You are currently browsing the tag archive for the ‘Siglo XVIII’ tag.
Roberto Michel nació en 1720 en Francia, en un pueblo llamado Le Puy-en-Velay, y comenzó a estudiar en su tierra natal en talleres de escultura siendo apenas un niño, pero se trasladó a Madrid con solo 20 años de edad. Aquí vivió, desarrolló su arte y sin duda se convirtió en uno de los escultores más madrileños. Sus obras adornan nuestros museos y nuestras calles, algunas verdaderamente emblemáticas.
Por entonces reinaba en España el francés Felipe V, primer monarca de la dinastía borbónica. Nada más llegar a la capital el joven escultor recibió encargos, para algunas iglesias y para la Corona comenzando a trabajar en la decoración del Palacio Real.
Fernando VI, sucesor de Felipe V, fue quien alrededor de 1743 puso en marcha el plan para realizar las estatuas de los reyes hispanos que deberían decorar el Palacio Real, estatuas de azarosa vida que aún hoy día esconden algunos misterios, algunas desaparecidas y otras sin identificar. Roberto Michel realizó algunas, entre ellas la estatua de Teudis, rey godo, que se encuentra en Vitoria, ciudad a la que el escultor estuvo vinculado debido a su boda, poco después de llegar a Madrid, con la alavesa Rosa Ballerna.
Además creó otras obras para el Palacio Real. En el Museo del Prado, en el pasillo de la segunda planta que comunica las salas dedicadas al siglo XVIII español, se exponen dos relieves esculpidos en mármol entre los años 1753 y 1761, San Ildefonso y Santa Leocadia, y el Martirio de Santa Eulalia.
Son dos de los treinta y cuatro relieves cuyo destino era decorar los pasillos del Palacio Real. Eran escenas bélicas o religiosas que fueron consideradas demasiado recargadas por Carlos III de forma que en 1761 interrumpió el proyecto de Fernando VI, igual que ordenó bajar las estatuas de reyes que adornaban la fachada del Palacio.
Fernando VI en 1757 había nombrado a Michel Escultor de Cámara. Posteriormente, a propuesta de Francisco Sabatini con el apoyo de Antonio Rafael Mengs, arquitecto y pintor reales respectivamente, la gran calidad de su escultura llevó a Carlos III a nombrarle Escultor de su real persona en 1775, lo cual incluía la dirección de todas las obras escultóricas realizadas para los Palacios Reales.
Roberto Michel trabajó en varias ocasiones para el arquitecto Francisco Sabatini. Una de las primeras colaboraciones, según proyecto de 1761, fue la decoración de la antigua Real Casa de la Aduana, en la calle de Alcalá nº 9, hoy Ministerio de Hacienda.
Iniciamos aquí un paseo por la calle de Alcalá que se convierte en un paseo por la vida y la obra de Roberto Michel, por el siglo XVIII madrileño y por el Madrid de Carlos III.
Para la fachada de la Real Casa de la Aduana Roberto Michel esculpió el nuevo escudo real adoptado por Carlos III en 1759, además de otras esculturas, siguiendo siempre el diseño de Sabatini.
Muy cerca, en el nº 13, se encuentra la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tanto Roberto Michel como su hermano Pedro, ocho años menor, formaron parte de la Academia desde sus comienzos, y participaron en la introducción de la escultura neoclásica. Fundada en 1752, Roberto fue nombrado Teniente Director de Escultura. Pedro, Académico de Mérito seis años después.
En 1780 Carlos III convocó un concurso para la creación de un modelo de estatua ecuestre de su padre Felipe V, se cree que probablemente con el fin de instalar su estatua en bronce en alguna plaza o lugar importante de Madrid, como sucedía con sus antecesores los reyes de la dinastía austriaca, Felipe III y Felipe IV. No se llevó a cabo.
Presentaron sus bocetos Manuel Álvarez, Francisco Gutiérrez, Juan Pascual de Mena, Juan Adán y Roberto Michel. Uno de los que se conservan es el de Michel.
El Museo de la Academia conserva otra obra del escultor, el Busto de Antonio Ponce de León XI Duque de Arcos esculpido en mármol blanco en 1783.
Continuamos nuestro camino por la acera de los impares de la calle de Alcalá y llegamos a la iglesia de San José, en el nº 43. La Virgen del Carmen de la fachada es obra suya.
Como decíamos al principio, realizó bastantes trabajos para iglesias madrileñas. Entre las más notables se encuentran la Caridad romana y la Fortaleza en la Basílica de San Miguel, de mármol blanco, y los ángeles y querubines de la iglesia de San Marcos. Estos templos merecerán una visita pero de momento ahora permanecemos en uno de los lugares más bonitos de Madrid, frente a la iglesia de San José, allí donde nace la Gran Vía y desde donde ya a lo lejos podemos contemplar la bellísima fuente de Cibeles, instalada en 1782 en el Salón del Prado.
Según dibujo de Ventura Rodríguez, los Leones que tiran del carro de la diosa son obra de Michel. Los modelos previos que realizó el escultor se pueden ver en el Museo de la Moneda.
Cerca de aquí, en el Paseo del Prado se encuentran las Cuatro Fuentes para las cuales nuestro artista creó los Tritones y Nereidas que las adornan, junto a los escultores Francisco Gutiérrez y Alfonso Bergaz. Las figuras actuales son réplicas realizadas debido al mal estado en que se encontraban las originales por el efecto del tiempo y del agua. Actualmente se encuentran en el Patio del Museo de los Orígenes.
Y llegamos al final del paseo donde se encuentra otro de los monumentos más representativos de Madrid, la maravillosa Puerta de Alcalá, en la plaza de la Independencia.
Carlos III ordenó construir una nueva Puerta de Alcalá que fue finalizada en 1778. El arquitecto fue Francisco Sabatini, y la decoración escultórica fue obra de Francisco Gutiérrez (lado este, lado que mira hacia el exterior) y de Roberto Michel (oeste, lado que mira al centro de la ciudad).
