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En los comienzos del siglo XX la tasa de escolarización madrileña -y española en general- era muy baja, y muy alta la de analfabetismo. En los años 20 se iniciaron una serie de actuaciones encaminadas a solucionar este grave problema. El proyecto más importante nació en 1929 en la Oficina de Información sobre la Ciudad del Ayuntamiento de Madrid, aunque las bases se habían establecido mucho tiempo antes, inspirándose en la Institución Libre de Enseñanza, que dentro de sus principios pedagógicos además del propio contenido educativo incluía la importancia de los edificios, del medio en que se impartía la enseñanza.

El Ayuntamiento contempló la creación de plazas escolares desde un punto de vista global teniendo en cuenta la pedagogía, la arquitectura y la funcionalidad (luz, higiene, etc).

Antonio Flórez Urdapilleta, que había creado los Pabellones de la Residencia de Estudiantes y algunos centros escolares inspirados en la ILE, fue nombrado arquitecto jefe de la Oficina Técnica para Construcciones Escolares del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Bernardo Giner de los Ríos dirigía la Sección de Construcciones Escolares del Ayuntamiento. Ambas oficinas trabajaron conjuntamente dentro de un plan unitario para solucionar la falta de plazas escolares en Madrid.

Giner y Flórez formaron y coordinaron desde 1930 la Junta Mixta del Estado y el Ayuntamiento, y tras el análisis de la situación, elaboraron el Plan de Intervención para los años 1931-1932 en el que se proyectó la construcción de dieciocho centros escolares de nueva planta.

Aceptando todo lo que ya se había proyectado con anterioridad, una vez proclamada la República se aprobó dicho Plan y se pusieron en marcha los primeros proyectos con la intención de llegar a casi todos los barrios madrileños. Los colegios, dieciocho nuevos centros que acogieron a 11.759 niños desescolarizados, fueron inaugurados por el Presidente Niceto Alcalá Zamora en 1933 en tres fases. El 11 de febrero se inauguraron cinco, otros siete el día 14 de abril, y finalmente seis el 15 de septiembre.

Aunque realizados casi a la par, y siempre de acuerdo a los postulados de Flórez, los distintos edificios presentan algunas diferencias arquitectónicas, su estilo va desde un leve Regionalismo hasta un estricto Racionalismo sin apenas recursos decorativos.

Uno de los colegios más próximos a las pautas iniciales de Antonio Flórez, aunque sustituyendo el ladrillo visto de sus primeras edificaciones por revocos, es el Colegio Amador de los Ríos, que conserva su nombre, en el Paseo del Marqués de Zafra, en el barrio de la Fuente del Berro. Fue uno de los inaugurados el 14 de abril de 1933.

Amador de los Rios fachada

Paseo del Marqués de Zafra, 16.

En línea con las demás construcciones del proyecto, sigue el modelo de módulos de tres plantas y un ático. En este caso consta de dos volúmenes comunicados por un pórtico por el que se accede al edificio, con columnas de orden dórico, cristaleras, y una terraza. A sus espaldas, en la calle de Antonio Toledano, se encuentra situado el patio.

M.Zafra columnas patio

Aunque, como decíamos, la tendencia en estas obras fue hacia el Racionalismo más puro, en este edificio aún se observan elementos historicistas, columnas, arcos, etc. Flórez aún incluyó incluso algún detalle del Regionalismo de comienzos de siglo, como los aleros de madera sobre los áticos.

Amador alero

El Grupo Escolar Lope de Rueda, en el nº 48 de la calle del mismo nombre, en el barrio de Retiro, fue uno de los inaugurados en febrero. Su característica especial es que no es exento, sino que está ubicado entre medianerías de otros edificios, y es uno de los más funcionales, de una sencillez absoluta, sin detalles ornamentales, tal vez el más racionalista de todos. Hoy día es el Colegio Público Nuestra Señora de la Almudena.

Lope de Rueda

Calle Lope de Rueda, 48.

Según el Plan de 1933 se construyeron veintiún nuevos centros. El 14 de abril de 1936 se inauguraron cuatro más. Una gran parte de estas Escuelas Públicas construidas entre 1931 y 1936, junto a otras reformadas o ampliadas, continúan en pie y en uso. Algunas de ellas hoy cumplen años.

Por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

COAM. Arquitectura de Madrid. Madrid 2003.
Alfredo Liébana. La educación en España en el primer tercio del siglo XX. La situación del analfabetismo y la escolarización. Ministerio de Sanidad, Madrid 2009.

María Blanchard fue una de las grandes pintoras del siglo XX, una de las protagonistas de la vanguardia en los comienzos del siglo. Sin embargo su arte, por distintas razones, y su vida, llena de interrogantes, no son tan conocidos como sin duda merecen.

Museo Reina Sofía

Museo Reina Sofía

Mucho se ha escrito sobre su aspecto físico y el sufrimiento que le ocasionaba. Había nacido jorobada. Durante largo tiempo se dijo que la causa había sido una caída de su madre embarazada, pero la realidad es que nació con una doble desviación de columna y otros problemas debido a un defecto genético, cuenta Gloria Crespo, que ha estudiado la vida y la obra de la artista y ha realizado el documental 26, Rue du Départ – Érase una vez en París.

No solo era su aspecto, bajita y contrahecha, sino que durante toda su vida esa malformación provocó muchos problemas de salud y fuertes dolores. Dormía en un sillón, recostada siempre hacia el mismo lado. Mucha fortaleza debía ser necesaria para vivir así.

Sus biógrafos han relacionado siempre esta desgracia con su pintura, felizmente hoy día se ha comenzado a desligar ambos aspectos dando a su arte la importancia que merece, y a valorar la valentía que siempre tuvo como artista y como mujer que supo adaptarse a los tiempos y a las dificultades.

María Gutiérrez Blanchard nació en 1881 en Santander. Animada por su padre, que también pintaba, en 1903 con veintidós años María se trasladó a Madrid para estudiar y formarse como pintora.

María Blanchard en 1909

María Blanchard en 1909

En 1909 obtuvo una beca gracias a la cual fue a París. Tal vez la vida entre la gente “corriente”, en Santander, en Madrid y en Salamanca donde dio clases de pintura, era demasiado dura, siempre objeto de burlas y rechazo. En París, entre los artistas, encontró la libertad y se sintió apreciada.

En 1912 se instaló en Montparnasse, en 26 rue de Départ, donde compartió piso y estudio con Diego Rivera y entabló contacto con Juan Gris.

María sufrió mucho por su deformidad pero debía tener una personalidad fuerte. Fue aceptada con cariño y estima en el grupo de artistas, la mayoría hombres, que protagonizaron la época más vanguardista. Todos hablaron muy bien de ella, no solo de su arte sino su bondad, generosidad, incluso de la belleza de su rostro, sus manos, su pelo… y la admiraron. Llegaron a ser muy importantes en su vida sus grandes amigos los pintores Rivera, Gris y André Lhote.

"Paisaje", 1912

“Paisaje”, 1912

Después de experimentar con el Fauvismo y otros estilos se convirtió en una de las mejores y más puras representantes del Cubismo.

Diego Rivera y María Blanchard (que al parecer también compartieron estudio en la madrileña calle de Goya) fueron dos de los pintores que participaron en la exposición organizada en 1915 por Ramón Gómez de La Serna, Los pintores íntegros.

El periódico La Esfera recogió el acontecimiento en un artículo firmado por S.A., irónico y cruel contra Ramón, los artistas y contra el Cubismo en general. La muestra resultó escandalosa para el Madrid de comienzos del siglo XX. De la Srta. Gutiérrez (así se refería a María Blanchard el autor del artículo) decía que “cuando quiere dibujar dibuja admirablemente, según puede apreciarse en su repugnante cuadro titulado Madrid”. En la revista Mundo Gráfico José Francés aplicaba el mismo calificativo al desnudo pintado por María Blanchard. Aquella pintura, en algún lugar llamada Venus de Madrid, hoy día está desaparecida.

