Junto al Gran Lujo clásico de hoteles como el Ritz, que tuvimos ocasión de visitar hace un año con motivo de su centenario, Madrid ofrece otras alternativas. Hoteles nuevos, igualmente suntuosos y con todas las comodidades posibles, pero inspirados en los gustos actuales. En los inicios del siglo XXI, de la misma forma que ocurrió en el naciente siglo XX, la ciudad necesitaba hoteles que cubrieran las necesidades de un nuevo Madrid. Uno de los más sugerentes es sin duda el Hotel Urban, situado en la Carrera de San Jerónimo 34.

La Carrera de San Jerónimo, como la calle de Alcalá, nació en el siglo XVI cuando comenzaron las edificaciones en las afueras de la Puerta del Sol y surgieron los caminos en dirección al Prado Viejo de San Jerónimo, hoy Paseo del Prado. Desde entonces, a lo largo de los siglos, conventos, palacios, famosos restaurantes, cafés y hoteles han dado vida a esta histórica calle.

Sobre el solar situado en la esquina con la calle Ventura de la Vega, antes calle del Baño, desde 1589 se encontraba ubicado el Convento de religiosas de San Bernardo que se había trasladado a Madrid desde Pinto.

Cuenta Mesonero Romanos que era un edificio poco notable y su iglesia pobre y sin adornos, pero con un gran jardín.

Plano Nicolás de Fer (h. 1706)

El Convento y su iglesia fueron derribados en 1836, durante la Desamortización de Mendizábal. Sobre su solar se construyeron varias casas.

Foto: M.Urech (h. 1960). Catálogo “Madrid al paso” 2007 (Diario Madrid).

Entre la plaza de Canalejas y Ventura de la Vega se conserva en gran parte el sabor de siglos pasados, siendo el último tramo de la calle, de aquí a la Plaza de las Cortes, el que más transformación ha sufrido, con el derribo en 1988 de varias viviendas para la construcción de la polémica ampliación del Congreso.

diciembre 2011

En los primeros años del siglo XXI, tras el derribo del edificio que ocupaba el solar, que había sido declarado en ruina por el Ayuntamiento, fue levantado el nuevo hotel. Construido en acero y cristal, obra de los arquitectos Carles Bassò y Mariano Martitegui, fue inaugurado a finales de 2004. A pesar de tratarse de un edificio que rompe con la arquitectura tradicional, es respetuoso y armónico con el entorno.

Una torre de cristal, en la que se reflejan los edificios vecinos, que recuerda la proa de un barco, se eleva orgullosa en la esquina con la calle de Ventura de la Vega.

Además de tratarse de un edificio elegante y vanguardista, su mayor singularidad es que también, en cierto modo, es un museo. En él se exponen valiosas piezas procedentes de la Colección Arqueológica del propietario, Jordi Clos, quien además de empresario hotelero es fundador del Museo Egipcio de Barcelona. La arquitectura más moderna acoge piezas de las culturas más antiguas, Egipto, China, India, etc.

Desde la calle, tras los cristales, se puede contemplar la planta baja donde se encuentra, a la derecha, el bar, y a la izquierda, más discreto, el restaurante.

El ambiente logrado en el restaurante, que visitamos vacío, es muy cálido, con cómodos muebles y vajillas sencillas.

Junto a las obras de arte allí expuestas, destacan algunos elementos decorados con teselas de oro.

Todo en el Glass Bar, o Bar de Cristal, es transparente. El suelo, las sillas, lámparas…

En la Recepción, y en varios lugares del hotel, se encuentran diversos postes y figuras antropomorfas, en las que dicen residían los espíritus de antepasados que otorgaban la sabiduría del conocimiento.

El edificio está construido alrededor de un patio o atrio, un espacio coronado por un tragaluz tras el cual se encuentra el cielo de Madrid. Lamentablemente, nuestra visita se produce en otoño y de noche, por lo que no podemos acceder a la última planta, donde se encuentra la terraza desde la cual seguramente se puede contemplar una vista maravillosa.

Sin embargo, gracias a que es de noche sí podemos admirar la columna de alabastro que ilumina el atrio de piedra negra o granito de Zimbabue.

En cada piso, en el pasillo, junto a los ascensores panorámicos que llevan a las plantas superiores, hay una obra cuidadosamente elegida. Llegamos a uno de los últimos pisos donde nos recibe una espléndida talla de madera camboyana del siglo XVIII. Se trata de un elemento arquitectónico hindú cuyas protagonistas son las Absaras, divinidades femeninas, ninfas celestiales que simbolizan las aguas del cielo y la energía del océano.

Para terminar nuestro paseo por las instalaciones de este hotel tan especial, nos muestran la que consideran su “mejor habitación”, un dúplex encantador con un gran ventanal ocupando la esquina del edificio, en el que las mayores comodidades, los últimos avances tecnológicos y la decoración más moderna conviven con las obras de arte.

Es asombroso, una columna simbólica del siglo XVIII, procedente de un templo budista birmano, realizada en madera estucada y pintada, y otras figuras antiquísimas, producen un contraste muy bello con los demás elementos de la moderna y confortable estancia.

Ha sido un placer poder conocer este hotel-museo, o museo-hotel, gracias a la amabilidad de su Director de Comunicación, Pepe García, que permitió la visita, a su Jefe de Eventos, Sylvia Robles, que la organizó y nos dio todas las facilidades, y al personal que nos atendió. Muchas gracias a todos.

Por Mercedes Gómez

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