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Antonio de Pereda fue uno de los grandes artistas del Barroco. Nació en Valladolid, en 1611. Su padre, que era pintor, murió joven, legando a su hijo el gusto por el arte. El niño, que tenía solo once años, fue enviado a Madrid donde en seguida llamó la atención por su buen hacer pictórico. Fue alumno de Pedro de las Cuevas, maestro de pintores de la Escuela barroca madrileña.

Poco después Giovanni Battista Crescenzi, arquitecto y pintor de Felipe III y posteriormente de Felipe IV,  le introdujo en la Corte, pasando a formar parte del grupo de artistas que en 1634 realizaron la serie de Batallas para el Salón de Reinos en el Palacio del Buen Retiro. Pereda pintó El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, así como otro cuadro para la serie de reyes godos.

Al año siguiente murió su protector y Pereda se alejó del ambiente cortesano, pero siguió desempeñando su arte, sobre todo pintura religiosa y bodegones.

Así como la primera temática está ampliamente representada en el Museo del Prado –tuvimos ocasión de ver dos de sus obras en Los Jerónimos–, no ocurre lo mismo con sus naturalezas muertas.  Por eso, si es posible, no debemos desaprovechar esta oportunidad única, hay que ir al museo, detenerse y admirar su Bodegón, que estos días se expone en la muestra El Hermitage en el Prado, antes de que vuelva a San Petersburgo.

La exposición es digna de verse, la selección en su conjunto es espléndida. Me gustan especialmente, entre las esculturas, ese bellísimo Beso en la Primavera eterna de Rodin. Entre las pinturas, quizá la que más público atrae sea el Tañedor de laúd de Caravaggio, pero hay muchas otras memorables. El semiabstracto Paisaje azul de Cézanne, la extraordinaria Composición VI de Kandinsky, “impresionante manifiesto del arte abstracto”… Y el Bodegón, de Antonio de Pereda.

Óleo sobre lienzo, de 80 x 94 cm., firmado en 1652, es una maravilla que merece ser contemplada de cerca. Lo describe el cartel a su lado:

“En primer plano aparecen unos bizcochos, un pedazo de queso y una bandeja de plata con tazas de cerámica de Delft; a la izquierda, una vasija de cobre y un batidor para chocolate. El cuenco y las vasijas de barro cocido colocados sobre una papelera de ébano con incrustaciones fueron importados de la Nueva España, y en concreto de México. La selección de objetos es propia de una vivienda acomodada madrileña”.

La composición, los colores, todos los elementos están tratados con cuidado exquisito, y los objetos están representados con una perfección asombrosa. Es un buen ejemplo del bodegón barroco español que recurre al trampantojo, al efecto de engaño visual, los enseres y las telas son tan reales que parece que los podemos tocar, que se salen del cuadro. Dan ganas de alargar la mano y coger ese paño brillante que sobresale del cajoncito del mueble para papeles, que parece de verdad.

Antonio de Pereda debió ser un hombre singular y de gran cultura pues, además de lograr pronto el reconocimiento de todos por la gran calidad de su pintura, parece que se granjeó simpatías y protección por parte de personajes ilustres, como Crescenzi, aunque también dice algún autor que “despertó envidias”. Consiguió muchos clientes que le llevaron a alcanzar una buena situación económica que le permitió atesorar una gran biblioteca con volúmenes en varios idiomas, además de esculturas, dibujos y grabados que convirtieron su taller en un lugar digno de ser visitado.

Murió en Madrid en 1678, con 67 años.

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Por: Mercedes Gómez

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El Hermitage en el Prado
Museo del Prado
Hasta el 8 de abril

Algunas de las esculturas que Velázquez trajo de Italia a mediados del siglo XVII para su rey Felipe IV se perdieron en el incendio del Alcázar en la Nochebuena del año 1734, otras se conservan en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando -como las espléndidas Flora y Hércules-, en el Palacio Real y en el Museo del Prado.

En el Prado, en el extremo sur de la planta 0, a continuación de la Sala 75, existe una estancia circular de grandes ventanales que se asoman a un patio con una fuente donde se encuentran varias esculturas clásicas. Es la Sala 74. Alrededor de una esplendorosa Ariadna dormida hay ocho estatuas procedentes de talleres romanos, copias de originales griegos.

Una de ellas es la figura de Dioniso, enamorado de Ariadna. De autor anónimo, fue esculpida en mármol hacia el año 150. Se trata de una de las esculturas adquiridas por Velázquez en su segundo viaje a Italia. El joven protagonista de numerosas aventuras en su vida en la tierra, aparece como un dios desnudo representado con su don, el vino, que según las palabras de Eurípides calma el pesar de los apurados mortales y los ofrece el sueño y el olvido de los males cotidianos.

En la primera planta, en la Sala 15a dedicada a la pintura mitológica de Velázquez hay otras dos piezas, vaciados en bronce. Una de ellas, El niño de la espina, aunque encargada por el pintor en Roma, hoy existen dudas sobre su procedencia, y se cree que este vaciado pudo ser realizado en Madrid a partir del original.

La otra es La Venus de la concha, sugerente y delicada figura femenina.

Esta obra, y el Hermafrodito, son dos de las más hermosas, y valiosas ya en tiempos de Felipe IV a juzgar por el precio con el que aparecen en los inventarios.