La Esfera junto al texto publicaba una foto en la que a la izquierda se puede apreciar con dificultad otra de las obras de María expuesta en aquella memorable muestra, otro desnudo femenino, Nu o Eva, actualmente conservada en el Museo Nacional de Arte Moderno de París.

expo pintores integros

La Esfera, 8 marzo 1915

En 1916 se fue definitivamente a París, a pesar de que la guerra mundial continuaba. La vida no debía ser fácil en esas circunstancias, pero allí permaneció María. Ya nunca volvió a vivir en España.

"Naturaleza muerta con relieve", 1916

“Naturaleza muerta con relieve”, 1916

"Bodegón con caja de cerillas", 1918

“Bodegón con caja de cerillas”, 1918

Así como Juan Gris continuó investigando las posibilidades del Cubismo, en los años 20 María Blanchard volvió a la figuración, en lo que se llamó el retorno al orden. Ella tomó el camino del realismo mágico, alejándose de Gris, pictórica y personalmente.

Maternidad (1922) junto a  Madre y niño - maternidad (1926)

Maternidad (1922) junto a Madre y niño – Maternidad (1926)

A pesar de todo cuando en 1927 su gran amigo murió se sintió muy afectada y sufrió una gran crisis espiritual y, podemos imaginar, vital. Pero continuó pintando.

"Bodegón", 1930.

“Bodegón”, 1930.

Murió en París el día 5 de abril de 1932, recién cumplidos los 51 años. Una breve nota en los periódicos franceses comunicó el “fallecimiento de una pintora española, María Blanchard, después de larga y penosa enfermedad”.

Dos días después en España Luz. Diario de la República recogió la noticia. El escritor Corpus Barga le dedicó un bonito artículo en el que hablaba de cómo la artista que era un duendecillo en su estudio de Montparnasse había sido tragada por el silencio y pedía a las mujeres españolas que salvaran su memoria. La visión del arte en 1932 ya no era la de 1915, por suerte.

La Unión Republicana Femenina recogió la llamada y el día 1 de junio de 1932 se celebró un homenaje. A las siete de la tarde en el Ateneo de Madrid, junto a Clara Campoamor, se reunieron un grupo de artistas y escritores. Ramón Gómez de la Serna que tanto la había apoyado, Concha Espina que era famila suya, y Federico García Lorca que leyó su Elegía a María Blanchard.

Luego la artista cayó en el olvido, con escasas excepciones. En 1962 una galería madrileña le dedicó una exposición. En 1981, centenario de su nacimiento, fue objeto de un homenaje y otra muestra. Y poco más.

Por fin el año pasado 2012, a los 80 años de su muerte, en varios lugares se ha recordado su figura (Museo de Arte Moderno de Santander, Fundación Botín, estreno del mencionado documental en Matadero Madrid). Además, podemos admirar algunas de sus obras en la planta 5ª del Espacio Telefónica en la Gran Vía acompañando a su admirado Juan Gris.

Finalmente en las salas de la 3ª planta del Museo Reina Sofía, una vez más marco perfecto para una exposición, se nos ofrece una gran retrospectiva dedicada a esta gran artista a la cual pertenecen los cuadros de las fotos anteriores.

sala reina sofia

Hasta el próximo 25 de febrero podemos visitar la muestra que “quiere reivindicar a esta artista española que vivió la pintura con todas sus incertidumbres y convicciones y que llegaría a ser una de las grandes figuras de la vanguardia.”

Además de una magnífica selección de su pintura, el museo ha reunido las imágenes que existen de la artista, fotos, dibujos y alguna caricatura.

fotografias y dibujos de maria

Toda una vida, corta pero intensa, dolorosa y creativa, bajo el cristal de una vitrina.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

El Heraldo de Madrid, 8 marzo 1915
Mundo Gráfico, 17 marzo 1915
Luz, 7 abril 1932
Luz, 31 mayo 1932
Hoja del Lunes de Madrid, 5 enero 1981
El País, 31 enero 2012. Un documental rescata la figura cubista de María Blanchard.
El País, 5 nov. 2012 Gloria Crespo. Contra el olvido de María Blanchard.

Museo Reina Sofía
Exposición María Blanchard – hasta el 25 de febrero de 2013
Edificio Sabatini, Planta 3

Julio López Hernández nació en Madrid en 1930. Su familia era propietaria de una orfebrería, Talleres López, donde trabajaron su abuelo y su padre, de forma que tanto él mismo como su hermano Francisco, nacido dos años después, se inclinaron hacia el mundo del arte y ambos eligieron el oficio de escultor.

Estudiaron en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí, desde 1952 formaron parte de un grupo de jóvenes que compartían el gusto por el arte y la literatura, se hicieron amigos, algunos de ellos incluso se enamoraron y se casaron, y entre todos formaron la Escuela del llamado Realismo Madrileño.

Entre ellos, el famoso pintor y escultor Antonio López que aunque nació en Tomelloso, Ciudad Real, en 1949 llegó a Madrid con solo trece años de edad y desde entonces su vida ha estado ligada a nuestra ciudad. Antonio López se casó con la también pintora madrileña María Moreno. El resto del grupo estaba formado por Amalia Avia, casada con el abstracto Lucio Muñoz, que llegaría a ser una de las pintoras realistas más importantes. Su hermano Francisco López Hernández se unió a Isabel Quintanilla. Y el propio Julio López que casó con otra artista del grupo, Esperanza Parada. Esperanza –que había dejado de pintar hace muchos años- y Amalia murieron en los inicios del pasado año 2011.

Julio López Hernández en sus comienzos se dedicó a la escultura religiosa, aunque pronto se especializó en la llamada nueva figuración.

Refiriéndose a aquellos tiempos, él mismo ha contado: “Fue como una toma de conciencia… En un momento dado dejó de interesarme la forma y la búsqueda de soluciones puramente plásticas y decidí, influenciado por la lectura de Baroja y Machado, hacer realismo. Y esa ha sido mi pretensión desde entonces“.

“Habitación en Joaquín Costa” (1970). Colección ICO, exposición 2010.

Su obra se encuentra en diferentes museos y colecciones privadas. El Museo Reina Sofía parece ser que posee alguna, pero debe estar en los almacenes.

Hace pocos días pudimos ver la escultura de bronce Jacobo I, primer ejemplar de una edición de cuatro, en un balcón del Museo Lázaro Galdiano, dar la bienvenida a la exposición Coleccionismo al cuadrado. La Colección de Leandro Navarro. La obra, de 1975, procede de la Galería Claude Bernard de París.

Entre otros importantes premios, en 1982 Julio López obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas “por su sentido original de la escultura realista fuera de los cánones académicos y su revitalización del espíritu clasicista”.

En 1986 fue nombrado académico de número de la Real Academia de San Fernando de Madrid, ocupando la plaza que el año anterior había dejado vacante el escultor Pablo Serrano.

La relación con su amigo Antonio López ha continuado a lo largo de los años. Juntos han impartido cursos y talleres, y realizado algunas obras, en las que también ha participado su hermano Francisco.

En Madrid podemos contemplar varias obras suyas, esculturas fundidas en bronce. En la plaza de Santa Ana, mirando hacia el Teatro Español, se halla la figura del poeta Federico García Lorca finalizada en 1986, aunque debió esperar diez años en el Cuartel del Conde Duque a que acabaran las obras de la plaza y poder ser instalada. Fue solicitada al Ayuntamiento por el entonces director del Teatro, Miguel Narros, al celebrarse el cincuenta cumpleaños del estreno de Yerma. Se trata de una figura de tamaño natural que representa al poeta de pie, con una alondra en las manos.

Una lápida de piedra caliza muestra la inscripción “Madrid, a Federico García Lorca”, sobre el pedestal de granito.

