Nuestros lugares preferidos de Madrid son dignos de ser visitados cualquier día de la semana y en cualquier estación de año, pero algunos de nosotros tenemos más tiempo para “perdernos” cuando llega el esperado fin de semana. Para mí, uno de esos lugares es la plaza del Conde de Miranda, en el corazón del Madrid de los Austrias, donde se encuentran la Iglesia y el Convento de las Carboneras. Además, los domingos, en la vecina plaza del Conde de Barajas, los pintores muestran sus obras, y en las cercanías no faltan las tabernas o bares donde tomar el aperitivo que tanto nos gusta. El paseo por estas plazuelas nunca defrauda.

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Ahora la fachada de la iglesia está cubierta, debido a las obras; el año pasado se descubrieron algunos graves problemas bajo sus bonitos suelos, que podían amenazar su estabilidad, de forma que se acometieron las reparaciones de urgencia.

El Convento, una de las joyas de la arquitectura y del arte barroco madrileños, ya ha cumplido sus cuatrocientos años de vida.

El Monasterio del Corpus Christi, más conocido como Las Carboneras, está habitado por las monjas jerónimas desde 1605. Su fundadora fue Beatriz Ramírez de Mendoza, bisnieta de Beatriz Galindo “La Latina” y de Francisco Ramírez el Artillero.

En el prólogo de un libro editado con motivo de la celebración de su IV Centenario, Las Carboneras IV Centenario (1605-2005), de Vicente Benítez Blanco, dice la Priora que cuando por obligación tienen que salir a la calle, el ruido les aturde, no están muy acostumbradas, pero cuentan que les gusta darse a conocer y que comprendamos cómo es su vida. La iglesia suele estar abierta, no hay ningún impedimento para poder visitarla, como ocurre con algunas otras en Madrid, y está llena de obras de arte, destacando el Retablo Mayor, que incluye la magnífica “Santa Cena” de Vicente Carducho, pintor de la Corte de Felipe III. Este retablo tiene un gran valor artístico, y también histórico ya que se conserva en su lugar desde que fue inaugurado en 1625.

Las hermanas se ayudan económicamente con la venta de dulces. Y dulce resulta el simple hecho de comprarles una bandejita de pastas, os lo aseguro.

Después de llamar al portero automático, una amable monja te abre y después de traspasar la rotunda puerta junto a la iglesia accedes a un precioso zaguán que en otro tiempo fueron las caballerizas.

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He visitado este zaguán tres o cuatro veces, siempre me admira la escalera con la balaustrada de madera, los techos con vigas del mismo material, el banquito de cerámica… todo.

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Para llegar al torno hay que pasar dos patios pequeñitos, deliciosos y acogedores, con sus ventanitas, rejas, una campanita, la pila. ..Y junto a la puerta reglar, está el torno. Tras él, la voz de una hermana a la que no puedes ver, te atiende siempre con amabilidad.

El torno

El torno

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El convento tras sus rejas y blancos visillos también esconde numerosas obras de arte, normalmente vedadas ya que se trata de un monasterio de clausura, aunque en raras ocasiones algunas se han podido admirar en exposiciones, gracias a las hermanas que de vez en cuando gustan de comunicarse con el exterior, mostrando sus tesoros artísticos, o dando a probar sus dulces.

Texto y fotografías: Mercedes Gómez

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