El pintor las instaló entre la Sala de los Espejos y la Galería del Cierzo del Real Alcázar. Ambas son copias de originales romanos -actualmente en El Louvre- contemplados por Velázquez en los jardines de la casa de los Borghese en Roma. Admirado, encargó su vaciado en yeso al escultor Matteo Bonucelli y posteriormente, hacia 1652, su fundición en bronce.

Las estatuas tienen algunas variaciones respecto a los originales fruto de la creatividad del artista, por ello aparecen firmadas por M.B.

El Hermafrodito es una joya de la colección. A partir del original griego del siglo II a. de C. se creó la copia romana en mármol en el siglo II d. de C.  de la cual Bonuccelli realizó el vaciado encargado por Velázquez.

Es tan bella que ha sido ubicada en un lugar privilegiado del museo, la Sala central nº 12 dedicada al más grande pintor, Diego Velázquez, cerca de Las Meninas, como en el siglo XVII cuando ambas obras se encontraban en el Alcázar solo para disfrute del rey. Colocada en el centro de la estancia, podemos rodearla y observar de cerca su gran belleza, algo turbadora, ver las líneas perfectas del hijo de Hermes y Afrodita, y conocer su leyenda.

La historia de Sálmacis y Hermafrodito, de la mitología griega, que cuenta Ovidio en su Metamorfosis. Ella, ninfa de un lago de Caria, al contemplar al joven, quedó cautivada por su gran belleza.

….a menudo coge flores. Y entonces también por azar las cogía 
cuando al muchacho vio, y visto deseó tenerlo…

Aprovechando el baño de su amado lo abrazó con pasión quedando sus cuerpos unidos y convertidos en uno. Un solo cuerpo de formas femeninas y sexo masculino.

La escultura es algo inquietante, como la historia en la que se inspira. Según los expertos del Museo del Prado su gran calidad técnica la convierte en una obra maestra que supera al original.

Se dice que Velázquez se inspiró en ella para pintar su sensual Venus del espejo.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Catálogo exposición El Real Alcázar de Madrid. Ed. Nerea, Madrid 1994.

Museo del Prado

Revista Rinconete del Centro Virtual Cervantes. Las estatuas de Velázquez.

La Iglesia del antiguo Monasterio de San Jerónimo el Real, hoy Parroquia de Los Jerónimos, es importante por muchos motivos. Su historia, su arquitectura… Aunque muy reformada, es uno de los escasos ejemplos de arte gótico de nuestra ciudad, además de uno de los pocos elementos que perviven del antiguo Palacio del Buen Retiro, junto con el Salón de Reinos y el Casón del Buen Retiro. También por la cantidad de obras de arte que atesora, de todo tipo y de diversas épocas.

El pasado mes de junio reabrió sus puertas, tras cerca de un año cerrada por obras de restauración. En el interior, que ha sido objeto de una gran reforma, el cambio más llamativo es el que ha tenido lugar en el altar mayor, donde se ha situado el cuadro La última Comunión de San Jerónimo, obra de Rafael Tegeo, hasta entonces en el crucero, a la izquierda de la nave, donde a su vez se ha situado el retablo de José Méndez, antes en el altar, ambas obras del siglo XIX. Pero no el único.

Merece la pena visitar las diez capillas laterales que han sido igualmente restauradas y reformadas y ofrecen un nuevo aliciente, ocho magníficas pinturas cedidas por el Museo del Prado, obras religiosas realizadas por algunos de los mejores artistas del Barroco madrileño.

El término Barroco generalmente se refiere a un estilo artístico, pero también representó un estilo de vida, muy marcado en Madrid debido a su condición de sede de la Corte, de la Monarquía Católica. Una de sus características era la gran exaltación de lo religioso, apreciable en todas las artes, sobre todo la escultura, pero también en la pintura.

Iniciamos nuestra visita por el lado de la Epístola, a la derecha de la nave central. En la segunda capilla se inaugura esta pequeña pero valiosa exposición con un cuadro de Antonio de Pereda, firmado y fechado en 1664, San Francisco de Asís en la Porciúncula, que representa una escena en la que la Virgen y el Niño se aparecen al santo.

Antes de continuar admirando los cuadros cedidos por el Prado, la tercera capilla nos depara una sorpresa. Durante los trabajos de restauración de los muros han aparecido una serie de pinturas al fresco, tras varios siglos ocultas, igualmente de temática religiosa y datadas en el siglo XVII.

En la siguiente, San Jerónimo penitente, de Alonso Cano, que fue Pintor de Cámara, nombrado por el valido de Felipe IV, el Conde Duque de Olivares. Esta obra es posterior, pintada hacia 1660, la última época del singular artista.

La última capilla en este lado derecho acoge La Virgen con el Niño en un trono con ángeles (1661), de Jerónimo Jacinto Espinosa, único artista del grupo que no trabajó en la Corte de los Austrias, sino en Valencia.

Cruzamos al lado del Evangelio, y encontramos otra pintura de Pereda, La Inmaculada Concepción, de 1636.

Después, La Huida a Egipto, pintada hacia 1670 por José Moreno.

En la octava capilla, se ha instalado una pintura de Juan Carreño de Miranda, gran representante del espíritu barroco madrileño, pintor en la Corte de Felipe IV. Ya en época de Carlos II, en 1669 obtuvo el cargo de Pintor del rey, y como tal firma la obra que podemos admirar aquí, Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, de 1674.

Finalmente, en la última capilla a la izquierda de la nave central, la Adoración de los pastores, de Francisco Ricci, el otro gran autor de la Escuela Barroca madrileña de la 2ª mitad del siglo XVII, Pintor del rey con anterioridad a Carreño.