Roberto Michel creó diversas figuras ensalzando los triunfos del rey. Trofeos militares de gran tamaño, sobre la cornisa, que el propio Michel denomina torsos, que se recortan contra el cielo y dan a la Puerta su aspecto tan característico; cabezas de leones sobre las tres puertas centrales, y cornucopias sobre las dos laterales.
Murió en 1786, con 66 años, solo hacía un año que había sido nombrado Director General de la Real Academia de Bellas Artes, el máximo cargo en la institución a la que había estado ligado casi toda su vida. Fue enterrado en la madrileña iglesia de Santa María de la Almudena, derribada en 1869. Sus restos se perdieron.
El cargo de Escultor de Cámara lo heredó su hermano Pedro Michel, y lo mantuvo durante el reinado de Carlos IV, completando así una larga carrera de ambos hermanos como escultores reales a lo largo de los reinados de los Borbones, desde Felipe V hasta Carlos IV.
Pedro murió en 1809. Solo un año antes había donado a la Real Academia de San Fernando el Retrato anónimo de su hermano Roberto.
Texto : Mercedes Gómez
—–
Bibliografía:
C. Lorente Arévalo y C.M. Tascón Gárate. Nuevas aportaciones a la biografía del escultor Roberto Michel. Anales de Hª del Arte, n.” 5. UCM Madrid 1995.
J.J. Martín González. La escultura neoclásica en la Academia de San Fernando. Siglo XVIII. Universidad Coruña 1994.
Museo del Prado. Sala 85.
Mª Luisa Tárraga. Esculturas y escultores de la Puerta de Alcalá. Dpto. Hª del Arte del CSIC. Madrid 2008.
El Paseo de las Delicias nace en la plaza del Emperador Carlos V, en el lugar donde estuvo la Puerta de Atocha, hasta el año 1851 en que fue derribada, y llega hasta la plaza de Legazpi. Su historia se remonta al siglo XVIII. Antes, en el siglo XVII, tras la puerta que en el plano de Pedro Texeira aparece con el nombre de Puerta de Vallecas únicamente existía un camino rodeado de sembrados.
En 1748, reinando Fernando VI, dentro de un amplio plan de reformas de la zona, se construyó una nueva Puerta. A la salida, extramuros, como continuación del Salón del Prado, se crearon unos hermosos paseos arbolados en dirección al Río Manzanares que recibieron el nombre de Las Delicias. El artista italiano Antonio Joli reflejó las novedades en uno de sus mágicos cuadros realizados durante su estancia en Madrid, la Vista de la Calle de Atocha. A la izquierda, tras la nueva puerta de la Cerca que rodeaba Madrid, Joli pintó el inicio de los paseos.
La imagen más ilustrativa es otra bella pintura creada hacia 1785 por Francisco Bayeu, pintor de cámara, El paseo de las Delicias, un pequeño óleo sobre lienzo de 37×56 cm. que podemos contemplar en el Museo del Prado.
En la segunda planta al sur del edificio, se encuentran las salas dedicadas al siglo XVIII español, entre ellas la Sala de Bocetos y Pintura de Gabinete. Una de las obras expuestas es este boceto para un cartón de tapiz realizado para el cuarto de los Príncipes de Asturias del Palacio del Pardo.
El Paseo de las Delicias se convertiría en uno de los más frecuentados de la ciudad. Su ambiente era más popular que el del Salón del Prado, que era visitado por los nobles y clases más altas, pero era igualmente lugar de alegre entretenimiento y relación social. En el cuadrito de Bayeu se puede apreciar muy bien cómo debía ser la vida allí y los personajes que lo animaban.
Según la descripción de Pascual Madoz, en el siglo XIX, a la salida de la puerta se veían dos malas fuentes (debían ser abrevaderos para el ganado), y tras un camino alargado se llegaba a una plazuela en la que había otras dos fuentes, de la cual partían tres caminos: el denominado paseo de las Delicias que llevaba al puente de Santa Isabel sobre el Canal del Manzanares, adornado con cuatro filas de árboles y dividido en tres calles, y el de Santa María de la Cabeza, de iguales características, que llevaba hasta el Embarcadero. Tanto uno como otro tenían de trecho en trecho sus plazuelas, algunas con bancos de piedra, y eran muy frecuentados por las personas que paseaban por conveniencia y sin otro objeto que respirar un aire libre. Finalmente, el último ramal que salía de dicha plazuela era la Ronda de la Cerca que rodeaba Madrid, que desde la Puerta de Atocha se dirigía a la Puerta de Toledo.
Cuando se creó el paseo de las Delicias de Isabel II, actual paseo de la Castellana, nuestro paseo recibió, para diferenciarlo, el nombre de Delicias del Río.
La construcción de la Estación de Delicias, proyectada en 1878, y la de Atocha pocos años después, en 1890, condicionaron la evolución del barrio. Por entonces ya habían comenzado a trazarse las calles hasta la línea que marcaba el paso del ferrocarril, que partía el barrio en dos (futura calle del Ferrocarril). En los comienzos del siglo XX la zona ya estaba urbanizada, desde Atocha hasta el Río. Al abrigo de la Estación de Delicias se instalaron varias fábricas y almacenes de tipo industrial. También surgieron nuevas formas de ocio, los cines, los bares… , el paseo continuaba siendo un lugar de esparcimiento y encuentro, como lo fuera en el siglo XVIII.
En los años 40 y 50 había varios cines de sesión continua a lo largo de la calle. Uno de ellos fue el Lusarreta, que con el tiempo se convertiría en el nuevo Teatro Cómico. En 1945 se inauguró el Pizarro, y al final de la década, el 6 de abril de 1958, se inauguró el Candilejas, en la plaza de Luca de Tena. Era un cine de los llamados de “reestreno” donde los vecinos podían ver las películas más recientes sin tener que acudir a las salas del centro. Desapareció, como tantos cines de barrio, pero aún perviven su recuerdo y los restos de la antigua entrada.
Por entonces, no es cosa de ahora, según leemos en la publicidad de la época, se puso de moda ver los partidos de fútbol en televisión en los bares por toda la ciudad, algunos de ellos en el Paseo de las Delicias, como por ejemplo en el entonces llamado Bar el 5, en el nº 5 del paseo.
