos en los laterales. Tras el edificio se instaló una estufa o invernadero que había sido realizado en unos talleres de Londres en hierro y cristal, y que costó 100.000 pesetas de la época.
En 1876 nuevamente la ruina financiera le obligó a vender el Palacio, que fue adquirido por el Banco Hipotecario. Como sabemos, el Marqués de Salamanca murió unos años después en su Palacio de la Quinta de Vista Alegre.
A partir de la venta, varias ampliaciones y reformas fueron transformando el edificio y el jardín originales.
La única zona ajardinada que pervive es la delantera, frente a la fachada, donde se conservan tres fuentes,
y dos imponentes Cedros del Líbano de la plantación original.
El Palacio de Salamanca en Recoletos hoy está rodeado por otras construcciones, producto de las sucesivas ampliaciones llevadas a cabo, pero continúa resguardado por los majestuosos árboles plantados en época del Marqués.
Adquirido por otra entidad financiera a finales del siglo XX, actualmente tiene dos entradas, una en el Paseo, y la otra en la esquina con la calle de Salustiano Olózaga.
Varias esculturas pertenecientes a la Colección de los actuales dueños del edificio acompañan ahora a las antiguas fuentes. Obras de Cristina Iglesias, Miquel Navarro, Francisco Leiro y Andreu Alfaro.
El Marqués de Salamanca fue coleccionista de arte, seguramente si hubiera vivido en el siglo XXI habría sabido elegir también entre los artistas hoy día más cotizados.
No está permitido acercarse a contemplar las esculturas, ni las fuentes, hay que conformarse con verlo todo desde fuera, a través de la verja.
Pero existe otro lugar, abierto a todos, donde podemos buscar las huellas del Marqués de Salamanca y el recuerdo de lo que pudo ser su Jardín. La Estufa fue trasladada al Retiro, estuvo situada en el centro de La Rosaleda creada en los comienzos del siglo XX por Cecilio Rodríguez. Durante la guerra resultó destruida, solo se conserva el basamento de ladrillo que limita el estanque.
Sí se conservan dos fuentes deliciosas, realizadas en granito y mármol, la Fuente del Amorcillo y la Fuente del Fauno, también procedentes del Jardín del antiguo Palacio del Marqués de Salamanca en el Paseo de Recoletos.
Se cree que pudieron ser diseñadas, igual que el palacio y el jardín, por Narciso Pascual y Colomer.
Texto y fotografías : Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Catálogo Exposición Narciso Pascual y Colomer (1808-1870). Arquitecto del Madrid Isabelino. Ayuntamiento de Madrid 2007.
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Otros artículos:
Paseo del Prado-Recoletos I.- El Jardín del Palacio de Linares.
Paseo del Prado-Recoletos II.- Paseo de Recoletos.
Paseo del Prado-Recoletos III.- El Jardín del Palacio de Buenavista.
El Museo Arqueológico, en obras desde 2008, además de la exposición Tesoros, continúa ofreciendo una serie de actividades y visitas guiadas, actualmente realiza un “itinerario extraordinario” bajo el título de “El Museo Arqueológico Nacional: obras en marcha”.
Según explican en su web, “finalizada la primera fase de la obra de renovación arquitectónica del Museo y recién iniciada la segunda, se ofrece la oportunidad de disfrutar de visitas guiadas para conocer los espacios en los que se está interviniendo y que representan un vínculo entre el pasado, el presente y el futuro del Museo”.
El Museo Arqueológico Nacional fue fundado en el año 1867 durante el reinado de Isabel II. En un primer momento fue instalado en el palacete del Casino de la Reina, hasta que fue trasladado al gran edificio neoclásico proyectado por Francisco Jareño en 1865, para Palacio de Museos, Biblioteca Nacional y Archivo Histórico, edificado en la manzana entre las calles de Villanueva, Serrano, Jorge Juan y Paseo de Recoletos.
En 1885 se hizo cargo de su construcción el arquitecto Antonio Ruiz de Salces, quien hizo algunos cambios en el proyecto original.