Es un placer y un lujo poder contemplar estos cuadros instalados en este bellísimo templo, bajo la impresionante bóveda gótica, complemento perfecto a la visita al vecino Museo del Prado, donde estos y otros pintores de la Corte barroca exhiben sus obras en varias salas de la primera planta del incomparable edificio Villanueva, alrededor de las dedicadas al gran maestro de nuestro Siglo de Oro, Diego Velázquez.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

San Jerónimo el Real

El País

Siempre pensé que si algún día por fin podía contemplar la Fuente de los Caños del Peral me emocionaría. Pero me temo que toda mi emoción -para este tema- se gastó el día que, hace ya casi año y medio, se publicaron las fotos de los restos que habían salido a la luz.

Ya se sabía que de la fuente solo se iba a exponer una pequeña parte, no había que sorprenderse, aún así hoy no he podido evitar sentir una decepción. He escrito y hablado tanto sobre ella… que os lo tengo que contar.

Hoy han inaugurado el Museo de Los Caños del Peral en la estación de metro de Ópera, y este mediodía he ido a verlo, no he podido esperar. Algunos curiosos, cámaras de televisión y por fin, los hallazgos arqueológicos de los siglos XVI y XVII restaurados.

Aún estaban colocando letreros de señalización de la estación, indicando “Museo Caños del Peral”. Hubiera preferido leer “Hallazgos arqueológicos de los Caños del Peral”, o algo parecido. Creo que se ha desaprovechado una gran ocasión para tener un verdadero museo de una parte de la Historia de Madrid, con los restos de la Fuente, el Acueducto y la Alcantarilla del Arenal, como creo hubieran hecho en cualquier otra ciudad. Siempre es mejor un poco que nada, así que la inauguración me parece una buena noticia, pero me pregunto cuándo en Madrid vamos a considerar los hallazgos arqueológicos un tesoro digno de ser mostrado al mundo.

Se expone un precioso tramo de la Alcantarilla o canalización del Arroyo del Arenal.

Alcantarilla del Arenal

Pero de los tres impresionantes arcos encontrados del Acueducto de Amaniel, solo hay uno. El resto, tajado. Una lástima.

Acueducto de Amaniel

Acueducto de Amaniel.

Y de los treinta y cuatro metros de la fuente, de los cuales una tercera parte estaba a la vista según las noticias publicadas en 2009, se muestra únicamente uno de los caños.

Uno de los caños de la Fuente de los Caños del Peral

¿Por qué? ¿es una cuestión de espacio, no había suficiente para mostrar los hallazgos completos?  ¿tan caro era restaurar los restos en lugar de partirlos?,…  ¿o es una cuestión de mentalidad?.

En fin, todo tiene su lado bueno, ya todos sabemos cómo era la Fuente de los Caños del Peral, un misterio durante tanto tiempo, y puede ser más fácil imaginarla.

El espacio del museo es bonito, con unas gradas para sentarse y ver los videos explicativos, en gran pantalla último modelo, eso sí, táctil.

Y los restos expuestos son espectaculares sin duda, pero lamentablemente, e incomprensiblemente para mí, solo nos enseñan un trocito de la histórica fuente.

Mercedes Gómez

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Fuente de los Caños del Peral. Obras plaza de Opera.
Fuente de los Caños del Peral, por fin.
La Fuente de los Caños del Peral, más cerca.

En relación al Patrimonio madrileño a veces ocurren cosas curiosas. Hace unos años, una vecina del barrio, paseando con su perro, observó en un pequeño jardín situado en la Avenida de la Ciudad de Barcelona, frente al Colegio Virgen de Atocha, unos enormes fragmentos de lo que parecían esculturas. Carmen Rodríguez, licenciada en Historia del Arte y conocedora de la Historia de Madrid, pensó que eran valiosas y que por su situación podían pertenecer a la antigua Iglesia de Nuestra Señora de Atocha. Y así era. El País publicó la noticia: “Dos estatuas de la Capilla Real, tiradas 100 años en un jardín”.

Como ella sospechaba, los restos hallados resultaron pertenecer a las imágenes de la  Virgen María y Santo Domingo de Guzmán, que hasta hacía un siglo habían adornado la fachada de la Iglesia comenzada a construir en el siglo XVI por Francisco de Mora, finalizada en el XVII por su sobrino Juan Gómez de Mora.

Convertida en Basílica en el siglo XIX, en tiempos del Isabel II, fue derribada en los comienzos del siglo XX. Tras el derribo, en el mismo lugar fue construida una nueva iglesia, destruida durante la guerra civil. Posteriormente fue levantado el templo actual.

Conocemos el aspecto del antiguo templo por algunas fotos, como la realizada por el gran fotógrafo de Madrid Jean Laurent. La fachada, obra de Juan Gómez de Mora, de tres pisos y tres calles, mostraba nichos con escudos y figuras escultóricas.

Foto: J. Laurent

Gracias a los archivos del Instituto de Patrimonio Histórico, los expertos corroboraron la teoría.

Archivo Instituto Patrimonio Histórico (Foto publicada en El País)

La imagen situada en el centro del último piso, cubierta con un manto de marcados pliegues, era La Virgen con el Niño. En los restos hallados faltan la cabeza, los brazos y el Niño.

En el centro del primer piso se encontraba Santo Domingo, figura de la que apenas se conserva el tronco.

Ambas estatuas estaban realizadas en granito.