En 1989 la Fundación Juan March donó al Museo del Prado la obra Un pintor en el Prado, instalada en los jardines al pie de la Iglesia de los Jerónimos. Representa un joven que lleva todos los materiales necesarios para emprender una pintura al aire libre. La obra muestra un gran realismo y detalle.

Frente a ella, en el interior del Museo del Prado, a cuyo Patronato pertenece el artista, se halla un gran medallón fundido en bronce en 1983 del Retrato de Juan de Villanueva pintado por Goya hacia 1800, guardado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Actualmente el medallón se encuentra en la Sala de las Musas, en la pared de estuco rojo pompeyano frente a los mostradores de información, sobre la puerta que comunica con la zona de acceso de la Puerta de Velázquez, puerta central del museo.

Muy cerca, en el Real Jardín Botánico, en una pequeña glorieta dedicada a los Jardines por la Paz existe una estatua realizada en 1991, titulada La niña.

Una de sus dos hijas, Marcela, sirvió de modelo hace más de veinte años. El nombre que dio el escultor a su obra entonces fue Hizo de su amor simetría, ya que la protagonista tiene entre sus manos una dalia, “quizás la flor que mejor representa la proporción áurea, la simetría del arte de la naturaleza”.

En el jardín frente a la Casa de Cantabria, en la calle de Pío Baroja, muy cerca del Retiro, podemos ver la estatua de otro poeta, un busto de bronce “de Madrid a Gerardo Diego” que fue instalado en 2003.

Finalmente, la obra pública más moderna esculpida por Julio López para Madrid es una escultura del año 1999, la figura del rey Juan Carlos I, situada a la entrada del edificio de la Asamblea de Madrid, en Vallecas.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

monumentamadrid
El País
Colección ICO. Exposición Escultura con Dibujo. Octubre 2010.

La Casa Encendida es uno de los centros culturales más singulares y vivos de Madrid. Se encuentra en la Ronda de Valencia nº 2 en un edificio construido en 1910 para albergar la segunda sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, inaugurada en 1913.

El arquitecto encargado fue Fernando Arbós y Tremanti, que antes había proyectado la sede principal de la Caja de Ahorros y la Casa de las Alhajas en la plaza de San Martín, hoy dedicada a Sala de Exposiciones. A este arquitecto también le debemos los únicos ejemplos de arte neobizantino de la capital: el Panteón de Hombres Ilustres y la Iglesia de San Manuel y San Benito.

Se trata de un edificio de estilo neomudéjar, de ladrillo bicolor, con dos torreones en las esquinas, y en el centro sobre la cornisa un pequeño frontón con reloj.

Organizado alrededor de un gran patio, durante unos años fue conocido como Casa de Empeños debido a que fue utilizado como almacén del Monte de Piedad. Allí se amontonaban los objetos que los madrileños depositaban a cambio de un préstamo.

Tras una primera rehabilitación en 1989 a cargo de Guillermo Escribano, entre los años 2000 y 2002 fue nuevamente reformado por Carlos Manzano, y ampliado con el fin de acoger el Centro Cultural de Caja Madrid que recibió el sugerente nombre de Casa Encendida. Fue elegido como director José Guirao, hasta entonces director del Museo Reina Sofía. Abrió sus puertas el 9 de octubre de 2002.

La Casa Encendida fue creada con la pretensión de ser un lugar abierto, “siempre dispuesto a acoger actividades y recibir visitantes”, como por entonces afirmó su director, y parece que lo ha conseguido. Pintura, música, teatro, cine, talleres y cursos, hemeroteca, salas para conectarse a internet, laboratorios de radio o fotografía … casi todos los días del año, de lunes a domingo, desde las 10 de la mañana a las 10 de la noche. Actividades tan diversas, sus bancos para tomar asiento un rato, la cafetería, … reúnen un numeroso y variopinto público.

Justo hace diez años un titular del diario El País lo definía como “un edificio para perderse y divertirse en Lavapiés”. Y así es, se puede deambular por las salas, pasillos y recovecos e ir encontrando a cada paso cosas que nos sorprenden.

En uno de los descansillos de la escalera que nos lleva a la azotea una vitrina guarda la antigua maquinaria del reloj de la torre, con sonería de horas y cuartos, fabricado por la casa J.G. Girod a finales del siglo XIX.

El reloj fue restaurado por el Servicio Técnico de Unión Relojera Suiza en 2002.

La azotea, convertida en terraza, es un lugar encantador, con sus plantas y arbolitos, los torreones y la casita del reloj.

Estos días de otoño los madroños están madurando, aquí y en todo Madrid, cambiando el color amarillo por el rojo, y la Casa Encendida cumple diez años (el edificio ha cumplido cien).

Y lo hace a lo grande, con la exposición dedicada a Louise Bourgeois.

Algunos de nosotros aún recordamos la muestra que le dedicó el Museo Reina Sofía a finales de 1999, siendo aún su director precisamente José Guirao. Por esto, además de porque se trata de una de las artistas más importantes del siglo XX, la vuelta de Louise Bourgeois a Madrid es un acontecimiento, positiva o negativamente no es fácil que la contemplación de sus obras deje a nadie indiferente.

El mismo director, Guirao, la misma comisaria, Danielle Tilkin.

No fue casualidad que la primera exposición en el Reina Sofía se titulara Memoria y Arquitectura, Louise afirmaba que la memoria es una forma de arquitectura. Su obra la fue construyendo con sus vivencias durante sus casi cien años de vida, con su memoria.

Nació en París el 25 de diciembre de 1911. Se casó con un historiador y profesor de arte (ella contaba que entre conversación y conversación sobre surrealismo él se declaró) y con él fue a vivir a su ciudad, Nueva York, y se convirtió según sus propias palabras en una artista americana, no francesa. Una mujer artista en un mundo entonces exclusivamente habitado por hombres.

Aunque creció en un ambiente artístico y ella misma fue artista y expuso muy pronto, no saltó a la fama hasta 1982 cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó su gran retrospectiva, la primera dedicada a una mujer. Tenía 70 años. En el año 2000 la Tate Modern londinense inauguró su Sala de Turbinas con su obra. Fue la consagración. Tenía casi 90 años. Y siguió trabajando.

Estos días las obras de Louise Bourgeois, las realizadas durante los últimos diez años de su vida, inundan la Casa Encendida y su rostro de mujer mayor con mirada de niña traviesa nos observa. No podía faltar la famosa y provocativa fotografía que le hizo Robert Mapplethorpe poco después de la exposición en el MOMA con su escultura Fillette bajo el brazo.

L.Bourgeois, por R.Mapplethorpe (1982)

Esta vez la exposición ha sido titulada Honni soit qui mal pense (mal haya quien mal piense), utilizando un frase escrita en uno de los cuadros de la artista. Ella, desinhibida y divertida, advierte a los “malpensados”.

Honni soit qui mal pense, I see you! (mal haya quien mal piense, ¡te veo!), 2009.

Transgresora, atrevida, compleja… exhibía sus miedos, sus necesidades… a menudo utilizando el color rojo.

10 a.m. is when you come to me (las 10, es cuando vienes a mí), 2007.

Muchas de sus obras son inquietantes, duras, otras expresan debilidad, afecto, incluso una cierta ternura. En una de las salas se exponen sus singulares relojes que marcan las horas, en las que pasa (o no pasa) algo, en las que espera, pide, anhela, se angustia, ama…como durante toda su vida en la realidad. Todo tiene su porqué, nada parece casual en la obra de Louise Bourgeois. Decía que su vida era una sucesión de cuartos de hora que pasaba en una sucesión de metros cuadrados.

La casa, el espacio, fue muy importante en su obra.

