La Ermita de la Virgen del Puerto es uno de los edificios más bonitos de Madrid, otro de mis lugares preferidos, uno de los mejores ejemplos de la arquitectura castiza.

Todo comenzó en 1716, cuando por encargo del Municipio, Ribera proyectó y dirigió la creación del Paseo Nuevo –actual Paseo de la Virgen del Puerto-, todo un hito urbanístico en la evolución de Madrid, que fue realizado con fines funcionales (pavimentación, subsuelo, etc) pero también estéticos y paisajistas (jardines, fuentes). El objetivo era unir La Tela -terrenos actualmente ocupados por el parque de Atenas- con el Camino del Pardo y urbanizar la gran explanada existente entre el parque del Alcázar y el Río Manzanares.

El Marqués de Vadillo, Antonio de Salcedo y Aguirre, Alcalde de Madrid, con cargo a su propio bolsillo, le encomendó incluir en el proyecto la construcción de una ermita dedicada a la Virgen del Puerto, imagen de la que era muy devoto. La ermita fue una de las primeras obras realizadas por Pedro de Ribera, comenzada ese año, quizá la primera gran obra. Y el Alcalde debió quedar muy satisfecho pues Ribera se convirtió en su arquitecto favorito y llegó a nombrarle Maestro Mayor de Obras de Madrid y de sus Fuentes y Viajes de Agua.

El edificio presenta una imaginativa y deliciosa mezcla de elementos de la arquitectura del Madrid de los Austrias, como su sencilla portada y las dos torres con sus clásicos chapiteles de pizarra, y la arquitectura barroca del siglo XVIII, sobre todo en su interior.

El 8 de septiembre de 1718 se inauguró la iglesia y dos días después se celebró una romería llevando a la Virgen en procesión desde el Colegio Imperial en la calle de Toledo hasta el nuevo templo en la que participaron las autoridades tanto religiosas como municipales.

Desde entonces ha sufrido muchos avatares, destrozos y reformas. Declarada Monumento Bien de Interés Cultural en 1945, fue posteriormente reconstruida y restaurada siguiendo las pautas de Ribera. Y allí sigue, entre el Parque de Palacio o Campo del Moro, y el Río, como si fuera una casita de cuento madrileño.

Solo la he podido visitar una vez. Parecía cerrada, pero me acerqué a la puerta, la empujé levemente, y se abrió.

No había nadie ni en el jardín, ni en el interior. Tras la puerta, el zaguán rectangular, sin luz. En el muro a la izquierda, dos lápidas, una de ellas recuerda la construcción de la ermita a cargo del arquitecto Ribera en 1718.

Y a la derecha el escudo del Marqués de Vadillo.

La espléndida reja del siglo XVIII estaba cerrada, pero permitía ver parte del templo.

El diminuto recinto es precioso. De frente, la Virgen del Puerto en el retablo mayor, dándole el pecho al Niño. Se trata de una réplica de la original del siglo XVII; el retablo también es moderno, imitación del antiguo retablo barroco.

La planta es octogonal, centralizada, prolongada en cuatro de sus lados por medias elipses, la que acoge el retablo mayor frente a la de la entrada, y dos a ambos lados, con sendas capillas.

Este fin de semana se celebran en Madrid las Fiestas de la Arganzuela, las Fiestas de la Melonera, cuyo origen se remonta a la romería que nació para celebrar la festividad de la Virgen del Puerto tras la construcción de la ermita.

La Romería de la Virgen del Puerto se convirtió en Verbena, más conocida como de “La Melonera” por la cantidad de puestos de melones y de sandías que se instalaban alrededor de la ermita.

Las mocitas madrileñas que en la primera verbena de la temporada, la de San Antonio de la Florida, le habían pedido un novio al Santo, luego, en los comienzos de septiembre, le pedían a la Virgen del Puerto que su novio fuera un buen marido. Y para que todo se cumpliera, la tradición obligaba a comprar un rico melón o una buena sandía y compartirlo con él.

Rescatada en los años 80 del pasado siglo XX, la verbena se ha convertido en una fiesta popular, la última del verano madrileño, tras las famosas San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma. Conciertos, bailes, competiciones deportivas, juegos y actividades para los niños y para mayores, en la Arganzuela, herencia del fervor de un antiguo alcalde por la Virgen del Puerto, más conocida como La Melonera, el Marqués de Vadillo, y del arte de un gran arquitecto, Pedro de Ribera.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

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