En la parte que da al Paseo de Recoletos se ubicó la Biblioteca, y en la parte con fachada a Serrano el Museo Arqueológico.
A lo largo de su historia, el Museo ha sido objeto de varias reformas, en alguna de las cuales, como veremos después, ha perdido elementos importantes, como las cubiertas de los patios, que fueron ejemplos magníficos de la arquitectura del hierro.
Comienza la visita en el vestíbulo, frente a la monumental escalera.
Tras los saludos y breve introducción, nuestro guía lo primero que nos cuenta es que cuando se reabra el museo, esta entrada quedará clausurada y únicamente se utilizará en ocasiones especiales. La verdad, la noticia me produce una cierta decepción.
Antes de salir a la calle para dirigirnos a lo que en el próximo futuro será la entrada al museo, uno de los asistentes pregunta sobre la reproducción de las Pinturas de la Cueva de Altamira, visitable hasta hace unos años, y nos cuentan que no se sabe si se conservará, y que aún “se está debatiendo” si se mantendrá o se eliminará.
A través de la obra, caminamos hacia el pabellón sur, donde va a transcurrir la visita. Por cierto, frente a la fachada esperan los ya parece que inevitables bloques de losetas de granito. Calles, plazas, arquitectos distintos, un museo municipal, un museo nacional… y las mismas losetas.
Desgraciadamente, no nos permiten hacer fotografías (esperemos que las cosas no cambien a partir de ahora, en este museo siempre se ha podido hacer fotos, sin flash por supuesto).
Tras cruzar la puerta nos encontramos en un gran espacio donde se situará la nueva Recepción de visitantes. Aquí, como en todos los espacios reformados se han utilizado dos materiales, la madera de merbau y el travertino, que proporcionan un ambiente moderno y luminoso.
El patio se convertirá también en espacio expositivo. En origen era conocido como el Patio Árabe. Estaba decorado con una reproducción de la Fuente de los Leones (el alhambrismo, una vez más). La cubierta de hierro del XIX fue desmontada en los años 70 del siglo XX, al parecer debido a su gran deterioro. En esta nueva reforma, se ha vuelto a cubrir, ahora el techo está construido en acero y cristal “inteligente”.
Desde el centro del patio vemos la nueva construcción de una cuarta planta, que no se ve desde el exterior -protegido-, y que albergará las oficinas de Dirección, el Patronato, etc.
Con motivo de las obras han aparecido algunos elementos originales, por ejemplo la cornisa del patio primitivo.
Nos muestran algunas dependencias especiales, uno de los nuevos Almacenes, y el Archivo, construido entre las cerchas o armazón de la cubierta de hierro que se conserva, con un resultado además de práctico, ya que se ha aprovechado el espacio, muy bonito.
La visita resulta muy interesante. En El País sí podemos ver algunas fotos.
Finalmente nos anuncian que el próximo mes de noviembre tendrá lugar una inauguración parcial del nuevo Museo Arqueológico.
Por Mercedes Gómez
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Museo Arqueológico
Serrano, 13
Información Visita “Obras en marcha” en la web del museo.
Hace pocos días hemos visitado el Salón de Reinos del antiguo Palacio del Buen Retiro, pero hoy os propongo una nueva visita en busca de otros detalles interesantes relativos al propio edificio.
Fue en 1841 cuando se convirtió en sede del Museo de Artillería, luego Museo del Ejército, hoy trasladado a Toledo como sabemos.
Entre los años 1883 y 1884 fue reformado por el arquitecto Eugenio Jiménez Corera, y decorado de acuerdo a las modas del siglo XIX.
Estos días se puede observar cómo en algunos lugares bajo las maderas y elementos ornamentales aparece la piedra y el ladrillo, seguramente mostrados intencionadamente.
El exterior del Palacio del Buen Retiro era muy simple, construido con materiales sencillos, aún se aprecia en este Salón de Reinos, pero el interior estaba decorado con gran suntuosidad, pinturas, tapices, braseros y figuras de plata, mesas de jaspe, etc. para disfrute de sus reales inquilinos.
