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Aunque no se conoce su origen con certeza, la historia del vino de Madrid es muy antigua. Uno de los pocos oficios mencionados en el Fuero de 1202, documento impagable que nos informa sobre la vida en el Madrid de los siglos XII y XIII, es el de vinateros o vinateras, taberneros o taberneras, dejando claro que era desempeñado tanto por hombres como por mujeres. Una de las rúbricas de esta ley medieval estaba dirigida a Quien comprare cubas. Los precios eran fijos, marcados por el Concejo, y el vender vino adulterado era objeto de multa.

A lo largo de la Edad Media creció el cultivo del viñedo y el vino se convirtió en un elemento importante dentro de la alimentación de los madrileños. Además era utilizado con fines sanitarios como medio para desinfectar y curar heridas. Y finalmente, no hay que olvidar su importancia fiscal, la alcabala o impuesto del vino fue uno de los más importantes debido a que su consumo era muy elevado. En definitiva, poco a poco aumentó su producción y comercio llegando a cumplir un papel esencial en la vida económica medieval madrileña.

Los dueños de los viñedos podían ser particulares; casi todos los vecinos tenían su viña que en su mayor parte trabajaban ellos mismos y solían cubrir sus propias necesidades. También el Concejo y la Iglesia; las iglesias y sobre todo los conventos era propietarios en muchos casos.

La buena conservación del vino era esencial, para ello se construían bodegas subterráneas, algunas con su propio lagar, donde se almacenaba en cubas de madera o tinajas de barro. Esto ocurría en los pueblos y también en la Villa, a lo largo de la Edad Media, y en siglos posteriores. A finales del XVI, con la llegada de la Corte y el aumento de la población y por tanto del consumo prosperaron los oficios relacionados con la elaboración y venta de vino, bodegueros, taberneros, tinajeros…

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En la calle de San Blas nº 4, a espaldas de la calle Atocha 111, existe una antigua bodega convertida en restaurante, quizá la única de estas características que se conserva en el centro de Madrid. Es uno de esos tesoros ocultos y abandonados, llamados a desaparecer, que a veces se salvan y salen a la luz gracias a particulares que reconocen su valor histórico y ponen todo su empeño en su conservación y rehabilitación.

El edificio bajo el que se cobija y el solar también esconden su historia.

La Bodega de los Secretos se encuentra en la manzana 255 que comenzaba a numerarse por la calle de Atocha, seguía por San Pedro, San Blas y Alameda para volver a Atocha, denominaciones que ya aparecen en el plano de Pedro Texeira.

Texeira, 1656 (detalle)

Texeira, 1656 (detalle)

El solar de la calle Atocha, esquina San Pedro y vuelta a San Blas, que un siglo después sería la Casa nº 6 de la manzana 255, a mediados del siglo XVII estaba ocupado por cinco casas. Una de ellas pertenecía a Pedro Martínez de la Membrilla, tabernero. Parece que en este lugar de la calle de Atocha ya se vendía vino hace más de trescientos cincuenta años.

Sabemos por la Planimetría General de Madrid que a mediados del siglo XVIII la Casa nº 6 era propiedad de la Congregación de San Felipe Neri de seglares siervos de los pobres-enfermos del Real Hospital General, situado al otro lado de la calle, hoy sede del Museo Reina Sofía. Era una asociación religiosa de beneficencia constituida por seglares.

Manzana 255. (Espinosa, 1769)

Manzana 255. (Espinosa, 1769)

Es posible que entonces fuera construida la bodega, quién sabe si sobre alguna construcción anterior, como veremos.

Sobre este solar –actuales números 109 y 111 de la calle Atocha–, en distintas épocas fueron construidos otros edificios. En 1874 las casas correspondían a los números 137, 139 y 141.

Plano Gral. Ibáñez Ibero (h. 1875)

Plano Gral. Ibáñez Ibero (h. 1875)

Sabemos que en 1897 Melchor Vega era el dueño de una tienda de vinos en el nº 139 de la calle Atocha, establecimiento que estaba abierto desde 1875. Ese año don Melchor solicitó al Ayuntamiento una licencia para continuar, que le fue concedida. A las puertas del siglo XX, allí se vendía vino, como a mediados del XVII.