Como dijo la protagonista del hallazgo por entonces, era deseable que estos vestigios fueran instalados en “un lugar digno donde pudieran contribuir a dar a conocer la historia de Madrid”.

Había visitado el Panteón de Hombres Ilustres en un par de ocasiones, pero no me había fijado en este detalle. En el pequeño jardín, antes de entrar en el Museo, llaman la atención dos piezas de piedra colocadas junto a un seto, parecen los restos de dos troncos de figuras humanas. Nos acercamos, y un letrero informativo junto a ellas nos dice que se trata de los restos de esculturas de la fachada de la antigua iglesia.

Al fin encontraron un lugar digno, y apropiado, cerca de la actual Basílica de Atocha y del lugar en el que fueron colocadas por primera vez hace cerca de cuatro siglos.

por Mercedes Gómez

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Real Basílica Nuestra Señora de Atocha
Avenida Ciudad de Barcelona, 1

Panteón de Hombres Ilustres
Calle de Julián Gayarre, nº 3


Hasta la llegada de la Fotografía, medio más fiable para conocer la historia y la evolución de una ciudad, además de la palabra, los testimonios de los cronistas a lo largo de los siglos, y los documentos localizados en los Archivos históricos, las fuentes de información más valiosas de las que disponemos son la Cartografía y, por supuesto, la Pintura.

Gracias a los artistas que a lo largo de los siglos han representado la ciudad, sus calles, sus edificios, sus habitantes… conocemos Madrid mucho mejor. Uno de estos artistas que nos ha ayudado a conocer mejor el siglo XVII madrileño es Félix Castello.

Félix Castello nació en Madrid en el año 1595, descendiente de artistas italianos. Su abuelo fue Giovanni Battista Castello, El Bergamasco, arquitecto y pintor de Felipe II, y su padre Fabricio, quien también trabajó en El Escorial. Pero su madre, Catalina Mata, era española. Fue bautizado el 4 de julio de 1595 en la parroquia de San Sebastián, iglesia del Barrio de las Letras y de los artistas. Creció Félix por tanto en un ambiente artístico cercano a la Corte. Él mismo intentó ser Pintor del Rey, pero nunca lo consiguió.

Se casó en diciembre de 1615 con Catalina de Argüello, instalándose en la plazuela de Antón Martín, en el mismo barrio en que había nacido. Dos años después solicitó por primera vez la plaza de Pintor del Rey, sin conseguirla. Volvió a presentarse diez años después. Félix, como tantos artistas en la Corte, buscaba un cargo fijo que le asegurara la existencia, recordemos a Pedro Texeira, nacido el mismo año que Castello por cierto, intentando sin ningún éxito ser nombrado Ayuda de Cámara del Rey.

Fue discípulo de Vicente Carducho, siempre estuvo muy cerca de él, y su pintura se vio influenciada por la de su maestro.

Aunque no llegó a tener ningún cargo en la Corte sí realizó algunos trabajos para Felipe IV. Participó en la decoración del Palacio del Buen Retiro, el Alcázar y otros Sitios Reales. En el Palacio del Buen Retiro pintó uno de los doce cuadros que cubrían las paredes del Salón de Reinos con escenas de grandes batallas, La recuperación de la isla de San Cristóbal, firmado en 1634. Victoria conseguida en 1629 por Fadrique de Toledo, la recuperación, por poco tiempo, de la isla de San Cristóbal, en las Antillas, en poder de franceses e ingleses.

Para la serie de reyes godos, al año siguiente pintó Teodorico, rey godo.

Ambas pinturas pertenecen al Museo del Prado. El primero no está expuesto, y el segundo se encuentra en depósito en el Museo del Ejército.

Salón de Reinos, antigua sede del Museo del Ejército, actualmente.

Para el Real Alcázar realizó varios retratos de reyes situados en la Sala de Comedias, y algunos trabajos para la Capilla.

Otras obras suyas se encuentran en el Museo de Historia. Su Vista del Alcazar de Madrid, realizada en la década de los años treinta, es quizá una de sus obras más conocidas y una de las que nos ilustra sobre cómo era ese Madrid antiguo. El Real Alcázar, visto desde el Puente de Segovia, el Campo del Moro…

Otro encargo de la Corona fue la creación de cinco vistas de las casas de campo reales,  de las que se conservan un delicioso Paisaje de la Casa de Campo, de 1634.

Gracias a otra de sus pinturas tenemos la imagen de la desaparecida Torre de la Parada, pabellón de caza situado en el Real Sitio de El Pardo para alojar al rey y sus acompañantes. Su origen se remonta al siglo XVI, cuando Luis de Vega lo construyó para Felipe II, aún príncipe; Gómez de Mora lo transformó completamente y Felipe IV ordenó su decoración con pinturas de Velázquez, Rubens y otros artistas. Un inventario realizado a la muerte de Carlos II describe ciento setenta y seis pinturas de grandes maestros, muchas de ellas se perdieron y otras se encuentran en el Prado.

El último cuadro adquirido por el Museo de Historia es el de los Baños en el Manzanares en el paraje del Molino Quemado, que se considera realizó al final de su vida. Se le atribuye su autoría además de por el tratamiento del paisaje, por los personajes y la temática. Un ejemplo: la escena del duelo recuerda extraordinariamente a la que aparece en La Torre de la Parada.

Esta pintura, además de ofrecer un verdadero cuadro costumbrista, nos proporciona datos valiosísimos acerca de esta construcción singular cuya situación frente a la Casa de Campo conocemos gracias a Texeira y su plano.