Hoy día el paisaje es muy diferente, ya no existe una cerca ni puertas que cierren la ciudad, pero perviven huellas de la historia vivida.
Algunos de los edificios que jalonan el Paseo hoy día fueron construidos en los comienzos del siglo XX, como los primeros números, del 8 al 14, entre 1900 y 1910. En el nº 19, esquina a la calle Murcia, hay una bonita casa construida hacia 1925, con sus balcones de onduladas rejas.
Justo enfrente, en el número 28, el 12 de septiembre de 1959, fue inaugurado el Hotel Carlton, de 1ª categoría. Pocos pasos después, en el 27, se encuentra el callejón de entrada a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, que ya visitamos.
Entre las nuevas edificaciones de los años 40, en el nº 74-76 destaca un edificio de Secundino Zuazo y Vicente Eced.
En la plaza de Luca de Tena, como en las plazuelas dieciochescas, hay bancos y jardincillos, con árboles y arbustos, incluso un bonito madroño que el próximo otoño dará su fruto.
En 1970 se inauguró la nueva parroquia de las Delicias, actual nº 61. El barrio iba cambiando con los tiempos y de acuerdo a sus necesidades. A continuación pervive la verja de entrada a la antigua Estación de Delicias, donde en 1984 se instalaron el Museo del Ferrocarril y el Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica, este último quizá bastante desconocido. Ambos merecen una visita.
En el nº 67 se encuentra otro de los edificios más antiguos, el Colegio de Nuestra Señora de las Delicias, originalmente Instituto del Pilar para la Educación de la Mujer, para huérfanas hijas de Madrid, construido entre 1902 y 1913 junto al campo de fútbol de La Ferroviaria, según proyecto de Julio Martínez-Zapata, uno de los arquitectos para los que trabajó el escultor Ángel García Díaz, autor de algunas de las esculturas de la Capilla.
La fachada neomudejar parece haber sido restaurada recientemente y luce alegre.
El paseo es muy largo. Al final, en una de las antiguas plazoletas, hoy gran plaza de la Beata María Ana de Jesús, se cruza con la calle de Embajadores antes de continuar su camino hasta las proximidades del Río.
En el siglo XXI las tiendas tradicionales han ido desapareciendo, también las fábricas y los cines, incluso la Estación, pero hoy día el Paseo de las Delicias continúa siendo un paseo arbolado. Aunque ahora destinado a los automóviles, a ambos lados, sus aceras, con bancos de madera, siguen siendo lugar de encuentro del barrio.
Por Mercedes Gómez
Las Escuelas Pías de San Fernando fueron el primer colegio perteneciente a la Orden de los Padres Escolapios creado en Madrid, anterior a las Escuelas Pías de San Antón de la calle de Hortaleza.
El Convento y Colegio de San Fernando, fundado en 1729 por el padre rector de las Escuelas Pías, se instaló en la calle del Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés, en los terrenos donde en 1617 se había levantado el Hospital de Nuestra Señora de Montserrat perteneciente a la Corona de Aragón, en la esquina de la entonces calle de Cabestreros con Tribulete.
El número de alumnos acogidos fue aumentando poco a poco, así que tras la adquisición de otras casas en el mismo solar se decidió construir un nuevo Colegio más espacioso encargándose el proyecto a Francisco Ruiz, uno de los notables arquitectos madrileños de la primera mitad del siglo XVIII, arquitecto de la Corte y Villa de Madrid, como él mismo firmó en algún documento.
Recorriendo despacio la calle del Mesón de Paredes y sus alrededores se encuentran las huellas de antiguos conventos, recuerdos de fuentes cuyas aguas en el pasado ofrecían eróticas promesas, una de las cuales se conserva, la Fuente de Cabestreros, iglesias y tabernas centenarias, corralas… y se intuye la presencia de los arquitectos castizos que de un momento a otro imaginamos se van a cruzar con nosotros camino de su casa, ataviados con casacas y calzones a la francesa o acaso con chaquetillas cortas como las de los majos del barrio…
Francisco Ruiz, que nació en Barajas hacia 1680, casado con María Campoy y con tres hijos, tuvo sus casas principales en la calle de la Encomienda. Casi de la misma edad que Pedro de Ribera, quien recordemos nació y vivió en este barrio, fueron vecinos y probablemente se conocieron. Sin duda, el barroco, primero de Ardemans y luego de Ribera, influyó en él. Y, aunque la arquitectura oficial estuviera dominada por estos dos arquitectos, Ruiz también recibió algunos encargos y se movió en el ambiente de la Corte.
El otro maestro de Ribera, José Benito de Churriguera, curiosamente, quince años antes también había nacido en la calle Mesón de Paredes, en el nº 2, como nos recuerda una placa.
En 1734 Ruiz proyectó la planta del Colegio, del Convento y su Iglesia, y tres años después comenzó su construcción.
Tras la muerte del arquitecto en 1744, José Álvarez continuó con las obras del conjunto que finalizaron en 1791, exhibiendo una arquitectura heredera de la del siglo XVII. La fachada principal daba a la calle de Mesón de Paredes, actual número 68, aunque el Colegio tenía una entrada por la calle del Tribulete.
En el interior de la iglesia, sus altares guardaban una colección de esculturas de gran valor, en madera policromada a tamaño natural, obra de los más renombrados escultores. Un San Juan Bautista de Manuel Pereira, un San José y una Virgen de las Angustias de Juan Adán… y varias obras de Alfonso Bergaz, entre ellas una imagen de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías.
En el siglo XIX se acometieron varias obras de ampliación del Colegio que llegó a tener unas buenas instalaciones, biblioteca, gabinete de Historia Natural, de Física, comedor para los alumnos internos, sala de visitas, etc.
Desgraciadamente en 1936 llegó la guerra civil, tras la cual solo quedaron en pie las ruinas de la iglesia: la fachada, parte de los muros, el crucero con el tambor de la cúpula y algunos elementos decorativos.