La bodega contaba con todas las oficinas necesarias para la elaboración de vinos y una gran cueva de cañones seguidos con sus útiles para la colocación de las tinajas que sirven para la conservación de los vinos, cuyos calados y bodega se introducen en los perímetros de las tres casas.  Así consta en la escritura firmada en 1921 por un representante de la Congregación de San Felipe Neri conservada en el Archivo General de Protocolos.

Por otra parte, es curioso leer en la Constituciones de la Congregación de 1899, en su capítulo XIV, Que se repartan las cenas y el vino, cómo los Hermanos acabada la cena repartían a los enfermos del Hospital bizcochos y vino tinto, atendiendo con especialísimo cuidado a los que, por su total inapetencia, no hubiesen cenado, supuesto se sabe por experiencia que este socorro les sirve de alimento y medicina respecto a su achaque.

Derribadas las casas antiguas que tenían un máximo de dos plantas, se construyeron los edificios actuales. El de la calle de Atocha 111, y fachada posterior a la de San Blas fue obra del arquitecto Emilio Antón Hernández.

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La cornisa del nuevo edificio fue adornada con la imagen de San Felipe Neri, patrón de la Congregación.

Calle Atocha 111

Calle Atocha 111

La entrada y bajada a la bodega está en la calle de San Blas nº 4.

BODEGAS SAN BLAScalle

Como hemos visto, las construcciones se han ido sucediendo, desde las modestas casitas del XVII hasta estos edificios de seis plantas obra del siglo XX. Lo más sorprendente es que el sótano continúa ocupando todo el solar de la antigua Casa nº 6 propiedad de la congregación religiosa en el siglo XVIII, más de 300 metros cuadrados bajo las viviendas de Atocha nº 109 y 111 con vuelta a San Pedro y San Blas 2 y 4.

A pesar de los derribos y nuevas edificaciones, el sótano de galerías y bellas bóvedas de ladrillo se ha mantenido casi inalterable a lo largo del tiempo. Aunque llegó a estar en un estado lamentable, hace algo más de diez años comenzó su recuperación.

La Bodega en efecto está llena de secretos. Está formada por cuatro galerías que en cierto modo recuerdan la forma de un claustro irregular. Cuatro lados, diferentes, de un espacio algo laberíntico. De la galería mayor, espaciosa y altos techos, paralela a la calle San Blas, a la que llegamos tras bajar unas modernas escaleras de hormigón, parten otras dos que al final se unen por un pequeño túnel abovedado.

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Ambas galerías están jalonadas por una serie de grandes hornacinas donde se debían situar las tinajas que contenían el vino.

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Algunas diferencias entre ambas galerías sugieren la posibilidad de que fueran construidas en épocas distintas. La primera, podría ser más antigua, es muy sencilla, estrecha, poco más de dos metros de alto. La construcción es de ladrillo excepto el centro, el corazón de los pilares, de los gruesos muros que soportan los arcos, que tienen un refuerzo de sílex.

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silex

Después de atravesar el breve túnel que une ambas…

BODEGAS SAN BLAStunel abovedado

… llegamos a la otra galería, mayor en todos los sentidos. Por sus dimensiones, mayor anchura, altura y longitud, y por sus detalles decorativos y arquitectónicos más complejos.

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Las bóvedas rebajadas son espléndidas, cuidadas construcciones  llenas de detalles.

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BODEGAS SAN BLASboveda1

Algunas de las bóvedas de esta galería muestran unas decoraciones que nos recuerdan las elaboradas construcciones de las pechinas de algunas iglesias.

BODEGAS SAN BLASpechina

Hay que resaltar la magnífica restauración y rehabilitación del espacio realizada por su propietario Raúl Muñoz. Gracias a su tesón y esfuerzo se han conservado todos los elementos constructivos y los materiales en la medida de lo posible. Tanto los más antiguos como los de épocas más recientes, todos testigos de las diferentes etapas en la historia de esta singular construcción.

En las zonas en que el deterioro era tan grande que no se podían recuperar, los ladrillos fueron sustituidos por otros realizados a la antigua usanza en una fábrica artesanal en Arévalo en la que milagrosamente se continúan haciendo a mano, como hace siglos.

Tras uno de los muros apareció un largo y misterioso pasadizo cuyo comienzo se puede contemplar gracias a un espejo colocado con acierto. Su probable destino era el Hospital General con el cual seguro se comunicaba la bodega.

pasadizo

Durante las obras también aparecieron restos de las antiguas tinajas y su soporte. Alguna de las bóvedas muestra parte de estos recuerdos.

tinaja

Otras guardan vino, como en el pasado. Las demás se han convertido en acogedores rincones.