Se sabe que fue “maestro de su arte”, dedicándose a enseñar el oficio de pintor.

Félix Castello , o Castelo, pues de ambas formas firmó sus obras, murió en 1651, en su ciudad, Madrid.

Por Mercedes Gómez

La semana pasada fue inaugurada una exposición en el edificio que hasta hace poco albergó el Museo del Ejército, en la calle de Méndez Núñez. Bajo el título de DOMUSae –inspirado en la expresión domus musae, que significa “la casa de las musas”, o “donde habitan las musas”-.

Me enteré por un reportaje del diario ABC, que la calificaba de “autobombo” del Ministerio de Cultura. A pesar de todo, personalmente me resultó muy interesante el tema y el lugar, y ayer fui a visitarla.

La realidad es que muestra algunos edificios construidos o rehabilitados a lo largo de los últimos treinta años, como precisa la propia noticia, para albergar espacios culturales, Museos, Archivos o Bibliotecas,  y también hay que decir que la autora del texto aún no debía conocer la exposición pues se inauguraba esa tarde.

Sí que es cierto que desde que se cerró el edificio y tras alguna propuesta, no se ha llegado a tener claro su futuro. Recordemos que el proyecto de traslado del Museo del Ejército a Toledo nació hace más de catorce años, el camino hasta aquí ha sido largo y difícil.

A la espera de decidir su destino y comenzar su necesaria restauración, el Ministerio actual ha decidido dedicarlo a exposiciones temporales. Esta me parece recomendable en sí misma, pero lo que me resultó más sugerente es el lugar en que se desarrolla, y el montaje realizado.

Antes que Museo del Ejército este singular edificio fue Salón de Reinos, una de las más suntuosas estancias del antiguo Palacio del Buen Retiro, Real Sitio construido en la década de los años treinta del siglo XVII para el rey Felipe IV.

El Palacio del Buen Retiro en 1636-1637, atribuido al pintor Jusepe Leonardo. El Salón de Reinos, situado entre la Plaza Cuadrada y la Plaza Grande.

El Salon de Reinos era un largo espacio rectangular situado entre las dos grandes plazas del Palacio, decorado para gloria y disfrute de la Monarquía. Sus paredes fueron cubiertas por doce escenas de batallas, de grandes victorias, representadas por los mejores pintores, entre ellos Diego Velázquez, con su cuadro Las Lanzas o La Rendición de Breda. Además, junto a las puertas se colocaron los retratos de Felipe III y Margarita de Austria, Felipe IV e Isabel de Borbón, todos ellos realizados por Velázquez. Y finalmente, sobre las ventanas, varios cuadros representando a Hércules, obra de Zurbarán.

Junto con el Casón –antiguo Salón de Baile-, aunque este muy modificado en su exterior, constituyen los únicos restos del Palacio del Buen Retiro.

Se considera sus autores a Juan Bautista Crescenzi y Alonso Carbonell, Maestro Mayor del Real Sitio. Su aspecto exterior es típico del Madrid de los Austrias, con sus dos torres con chapiteles.

En 1884 fue reformado para Museo de Artillería.

La exposición comienza en la planta baja, con fotografías de los edificios antes de su rehabilitación, en un espacio a su vez necesitado de restauración.

Madrid está representado por la Antigua Fábrica de Tabacos, y el propio Salón de Reinos.

Subimos a la primera planta, donde en un primer espacio se exponen las maquetas y documentación existentes sobre los proyectos realizados.

Aquí hallamos las maquetas de la Ampliación del Museo del Prado y la Ampliación del Reina Sofía.

A continuación la estancia principal se ha convertido en una espectacular gran biblioteca blanca, que acoge bajo la bóveda del antiguo Salón de Reinos el material expresamente creado para la exposición, maquetas, libros, videos…

En el otro extremo de la planta, más documentación, planos, fotografías y maquetas.  Y finalmente, en la última sala, la historia visual del propio edificio, el Salón de Reinos, desde el siglo XVII hasta hoy.

Falta el último capítulo, saber cuál será por fin su destino en este siglo XXI.

por Mercedes Gómez

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DOMUSae. Espacios para la cultura
Salón de Reinos
Calle de Méndez Núñez
Madrid
Del 16 de diciembre al 16 de marzo de 2011, de 10:00 a 20:00


La existencia de baños públicos se remonta a los orígenes de Madrid, al Mayrit árabe. Quizá existieron antes, gracias a los romanos, pero al menos de momento no se ha podido comprobar, o no tenemos noticias.

Sí hay constancia de los baños árabes en algunos documentos antiguos. Manuel Montero Vallejo habla en sus libros de los baños que se encontraban junto al Barranco por donde entonces fluía el Arroyo de San Pedro, hoy calle Segovia, y que continuaban existiendo en los siglos XIII y XIV. Estaban situados cerca de la iglesia de San Pedro, aproximadamente a la altura de la Fuente de San Pedro o de los Caños Viejos, donde hoy se encuentra la Fuente de Diana.

Barranco de San Pedro fin sg. XV, por M. Montero Vallejo, que sitúa en su dibujo los baños con el nº 3.

Con la llegada de los cristianos en el siglo XI, el baño dejó de estar bien visto, dicen que Alfonso VI, el rey conquistador, no era partidario, y que prohibió construir nuevos establecimientos.