En los años 40 en parte del solar, con fachada a la calle de Embajadores, se construyó el Mercado de San Fernando, obra de Casto Fernández-Shaw.
Después, hacia 1950 en el solar de la calle del Tribulete donde estuvo el Colegio, se inauguró el Cine Lavapiés. En sus bajos se encontraba la Sala de Fiestas famosa en los años 50, Moulin Rouge, o El Molino Rojo, como se anunciaba a veces, la más típica de Madrid, que estuvo abierta hasta el comienzo de los años 80.
En 1979 el cine, que llevaba cinco años cerrado, fue convertido en el Teatro Lavapiés, hasta 1984 en que fue cerrado. Tres años después el Ayuntamiento adquirió el edificio con el proyecto de crear un museo, teatro, local para representaciones de zarzuela… incluso se llegó a hablar de su nombre, el futuro Centro de Casticismo. Pero pasaban los años y lo único que prosperaba era el deterioro del lugar, por eso en 1993 cuando llegaron las máquinas de obra los vecinos creyeron que comenzaba la restauración del edificio, sin embargo lo que pudieron contemplar fue su demolición, llevada a cabo por decisión del nuevo Consistorio.
Los locales del viejo cine, en el nº 16 de la calle del Tribulete, estaban catalogados con el máximo nivel de protección (que en cualquier caso implicaba que la nueva construcción debería ser dedicada al mismo uso cultural) por lo que su derribo provocó bastante polémica entre los vecinos y la prensa.
La historia de las Escuelas Pías es también la historia de la plaza creada sobre las ruinas de la antigua Inclusa y el Hospital de Maternidad que ocupaban el solar contiguo a las Escuelas, en el nº 66 de Mesón de Paredes.
El edificio fue derribado. En su lugar se construyeron varias viviendas y un parque, uno de los tres inaugurados el día 15 de mayo de 1973.
En la esquina una placa recuerda que en la Inclusa vivió Eloy Gonzalo.
Se crearon tres plazas ajardinadas con numerosos árboles de distintas especies, arbustos, hiedras, césped y bancos. La plaza de la Corrala, de la Iglesia y del Sombrerete.
Alrededor de las ruinas de la iglesia se creó un jardín que se comunicaba con la plaza del Sombrerete formando casi una única plaza.
Los jardines del Sombrerete fueron adornados además con una fuente, copia de la Fuente de los Delfines que se encontraba -y que continúa- en la plaza de San Ildefonso. Un artístico caño de vecindad de hierro fundido que representa dos delfines entrelazados.
Desde hace unos años la del Sombrerete es conocida como la plaza de Agustín Lara. En 1975, nuevamente en mayo, fue inaugurada la estatua dedicada a este músico muy querido en nuestra ciudad, autor entre otras obras del famoso chotis Madrid. La estatua de bronce es obra del escultor mexicano Humberto Peraza, y el pedestal de granito fue costeado por el Ayuntamiento. En una foto de aquellos años se ve que fue situada de espaldas a Mesón de Paredes, mirando hacia los jardines. Al otro lado de las escaleras que bajaban al jardín se aprecia la fuente.
En 1999 comenzaron las obras de construcción de un aparcamiento bajo la plaza, siendo retirada la escultura. El proyecto global fue obra del arquitecto José Ignacio Linazasoro. Los trabajos finalizaron en 2001.
Agustín Lara volvió a la plaza, al lugar que hoy ocupa, junto a las ruinas.
Entre 2001 y 2004 se puso en marcha el proyecto realizado por el mismo arquitecto para la restauración y rehabilitación de las Ruinas de las Escuelas Pías con el fin de convertirlas en biblioteca y la construcción de un aulario para la Universidad Nacional a Distancia (UNED). Sobre el solar del teatro, que estaba vacío desde que fue derribado, se construyó el Aulario.
Y en las ruinas de la iglesia se creó la Biblioteca.
Entre ambos, la nueva construcción y las viejas ruinas, separadas por el gran desnivel de la calle del Mesón de Paredes, se construyó una escalera que por un lado distribuye las dependencias del nuevo edificio y por otro se asoma a la biblioteca instalada en la iglesia.
Los materiales utilizados, la cálida madera y el sencillo ladrillo junto al hormigón, ayudan a la integración de las nuevas estructuras con las antiguas.
Arriba nos espera una acogedora terraza desde la cual podemos asombrarnos una vez más contemplando los tejados bajo el cielo de Madrid.
La idea era integrar la Biblioteca en las ruinas, sin alterarlas, de forma que conservaran su aspecto sugestivo y romántico.
Todo el proyecto estaba condicionado por los restos del edificio primitivo. Por una vez, lo nuevo se supeditó a lo viejo, los restos del pasado no se exhiben como un mero adorno sino que son valorados en sí mismos.
Los altares del templo ahora vacíos rodean el nuevo y confortable espacio lleno de libros y luz. Sobre el arco de medio punto de la emblemática rotonda aunque un poco maltrecho pervive el Escudo de las Escuelas Pías sostenido por dos ángeles, obra de Alfonso Bergaz, como símbolo y recuerdo de la historia de esta institución en el barrio de Lavapiés y en Madrid.
por Mercedes Gómez
——-
Bibliografía:
COAM. Guía de Arquitectura de Madrid. Madrid 2003.
José Ferrándiz. El templo de San Fernando y su olvidado tesoro artístico. Revista de la Biblioteca: Archivo y Museo del Ayuntamiento, nº 11, jul. 1926.
Virginia Tovar. Tres proyectos del arquitecto madrileño del siglo XVIII, Francisco Ruiz. Revista de la Biblioteca: Archivo y Museo del Ayuntamiento, nº 1-2, 1977.
Margarita Jiménez. Madrid en sus plazas, parques y jardines. Abaco Ediciones 1977.
ABC, 15 mayo 1973.
