Aún a riesgo de parecer insistente, continúo con la crónica, quizá algo melancólica, de las obras que se están llevando a cabo en la Plaza de la Independencia.

En el artículo anterior nos preguntábamos si los parterres y los bancos de la mitad sur de la plaza correrían la misma suerte que los de la mitad norte o se conservarían gracias a su cercanía a las puertas del Retiro.

Tengo la inmensa suerte de pasar por aquí casi todos los días, y me da pena ver la transformación que está padeciendo este lugar, que podemos considerar representa a otras plazas y otras calles de Madrid igualmente reformadas bajo una nueva idea o gusto urbanístico. El lugar de encuentro se convierte en mero lugar de paso. El mismo pavimento, la misma aridez.

Todo va muy deprisa, ayer, cerca de las 8 de la mañana, ya no quedaban apenas huellas del parterre de la esquina de Alcalá, en pocas horas había desaparecido.

Ya sabemos que destruir es mucho más fácil que construir. Qué pena, mi banco roto.

Pronto veremos la obra terminada, las dudas sobre el resultado final me temo que ya no existen.

Texto y fotografías por: Mercedes Gómez

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