Sus temas, sus obsesiones, fueron la madre, el padre (con diez años descubrió que su padre era el amante de su institutriz, y ese hecho marcó su vida), ser mujer, la maternidad, los símbolos masculinos, el sexo…

Utilizó todo tipo de materiales para expresarlos, papel, ásperas telas, suaves paños bordados, cuentas de cristal, madera, bronce, mármol, etc. incluso las palabras habladas o escritas. Y el color.

The couple (La pareja), 2002.

Louise trabajó hasta el final de sus días. Murió el 31 de mayo de 2010. Tenía 98 años.

Por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

COAM. Arquitectura de Madrid. 2003.
La Casa Encendida
Diario ABC, 26 oct.2001
Diario El País 23 oct. 2002
Diario El País 22 oct. 2012.
Julia Luzán. Madre araña. El País Semanal 7 oct. 2012.

 

El pasado miércoles 17 de octubre fue inaugurada la exposición Coleccionismo al cuadrado. La colección de Leandro Navarro en el Museo Lázaro Galdiano, organizada por el Ministerio de Educación y Cultura.

Lucien Freud. “Mujer con tatuaje en el brazo” (1996).

Sorprende y admira encontrar, en un lugar tan inesperado, pinturas y esculturas de los artistas más representativos del siglo XX español conversando con obras maestras de todos los tiempos, coleccionadas en el siglo XIX por José Lázaro Galdiano.

No es la primera vez. El año pasado pudimos disfrutar con la exposición ¿Qué hace esto aquí?. Colección Jove en el Museo Lázaro Galdiano

Leandro Navarro nació en Madrid en 1927, y comenzó su colección en 1956 con una acuarela del pintor Benjamín Palencia. Era un regalo a su mujer, en su primer aniversario de boda. Ambos eran aficionados a la pintura. La colección de Leandro y Conchita Navarro ha llegado a ser muy amplia y valiosísima, pero podemos imaginar la emoción de los comienzos, del riesgo y las sensaciones al poder contemplar estas obras, en su propia casa.

Leandro Navarro, coleccionista y galerista, dice cosas tan interesantes como que “Rothko es tan bueno como Murillo”, es la opinión de alguien que ama y conoce el Arte, su historia y su significado.

Asomado al jardín, en uno de los balcones principales del palacete, nos recibe la primera obra de la exposición, Jacobo I, una escultura de bronce de Julio López Hernández.

Julio López Hernández. Jacobo I (1975).

La exposición es extraordinaria.

Comienza en la planta baja donde se muestran obras significativas del “universo” de Leandro Navarro y representativas de su Colección, Leandro Navarro y su trayectoria: Maruja Mallo, Cristino de Vera, Solana, Miró… y esculturas de pequeño formato de Gargallo y Julio González, entre otros.

En la primera planta, en una sala habitualmente dedicada a Goya, se han ubicado la mayor parte de las obras de José Gutiérrez Solana, que toma el relevo a Goya, y que Leandro ha ido adquiriendo a lo largo de los años. Queda clara la relación entre la obra de ambos artistas, que reflejan la España “más oscura”.

En el antiguo despacho de José Lázaro se ha instalado una espectacular selección de la obra de los grandes artistas del siglo XX, los realistas Antonio López, Carmen Laffón… junto a los abstractos, Tapies, Lucio Muñoz, Palazuelo, Manuel Rivera…

En la planta segunda, junto a los dibujos de los grandes artistas del siglo XX,  como Picasso o Juan Gris, se exponen los de otros artistas internacionales que más recientemente se han ido incorporando a la Colección (Lucien Freud, Louise Bourgeois), y pequeñas esculturas realizadas por los representantes del mejor abstracto, Eduardo Chillida, Martín Chirino, etc .

Juan Gris. Molino de café y botella (1917)

Descansando al lado, tras los cristales de una vitrina, una cabecita de “Carmen dormida”, de Antonio López.

Antonio López. Carmen dormida (2001)

Finalmente, en el edificio de la España Moderna, que acogió la antigua editorial de José Lázaro, una característica escultura de Pablo Palazuelo nos da la bienvenida a la Sala dedicada a la Escuela de Madrid y más. Artistas como Caneja, Redondela, Martínez Novillo, Benjamín Palencia…

Francisco Bores. Femme dans un interior (1935).

Hay muchas obras bellas en estas salas, repartidas y colocadas con sabiduría con el fin de mostrar la importancia del coleccionismo, en este caso un Coleccionismo al cuadrado. Se puede visitar hasta el próximo día 7 de enero de 2013, en el Museo Lázaro Galdiano, calle Serrano nº 122.

Por Mercedes Gómez

Los pasadizos volados son elementos arquitectónicos que unen dos edificios fronteros por su parte más alta, con el fin de facilitar la comunicación entre ambos. Su origen se remonta a las ciudades andalusíes de calles laberínticas, curvos trazados, arcos, recovecos y adarves o callejones sin salida. En la ciudad islámica, los pasadizos unían las diferentes partes de una vivienda o casas de un mismo propietario con un fin utilitario.

En 1530 se promulgó una ley que prohibía construir nuevos balcones, saledizos… y pasadizos, para evitar la falta de higiene o de luz que pudieran causar, y la fácil propagación de incendios entre dos viviendas en las estrechas calles medievales. Sin embargo, en el Madrid del siglo XVII se construyeron un gran número de ellos.

El Madrid de los Austrias, famoso por sus al parecer innumerables pasadizos subterráneos, que unían el Alcázar con palacios y conventos, fue también el Madrid de los pasadizos elevados, que llegaron a ser una de las construcciones más características del barroco madrileño, aunque con un nuevo significado. El pasadizo, conservando su función intimista y de secreto, se convirtió en un mirador privilegiado, al servicio del espíritu del Barroco, sus celebraciones religiosas y sus fiestas. Además de cumplir una función práctica, permitía observar y moverse libremente sin ser objeto de miradas indiscretas.

Virginia Tovar les dio el nombre de arquitecturas encubiertas por su función de ocultar, encubrir.

Los reyes implantaron su uso construyendo varios pasos elevados, permanentes o efímeros, desde el Alcázar Real hacia otras dependencias, como el Juego de la Pelota, junto a los Caños del Peral.

Juego de la Pelota (Texeira, 1656)

Esto motivó el deseo de la nobleza de imitar a los monarcas y disfrutar de sus propios pasos privados.

Así el Pasadizo se convirtió en elemento de diferenciación social, que permitía a los nobles no mezclarse con las clases bajas, no pisar las calles sucias… Los motivos para solicitar su construcción eran variados: la poca salud que no permitía asistir a misa, el deseo de unir casas entre miembros de una misma familia… La realidad fue que además de perseguir una comodidad, se convirtió en un elemento de clase y adquirió un significado religioso, pues en muchos casos suponía un acceso directo a la iglesia. En contrapartida, ésta recibía una cantidad de dinero por conceder ese privilegio. Era un buen negocio para todos.

Los alarifes de la villa visitaban el lugar para el que se solicitaba el corredor, analizaban, hacían un informe, y el Concejo decidía. El pasadizo debía no molestar a los vecinos, tener una altura suficiente que permitiera el paso de carruajes y las muy frecuentes procesiones, permitir el paso de la luz… debía ser proyectado por un alarife de la villa, incluso a veces por el Maestro Mayor, como veremos.

En teoría eran muchas las dificultades para conseguir la licencia de construcción, pero el Ayuntamiento siempre accedía, los solicitantes eran cortesanos o personajes muy influyentes.

Uno de los pasos más antiguos es el de la plaza de las Descalzas Reales, que como casi todos los que se construyeron en calles importantes, era una estructura en arco. Fue construido hacia 1582, entre la Casa de los Capellanes, junto a la iglesia del Convento, y la casa de María de Pisa, donde luego se levantaría el Monte de Piedad.