El País, 5 nov. 2001
La Parroquia de Nuestra Señora de Las Angustias está situada en la calle Rafael de Riego nº 16, en el barrio de Palos de Moguer, castizo distrito de Arganzuela. No es una iglesia famosa, ni está llena de valiosas obras de arte, pero tiene su interés, y un encanto especial para mí -allí me bautizaron-. Si os apetece, os invito a visitarla conmigo y conocer su historia.
Su origen es singular. La primera Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias fue construida en los comienzos del siglo XVIII en los Jardines del Buen Retiro, como Parroquia para los empleados y servidores del Palacio, dentro de las reformas emprendidas para transformar el barroco Jardín Ochavado en el Parterre al estilo francés que conocemos en la actualidad.
Las bonitas ermitas que jalonaban el Retiro poco a poco se habían convertido en lugares más relacionados con el ocio y las fiestas que con las celebraciones religiosas, por lo que el nuevo rey Felipe V ordenó la construcción de un templo donde se celebrara el culto.
Era una iglesia pequeña, de una sola nave rectangular, situada muy cerca del Estanque de las Campanillas, representada en alguno de los planos de la época, como el de Nicolás Chalmandrier realizado en torno al año 1761, o el de Espinosa de los Monteros, de 1769, donde aparece señalizada como La Parroquia.
Era una de las llamadas parroquias exentas, que no dependían de la Diócesis sino del Patriarca de Indias. Era el caso de las capillas de Aranjuez, El Escorial, El Pardo, La Encarnación y otros Reales Sitios.
Hacia 1841 el Real Sitio del Buen Retiro fue reformado, incluida la zona del Parterre. La Iglesia desapareció y la Parroquia se trasladó a San Jerónimo el Real. La imagen de la Virgen de las Angustias estuvo un tiempo al parecer en una de las primeras capillas a la entrada, de allí pasó a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, hasta 1887 en que dejó de ser Parroquia de Palacio y pasó a depender de la jurisdicción ordinaria.
En ese momento fue trasladada a la Capilla del Cementerio de San Nicolás, frente a la Calle del Sur -hoy de Méndez Álvaro-. El lugar no era el más adecuado para la imagen así que el Obispo cuanto antes intentó buscarle un nuevo emplazamiento. Se compró un solar cerca del Paseo de las Delicias, zona todavía sin urbanizar, -actual calle de Rafael de Riego- donde en 1889 se comenzó a construir una modesta capilla que quedaría enclavada entre las calles de Murcia y de Delicias.
La Iglesia se comenzó a construir en este mismo lugar en 1924.
En 1931 fue adquirido otro solar, a espaldas del templo, con entrada por el Paseo de las Delicias, actual nº 27, que continúa existiendo y se comunica con la Iglesia atravesando un bonito y cuidado patio donde hoy algunos niños juegan mientras algunos feligreses charlan.
Como tantas iglesias, durante la guerra fue utilizada como almacén, tal como me cuenta el sacerdote de la Parroquia, y tanto la antigua capilla como la iglesia y otras dependencias sufrieron grandes daños.
Después de la guerra el templo fue reconstruido. En 1965 se construyeron los edificios parroquiales a ambos lados de la iglesia retranqueada a la que se accede tras cruzar una verja.
Su arquitectura inspirada en el primer barroco madrileño muestra una gran sencillez de líneas y decorativa, tanto en su exterior de dos cuerpos como en su interior.
Su planta es de cruz latina, con tres naves y crucero.
En el comienzo de la nave de la Epístola, a la derecha, se encuentra la sencilla pila bautismal.
Al final, tras una puerta una pequeña estancia guarda una Virgen el Pilar y una Piedad de Olot.
En la nave del Evangelio, en la cabecera existe una Capilla dedicada al Santísimo Sacramento. En el crucero, un retablo neo barroco.
El retablo mayor es de inspiración neoclásica formado por dos columnas de estuco decoradas al trampantojo, imitando jaspe verde, que acogen una hornacina donde se encuentra el grupo escultórico de Nuestra Señora de las Angustias. Lamentablemente, la antigua imagen procedente de la Capilla del Palacio del Buen Retiro que había sobrevivido a numerosos traslados, desapareció durante la guerra. La actual es una obra del escultor e imaginero valenciano José María Alcácer Guzmán.
La Virgen de las Angustias representa el mismo tema iconográfico que la más conocida escena de La Piedad, el momento en que la Virgen se queda sola con su Hijo muerto sobre sus rodillas y lo acoge en sus brazos.
Es la Virgen de las Angustias, imagen de una iglesia de barrio, el primero de mi vida, al que me ha encantado volver.
Por Mercedes Gómez
—-
Bibliografía:
A. Velasco Zazo. Recintos sagrados de Madrid. La Librería 2003.
P.F. García G. – A.F. Martínez C. Iglesias de Madrid. La Librería. 2006.
R. Amador de los Ríos. Los Jardines del Buen Retiro. La España Moderna, enero 1905. (Mº de Cultura).
Tras un largo período de tiempo cerrado por obras, el Antiguo Cuartel del Conde Duque, que visitamos a comienzos del pasado año 2010, acaba de reabrir sus puertas. El edificio está siendo reformado íntegramente, y algunos de los cambios sufridos en su exterior, sobre todo en las fachadas, y la pérdida de las tejas tradicionales, han ocasionado bastantes críticas.
Ya se puede visitar la rehabilitada zona sur, la única no restaurada en los años 80 del pasado siglo XX, que alojará la mayor parte de zona pública (exposiciones temporales, salón de actos, etc.). De momento, y hasta el 16 de octubre, la exposición Cornelis Zitman en Madrid, en la nueva “Sala 3″. En la zona norte se ubicarán las diferentes instituciones (Hemeroteca, Archivo de la Villa, etc.).
También existe la posibilidad de apuntarse a unas sugerentes visitas guiadas, a la exposición, “El mundo de Zitman”, y a la “Historia del Conde Duque”.
Esta interesantísima visita comienza en el exterior del antiguo Cuartel frente a la portada realizada por Pedro de Ribera. Durante algo más de una hora, la amable guía irá contándonos la historia del edificio y sus inquilinos, así como detalles de la reforma actual.
