Dicen que no es un oso sino una osa, y que no es un madroño sino un madroñero. Pero, durante siglos, nos hemos referido a ellos, el Oso y el Madroño, como parte del escudo de nuestra ciudad. El oso, y el madroño, “mudruny” en la lengua de los mozárabes, símbolos de la Villa.

Hoy día en Madrid no abundan los madroños, quizá este arbusto tan cargado de historia eche de menos el ambiente y el aire medievales. Pero sí hay algunos. Podemos contemplarlos si vamos al Retiro, a lo largo del Paseo de Coches, o a la Casa de Campo, por supuesto en el Jardín Botánico o el Parque de la Fuente del Berro. Más pequeños, también repartidos por la ciudad, por ejemplo en el Paseo del Prado. Incluso algunos en grandes maceteros, como en la plaza del Conde de Miranda o la calle Mayor. O en pequeños maceteros, como en mi balcón.

Y sobre todo podemos seguir admirando el majestuoso madroño centenario que se encuentra en la Plaza de la Lealtad, frente al Hotel Ritz. Hace unos años estuvo en peligro pues el peso de sus enormes ramas amenazaba con derribarlo, pero hoy día unas grandes horcas de hierro a modo de “muletas” sujetan el magnífico árbol, uno de los más singulares de Madrid.

Estos días, como siempre en otoño, comienzan a verse sus frutos rojos, comestibles, junto a las florecillas blancas.

De ellos nace el Licor de Madroño que, según cuentan, Felipe IV tomaba después de las comidas, preparado por su cocinero según la receta que inventaron los frailes benedictinos: machacando el madroño con alcohol de vino.

Está muy rico el licor de madroño, bien frío, sobre todo en esos diminutos y castizos vasitos de barquillo en que a veces lo sirven en la Taberna El Madroño, en la Plaza de Puerta Cerrada. Una delicia.

Otra curiosidad sobre nuestro emblema: el madroño, con su color rojo intenso, en el famoso y maravilloso cuadro de El Bosco “El Jardín de las Delicias” es el símbolo de la lujuria.

Lo que quizá no todo el mundo sabe es que la espléndida pintura flamenca de los comienzos del siglo XVI se titula “El Jardín de las Delicias o la Pintura del Madroño”.


La podemos admirar en el Museo del Prado, después de un paseo por los alrededores contemplando los madroños al natural.

por Mercedes Gómez

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