De aquel fastuoso palacio queda en pie este edificio, que nos preguntamos ¿cómo sería en tiempos de Felipe IV?. Nos encanta imaginar cómo sería en el siglo XVII, cómo sería la vida en este escenario de los Austrias… Aunque, si algún día por fin se acomete su restauración, ¿no sería deseable que no desaparecieran todas las huellas de la decoración que acogió el Museo hasta hace pocos años?.
Hacia la mitad del salón central o Salón Grande, en el lado sur, existe un pequeño salón decorado a la manera árabe, bajo la influencia del Alhambrismo, estilo que ya vimos a propósito del existente en el Palacio del Marqués de Salamanca en la Quinta de Vista Alegre, y que podemos recordar aquí. Rica ornamentación polícroma que recuerda la de la Alhambra de Granada y nos transporta a tiempos pasados.
No he encontrado datos acerca de esta pieza construida en estilo mudéjar, ni conozco la fecha de creación exacta. En la última sala de la exposición, dedicada a la evolución del propio edificio, en un panel del siglo XX aparece una fotografía de esta pieza con fecha de 1929, pero no indica que esa sea la fecha de creación… En fin, fuera construida a finales del siglo XIX o principios del XX, lo cierto es cuando la ví me recordó extraordinariamente los restos del Salón Árabe del Palacio Nuevo en Vista Alegre.
Al parecer, según me cuentan las amables señoritas que atienden a los visitantes, fue Salón de Fumar -como el Salón Árabe del Palacio Real de Aranjuez-. Está formado por una estancia central, a la que se accede desde el propio Salón de Reinos como decíamos, y dos laterales, más pequeñas, separadas por arcos.
Creo que se trata de otro ejemplo digno de ser incluido en la breve lista de salones árabes que perviven en Madrid y que merecen ser conservados.
por Mercedes Gómez
Hubo un tiempo en que las fábricas estaban en el interior de la ciudad, hasta que comenzó el llamado “vaciado” industrial, y fueron desapareciendo o instalando en el extrarradio.
En Madrid, por varios motivos, uno de ellos nuestra escasa afición a conservar el patrimonio histórico, quedan muy pocos restos de esta arquitectura industrial de mediados o finales del siglo XIX.
Unos de los más importantes son los restos de la antigua Fábrica de Cervezas Mahou, construida en 1894 por Francisco Andrés Octavio, en la calle Amaniel, frente al Convento de las Comendadoras de Santiago, con fachadas a la calle Montserrat y del Limón. Este complejo industrial llegó a ser muy importante, siendo ampliado en numerosas ocasiones. Desde muy pronto, apenas cinco años después de su nacimiento, comenzaron las obras de reforma que a lo largo de más de un siglo han ido transformando la construcción original.
La primera ampliación fue llevada a cabo por José López Sallaberry entre 1899 y 1900. El propio Andrés Octavio realizó la segunda, siendo reformado el edificio entre los años 1901-1907. Entre 1916 y 1930 Lorenzo Gallego Llausas se encargó de la tercera rehabilitación. Como vemos, las obras eran prácticamente eternas.
La construcción que se conserva, de ladrillo visto con adornos de inspiración neomudéjar, consta de cuatro plantas más tres sótanos. En la calle Amaniel existía un cuerpo bajo o galería con grandes ventanales y cornisa.
Con el traslado de la fábrica al Paseo Imperial, en el año 1962 llegó una época de abandono, incluso derribos, construyéndose varias viviendas en terrenos de la antigua fábrica.
En la década de los 90, el edificio fue nuevamente reformado por Salvador Pérez Arroyo para alojar el Archivo Regional madrileño, centro creado en 1993. La galería fue utilizada como taller de restauración y los sótanos fueron depósitos de documentos. El resto del edificio se dedicó a oficinas y otros servicios.
En la calle del Limón se construyeron viviendas, conservándose parte de la fachada de ladrillo.