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La Bodega de los Secretos, un restaurante que hace honor a su nombre, en la calle de San Blas nº 4, a un paso de las Serrerías Belgas, Caixaforum, el Jardín Botánico…. Además de un lugar donde comer bien y estar a gusto, un precioso ejemplo de arquitectura del Madrid subterráneo, un retorno al pasado y una lección de historia.

Texto : Mercedes Gómez
Fotografías : Carlos Rodríguez Zapata

Nota:
Esta entrada ha visto la luz gracias a la ayuda de varias personas.
Gracias a Raúl Muñoz, por rehabilitar la antigua bodega con tanto cariño y cuidado, haber investigado su pasado acudiendo a los Archivos y facilitarnos toda la información.
Gracias a Alberto Villar por mostrarnos y contarnos todos los “secretos” de este restaurante que dirige y conoce tan bien.
Y por supuesto gracias a Carlos R. Zapata que “descubrió” el lugar, me llevó a conocerlo y realizó unas fotografías preciosas, como suele hacer siempre y podéis comprobar en su web.

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Bibliografía:

Puñal Fernández, Tomás. “La producción y el comercio de vino en el Madrid medieval”. En la España Medieval nº 17. Ed. Complutense. Madrid 1994.
Manuscrito Libro de las casas y calles de Madrid Corte de España. 1658. Transcripción de Roberto Castilla.
Planimetría General de Madrid

Antonio Machado nació en 1875 en Sevilla y murió el 22 de febrero de 1939 en Colliure, Francia. El próximo sábado se cumplen 75 años de su muerte.

Estos días de homenajes y recuerdos nos invitan a volver a leer sus poemas, evocar su figura y su vida en nuestra ciudad, y pasear por los barrios que frecuentó. Antonio Machado vivió durante largo tiempo en Madrid, aquí creció, estudió, escribió, vivió su amor secreto… Tuvo numerosos domicilios aunque nunca llegó a tener una casa en propiedad. Las mudanzas estuvieron motivadas, además de por los cambios familiares y profesionales, en gran medida por razones económicas.

Su familia llegó a Madrid en 1883, Antonio tenía ocho años de edad. El primer barrio que conocieron fue el de Salamanca cuya construcción había comenzado pocos años antes; se instalaron en un piso interior de la calle Claudio Coello nº 13, esquina con la calle Villanueva.

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Calle Claudio Coello

El domicilio fue elegido entre otras razones porque se encontraba cerca de la Institución Libre de Enseñanza, colegio al que los niños de la casa, los mayores Manuel, Antonio y José acudieron a estudiar, en la calle Infantas nº 42, próximo a la plaza del Rey. Caminando por la calle Villanueva hacia Recoletos, atravesando Serrano, no demasiados minutos después llegarían a la plaza del Rey, ¿quizá por la calle Almirante hasta la del Barquillo?

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Calle Infantas

Precisamente al año siguiente se trasladaron al número 3 de Almirante, principal izquierda, un piso más grande y más cercano al colegio. Era un bonito –entonces nuevo– edificio construido por el Marqués de Cubas.

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Calle Almirante

La Institución Libre de Enseñanza fue trasladada al paseo del General Martínez Campos 14 –sede que hoy acoge la Fundación Giner de los Ríos– y la familia en el verano de 1885 se mudó a un segundo piso de la calle Santa Engracia 52, una vez más muy cerca de la escuela.

Antonio Machado fue a este colegio durante seis cursos, hasta los 14 años. Entonces aprobó el examen de ingreso al Instituto de San Isidro de la calle Toledo, cuyo claustro quizá recorría todos los días antes de acudir a clase.

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Claustro del Instituto San Isidro

Al año siguiente le trasladaron al Instituto Cisneros, en la calle de los Reyes.

Después de otros cambios de domicilio sobre los que hay datos más dudosos, los Machado se mudaron a la calle Fuencarral, que recorrerían casi entera empujados por los numerosos avatares que sufrieron. El primer edificio que habitaron fue en el número 46, junto al Humilladero de Nuestra Señora de la Soledad. Pero la muerte del padre les obligo a trasladarse al nº 98, cerca de la glorieta de Bilbao; y en 1896 la muerte del abuelo, que aportaba la mayor parte de los ingresos familiares, los problemas económicos los trasladaron a un piso aún más modesto en el nº 148 de la misma calle, poco antes de llegar a la glorieta de Quevedo.