Plazuela de las Descalzas Reales (Texeira, 1656)

Conocemos este pasadizo situado frente a la iglesia de San Martín gracias a un grabado de Minguet, según dibujo de Diego de Villanueva, realizado en el siglo XVIII.

Vista del Convento de las Descalzas Reales. Minguet, 1758. Museo de Historia (memoriademadrid.es)

En los comienzos del siglo, de vuelta la Corte a Madrid, el poderoso Francisco Gómez de Sandoval Duque de Lerma levantó su casa de recreo en el Prado de San Jerónimo, según trazas de Juan Gómez de Mora. Junto a ella, en terrenos de su propiedad, construyó dos conventos, el de Santa Catalina de Sena de Dominicas, en la misma manzana en la que se hallaba su casa, y el de San Antonio de Capuchinos, al otro lado de la calle del Prado.

Carrera de San Jerónimo (Texeira, 1656)

En 1615 sobre la calle del Prado, se construyó, según trazas del propio Gómez de Mora, un corredor igualmente en forma de arco desde la tribuna que el Duque tenía en el Convento de los Capuchinos, hasta la que poseía en el Convento de Santa Catalina de Sena, así consiguió que su palacio se comunicara con ambos monasterios.

El de Lerma debió ser uno de los pasadizos más monumentales de la época. Frente a él, al otro lado de la Carrera de San Jerónimo, la marquesa del Valle construyó el que comunicaba su Palacio con el Convento del Espíritu Santo de la orden de los Clérigos Menores sobre la actual calle de Fernanflor. En los terrenos del Convento en el siglo XIX se construyó el Congreso de los Diputados y se abrió la calle de Floridablanca.

En los alrededores de la actual plaza de Ramales, entonces plazuela de San Juan, existieron varios pasadizos. En 1625 don Diego de la Cerda marqués de la Laguna pidió construir uno desde su casa al coro de la iglesia de Santiago afirmando que lo construiría tan alto y en arco como el de la calle del Prado. Su autor fue Gómez de Mora una vez más.

Iglesias de Santiago y San Juan (Texeira, 1656)

Otro pasadizo volado comunicaba la casa de los Guzmanes (en el lugar donde hoy se encuentra la casa que fue palacio del marqués de Trespalacios en la plaza de Ramales nº 3), con la tribuna en la iglesia de San Juan. Otro corredor unía las casas del Conde de Lemos frente a la plazuela de Santiago. Fueron varios los pasadizos reflejados por Pedro Texeira.

En diciembre de 1616 doña Inés de Toledo, marquesa de Cerralbo, construyó otro desde su casa a la iglesia de San Norberto, de los religiosos Premostatenses. En 1632 vivía allí el duque de Alburquerque y unió con otro pasadizo la de su suegra, la duquesa de Rioseco, con el fin de que su mujer se pudiera comunicar fácilmente con su madre. El cartógrafo representa este pasadizo, frente a la iglesia y su tapia, sobre la entonces calle de la Cuadra, próxima a la fuente de Leganitos, desaparecida por la construcción de la Gran Vía. En la hoy Cava de San Miguel Texeira dibujó el Cobertizo de San Miguel, y un pasadizo que unía la vivienda del marqués de Estepa en la Cava con otra que tenía en la plaza Mayor.

En la esquina de la Costanilla de San Andrés con la calle de los Mancebos se encontraba el Palacio de los Lasso de Castilla, levantado en el siglo XV y derribado en el XIX.

Palacio de los Lasso y la iglesia de San Andrés (Texeira, 1656)

Un pasadizo unía la torre del palacio, en el que se alojaron los Reyes Católicos, con la iglesia de San Andrés cuyo muro ha conservado desde entonces la huella de la antigua construcción.

San Andrés, sept. 2012

Recientemente se ha colocado una lápida de cerámica recordando la existencia del antiguo paso.

Curiosamente uno de los escasos pasadizos existentes hoy día pertenece al Ayuntamiento, en el pasado tan reacio a ellos. Lo diseñó Luis Bellido en 1909 para unir la Casa de Cisneros que había sido adquirida para alojar dependencias municipales, a la Casa de la Villa. El corredor fue construido sobre la calle de Madrid.

Calle de Madrid, julio 2012

El otro se encuentra sobre la hoy cerrada calle de Floridablanca, muy cerca del lugar donde hace cuatro siglos se encontraba el pasadizo que comunicaba el Convento del Espíritu Santo con el palacio de la marquesa del Valle.

Convento del Espíritu Santo (Texeira, 1656)

Este pasadizo moderno fue edificado a finales de los años 70 del siglo XX para unir el Congreso de los Diputados con su ampliación.

Congreso de los Diputados, sept. 2012

Además, los edificios del Congreso se comunican a través de un pasadizo subterráneo. Como en el siglo XVII.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

V. Tovar Martín. El pasadizo, forma arquitectónica encubierta en el Madrid de los siglos XVII y XVIII, Villa de Madrid nº 87. Madrid, 1986.

C. de Mora Lorenzo. El pasadizo en el Madrid de los Austrias (siglo XVII). Madrid, Revista de arte, geografía e historia nº 6. Madrid 2004.

J.M. Muñoz de la Nava Chacón. El COAATM: sus sedes y su historia. (en Un edificio en crecimiento. COAATM Madrid 2008).

Juan Gris, cuyo verdadero nombre era José Victoriano González, nació en Madrid el 23 de marzo de 1887, en el seno de una familia acomodada. El padre era comerciante, y la familia vivía bien en aquel final de siglo madrileño, pero la situación se volvió difícil cuando el negocio quebró. José, que era el decimotercero de catorce hermanos, tenía solo siete años.

El niño, que dibujaba muy bien, no entró en Bellas Artes pero estudió en la Escuela de Artes y Oficios, y muy joven comenzó su dedicación a la ilustración gráfica. En 1906, con diecinueve años, realizó las ilustraciones para el libro Alma América. Poemas indoespañoles, de José Santos Chocano, firmando por primera vez como Juan Gris. Ese mismo año se trasladó a París donde viviría casi toda su vida.

La búsqueda de aires nuevos, una vida mejor, y librarse del servicio militar (probablemente para poder seguir trabajando y teniendo ingresos) le llevaron hasta la entonces capital del Arte. Se dice que llegó con 16 francos en el bolsillo.

Documental “Juan Gris. Cubismo y modernidad”. (Fundación Telefónica)

Le recibió su amigo Daniel Vázquez Díaz, quien le llevó al edificio de los famosos ateliers o talleres del Bateau Lavoir, en Montmartre, donde los artistas de la vanguardia tenían sus estudios, o simplemente visitaban los de sus colegas. Modigliani, Matisse,… allí se reunían todos.  Y allí conoció a Picasso y a Braque, solo unos años mayores que él. Se introdujo en los ambientes que estos pintores frecuentaban y se adhirió al nuevo movimiento artístico que desarrollaban, el Cubismo.

Juan Gris vivió durante diez años en ese edificio de madera, muy frío en invierno, caluroso en verano, con una única fuente para todos los inquilinos y un solo retrete, sin baño…

Bateau Lavoir en: Documental “Juan Gris. Cubismo y modernidad”. (Fundación Telefónica)

Poco después de su llegada a París conoció a la modista Lucie Belin que se trasladó a vivir con él en el pobre taller. En 1908 se casaron y al año siguiente nació su hijo Georges, pero la relación no funcionaba bien y se separaron. El niño fue enviado a Madrid, donde fue criado por su familia.

En 1910 comenzó a dedicarse a la pintura aunque, por razones económicas, continuó trabajando como ilustrador. Muchos periódicos, muchos dibujos… por poco dinero.

Dos años más tarde conoció a Fernande Herpin, Josette, quien un tiempo después se trasladó al Bateau Lavoir y sería su mujer ya para siempre. Decían los que la conocieron que era “inteligente, espiritual, fina… comprendía a Gris”.