Se ha intentado buscar un equilibrio entre el pasado y el presente, y dejar constancia de todas las épocas. Un edificio construido en el siglo XVIII para alojar a los Guardias de Corps, la guardia del rey Felipe V, que sufrió muchos avatares durante el siglo XIX, que pudo ser derribado, y finalmente se salvó en el XX para alojar actividades culturales.
Sobre el zócalo de piedra de la fachada, una inscripción en latín, lema de los Reales Guardias de Corps, y la Cruz de San Jorge de la Orden de Montesa, en homenaje al último regimiento de caballería que lo ocupó, recuerdan el pasado militar del edificio.
El arquitecto, Carlos de Riaño, ha optado por dejar los muros en ladrillo visto en lugar del revoco original, no queda muy claro el motivo. Nos hablan de “recuperar la arquitectura industrial decimonónica”, pero es que no se trata de un edificio industrial del XIX sino una construcción militar del XVIII. En cualquier caso, y aparte gustos personales, está claro que cada época y cada arquitecto han dejado sus huellas.
Hasta ahora las fachadas estaban cubiertas por falsos sillares pintados al trampantojo, producto de la restauración y rehabilitación llevadas a cabo por Julio Cano Lasso en los años 80 del pasado siglo XX. Al menos de momento, se conserva el dibujo en la fachada sur, en el Callejón de las Negras.
Los ventanales han recuperado su tamaño original, habiéndose eliminado el adorno de piedra colocado en el siglo XIX. La nueva carpintería exterior es de acero inoxidable y, como luego podremos observar, de cálida madera en el interior.
Comienza la visita.
Traspasamos la monumental portada y comprobamos que en el zaguán de entrada se ha sustituido el color rojo por el verde azulado.
En el patio central se ha restaurado la portada de la antigua Capilla, que en los años 80 había levantado Cano Lasso inspirándose en la maqueta del edificio, dejando uno de los dos lados “roto”, simulando desperfectos, como “guiño” al pasado.
Ahora se ha restaurado completa, incluyendo el Observatorio que tuvo en el siglo XVIII, en el que estuvo situada una de las torres de la Línea de Castilla del Telégrafo Óptico. El lugar se convertirá en uno de los más altos de Madrid desde donde se podrá contemplar toda la ciudad, aunque aún no se sabe si será público.
También se ha recuperado el tercer piso perdido tras uno de los incendios, que únicamente se conservaba en la fachada que da a la calle del Conde Duque. El revoco de pintura amarilla lo explican nuevamente como “guiño” histórico del arquitecto, para diferenciar lo antiguo de la reconstrucción reciente.
Las tradicionales tejas árabes han sido sustituidas por frías placas de cinc que ocultan los modernos sistemas de servicios del edificio (luz, gas…), excepto en el lado oeste del patio central, a ambos lados del nuevo Observatorio, donde permanecen las bonitas tejas, debido a la falta de presupuesto según nos explican.
En uno de los lados del patio sur, se ha mantenido el color rosado del muro bajo las antiguas tejas de barro, alguna chimenea, y las buhardillas, todo ello como testigo de la anterior reforma.
El interior del pabellón sur, hasta ahora abandonado, ha sido magníficamente restaurado y rehabilitado. Los arcos de medio punto construidos en ladrillo sobre columnas de piedra de las antiguas caballerizas, bajo las vigas de hierro roblonadas crean espacios amplios y acogedores, siempre divididos en tres partes.
Desde las ventanas del lado oeste de la tercera planta de esta zona sur se puede contemplar el Palacio de Liria y su Jardín, cuyos propietarios, la Casa de Alba, lo fueron también en el pasado de estos terrenos donde luego se construyó el Cuartel.
Visitamos también el lado este, la zona de la tercera planta que se asoma a la calle del Conde Duque, que no podrá visitarse en el futuro pues acogerá oficinas, entre ellas las dedicadas a la web municipal memoriademadrid. En esta zona, construida tras uno de los incendios sufridos, las columnas son de hierro, manteniendo siempre los tres espacios de la construcción original.
En el sótano, un nuevo muro de hormigón se enfrenta al recio y viejo muro de piedra del cuartel tras el cual se encuentran las antiguas estancias que entre otras cosas servían de almacén, gracias a la baja temperatura que alcanzan. Lo nuevo y lo antiguo, quizá estos muros representan el espíritu del nuevo Centro Cultural.
El espectacular sótano, perfectamente conservado y restaurado, será dedicado a exposiciones temporales.
Texto y fotografías por : Mercedes Gómez
—–
Centro Cultural Conde Duque
Calle Conde Duque , 9
Tel.: 915 885 165
Visitas guiadas
10 de junio de 2011 al 24 de julio de 2011
Viernes y sábados 18 h. Domingos 12 h.
La Fuente de los Patos se encuentra en una pequeña plazoleta en el comienzo del Paseo del Prado, frente a la calle de Montalbán. A pesar de encontrarse en un lugar muy transitado, junto a la Cibeles, no deja de ser un rincón un tanto escondido, en el que resulta muy agradable sentarse un rato a descansar.
La plazoleta, de forma elíptica, está delimitada por cuatro pedestales rematados por jarrones, unidos en sus lados norte y sur por dos grandes bancos curvos.
El pilón, de cuatro lóbulos, es de granito. En el centro se encuentra un bonito grupo escultórico de mármol situado sobre un pedestal de piedra en forma de cruz.
Está formado por cuatro patos unidos por las alas, con un caño en cada uno de sus picos. En el centro hay una cesta con ocho caracolas y en la parte superior otra figura que podría ser una alcachofa, de las que también mana el agua. En el eje norte-sur, en línea con las esculturas, hay otros dos surtidores verticales.
La fuente fue instalada a finales de los años 50 del siglo XX, cuando el arquitecto municipal Manuel Herrero Palacios reorganizó este espacio durante la reforma llevada a cabo en el Paseo del Prado y sus jardines. Por la misma época se colocaron los cuatro jarrones sobre los antiguos pedestales.