Machado

En 1909, ya casado con la joven Leonor –que murió solo tres años después–, desde Soria el escritor volvió a Madrid. Entonces su madre, Ana Ruiz, y sus hermanos, tenían un nuevo domicilio, habían abandonado la calle Fuencarral y vivían en la Corredera Baja de San Pablo número 20.

En la primavera de 1917 la familia realizó el que fue su último cambio de vivienda en Madrid, alquilando una espaciosa casa de ocho habitaciones en la calle del General Arrando, 4, 1º dcha., cerca de la plaza de Chamberí.

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Calle General Arrando, 4

En 1928 Antonio Machado conoció a Pilar de Valderrama, Guiomar, que también era escritora y al parecer le admiraba. Pilar fue a Segovia, donde entonces vivía el poeta, para verle, y él se enamoró de ella. Estaba casada, su marido la engañaba, su matrimonio no era feliz. Le quería, pero “por fidelidad a sus creencias –era católica– y a sus hijos no podía ofrecerle más que una amistad sincera”. Si no, no se volverían a ver.

Él cada semana llegaba en el tren desde Segovia hasta la Estación del Norte y subía atravesando el parque del Oeste hasta el paseo de Rosales donde ella vivía… a veces la veía asomarse, otras veces no.

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Se encontraban secretamente. Durante el verano se refugiaron en los jardines de la Moncloa que por entonces eran propiedad, junto con el Palacio, del Ministerio de Instrucción Pública. Se sentaban en un banco de piedra, cerca de una fuente, por eso lo llamaban el Jardín de la Fuente, y Machado puso al banco el nombre de banco de los enamorados.

Hoy día, sede de la Presidencia del Gobierno, no se pueden visitar. A pesar de que tanto los jardines como el palacete fueron destruidos durante la guerra, luego reconstruidos, la fuente sobrevivió, así nos lo cuenta Ian Gibson en su biografía del escritor, Ligero de equipaje.

"El Jardín de la Fuente" (I.Gibson. "Ligero de equipaje")

“El Jardín de la Fuente” (I.Gibson. “Ligero de equipaje”)

Cuando llegó el otoño comenzaron a verse en un café de Cuatro Caminos que ya no existe.

A pesar de lo que ella escribió en sus memorias Sí, soy Guiomar, no está claro que correspondiera a Machado, ¿cuáles eran sus motivaciones?, ¿buscaba beneficios para su propia obra literaria?… Lo único cierto es que vivieron un amor puramente platónico que hizo sufrir mucho al poeta. Leer las cartas que Antonio envió a su amada, las que la diosa conservó de su poeta, pues la mayor parte las destruyó o borró párrafos comprometidos, encoge el corazón.

Sevilla, Madrid, París, Soria, Baeza, Segovia…

Machado volvió a Madrid en 1932 tras conseguir una plaza de profesor titular en el Instituto Calderón de la Barca.

Durante esta última etapa de su vida tanto él como su hermano Manuel eran asiduos de las tertulias. Al parecer cambiaban a menudo de local, cuando era demasiado conocida su presencia en algún café y querían huir de compañías no deseadas.

Sus preferidos fueron: el Varela en la calle Preciados, esquina Santo Domingo;  el Español en la calle Carlos III junto al Teatro Real; y el más famoso, el Café de las Salesas en la calle Bárbara de Braganza, por la foto que le hizo Alfonso a finales del año 1933, publicada en el diario La Libertad el 12 de enero de 1934, junto a la periodista Rosario del Olmo, que iniciaba con Machado una serie de entrevistas dedicadas a los “deberes del arte” en momentos difíciles.

La Libertad, 12 enero 1934 (BNE)

La Libertad, 12 enero 1934 (BNE)

Aunque la foto más reproducida y conocida es una copia recortada en que aparece solo el poeta.

No es el único recuerdo que Madrid guarda de Antonio Machado. Ninguna placa municipal pero sí una instalada por la Sociedad General de Autores en 1985 en este último domicilio conocido del poeta en Madrid, con motivo del homenaje nacional a Federico García Lorca, Miguel Hernández y el propio Machado.