En 1920 Juan Gris sufrió una grave pleuresía, comienzo de una sucesión de enfermedades (asma, uremia…) que unidas a la pobreza en la que casi siempre vivió le fueron debilitando.

Debido entre otras cosas a su condición de prófugo nunca pudo volver a España, aunque si debió mantenerse en contacto con su familia, en 1922 envió a su hijo la fotografía que le hizo Man Ray.

Juan Gris (Man Ray,1922)

La pareja vivió en varios lugares de Francia, buscando un clima que mejorara la salud del pintor, pero en 1924 volvieron a París.

Los domingos se reunían todos los amigos, artistas, intelectuales… y en las sobremesas Juan Gris sacaba a bailar a las damas, era un apasionado del baile. Tan serio en su obra, era sin embargo, decían sus colegas, una persona bromista y con ganas de vivir. Pero las crisis se sucedían y llegó un momento en que ya no podía levantarse de la cama.

Su obra es singular pues unió el racionalismo cubista a una cierta pasión y sensualidad, principalmente mediante el uso del color y de las líneas curvas. La contemplación de algunas de sus pinturas nos inspira una emoción muy alejada de lo que puede sugerir la pura geometría.

La ventana abierta, 1921 (Museo Reina Sofía).

Escribía el propio pintor en 1925: “Hoy, evidentemente, me doy cuenta de que, en su comienzo, el cubismo no era sino un modo nuevo de representación del mundo”. Pero para él, el cubismo no era un mero “procedimiento” sino una estética, incluso “un estado de espíritu”.

Decía Joaquín Torres-García que otros pintores partían de la naturaleza para ir a lo abstracto, mientras que el camino de Juan Gris era a la inversa: partía de lo abstracto de la geometría para ir a la realidad. Bonita y precisa definición.

Un elemento muy utilizado por Gris fue la ventana, a través de ella entraba la luz en sus bodegones, y además proporcionaba un tono más poético o literario a sus cuadros.

La fenêtre aux collines, 1923 (Fundación Telefónica).

Él mismo decía que trabajaba con los elementos del espíritu, con la imaginación.

En Madrid se puede admirar su obra en el Museo Reina Sofía, en la sala 208 del Edificio Sabatini dedicada a “Juan Gris. La reordenación de la mirada moderna. En el Museo Thyssen se pueden contemplar algunas obras del autor, y el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando también posee un cuadro suyo.

Y finalmente, en el recientemente inaugurado magnífico Espacio Telefónica (que merece una visita en sí mismo), en la 4ª planta, se expone la espléndida Colección Cubista, organizada alrededor del gran protagonista: Juan Gris. Entre otros materiales interesantes se proyecta una película de unos 20 minutos de duración en la que de forma completa y emotiva se narra su vida y evolución pictórica, “Juan Gris. Cubismo y modernidad”.

Juan Gris murió el 11 de mayo de 1927. Tenía solo 40 años.

Nunca volvió a su ciudad natal, pero en la calle del Carmen nº 4, a un pasito de la Puerta del Sol, una lápida recuerda que en esa casa, hoy convertida en hotel, nació el pintor. Fue instalada por “el pueblo de Madrid en el aniversario de su muerte, el 11 de mayo de 1986.”

Calle del Carmen nº 4.

Juan Gris fue un gran artista, y sin duda un hombre especial, lamentablemente su muerte tan temprana impide saber cual hubiera sido su futuro. Una de las personas que mejor le conocieron, su marchante y biógrafo Daniel-Henry Kahnweiler, dijo que Gris era el hombre más puro, el amigo más fiel y tierno que había conocido y, sin duda, uno de los artistas más nobles que la Tierra haya dado.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Espacio Telefónica
Edificio Telefónica (Entrada por calle Fuencarral nº 3).
De Martes a Domingo de 10:00 a 20:00 h

Museo Reina Sofía
Edificio Sabatini, Sala 208.

Este artículo está dedicado a María Rosa, que tranquilamente viaja por España y por el mundo, pasea por Madrid, y nos lo cuenta todo con mucho encanto.

La historia de la Iglesia de San Manuel y San Benito tiene todos los ingredientes para ser el escenario de una película ambientada en el Madrid de finales del siglo XIX, principios del XX. Su construcción a cargo de un matrimonio de pudientes burgueses, sus objetivos, su privilegiada ubicación cercana al Retiro y la Puerta de Alcalá, su arquitectura y obras de arte… y haber sido testigo de la historia de Madrid durante cien años.

Los protagonistas, Manuel Caviggioli y su esposa Benita Maurici, de origen italiano y humilde, nacieron en Barcelona, él en 1825, ella en 1819. No se sabe muy bien cómo, forjaron una gran fortuna. Afincados en Madrid desde jóvenes, consiguieron entrar en los círculos más aristocráticos.

Don Manuel proyectaba construir un templo panteón que una vez fallecidos guardara sus restos, así como una residencia para una comunidad religiosa que sería la encargada de dirigir una Fundación cuyo fin sería la instrucción gratuita de la clase obrera. Murió en 1901, y fue su viuda, doña Benita, la que finalmente puso en marcha el proyecto.

Las secuencias de la historia nos muestran cómo eran las relaciones de la alta burguesía con la Iglesia en aquellos tiempos y su influencia en la expansión de sus valores y enseñanzas. También describen una forma de beneficencia, de ayuda a las clases más bajas con el fin de facilitar su promoción cultural y social.

Don Manuel y doña Benita emplearon una parte de su dinero en la construcción de la iglesia y de la escuela, encomendadas a los Padres Agustinos. A cambio, en el futuro, deberían recordarles en sus plegarias celebrando misas y honras fúnebres mensuales y en fechas especiales. Junto a las sin duda buenas intenciones y creencias religiosas de la pareja, existía un deseo de perpetuar su memoria y dejar constancia de su poder. Todo ello lo lograron.

El irregular solar, de su propiedad, entre las actuales calles de Alcalá, Lagasca y Columela, frente al Parque del Retiro, era de los pocos que por entonces quedaban por construir en aquel emergente Barrio de Salamanca en el Ensanche de Madrid. El arquitecto elegido fue Fernando Arbós y Tremanti, uno de los más notables en aquellos momentos, quien construyó la iglesia en estilo neobizantino.

La primera piedra de la llamada Iglesia del Salvador -luego de San Manuel y San Benito, en honor a sus impulsores-, y de las Escuelas gratuitas, fue colocada y bendecida en 1903. Doña Benita falleció al año siguiente, por lo que tampoco pudo ver finalizada la obra.

Cumpliendo sus deseos, el 30 de diciembre de 1910 tuvo lugar el traslado de los féretros desde el cementerio de la Almudena hasta el nuevo templo. En esos comienzos del siglo XX, cuando por la empedrada calle de Alcalá circulaban los carros, el 1 de enero de 1911 tuvo lugar la inauguración oficial.

Foto : Lacoste 1927 (memoriademadrid.es)

El exterior fue construido en piedra y mármol blanco, y la espléndida cúpula de cobre rojo. En la esquina entre las calles de Alcalá y Lagasca, donde se encuentran las entradas a la iglesia, fue situada una torre o campanile de planta cuadrada, de más 43 metros de altura.

El edificio de la Fundación, donde se instalaron las Escuelas para los jóvenes obreros, los otros personajes verdaderamente importantes en esta imaginaria película, se situó en la calle Columela. Allí continúa la inscripción “Fundación Caviggioli Maurici. Escuelas para obreros”.

Los requisitos para acudir a la Escuela eran sencillos: los alumnos debían tener entre 14 y 30 años, y saber leer y escribir. Podían escoger las asignaturas a cursar, además de Religión y Moral, se impartía Geografía, Historia, Contabilidad, Dibujo, Escritura, Francés, Inglés, etc. Tras la seguramente dura jornada laboral allí acudían albañiles, electricistas, torneros, sastres, tapiceros…

La Escuela funcionó hasta el comienzo de la guerra en 1936. La iglesia, convento y aulas se convirtieron en salón de baile, almacén, economato, biblioteca pública, y sede del Partido Comunista entre otras cosas.