En 2003 el Archivo fue trasladado a la nueva sede en la calle Ramírez de Prado, curiosamente otra antigua fábrica de cerveza, El Aguila. La antigua Fábrica de Cervezas El Aguila representa un magnífico ejemplo de arquitectura industrial de comienzos del siglo XX rehabilitada y ampliada por los arquitectos Luis Moreno García-Mansilla y Emilio Tuñón Álvarez que aloja además del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, la Biblioteca Regional.
Finalmente, al menos de momento, la antigua fábrica de Mahou ha sido reformada por los arquitectos Mª José Aranguren y José González Gallegos para albergar el Nuevo Museo ABC de Dibujo e Ilustración, inaugurado hace pocos días.
La vieja galería ha desaparecido, en su lugar se ha construido una nueva a modo de mirador y lugar de descanso. Es una gran viga de vidrio translúcido, según los autores, que actúa como dintel del hueco de paso hacia el patio interior.
El patio se ha recuperado como lugar público, como “atrio” o vestíbulo del museo, con acceso por ambas calles, Amaniel y Limón.
Tanto el suelo, con zonas de vidrio que se iluminan, como la fachada del patio, se han construido en acero pavonado en tonos grises, con formas triangulares, obteniendo un resultado muy vistoso, moderno y acogedor.
De la fábrica va quedando poco, en cada reforma algo desaparece.
Pero ahí sigue, como testigo de otro tiempo, parece que vigilándolo todo, entre los tejados de las viviendas, la antigua chimenea de “la Mahou”.
por Mercedes Gómez
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Bibliografía:
Carlos J. Pardo Abad. Vaciado industrial y nuevo paisaje urbano en Madrid. La Librería, Madrid 2004.
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Museo ABC de Dibujo e Ilustración
Calle Amaniel 29
Este artículo está dedicado a Elena Asins.
Os invito a conocer su web, aunque por caminos artísticos distintos, en cierto modo Elena ha continuado la obra de sus antepasados. Es biznieta del gran constructor del hierro Bernardo Asins, y nieta de Gabriel, a quienes ya conocemos por algún artículo anterior.
A Elena le agradezco su ayuda y su confianza. Y a todos, espero que os guste este recuerdo de unos personajes casi desconocidos cuya magnífica obra sin embargo se encuentra por toda la ciudad.
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Bernardo Asins y Serralta nació en la década de los años 40 del siglo XIX, probablemente en Madrid, aunque estos datos no se conocen con certeza. Sí se sabe que estudió el arte de la carpintería del hierro en París, siendo su maestro Gustav Eiffel. En 1867 volvió a España, se estableció en Madrid y fundó la Casa Asins convirtiéndose en el constructor del hierro más importante del siglo XIX y quizá el mejor. Dicen las crónicas de la época que fue un digno sucesor de los maestros herreros artesanos del siglo XVI, que convirtió la forja industrial en artística.
Igual que existió el título de Maestro Herrero y Cerrajero del Ayuntamiento de Madrid, hasta que desapareciera hacia la mitad del siglo, existió el de Cerrajero de la Casa Real, cuyo último nombramiento oficial tuvo lugar por esa misma época, durante el reinado de Isabel II.
El último Cerrajero Real fue Vicente Mallol, en cuyo taller trabajó Asins y quizá allí completó su formación a las órdenes del Maestro. El taller de la Cerrajería de Palacio estaba en el Parque de Palacio o Campo del Moro, desde que Mallol solicitara a la reina el alquiler del “obrador de dorar a fuego” que estaba situado “al final de la Rambla de Palacio”.
Tras la muerte de Vicente Mallol en 1872, su viuda Martina Alonso heredó el taller, pero debido a sus problemas de salud, cinco años después se traspasó el arrendamiento de la cerrajería a Bernardo Asins, que ya estaba al frente del taller como maestro herrero y que ya por entonces gozaba de un gran prestigio.
Desde este taller del Campo del Moro, realizó numerosos trabajos para Palacio, las Reales Caballerizas y los Sitios Reales, creando toda clase de elementos, como verjas, herrajes, etc. También llevó a cabo obras de envergadura, como la conducción de aguas a la Casa de Campo, y fabricó los pararrayos de los palacios reales.