Los datos sobre la procedencia de la escultura son confusos. El propio Herrero Palacios contó que los Patos antes de ser trasladados al Paseo del Prado estuvieron en la Casa de Campo, dato que aparece hoy día en la web del Ayuntamiento. Pero según Luis Miguel Aparisi Laporta, gran especialista y estudioso de los parques de Madrid, ningún documento relaciona esta fuente con la Casa de Campo, y sí con el Retiro. Este conjunto escultórico, afirma, estuvo situado en un estanque en la plaza de Guatemala del Parque del Retiro, donde actualmente se encuentra el monumento al General Martínez Campos, obra de Mariano Benlliure. Dicho estanque recibía el nombre de Estanque de los Cisnes, ¿sería acaso el Estanque de los Patos?.
En lo único que parece estar todo el mundo de acuerdo es en que esta obra escultórica es muy antigua, podría ser de mediados del siglo XVIII.
En el proyecto del Plan Especial Recoletos-Prado esta fuente aparece como elemento protegido destinado a ser restaurado, igual que los antiguos pedestales de piedra que la acompañan y los clásicos bancos de piedra que jalonan el Paseo.
Pero es que la marea de monocorde y frío granito que invade el suelo de Madrid, tan del gusto del actual Consistorio -y de la mayoría de Arquitectos que ganan los concursos municipales últimamente por cierto-, que se llevó por delante zonas ajardinadas y antiguos bancos de piedra de la Plaza de la Independencia y Atocha, las fuentes de la Red de San Luis y Callao, asoló la plaza de Las Cortes…. está muy cerquita, ha llegado a las puertas del nuevo Ayuntamiento en Cibeles, y baja amenazante por la calle de Montalbán. ¿Estarán asustados los Patos?.
por Mercedes Gómez
——
Fuentes:
M. Herrero Palacios. Madrid, sus jardines y parques. Revista Villa de Madrid, nº 5. Madrid 1959.
Conferencia “De la Puerta de Atocha a la de Recoletos” por L.M. Aparisi Laporta el día 7 de mayo de 2008 en la Casa de Guadalajara.
JARDINES DEL PASEO DEL PRADO-RECOLETOS (III)
Retomamos los recorridos por los jardines históricos madrileños que perviven en algunas zonas de la ciudad. Ya tuvimos ocasión de pasear por algunos rincones de la Castellana, por el Paseo de Recoletos y nos adentramos en el Jardín del Palacio de Linares. Justo enfrente, en la otra esquina del Paseo con la calle de Alcalá, se encuentra el Palacio de Buenavista rodeado de un bello jardín de Interés Histórico-Artístico.
Situado entre las calles de Alcalá, Barquillo, Prim y el Paseo de Recoletos, parece una pequeña ciudad, con sus distintos edificios, calles y jardines.
La historia del lugar es muy antigua, allí vivieron ilustres personajes y sucedieron hechos notables durante siglos. Ya en el siglo XVI existía una casa-palacio en la colina conocida como Altillo de Buenavista, rodeada de huertas, a la salida del Camino de Alcalá. Eran las afueras de la Villa cuando Felipe II la eligió como capital, y el entonces propietario, el Cardenal Quiroga, se la cedió como casa de campo y lugar de descanso próximo al Alcázar.
Recordemos que en aquellos tiempos los límites de Madrid por el este se hallaban en la Puerta del Sol, una de las puertas de la Cerca que el propio Felipe II mandó levantar.
Los terrenos situados junto a la Casa, en el siglo XVII se convirtieron en la Huerta del Regidor Juan Fernández, entonces zona pública, de paseo y acaso devaneos, hasta el punto que Tirso de Molina escribió una obra titulada La Huerta de Juan Fernández, en gran parte escenario de la trama de esta comedia de enredo.
En 1769 don Fernando de Silva Álvarez de Toledo, Duque de Alba, adquirió estas casas llamadas de Buenavista y fue su nieta, la Duquesa de Alba, la famosa María Teresa Cayetana, quien inició la construcción de un gran palacio, junto a su esposo, José Álvarez de Toledo con quien antes de trasladarse aquí vivió en su Palacio de la calle de Don Pedro, que ya visitamos.
Pero del Palacio de Buenavista, actual sede del Cuartel General del Ejército, que posee maravillosos salones y obras de arte, quizá hablemos otro día, hoy recordemos la historia del jardín.
En época de José Bonaparte, se construyó la escalera que va desde el Palacio hasta la calle de Alcalá. La posesión, que había ido aumentando su extensión con las casas cercanas, estaba cercada por un muro.
Posteriormente se creó un jardín geométrico, al estilo francés.
Fue después de 1870 cuando se construyeron edificios accesorios, se instaló la bonita verja de hierro y el jardín se transformó al estilo paisajista.
En 1882 fue noticia la instalación de luz eléctrica que por la noche embellecía la vista del palacio y del jardín.

La Ilustración Española y Americana 1882 (en http://www.bne.es)
Constaba de varios parterres de formas curvas organizados alrededor de la gran escalinata, que siguen existiendo. En el paseo central, mirando hacia la calle de Alcalá, se instaló una escultura dedicada al Valor.
En la terraza superior, a cada lado, una encantadora fuente de piedra.
Árboles de varias especies, castaños de indias, cedros, magnolios… rodeados de césped y setos adornan el precioso jardín romántico. Leo que entre ellos hay dos árboles singulares, un Ginkgo o árbol de los cuarenta escudos, que mide más de 30 metros de altura, el más grande y más viejo de Madrid de esta especie procedente de China, con alrededor de 120 años de edad. El otro es una Casuarina, rara en Madrid, que con sus más de 20 metros es un ejemplar único.
Es bonito observar cómo, después de más de ciento cuarenta años, se conserva el trazado del jardín, por eso su valor no es únicamente histórico sino también artístico.
Ahora por la calle de Alcalá circulan coches en lugar de carruajes.
Pero el antiguo Altillo de Buenavista ahí continúa, el palacio casi oculto tras los hermosos árboles.
El jardín normalmente está cerrado al público, únicamente se abre en ocasiones especiales (Noche en Blanco, Semana de la Arquitectura…), al menos de momento.