Calle General Arrando 4

Calle General Arrando 4

En 1986 fue colocado un busto de bronce del poeta en los jardines del Centro Cultural que lleva su nombre, en el distrito de San Blas, calle San Román del Valle 8.

Recordemos también las Cabezas obra del escultor Pablo Serrano, de las que tenemos tres ejemplos. Una en el Museo de Bellas Artes de San Fernando. El monumento-fuente dedicado por el Pueblo de Madrid al poeta Antonio Machado en la Ciudad de los Poetas, en terrenos de la antigua Dehesa de la Villa; tanto la calle en la que se ubica el monumento como la estación del metro que nos lleva hasta allí, se llaman Antonio Machado. Y la última, en los jardines de la Biblioteca Nacional.

En 1936 consiguió la Cátedra de Lengua y Literatura francesas del Instituto Cervantes de 2ª Enseñanza, entonces ubicado en la calle Prim, un barrio que él conocía bien. Pero comenzó la guerra y Machado se marchó a Valencia. Nunca volvería a Madrid.

Las últimas fotografías que se conservan del escritor muestran un hombre muy desmejorado y cansado.

Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939. Hacía poco más de un mes que había abandonado España con su madre, en un penoso viaje bajo la lluvia desde Barcelona hasta la frontera con Francia. Tenía 64 años. Su madre murió tres días después, con 88.

Fue un final muy triste. Machado guardaba varios poemas en el bolsillo de su abrigo, los encontró su hermano José, uno de ellos dedicado a Guiomar.

Por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

GIBSON, Ian. La vida de Antonio Machado. Ligero de equipaje. Ed. Aguilar, Madrid 2006.

Dentro del programa Nuevas Miradas el pasado día 30 de enero fue inaugurada en el Museo Nacional de Artes Decorativas la exposición SOS. Eugenio Ampudia. La intención de este programa es establecer un diálogo entre los museos históricos y los artistas contemporáneos, “ofrecer un nuevo enfoque en la lectura de las colecciones de los museos estatales bajo el prisma de la creatividad contemporánea…” En definitiva se trata de relacionar las colecciones de nuestros museos y los edificios que las albergan con la creación actual.

En esta exposición el edificio del Museo se convierte en actor principal.

Construido en 1878 por José María Gómez para la duquesa de Santoña en terrenos que desde el siglo XVII habían pertenecido al Palacio Real del Buen Retiro, es un buen ejemplo de arquitectura clasicista. Originalmente fue uno de los varios hoteles levantados en la zona, hoy desaparecidos. Entre lo que hoy es el Retiro, la calle de Alcalá, el paseo del Prado y el Botánico se abrieron una serie de calles que conformarían el actual barrio de Los Jerónimos. La primera fue la calle Granada (actual Alfonso XII), Alfonso XI, Ruiz de Alarcón, Valenzuela, Alberto Bosch, Felipe IV… y la calle de Montalbán, que recibe este nombre desde 1865 por acuerdo municipal.

Del Buen Retiro únicamente se conservan en el interior del barrio creado en las últimas décadas del siglo XIX, el Casón, el Salón de Reinos y la iglesia de los Jerónimos.

Calle Montalbán

Calle Montalbán

En 1909 el palacete fue ocupado por la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, hasta 1932, tal como nos recuerda una placa en la fachada. Entonces se trasladó aquí el Museo Nacional de Artes Decorativas. A lo largo de todo este tiempo, el edificio ha tenido varias ampliaciones y remodelaciones, la última en 1991, convirtiéndose en el edificio de cinco plantas actual.

Calle Montalbán, 12.

Calle Montalbán, 12.

Del palacete original poco queda. Además de la fachada de ladrillo y granito se conserva la escalera imperial de mármol blanco, y los pavimentos de mosaico italiano realizados por Pellerin y Domenico. Son estos elementos los que interactúan con las obras de Eugenio Ampudia. Nos cuenta el propio artista durante la presentación que sus instalaciones funcionan como una llamada de auxilio y reflexión en torno a la cultura.

Eugenio Ampudia nació en 1958 en Valladolid aunque vive y trabaja en Madrid. Él mismo se define como artista multidisciplinar, trabaja con un equipo. Su objetivo es “contar cosas”, también reflexionar sobre el arte y el papel de los espectadores. Sus propuestas son conceptuales, por ejemplo su representación de una moto corriendo a gran velocidad por las galerías del Museo del Prado, símbolo de en lo que a veces se puede convertir una visita a un museo, según el artista.