En 1880, reinando Alfonso XII, solicitó permiso para utilizar el Escudo de Armas Reales junto a la firma de su propia fábrica en las facturas, etiquetas, etc., permiso que se le concedió, aunque nunca llegó a obtener el título de Cerrajero Real de forma oficial.
Con el tiempo también fue galardonado con la Gran Cruz de Isabel la Católica y fue nombrado Comendador de la Orden y Caballero Cubierto ante S.M. el Rey.
Su propio taller lo estableció en el emergente barrio de Chamberí, en el número 28 de la entonces calle de Chamartín –actual Fernández de la Hoz 50-.
En esos años finales del siglo XIX en el barrio se fueron instalando talleres de todo tipo, de decoración y pintura, mecánicos, de material eléctrico, de carruajes, fábricas de papel… y herrerías.
El joven Bernardo, casado con Carmen Perdiguero y Martínez, allí instaló su empresa y también la casa familiar.
Al parecer era un hombre exigente e innovador que, pionero en aquellos momentos del fin del siglo XIX, pedía a sus empleados que acudieran a las academias con el fin de perfeccionar su trabajo. La fábrica tuvo tanto éxito que en 1890 llegó a tener 100 operarios. De sus talleres salieron una gran parte de las grandes y también pequeñas obras del hierro en Madrid, muchas de las cuales continúan adornando nuestra ciudad.
Como ya comentamos en el artículo sobre la Forja industrial, la Casa Asins trabajó con los mejores arquitectos de la época. Una de sus especialidades fue la creación de bibliotecas de hierro en lugar de madera como se había hecho hasta el momento, con el fin de evitar los incendios, con tal maestría que consiguió auténticas obras de arte, modelando el hierro con tanta perfeccción, que cuesta percatarse de que no se trata de madera. Un ejemplo es la espectacular biblioteca del Senado, construida en 1882 en estilo neogótico, bajo la dirección del arquitecto Emilio Rodríguez Ayuso.
Otras de las obras más importantes de Bernardo Asins fueron las realizadas para la Biblioteca y el Museo Arqueológico Nacional, consistentes en puertas, verjas, cubiertas de patios, y el gran depósito de libros de la biblioteca.
También, como ya sabemos, fue el encargado de la construcción del Palacio de Velázquez. En 1887 se adjudicaron a la Casa Asins las obras para la realización del Pabellon de hierro y cristal que habría de albergar la Exposición de Filipinas en el Parque del Retiro, el Palacio de Cristal, quizá su obra más grandiosa. Ambos edificios, obra de Ricardo Velázquez Bosco.
También fabricó las puertas de las cuatro fachadas del Banco de España y demás elementos de hierro, modelo del arquitecto Eduardo de Adaro.
Menos llamativa, pero de una calidad indudable, es su participación en la restauración de la iglesia de San Francisco el Grande que se dio por concluida en 1889. Suyos son los herrajes de “talla primorosísima”, que cierran las puertas de la iglesia, en las que participaron varios artistas a partir del modelo diseñado por Antonio Varela.
Bernardo Asins murió joven, el día 1 de febrero de 1897, con algo más de cincuenta años de edad, inesperadamente, y su hijo Gabriel que por entonces se encontraba estudiando Derecho en París tuvo que volver a España, abandonar la carrera y hacerse cargo de la empresa.
El taller causaba sensación a los visitantes, debido a las modernas instalaciones y a las bellas obras que allí se mostraban. Tenía una superficie de 24.000 pies cuadrados, más de 2.000 metros cuadrados. Se accedía cruzando la verja de un bonito jardín, y de allí se llegaba a la fábrica. Los altos techos y las doce grandes ventanas proporcionaban al lugar una luz perfecta hasta última hora del día. Además de la maquinaria había mesas donde se dibujaban las obras y de las paredes colgaban ejemplos de muchas de ellas.