Después de la guerra hubo varios intentos de reanudar la actividad docente, pero nunca se consiguieron los permisos. Hoy día alberga la sacristía, despachos parroquiales, aulas para actividad cultural y otras estancias.

El conjunto está rodeado por jardincillos y una bonita verja de hierro forjado, que desde el Retiro ofrece una imagen espectacular.

La iglesia de San Manuel y San Benito es de uno esos contados edificios en los cuales cuando entras por primera vez quedas admirado por su belleza. Nuevamente el mármol, blanco de Macael en el ábside semicircular que alberga el Altar Mayor, con adornos de varios colores. Otro de los detalles más singulares y bellos de este templo son los mosaicos que adornan las paredes y techos. Y las esculturas de Ángel García Díaz, que ya visitamos, y que nos siguen maravillando. En el centro del Altar se encuentra la figura de El Salvador que mide dos metros y medio, a los lados San Agustín y San José, todas ellas realizadas en mármol de Carrara.

Suyas son también las imágenes de las dos Capillas laterales, la de la izquierda, dedicada a Santa Rita, y la de la derecha que alberga los sepulcros de los fundadores.

Sobre el cuerpo central, la magnífica cúpula con mosaicos que representan a los evangelistas. A los pies, en el coro alto, uno de los mejores órganos de Madrid. En fin, todos los detalles son de gran riqueza artística.

La iglesia de San Manuel y San Benito, situada en la calle de Alcalá nº 83, ha cumplido cien años, y lo celebra entre otras actividades con una pequeña exposición en la que siete paneles nos resumen todo un siglo de vida.

También han editado un libro “San Manuel y San Benito. Centenario de la Iglesia 1911-2011″, que incluye toda la historia de la institución y detallada descripción del edificio y obras de arte.

Transcurridos cien años, en este soleado mes de octubre de 2011, junto a la viva parroquia circulan los automóviles en lugar de los carruajes de antaño, y su cúpula se refleja en los cristales de los modernos edificios que hoy día conviven con las construcciones centenarias del barrio.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

José Luis Sánchez Fernández nació en Almansa, Albacete, en 1926, aunque llegó a Madrid siendo aún un niño cuando su familia se trasladó a la capital en el año 1936. Aquí estudió –también en Roma, Milán y París-, trabajó y desarrolló su arte. Desde 1987 es Académico de Bellas Artes de San Fernando. Contemporáneo de Eduardo Chillida, próximo a artistas como Pablo Serrano y el Grupo El Paso… fue pionero en trasladar la abstracción a la escultura española. Es uno de nuestros escultores más importantes, cuya obra se encuentra en museos y en calles de ciudades de todo el mundo.

La obra de este escultor ha estado siempre unida a la de los arquitectos. Él mismo cuenta que deseaba estudiar arquitectura, pero su trabajo en un banco durante ocho horas diarias no se lo permitía, y por eso siempre ha intentado trasladar su concepción de la arquitectura a la escultura.

La abstracción y la idea arquitectónica marcan su obra.

Una de sus facetas más notables es su aportación al arte sacro contemporáneo. Participó en la introducción del arte de las vanguardias en las iglesias a partir de mediados del siglo XX, que no siempre gozó de la comprensión de párrocos y fieles.

El arquitecto Rodolfo García-Pablos construyó la primera parroquia tras la guerra civil, la Parroquia de la Paz, en la calle Valderribas 35, barrio de Pacífico.  La iglesia fue construida entre 1953 y 1958, cuidando muchos de sus detalles, por ejemplo las vidrieras fueron realizadas en la Casa Maumejean. En 1959, para la última capilla, en el Baptisterio, José Luis Sánchez realizó un grupo escultórico del Bautismo de Cristo, que fue colocado sobre la pila bautismal. Esta obra, construida en hierro, cemento y chapa de cobre, significó el inicio de la renovación en el uso de los materiales, otra de las aportaciones de este artista a la escultura del siglo XX.

En 1965 tuvo una nueva colaboración con García-Pablos, en la Iglesia de los Sagrados Corazones, en la plaza que luego tomaría este mismo nombre en el distrito de Chamartín, para la cual construyó las Puertas exteriores, cuatro puertas metálicas plateadas, cada una con la inscripción del nombre de los Evangelistas, y otra puerta lateral, con el nombre de San Damián, todas ellas adornadas con varias inscripciones de textos evangélicos.

El interior de esta iglesia resulta espectacular, es muy grande, con mil asientos, sin embargo su ambiente es cálido, gracias sobre todo a las modernas vidrieras de Molezún, con sus tonos rojos y azules que iluminan el recinto y al resto de obras de otros artistas que participaron, como dos espléndidos murales de Vaquero Turcios. En la Capilla dedicada al Santísimo hay un Retablo también obra de Sánchez, de cemento metalizado, de gran expresividad. Contrasta con la obra abstracta una imagen de la Virgen con el Niño, talla del siglo XVI, en un espacio verdaderamente especial.

Dos años después trabajó con otro de los arquitectos más importantes de la época, Miguel Fisac, en la decoración de la Iglesia de Santa Ana y Nuestra Señora de la Esperanza, en la calle Cañada 35, en el barrio de Moratalaz. Se trata de una iglesia muy singular –que visitaremos más adelante, la verdad es que cada una de estas parroquias merecería un artículo-, construida en hormigón armado, inaugurada en 1966. Entre otras obras, Sánchez creó el Cristo crucificado de líneas estilizadas situado en el altar y el Sagrario.

En 1968 trabajó en la Parroquia de San Francisco Javier en el barrio de la Ventilla, donde coincidió con Pablo Serrano y nuevamente con Molezún. El Retablo en hormigón dorado es obra suya. La imagen actual del Cristo tradicional que lo adorna fue incorporada posteriormente.

En cuanto a obra pública, una de sus esculturas características se encuentra en el Paseo de la Castellana nº 162,  antiguo Ministerio de Industria, levantado en 1973 por Antonio Perpiñá. A los pies de los fríos edificios de hormigón sorprende la zona ajardinada de la entrada donde fue instalada una fuente rodeada de olivos. Originalmente existieron dos estanques, en el centro de uno de los cuales se hallaba la escultura de Sánchez, y el jardín estaba abierto. Posteriormente los estanques desaparecieron y el jardín fue rodeado de una verja.

La fuente fue desecada, pero pervive la escultura, realizada en acero inoxidable.

En la plaza de acceso a las Torres de Colón se encuentra la escultura Herón –nombre de la empresa entonces ubicada en las torres-, similar juego de volúmenes, en este caso realizados en bronce y colocados sobre un pedestal de piedra. La obra fue encargada por el autor del edificio, el arquitecto Antonio Lamela. Junto a la firma figura la fecha de creación, 1975.

Algunos autores han visto en las esculturas de José Luis Sánchez un precursor de las formas arquitectónicas desarrolladas años después por Frank O. Gerhy.

Su obra también se encuentra en numerosos edificios privados o empresas.

Una de sus obras más recientes es la Puerta de la Fundación Albéniz en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, en el Madrid más antiguo, frente a la Plaza de Oriente. Realizada en 2007 en acero cortén y acero inoxidable. El edificio, obra de Miguel Oriol, fue inaugurado en septiembre de 2008.

Texto y fotografías por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

Silvia Blanco. El misterio entre pliegues y hendiduras. Entrevista con el escultor José Luis Sánchez. Boletín Académico. Revista de investigación y arquitectura contemporánea. Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Universidade da Coruña. Número 1 (2011) .