En los comienzos de este mes de febrero de 2011, el Alcalde de Madrid presentó el Proyecto Madrid Centro, en el cual se proponen una serie de intervenciones y planes para Madrid, de futuro incierto. Uno de ellos consiste en abrir al público estos jardines del palacio de Buenavista. Volver a abrir al público, como en el siglo XVII, ¿será posible?.
Nunca se sabe. Como dice un personaje en la obra de Tirso, en aquella Huerta de Juan Fernández, hoy Jardín del Palacio de Buenavista,
… que aunque es confusión Madrid,
tiene mucha claridad su cielo, …
Texto y fotografías: Mercedes Gómez
———
Bibliografía:
Alfonso De Carlos. El Palacio de Buenavista. Revista Villa de Madrid nº 52. Madrid 1976.
Rafael Moro. Árboles de Madrid. La Librería 2007.
———-
Otros artículos:
Paseo de la Castellana I.- Jardín del Museo de Ciencias Naturales.
Paseo de la Castellana II.- El Barrio de Indo.
Paseo de la Castellana III.- El Jardín del Hotel Villa Magna.
Paseo del Prado-Recoletos I.- El Jardín del Palacio de Linares.
Paseo del Prado-Recoletos II.- Paseo de Recoletos.
Desde hace mucho tiempo, el hierro ha desempeñado un papel muy importante en la arquitectura y el urbanismo madrileños, tanto desde el punto de vista constructivo como decorativo. Su uso y las formas que ha adoptado a lo largo de los siglos nos enseñan mucho acerca de la historia de dicha arquitectura y de Madrid.
En el siglo XV la mejor rejería era la toledana, pero con el traslado de la Corte a Madrid en el siglo XVI, la forja madrileña cobró mucha importancia. La mayoría de los talleres se concentraron alrededor de la calle del Barquillo por lo que el barrio fue conocido como el barrio de los chisperos, debido a las chispas que se producían al golpear el hierro con el cincel y salían a la calle desde los talleres. El Barrio de la Chispería originó una escuela de la Forja madrileña que llegó a ser famosa en toda España. Modestas herrerías, hijas de la floreciente metalistería española del siglo XVI, que con el tiempo jugaron un importantísimo papel en la construcción de la arquitectura barroca madrileña de los siglos XVII y XVIII.
En el siglo XVII las balconadas madrileñas eran muy sencillas, de barrotes abalaustrados y torneados, sin ningún tipo de decoración. Era el Madrid de los Austrias.
Perviven ejemplos espléndidos en algunos de los edificios más emblemáticos de Madrid: la Casa de la Villa, la antigua Cárcel de Corte, hoy dependencias del Ministerio de Asuntos Exteriores, en la Plaza de la Provincia, y la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor.
También nuestras iglesias y conventos ofrecen muestras de la antigua rejería madrileña. La iglesia de San Pedro el Viejo conserva en su entrada primitiva, actualmente clausurada, una sencilla reja del siglo XVII entre dos columnas toscanas. Aunque la entrada actual al templo, de creación posterior y mucho más vistosa, tiene mayor valor artístico, creo que la vieja portada tiene el valor y el encanto que le da la Historia.
Este tipo de reja también se observa en las casas de vecindad más modestas, como la de la Corredera Baja de San Pablo cuyos orígenes se remontan al siglo XVII.
Los talleres del barrio del Barquillo eran talleres artesanales donde los chisperos realizaban todo tipo de trabajos, no únicamente balconadas, sino los clavos de las puertas y sus aldabones o llamadores, las cerraduras, rejas, barandillas, etc.
En el siglo XVIII el barrio del Barquillo continuó siendo el centro más importante de la forja, y sus artesanos, que eran verdaderos artistas, creaban obras cada vez más elaboradas.
La llegada de los Borbones produjo cambios en la rejería madrileña. Los balcones comenzaron a utilizar más elementos ornamentales, tomados tanto del estilo italiano como del francés. El ejemplo más notable son las balconadas del propio Palacio Real, gran obra creada en la Chispería.
En las viviendas también se notó el cambio. Tras los austeros balcones del XVII, la parte inferior de los barrotes o balaustres comenzó a adornarse con formas diversas, que conformaban el llamado redropie. Poco a poco, los redropies de los balcones fueron mucho más detallados en su decoración, con formas clásicas, circulares, volutas,…En parte esto fue motivado por las ordenanzas municipales, que pretendían evitar que cayeran tiestos u otros objetos a la calle, hecho que debía ocurrir con frecuencia.
Las rejas de los balcones madrileños pueden indicarnos en qué época fue construido el edificio. Por ejemplo, cuando en 2007 se acometió la rehabilitación del edificio donde se ubica la Librería Fuentetaja en la calle de San Bernardo, se desconocía la fecha de su construcción. Sus balcones, con los severos barrotes y redropie, nos dicen que probablemente fue construido en el siglo XVIII.
De los años 60 data la Casa-Palacio de don Domingo Trespalacios, en la plaza de Ramales, con sus preciosos balcones curvos de delicado dibujo en el redropie.
Otro ejemplo digno de mención son las casas conocidas como el Portal de Cofreros, viviendas situadas en el inicio de la calle de Toledo, reconstruidas por Juan de Villanueva a finales de siglo, tras el incendio de la Plaza Mayor en 1790, bajo los soportales que nacen en la plaza y que conservan toda su hermosa rejería.
Y llegamos al siglo XIX, los talleres de forja fueron desapareciendo y nacieron las fábricas. Será la época de esplendor de las Fundiciones, en las que, aunque ya no de forma artesanal, se realizaron maravillosas obras de arte muchas de las cuales aún podemos admirar.
Continuará…
Texto y fotografías : Mercedes Gómez
































































































Comentarios recientes