En sus orígenes Madrid estaba surcada por numerosos arroyos. Resulta difícil imaginarlo, pero por muchas de las calles hoy cubiertas de asfalto y coches, en el pasado corrían riachuelos.

Uno de ellos recorría el Prado Viejo. Lo que ahora son los bonitos paseos del Prado y de Recoletos, con sus fuentes y sus museos, durante siglos fue un escarpado barranco por el que corría el agua de un arroyo al que a su vez iban a parar las aguas que bajaban por sus laderas.

El ayuntamiento medieval, el Concejo, se enfrentaba a dos problemas importantes, controlar las aguas, que cuando llovía se desbordaban y arremetían contra todo lo que encontraban a su paso, y evitar que se convirtiera en un impedimento para cruzar de un lado a otro, sobre todo desde que en tiempos de Felipe IV, entre los años 1630-1640, fue construido el Palacio del Buen Retiro, en lo que entonces eran las afueras de Madrid.

Para solucionarlo, se construyeron paredones y puentecillos. Los primeros puentes se cree que se instalaron en el siglo XVI, quizá con la llegada de Felipe II, su Corte y la capitalidad. Eran construcciones muy simples, cuyo único objetivo era de orden práctico, poder salvar el arroyo. Y eran de madera, por lo que, entre la humedad que iba calando día tras día, y los desbordamientos, duraban muy poco, de forma que a lo largo del siglo XVII se fueron mejorando, las reparaciones eran continuas, y con el tiempo se fueron sustituyendo por otros de piedra. Uno de los más transitados estaba frente a la Calle de Alcalá.

Calle de Alcalá (Mancelli, hacia 1623)

Calle de Alcalá y Paseo del Prado (Mancelli, hacia 1623)

La Junta de Fuentes ordenó reconstruir este puente de paso cercano a la primitiva Puerta de Alcalá, al fin y al cabo por allí pasaba a menudo Su Majestad en dirección al Buen Retiro. Las aguas volvieron a destruirlo y el Maestro Mayor de Obras consideró urgente sustituirlo por uno de cantería. Les daba miedo que en una de esas se hundiera mientras pasaba el Rey.

A mediados de siglo por fin las modestas tablas de madera fueron sustituidas por un puentecillo de piedra.

De todas formas, la necesidad de reparaciones continuaba, y así seguían las cosas en los comienzos del siglo XVIII. El Maestro de Cantería reparaba las grietas, y el Maestro Empedrador renovaba la calzada. Y al poco tiempo, vuelta a empezar.

Asi que el Maestro de Obras proyectó un puente más sólido, en piedra berroqueña, con arco de medio punto, rematado en sus extremos con cuatro pedestales, y al parecer dotado de bancos para descanso de los paseantes.

Nunca había visto una imagen del puentecillo… ¿cómo sería?…

Hace varias semanas os hablaba de una pintura de Antonio Joli que me gustaba mucho, se trataba de una Vista de la Calle de Alcalá, realizada en torno al año 1750, con la Puerta de Alcalá al fondo.

Hace unos días, casualmente, descubrí otra Calle de Alcalá realizada por el mismo autor en la misma época, pero esta vez desde el extremo contrario, el pintor situado junto a la Puerta de Alcalá, al fondo la Puerta del Sol.

Desde allí, ¡Joli pintó el cauce del arroyo y el puentecillo que permitía cruzar y entrar en la Villa por el camino de Alcalá!. Qué bonito y qué mágico.

Calle de Alcalá

La Calle de Alcalá, de Antonio Joli (hacia 1750). Colección particular. (Del Catálogo de la exposición "Palabras Pintadas". Sala de las Alhajas Madrid 2004).

Detalle

(Detalle del cuadro)

En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, el Paseo fue reformado, adornado y convertido en el Salón del Prado; y el arroyo encauzado. Fue por entonces cuando llegó la diosa Cibeles, por supuesto para quedarse.

El arroyo no se tapó hasta el siglo XIX, en tiempos de Fernando VII.

Pero sus aguas allí siguen, bajo la plaza, bajo la Cibeles, y se cuenta que en caso de emergencia ante un casi imposible intento de robo a las cámaras subterráneas del Banco de España, inundarían todo, desbordándose, como hace siglos.

26 septiembre 2009

septiembre 2009

Por Mercedes Gómez

Anuncios