El siglo XX español fue tiempo de grandes poetas, uno de ellos, quizá uno de los más importantes, fue Vicente Aleixandre, quien además de crear su obra, acogió y ayudó a todos los demás, a los de su propia generación, y a las posteriores, hasta el momento de su muerte, a los 86 años de edad. Todo ello tuvo como escenario su casa, la Casa de Velintonia, en Madrid.

Vicente Aleixandre nació en Sevilla, el año 1898, fecha que marcó una generación. Al año siguiente, nació su hermana Concepción, Conchita, que le acompañaría toda su vida. Solo un año después, sus padres, Cirilo Aleixandre y Elvira Merlo, junto con sus dos hijos, se trasladaron a vivir a Málaga. Finalmente, en 1909, Vicente era un niño de 11 años, la familia fue a Madrid, ciudad que prácticamente ya nunca abandonaría.

Su padre era ingeniero de ferrocarriles, y él mismo, que se había licenciado en Derecho y conseguido el título de Intendencia Mercantil, en 1921 comenzó a trabajar en las oficinas de los Ferrocarriles Andaluces en Madrid. En 1925 pasó a trabajar en la Compañía de Ferrocarriles del Norte. Pero Vicente había conocido durante un verano a Dámaso Alonso, joven entonces de su misma edad, quien le prestó un libro con poemas de Rubén Darío y despertó su interés por la poesía, también ya para siempre.

En esta década de los años 20, la Compañía Urbanizadora Metropolitana, propietaria del recién nacido Metro de Madrid, construyó una serie de edificaciones en los terrenos que había adquirido en 1919, entre la Glorieta de Cuatro Caminos y la Moncloa. Parte de dichas edificaciones fueron viviendas unifamiliares aisladas, en el llamado Parque Metropolitano Urbanizado, entre la calle de Reina Victoria y el Paseo de Juan XXIII.

Inicio Calle de Vicente Aleixandre, en el Pº de Juan XXIII

Uno de estos hoteles se comenzó a construir en 1921, en la calle de Wellingtonia nº 3, según proyecto de Julián Otamendi, para el Señor Aleixandre, padre de Vicente.

En este Parque de viviendas intervinieron distintos arquitectos, no solo los de la propia Urbanizadora, como el propio Julián Otamendi, su hermano Joaquín, Casto Fernández-Shaw y José Salcedo, sino también otros contratados por los propietarios, como Secundino Zuazo, Luis Sainz de los Terreros, Amós Salvador, etc., por lo que se produjo una gran mezcla de estilos, ecléctico, racionalista, regionalista… Actualmente muchas de las construcciones originales han desaparecido o han sido muy transformadas, pero aún se conservan algunos ejemplos interesantes.

En general las viviendas estaban destinadas a clases acomodadas, profesionales y artistas, por lo que se trataba de hoteles de semilujo, aunque hubo alguno inspirado en la arquitectura popular, más sencilla, entre los que se encuentra el edificado para la familia Aleixandre.

En 1927, curiosamente otra fecha importante en la vida de Aleixandre, que da nombre a una generación de poetas, la familia se instaló en esta casa del Parque Metropolitano, en la calle que Vicente llamaba calle de Velintonia.

Nada más traspasar la verja de entrada a la casa, una lápida de la Asociación de Escritores y Artistas españoles colocada en Abril de 1985, un año después de su muerte, recuerda al “Socio de Honor Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura”.

Enseguida se accede al jardín por unas escaleritas de ladrillo por las que tantas veces bajara Vicente.

Otro bonito detalle de la sencillez del lugar es el antiguo gallinero allí conservado.

La historia del poeta, y quizá de la Poesía de una época, es la historia de esta casa. Nada más llegar a vivir a ella, Vicente Aleixandre plantó un cedro, hoy convertido en un gran ejemplar que continúa ofreciendo su sombra a la casa y a los visitantes ocasionales.

Excepto los veranos, época que pasaban en Miraflores de la Sierra, la vida del poeta transcurrió entre las paredes del hotelito, y bajo este árbol protector.

Vicente Aleixandre tuvo problemas de salud desde muy joven, lo cual motivó que con el tiempo saliera muy poco de casa, pero él siempre tuvo sus puertas abiertas, y todos le visitaban. Entre sus paredes han conversado los poetas de varias generaciones, tanto de la suya propia, Gerardo Diego, Jorge Guillén, como posteriores, allí acudían todos… Cernuda, García Lorca, Neruda, Miguel Hernández…

Únicamente hubo un paréntesis, durante la guerra, situada en pleno frente, la casa fue casi destruida y perdieron casi todas sus pertenencias. Fue Miguel Hernández, que recordemos se había alistado en el ejército republicano, quien le ayudó a llegar hasta la casa y recobrar algunos libros, pocos.

Su madre había muerto en 1934, y su padre murió al año siguiente de terminar la guerra. El hotel fue reconstruido y los dos hermanos volvieron a instalarse en él.

Para entonces Vicente Aleixandre ya había escrito La destrucción o el amor y obtenido el Premio Nacional de Literatura.

En 1977 se le concedió el Premio Nobel, que no pudo ir a recoger por sus problemas de salud. En diciembre de ese mismo año el Ayuntamiento cambió el nombre de la calle por el de Calle de Vicente Aleixandre, algo que al parecer nunca gustó al poeta, comentaba que podían haberle dedicado cualquier otra calle de Madrid, y mantener el nombre de la que siempre fue su calle, la calle de Velintonia.

Vicente Aleixandre murió en 1984.

Su hermana Conchita murió dos años después. La casa fue alquilada durante un tiempo, desde hace años permanece deshabitada.

Hace unos días hemos tenido la inmensa suerte de poder entrar en la casa ahora vacía.

Las paredes desnudas guardan las huellas del pasado vivido, de las personas, y de los libros y los cuadros que allí estuvieron.

A pesar de la ausencia de muebles y objetos personales, y el mal estado de los muros, un ambiente mágico reina en estas estancias vacías, el recuerdo de sus inquilinos y amigos lo impregna todo.

Pervive su espíritu, y detalles que recuerdan que en el interior de esta casa hubo vida y comodidades, como los huecos de las estanterías que en el pasado ocuparon libros, y el curioso calientaplatos en el radiador del salón.

Resulta conmovedor el modesto lavabo en la esquina del dormitorio.

Desde la biblioteca, y desde la que fuera habitación del escritor se puede contemplar el mismo paisaje y el mismo árbol que le acompañó durante casi toda su vida.

El pasado sábado 14 de Mayo se celebró un emotivo homenaje al también escritor y poeta José Luis Cano -desaparecido en 1999-, con motivo del centenario de su nacimiento, gran amigo de Aleixandre y primer impulsor de la campaña iniciada en 1995 para Salvar la Casa de Velintonia y convertirla en sede de la Fundación Vicente Aleixandre y Casa de la Poesía, o centro de documentación y estudio de la poesía española del siglo XX.

En el jardín por donde paseara y en el que tantos días descansara Vicente Aleixandre, un grupo de amigos, familia del poeta y de José Luis Cano, una vez más bajo el gran cedro, recordaron con emoción la vida de ambos y la de tantos escritores que por allí pasaron.

La familia de Vicente Aleixandre desea vender la casa a las instituciones públicas, con el objetivo de que no desaparezca, pero desde hace más de quince años estas no parecen comprender su valor y las posibilidades que puede ofrecer a Madrid, a la Poesía y a la Cultura en general. De momento, sus descendientes de vez en cuando la abren a todos los amigos y amantes de la poesía, como durante toda su vida hizo Vicente Aleixandre recibiendo a todo aquel que llamó a su puerta.

Salvemos la Casa de Vicente Aleixandre, salvemos la Casa de la Poesía.

Muchas gracias a la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por su trabajo en defensa de este lugar,  y a todas las personas que hicieron posible este homenaje a José Luis Cano, y la visita a la Casa de Velintonia en una inolvidable mañana.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

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