Del taller se pasaba a una galería donde se encontraba diversa maquinaria, toda ella procedente de París, igual que la del taller, donde Bernardo y luego su hijo adquirían los últimos adelantos. Una puerta daba a un patio donde se hallaban las grúas que permitían manejar las grandes piezas de hierro dulce que allí se construían, y seis fraguas.
Pero lo que sin duda impresionaba más a todos era el Estudio adornado con infinidad de modelos de obras realizadas. Asombraba la vitrina llena de objetos de todo tipo delicadamente cincelados, floreros, farolas, puños de bastones, juegos de té, una escribanía… inimaginables obras de arte realizadas en hierro.
La fábrica fundada por Bernardo Asins, luego regentada por Gabriel, llegó a tener 200 operarios a principios del siglo XX.
Digno sucesor de su padre, Gabriel Asins firmó algunas de las obras más importantes de la época, y fue igualmente responsable en gran medida de la imagen del “nuevo” Madrid, de finales del siglo XIX y principios del XX. Miradores, verjas, barandillas, persianas de hierro de las cuales había obtenido la patente de su invención…
Entre 1893 y 1897 Velázquez Bosco reformó el edificio de Atocha para convertirlo en sede del Ministerio de Fomento.
La puerta principal es obra de la Casa Asins, ya firmada por Gabriel.
Muy cerca de su casa-taller, en la misma calle de Fernández de la Hoz, la iglesia de San Vicente de Paul conserva la verja de estilo gótico allí forjada, según diseño de Juan Bautista Lázaro.
Con Antonio Palacios trabajó en la construcción del Banco del Río de la Plata, hoy sede del Instituto Cervantes, la cual comenzó en 1910, y probablemente en los demás edificios que este arquitecto construyó, como el cercano Palacio de Comunicaciones. Palacios, como anteriormente Velázquez Bosco, arquitecto que ejerció una gran influencia sobre él, supo unir a la perfección las artes decorativas y la arquitectura: la cerámica de Daniel Zuloaga, la escultura de Ángel García Díaz y la cerrajería de Gabriel Asins, antes de Bernardo.
Ese mismo año se finalizó el Casino de Madrid, en la calle de Alcalá 15, con José López Sallaberry. Asins construyó la Biblioteca en estilo gótico.
Otras obras fueron la fachada del Banco de Bilbao en la calle de Sevilla con Ricardo de Bastida Bilbao en los primeros años 20, las puertas y rejas del Círculo de la Unión Mercantil, en la Gran Vía 24. Escaleras, ventanas, persianas, etc. para el Banco Hispano Americano y para el Crédit Lyonnais. La verja de la Catedral de la Almudena, la puerta monumental del Palacio de Justicia. Y muchas más. Su trabajo mereció una Medalla en la Exposición de Bellas Artes del año 1911.
A Gabriel, igual que a su padre, le llegó la muerte demasiado pronto, también con poco más de cincuenta años y de forma repentina, y nuevamente su hijo, también Gabriel, con tan solo 19 años de edad hubo de hacerse cargo de la empresa familiar, repitiéndose la historia de forma dramática.
Desgraciadamente los tiempos estaban cambiado, como sabemos el hierro forjado dejó de estar de moda y ya no era tan valorado, llegó la guerra, y nada volvió a ser igual. La empresa dejó de ser tan reclamada y los terrenos familiares se fueron vendiendo.
La casa actual del número 50 de la calle de Fernández de la Hoz, construida poco antes de la guerra, conserva la bonita puerta de hierro forjado que construyó Gabriel, nieto de Bernardo, como testigo y a la vez recuerdo de tiempos pasados.
Texto y fotografías por : Mercedes Gómez
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Fuentes:
M.R. Cervera. “Maestros herreros y cerrajeros de la Casa Real durante el siglo XIX”. Revista Reales Sitios, nº 130, 1996.
La Iberia, 23 enero 1889
Revista Ilustrada, 25 sept 1895
El Imparcial, 2 febrero 1897
La Acción, 16 julio 1916
La Ciudad Lineal, 10 junio 1931
BNE, Bernardo Asins constructor de pararrayos. 23 feb 2010.
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