Pero también se cuenta que siguieron funcionando regentados por mujeres mudéjares, y que a ellos acudían en buena armonía cristianos, musulmanes y judíos. Montero cuenta que esos mismos baños que aún existían a finales del siglo XIV los tenía arrendados una tal doña Xançi.

Otro de los baños medievales se encontraba en la plazuela de los Caños del Peral, hoy plaza de Isabel II, cerca de la Puerta de Valnadú, una de las puertas de la muralla cristiana.

Gracias a los literatos del Siglo de Oro sabemos que en el siglo XVII los madrileños eran muy aficionados a bañarse en el río, y parece ser que a orillas del Manzanares se organizaban fiestas algo subidas de tono. Hemos leído mucho sobre las romerías a orillas del río en tiempos de Felipe IV, pero nunca habíamos visto sus imágenes, hasta que llegó este cuadro de Félix Castello al Museo Municipal.

F.Castello. "Baños en el Manzanares en el paraje del Molino Quemado"

La escena, un verdadero “jardín de las delicias” madrileño, representa los baños en el Manzanares, frente a la Casa de Campo, en el Camino del Pardo, junto al llamado Molino Quemado, que también Texeira representó en su plano.

Pero en invierno hacía mucho frío, y había que buscar otras soluciones. La primera Casa de Baños de la que se tiene noticias es una en la calle Jardines, abierta en 1628. Solicitó licencia de apertura un italiano llegado a la capital, argumentando que el agua era necesaria para la salud, todo el año, no únicamente en el verano.

Se le concedió, pero para acudir era necesario llevar la “receta” del médico. Además, los baños de las mujeres estaban prohibidos en la misma casa que los de los hombres, y mientras ellas se bañaban ellos no podían entrar, aunque fuese su marido.

Cuentan los cronistas que, mediado el siglo XIX, existían en Madrid diecinueve Casas de Baños, aunque algunas solo abrían en verano. Las pilas eran de piedra blanca de Colmenar, o de mármol. Además de los baños normales, estaban disponibles también baños de “salvado, aromáticos, emolientes y minerales artificiales”.

Uno de los más concurridos eran los Baños de Oriente, de nombre evocador, en la plaza de Isabel II, abiertos en 1830, acaso herederos de los viejos baños de los Caños del Peral.

Y llegamos al siglo XX. No hace tanto tiempo, en 1928, aún no era tan fácil el tener acceso a un baño o ducha en la propia casa. Existían varias casas de baños, pero eran demasiado caras para la mayoría. Se inauguró la primera casa municipal, en el Portillo de Embajadores, obra del arquitecto municipal José Lorite. Tenía una planta con azotea, en el zaguán dos taquillas, una para las señoras y otra para los caballeros, y dos salas de espera, igualmente separadas.

Casa de Baños de Embajadores (Foto madridhistorico.com)

En la República, dentro de una política de higiene pública que había comenzado en la década anterior, además de los de Embajadores se construyeron otros Baños en  la avenida de los Toreros y en Bravo Murillo, bajo las ideas del Racionalismo, tal como estaba ocurriendo en la construcción de Dispensarios antituberculosos.

Con la mejora de las condiciones en la vivienda la situación fue cambiando. En 1974 seguían existiendo los Baños de Oriente. A la vez las Guías de la ciudad anunciaban saunas finlandesas, suecas y baños turcos, situados en los barrios más acomodados. Además, por entonces seguían existiendo tres establecimientos de Baños Municipales, en la Glorieta de Embajadores 1, Bravo Murillo 133, y avenida de los Toreros 3-5.

En el barrio de la Latina, en la plaza de la Cebada, junto al mercado, existía otra Casa de Baños.

El edificio de la avenida de los Toreros, también obra de José Lorite, estuvo a punto de ser derribado debido a su estado ruinoso, pero se salvó de la piqueta y hoy día alberga el Centro Cultural de Buenavista, tras la reforma de Salvador Pérez Arroyo en 1982. Una singularidad del edificio son sus pabellones laterales, antiguas piscinas, hoy convertidas en la biblioteca y el salón de actos.

Avenida de los Toreros, 3 (2010)

Hasta hace poco tiempo aún funcionaban las otras tres Casas de Baños en Madrid:

La de la Plaza de la Cebada, que aunque en la web del Ayuntamiento figura como cerrada por obras, la realidad es que el edificio en el que se encontraba fue derribado, y ahora hay un solar.

Derribo Casa de Baños La Latina (Foto: recuerdosaolvidar.blogspot.com)

La de Bravo Murillo fue cerrada a principios de este año para su reforma integral. Según las noticias publicadas entonces, se preve su reapertura para mediados de 2011.

Bravo Murillo 133 (foto: Street View Google Maps)

El domingo pasado fuí hasta allí para hacer una fotografía al edificio, sin saber lo que iba a encontrar. Llegué tarde, la vieja construcción ya no existe, la reforma es integral en verdad. El Ayuntamiento, con cargo al fondo estatal para el empleo, está construyendo un Centro de Atención Social de Atención Social a mujeres, inmigrantes y personas sin hogar, según explica el cartel en la propia obra, lo cual es sin duda una buena noticia.

Bravo Murillo, 133 (diciembre 2010)

Poco antes de que cerraran esta Casa de Baños tuve ocasión de hablar con una de las personas que la atendían, y me contó muchas cosas interesantes del edificio, que desde 1932 no había tenido ninguna restauración. Habló con cariño y cierto orgullo de un lugar en el que debía llevar mucho tiempo trabajando. Se decía que en el edificio vivía un duende. Derribada la casa, se ignora si se ha trasladado o continúa por allí…

Aunque los días de más visitas eran los lunes y los viernes, la mayoría, muchos inmigrantes, acudían todos los días a lavarse. Veinte minutos de agua caliente por quince céntimos.

