En Barcelona, ciudad que como Madrid y otros muchos lugares de España, sufrió los bombardeos indiscriminados sobre la población civil durante la guerra, existieron más de mil refugios algunos de los cuales se conservan. Uno de ellos, el que hacía el número 307, construido en el barrio de  Poble Sec, es visitable. Forma parte del Museo de Historia de la Ciudad.

Es muy bonita, y valiosa, la forma en que Barcelona va integrando en el Museo de su Historia diferentes hallazgos o enclaves importantes de su pasado. El año pasado visitamos la Plaza de la Villa de Madrid en la que se encuentra la Vía Sepulcral romana, ahora os invito a conocer este impresionante refugio.

Resulta emocionante poder visitarlo después de conocer nuestros refugios de Cuatro Caminos y de las Ventas, que ojalá algún día puedan ser también visitables.

Como indican en el folleto de este museo, el refugio ha sido recuperado para mostrar la crueldad de las guerras y sus consecuencias.

El Refugio de Pueblo Seco fue excavado en la montaña de Montjuic, frente al mar, proyectado por un arquitecto de nombre desconocido, vecino del barrio. Parece ser que el autor conocía las publicaciones sobre refugios que se habían editado desde 1936. Cuando las bombas llegaron a Barcelona, en marzo de 1937, otras ciudades, entre ellas Madrid, ya habían sufrido enormemente este horror, y habían comenzado a construir sus refugios.

La construcción, de tipo galería de mina, preveía unos 400 metros de túneles. El refugio nunca llegó a terminarse, pero se completaron, con el trabajo de muchas personas, más de 200 metros de túneles abovedados, de alrededor 2 metros de altura por 1,5-2 m. de anchura.

En el exterior, se han colocado unos paneles explicativos a modo de introducción. Frente a ellos comienza la visita guiada.

La falta de alimentos y el hambre, los bombardeos y el miedo, fueron devastadores. Mediante fotos, textos y las explicaciones de la guía vamos rememorando los terribles efectos de la guerra. Como leemos en la puerta de entrada al refugio: Nunca más y en ninguna parte. Ese es el objetivo.

Accedemos por fin a las galerías horadadas en la dura piedra, a mano, a pico y pala, con mucho esfuerzo, por hombres, mujeres y niños, para protegerse de las bombas. La entrada es en zig-zag para evitar las consecuencias de las posibles explosiones, y los cambios de dirección redondeados para permitir la salida-entrada de las camillas con heridos.

Los muros están revestidos de ladrillo y las bóvedas del techo de ladrillo y mortero, en una gran parte encaladas para dar una mayor sensación de amplitud y en la medida de lo posible aminorar la tristeza.

Como nos cuentan, en un refugio no sobraba el oxígeno, por lo que los ocupantes debía estar tranquilos y callados. Al parecer, en los carteles con las normas de comportamiento de los que aún quedan restos, estaba prohibido hablar de religión, política y fútbol.

Dentro hace frío y hay agua en el suelo. Las galerías son estrechas y los techos no muy altos, resulta duro imaginar el lugar lleno de gente huyendo de los bombardeos. Aunque este refugio es de los que contaba con bastantes medios, seguramente más que la mayoría de ellos. En una de las inscripciones conservadas se lee la petición a los refugiados de que dejen sus donativos para contribuir a mantener las instalaciones.

Nada más entrar, a la izquierda, cuatro pequeñas habitaciones, todas iguales. Adosados a los muros se instalaron bancos de madera, y pequeños huecos en las paredes servían de armario para guardar las cosas más necesarias, alimentos, alguna manta, y poco más.

A la derecha, los servicios, para los hombres y para las mujeres…

… y a continuación una pila, y es que, como veremos dentro de un momento, parece ser que disfrutaban incluso de agua corriente.

Continuamos caminando por la galería central descubriendo las diferentes estancias y sus recovecos.

Durante la excavación la suerte quiso que se toparan con un manantial de agua natural. La fuente y la alcantarilla construidas cubrieron las necesidades de los en teoría hasta dos mil ocupantes.

Otro de los habitáculos principales era la enfermería, en el que aún se aprecian las señales de las literas colgadas de los muros.

En algún momento se pensó crear una guardería, un espacio para los niños, aunque nunca llegó a ser utilizado como tal, sino como almacén.

Vamos recorriendo las galerías, algún tramo sin revestir, tan bajito que debemos agacharnos, un poco asombrados imaginando a duras penas los terribles momentos allí vividos, pero también pensando en la maravilla del trabajo colectivo realizado para salvarse.

En alguna de las galerías se utilizó la llamada bóveda catalana o tabicada en la que en la parte más plana se colocan ladrillos creando una lámina que cubre el techo. Al parecer es muy aislante y se utiliza a menudo en espacios subterráneos para ampliar el espacio en altura.

Salimos por el otro extremo del refugio, que como mandaban las normas de seguridad, tenía tres entradas, con la sensación de haber conocido un poco más nuestro pasado, y siempre con el mismo deseo, que no suceda nunca más, en ningún lugar.

Por Mercedes Gómez

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MUHBA
Refugio 307
C/ Nou de la Rambla, 169.
Barcelona

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