El pasado sábado, una vez más, volví al Museo del Prado. Disfruté de una visita guiada a través de una pequeña selección de obras maestras, entre tantas que atesora. Fue un paseo encantador, durante el cual además de contemplar bellas pinturas pude aprender cosas nuevas y bonitas, espero que os gusten también a vosotros.

Comenzó la visita frente al Jardín de las Delicias o Pintura del Madroño, de El Bosco, una de las grandes obras de todos los tiempos sin duda, pintada en los primeros años del siglo XVI, un óleo sobre tabla de la Escuela Flamenca. No es la primera vez que hablo aquí de esta pintura, pero tal vez sea un buen momento para repetir, ya que estamos en otoño y volvemos a vivir el Tiempo de madroños. De camino al museo podemos comprobar cómo a lo largo de todo el Paseo los numerosos madroñeros han comenzado a dar sus frutos.

El cuadro es un tríptico, que se expone abierto, con las escenas del Paraíso, el Pecado y el Infierno. Cerrada, la obra representa el final del tercer día de la Creación del mundo, pintada en grisalla, técnica de pintura al óleo monocroma. Las imágenes de las dos hojas que cierran el tríptico se pueden atisbar si te asomas con cuidado.

En 1593 la obra fue trasladada al Escorial por Felipe II, en cuyo inventario aparece con el nombre de Pintura del Madroño. La denominación de Jardín de las Delicias es posterior, según nos comentan. Es una pintura llena de detalles, extraña para su tiempo, y precursora del Surrealismo que tardaría siglos en llegar.

Continuando nuestro paseo por las salas dedicadas a la Escuela Flamenca, la segunda obra que contemplamos es El paso de la laguna Estigia, de Joachim Patinir (1520-1524), de tema mitológico. Nuevamente el Bien y el Mal, el Paraíso y el Infierno, y un paisaje de hermosos colores azules y verdes.

La tercera obra elegida es El Descendimiento, de Van der Weyden, pintada antes que las anteriores, hacia 1435. Sus figuras son de una perfección asombrosa, enmarcadas en tracerías, elementos típicos del arte gótico. Destacan los colores de los trajes, sobre todo uno de ellos en lapislázuli, que en aquellos momentos del siglo XV era el pigmento más caro.

Alberto Durero, de la Escuela Alemana, pintó a Adán y a Eva (1507) sobre un difícil y brillante fondo negro. Como casi todos los pintores, Durero dibujaba antes de pintar. Ambas figuras son magistrales, mostrando la belleza de los cuerpos jóvenes “antes del pecado”, la figura de Adán, mucho más dibujada que la de Eva que, más pintada, expresa más delicadeza. Recientemente restaurados, los dos cuadros lucen en todo su esplendor.

Seguimos en el siglo XVI, pero abandonamos la pintura sobre tabla para pasar al lienzo. El cuadro elegido es Dánae recibiendo la lluvia de oro (1653), de Tiziano, de la Escuela Italiana. Nos cuenta el mito de Dánae y Zeus, representado por esa lluvia de oro, de fuerte carga erótica, como algunos de los cuadros que ya hemos contemplado. Hay que tener en cuenta que se trata de pinturas creadas no para ser expuestas, como sucede hoy día, sino para el disfrute privado del rey Felipe II.

Pasamos a las salas dedicadas a El Greco, cuya pintura, tan moderna para su tiempo, fue quizá incomprendida por muchos. Contemplamos la famosa El caballero de la mano en el pecho, aunque la magnífica Guía llama nuestra atención sobre una pequeña obra maestra, la Fábula, ambas realizadas en 1580. La Fábula representa de manera perfecta la luz que ilumina el rostro del pícaro.

Y llegamos al siglo XVII, a la Escuela Española, al gran y fascinante Diego Velázquez. Como decíamos, la mayoría de los artistas primero dibujaban, Velázquez pintaba.

Nos detenemos ante La Fragua de Vulcano, obra de tema mitológico del año 1630. Y, por fin, Las Meninas o La familia de Felipe IV, realizada en 1656. Obra de gran complejidad, que entre otras cosas buscaba dar a la Pintura un valor intelectual además del manual que tenía por entonces.

Termina la visita en las salas dedicadas a Francisco de Goya. La maja desnuda, pintada en los últimos años del siglo XVIII, con su gama de verdes, el color con más matices para la vista humana al parecer, y La familia de Carlos IV, de 1800.

Esta es una de las posibles visitas, pero las posibilidades son infinitas, el Museo del Prado, siempre a nuestra disposición, nos permite contemplar grandes obras de grandes autores siempre que lo deseemos. La entrada a la Colección permanente es gratuita de martes a sábado desde las 18:00 hasta las 20:00 horas y el domingo de 17:00 a 20:00 horas.

A partir de mañana martes día 8, durante más de cuatro meses, además podremos admirar las obras de otro de los grandes museos del mundo, el Hermitage de San Petersburgo.

Ya está preparada la gran exposición El Hermitage en el Prado, con ciento setenta obras que abarcan desde el siglo V a. de C. hasta el siglo XX. Se trata de una muestra excepcional. Las grandes obras del Museo fundado por los Zares rusos llegan al Museo del Prado para mostrarse junto a nuestras obras maestras, muchas de ellas pertenecientes a las Colecciones de la Monarquía Hispánica. Una maravilla.

Por Mercedes Gómez

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Fuente e imágenes : Museo del Prado

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