Los usuarios, en su mayor parte personas sin hogar, le contaban que preferían ir  a Bravo Murillo en lugar de a Embajadores porque aquí conservaban los dos grifos de agua caliente y agua fría, que ellos mismos podían regular. En las modernas instalaciones de Embajadores hay grifo a presión, con duración limitada, pero según comentaba mi interlocutor, esto quizá no ahorre agua, porque al no poder mezclarla, o se queman o se hielan, y pulsan el grifo demasiadas veces.

El edificio de la glorieta de Embajadores, aunque había sido reformado hacía pocos años, fue derribado en 2001 para construir el actual, de tres plantas, con mayor número de duchas y seguramente más comodidades, a pesar del grifo a presión, siendo inaugurado cuatro años después.

Glorieta de Embajadores (2010)

Hoy día están de moda los spas, balnearios, y baños árabes, más relacionados con el ocio y el bienestar que con la mera higiene, ya que en este siglo XXI casi todas las viviendas tienen cuarto de baño, o ducha.

Pero algunas personas simplemente no tienen casa. Y acuden a la única Casa de Baños actualmente en funcionamiento en la capital, la Casa de Baños de Embajadores, muchos casi todos los días.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

M. Montero Vallejo. Origen de las calles de Madrid. Ed. Avapiés. Madrid 1995.
Museo de Historia de Madrid. Adquisiciones 2003-2006. Madrid 2007.
Mª C. Simón Palmer. Casas de Baños en Madrid. Anales del Instituto de Estudios Madrileños. 1975.
Estampa
. 20 marzo 1928.

Uno de los primeros artículos que escribí para este blog, hace ya bastante tiempo, fue el dedicado a la Sacristía de los Caballeros y el Patio de Moradillo, pertenecientes al conjunto de las Comendadoras de Santiago, que había tenido la suerte de conocer unos meses antes durante la Semana de la Arquitectura 2008. Actualmente hay una novedad interesante, existen visitas guiadas a la Sacristía, todos los primeros lunes de mes a cargo de los propios profesionales que han procedido a su exquisita restauración, por lo que me gustaría volver a este lugar, recomendarlo a quien no lo conozca, y recordar su historia.

El Convento de las Comendadoras y la Parroquia de Santiago el Mayor, situados en la plaza del mismo nombre, constituyen uno de los monumentos más importantes de Madrid, declarado Bien de Interés Cultural en 1970.

Ocupa toda la manzana, rodeada por las calles del Acuerdo, Montserrat, Amaniel, plazuela de las Comendadoras y calle de Quiñones. Su imagen y el ambiente que transmite por un momento te transporta al siglo XVII.

Fue fundado en 1584, aunque la escritura para las obras no se firmó hasta 1667, las cuales fueron encargadas a los arquitectos José del Olmo y su hermano Manuel. En 1650 el rey Felipe IV se hizo cargo del patronato de las Comendadoras y mandó traer monjas de Valladolid, pero murió antes de iniciarse la construcción del monasterio; fue su viuda Mariana de Austria la que por fin dió inicio a las obras. Eran grandes las dificultades económicas que sufría Madrid en esa época, se tardaron casi 30 años, no finalizando la construcción hasta 1697.

En un Madrid poco dado a conservar sus edificios más antiguos, hay que resaltar que es el único monasterio madrileño que se conserva íntegramente, sin que ninguna de sus dependencias haya sido demolida, aunque fue reformado por Sabatini en el siglo XVIII por orden de Carlos III.

En el ángulo noreste del convento se encuentra la Sacristía de los Caballeros, una joya auténtica, construida por Francisco Moradillo entre los años 1746 y 1753, durante el reinado de Fernando VI. Una joya inesperada, oculta, pues no se ve desde la calle, es imposible, carece de fachadas y está construída en el interior del conjunto.

Bellísima, de estilo barroco, era el lugar donde se preparaban para el nombramiento de Caballeros de la Orden de Santiago, ceremonia que luego tendría lugar en la Iglesia. Hace unos años, durante la exposición dedicada a la Colección Madrazo adquirida por la Comunidad de Madrid en 2006, instalada en algunas de las rehabilitadas salas y deambulatorios del convento, se podía vislumbrar, tras el cristal de la puerta cerrada, y con las luces apagadas.

Una magnífica restauración ha permitido recuperar el antiguo esplendor, perdido por el paso del tiempo y las varias reformas sufridas. Ahora ha recobrado su aspecto primero, sus colores originales, pavimento, toda su espectacularidad.

La entrada tiene lugar por la calle del Acuerdo, nada mas traspasarla, a la derecha se encuentra la puerta de acceso a la Sacristía que aparece deslumbrante ante nuestros ojos:

Detalles escultóricos y pictóricos adornan sus muros, hornacinas y la cúpula.

Al fondo, la figura del Apóstol Santiago, flanqueada por dos puertas, la de su izquierda nos lleva a una pequeña estancia con una lujosa pila de mármol en la que se lavaban estos nobles antes de de la ceremonia y de la misa.

El techo, con la cruz de Santiago, y la cúpula decorada con falsas ventanas al trampantojo, recurso pictórico muy utilizado en el Madrid barroco, como sabemos.

La otra puerta nos dirige a un patio delicioso.

El Convento de las Comendadoras de Santiago esconde, además del gran patio central, otros seis patios más pequeños, como se puede apreciar en el detallado plano de Ibáñez de Ibero realizado hacia 1875:

Uno de estos patios se encuentra junto a la Sacristía de los Caballeros -arriba a la derecha del plano-, y también se encontraba en muy mal estado. Es el hoy conocido como Patio de Moradillo.

Al igual que en la Sacristía, los trabajos de restauración han permitido recuperar las pinturas murales primitivas. El deteriorado estado en que se encontraba el pequeño patio se podía apreciar en los paneles explicativos de las distintas fases acometidas por los restauradores que nos mostraron durante aquella primera visita.

Antes

 

Después

En la decoración primitiva del patio se utilizaron los mismos colores que en el interior, como podemos observar en las fotografías. E igualmente se recurrió al trampantajo, veamos el delicado pañuelito imaginario tendido en una de las falsas ventanas.

 

La antigua fuente de piedra también ha sido recuperada.

La Iglesia de las Comendadoras permanece cerrada. Sí ha terminado, según se ha publicado recientemente, la restauración del lienzo del gran pintor barroco Lucas Jordán, el Santiago Apóstol en la Batalla de Clavijo, del siglo XVII, que se encuentra a salvo en una de las estancias próximas a la parroquia y volverá a su lugar, el Altar Mayor, una vez terminen las obras de consolidación estructural y restauración de la Iglesia, del Zaguán y las Torres del Convento.

Según estas noticias, podría ser la próxima primavera.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

El gran Diego Velázquez, además de llegar a ser Pintor de Cámara de Felipe IV, desempeñó varios cargos para su rey. Fue ujier, alguacil de casa y corte, aposentador…, y entre otras muchas cosas se encargó de la decoración de las dependencias del Alcázar Real. Viajó a Italia por segunda vez en su vida con el cometido de adquirir obras de arte antiguo que incrementaran la Colección del monarca.

Y así fue cómo Velázquez, entre los años 1649 y 1651 contrató la compra de numerosas esculturas clásicas. Debido a que era muy difícil la adquisición de originales, optó por la reproducción de las más importantes mediante la técnica del vaciado en yeso o en bronce.

Muchos de los vaciados que trajo Velázquez, como tantas pinturas, mapas, etc. se perdieron en el incendio del Alcázar, en la Nochebuena del año 1734. Pero algunas se conservan. Dos de ellas se pueden admirar con facilidad pues se encuentran en el vestíbulo de entrada al Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Son las estatuas de Flora y Hércules Farnese.

Se trata de dos estatuas imponentes, de enorme tamaño, situadas sobre un gran pedestal de granito, sin embargo su situación quizá las hace pasar un tanto desapercibidas. Nada más acceder al museo, en el zaguán donde se encuentran las taquillas, a la derecha se halla Hércules. El original de esta magnífica estatua se encontró en el siglo XVI, en las antiquísimas Termas de Caracalla en Roma, aunque le faltaban las piernas, que fueron halladas después.

Actualmente se considera una obra de comienzos del siglo III después de Cristo, y que su autor fue Glicó, quien copió el Hércules realizado en bronce por el griego Lisipo en el siglo IV antes de Cristo.

La escultura original del Hércules Farnese se encuentra en el Museo Nacional de Nápoles. El vaciado que contemplamos, obra del siglo XVII, fue realizado cuando aún mostraba las piernas añadidas en la primera restauración, antes de localizar las originales, con el fin de exponer la estatua en el Palacio Farnese de Roma.

A la izquierda, frente a Hércules, se encuentra Flora.

No se sabe exactamente donde fue encontrada, aunque pudo ser en el mismo lugar que Hércules, en las Termas de Caracalla; en el siglo XVI se encontraba igualmente en el Palacio Farnese. En 1800 fue trasladada al Museo de Nápoles, donde continúa. En 1819, la corona que sujeta con la mano izquierda fue sustituida por un ramo de flores.

Velázquez contrató en Roma, en 1650, el vaciado en yeso de estas dos grandes obras al formador Cesare Sebastiani por la cantidad de 180 ducados.

Recientemente, el estudio de ambas esculturas, mediante gammagrafía, permitió conocer el número exacto de piezas que se realizaron para formar la obra completa, así como la forma en que se unieron utilizando pernos de hierro y piezas de madera. Las piezas, veinticuatro en el caso de Hércules, viajaron a Madrid en cajones para ser ensambladas en el Alcázar por Girolamo Ferreri, que se trasladó a Madrid en compañía de su hijo y un obrero especializado para desempeñar esta tarea.

Ambas esculturas fueron instaladas en los extremos de la Galería del Cierzo, en el viejo Alcázar de los Austrias.

En 1744 formaron parte de las primeras esculturas que se trasladaron a la Real Academia de Bellas Artes para ser utilizadas en la enseñanza a sus alumnos, cuando la institución se encontraba aún ubicada en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor.

En 1774 el arquitecto Diego de Villanueva las trasladó al emplazamiento actual, cuando reformó el antiguo Palacio de Goyeneche, en la calle de Alcalá, para convertirlo en sede de la Real Academia de Bellas Artes.

Villanueva diseñó los pedestales de granito donde desde entonces se hallan colocadas las monumentales estatuas.

por Mercedes Gómez

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Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Calle de Alcalá, 13.

artedemadrid@gmail.com
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