El programa La Aventura del Saber en la 2 de TVE le dedicó su espacio el pasado mes de marzo 2013, Creadores: Eugenio Ampudia. A lo largo de casi media hora nos cuenta su forma de trabajar, el proceso mediante el cual llega a realizar sus creaciones, cuál es el significado de una pieza de arte para él…

Alguna de sus intervenciones en la ciudad tuvo bastante eco, como cuando organizó la Evacuación de Madrid en la Noche en blanco de 2008 invitando al público a cruzar la Puerta de Alcalá, en un intento de devolver a la puerta su sentido, el poder entrar y salir por ella. Sin duda su opinión sobre la emblemática Puerta es muy personal y radical, la considera “un monumento absolutamente obsoleto”. Para la mayoría de nosotros se trata de un monumento valioso, en mi opinión muy bello y querido, ¿puede un monumento que además de un componente arquitectónico y artístico presenta un valor histórico ser obsoleto?. En cualquier caso sin duda es interesante escuchar todo el discurso de Eugenio Ampudia y crearnos nuestra propia opinión.

En el Museo de Artes Decorativas las ideas que nos transmite no son tan tajantes, son sobre todo una petición de ayuda para la cultura, que no vive sus mejores momentos.

La primera intervención está en el exterior del edificio. Un juego de luces que piden auxilio en el lenguaje morse, un SOS universal, tres puntos cortos, tres puntos largos, otros tres cortos…

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Ya en el interior, en el vestíbulo, sobre el suelo de cerámica y bajo la lámpara decimonónica, un Acumulador formado por libros iluminados. La luz de los libros que iluminan la cultura y por tanto a las personas. Se agradece que hoy día –que tanto se habla de la “muerte del papel”– un artista recuerde el valor de los libros como garantía de una sociedad culta. ¿Recordáis la película de François Truffaut, Fahrenheit 451?

Acumulador (2014)

Acumulador (2014)

Nuevamente los libros son los protagonistas de la siguiente video instalación, Las palabras son demasiado concretas.

Eugenio Ampudia y "Las palabras son demasiado concretas" (2013-2014)

Eugenio Ampudia y “Las palabras son demasiado concretas” (2013-2014)

Entre los libros de una biblioteca, doce proyectores que han sido instalados en doce libros-caja para contar cosas… y que sirven al artista para hacer algunos guiños literarios y cinéfilos. Él mismo nos muestra uno de estos artilugios.

libro interior

La Habitación de lluvia (2010) y Tiempo (2008) son las otras obras expuestas.

En esta última, una vez más, el movimiento y el paso del tiempo. Los trozos de hierro van girando hasta conformar la palabra tiempo sobre las pequeñas piezas de cerámica del antiguo pavimento del palacete.

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por Mercedes Gómez

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Museo Nacional de Artes Decorativas
Calle Montalbán, 12.
Hasta el día 27 de abril.

En la calle Galileo nº 52, barrio de Gaztambide distrito de Chamberí, visitamos el Centro de Arte Moderno, un lugar estimulante para los amantes de la literatura, el arte y la cultura en general.

Nada más entrar se respira el aroma literario que desprenden las fotografías, los objetos, y por supuesto los libros. Allí está el espíritu de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, Rafael Azcona… y la presencia viva de algunos de nuestros escritores favoritos, Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Juan Marsé… y tantos otros.

tienda

Procedentes de Argentina, ya hace diez años que Raúl Manrique Girón y Claudio Pérez Míguez llegaron a Madrid y desde entonces han contribuido a enriquecer la actividad cultural madrileña con una preciosa librería, un exquisito sello editorial, galería de arte, presentaciones de libros, conciertos, talleres, etc. Además, este Centro singular guarda el Archivo Onetti, que incluye su biblioteca, cartas y objetos personales.

En su Del Centro Editores publican libros artesanales de ediciones limitadas y numeradas que son verdaderas obras de arte.

La Galería del Centro ofrece muestras de artistas de todas partes del mundo; actualmente expone En lo profundo, quince coloristas libros de artista de la canadiense Alexandra Haeseker, realizados en papel sintético y material plástico reciclado.

A. Haeseker. “Vigilar” 60 x 80 cm. (2014)

A. Haeseker. “Vigilar” 60 x 80 cm. (2014)

La  Librería del Centro está especializada en literatura de autores latinoamericanos y españoles con presencia en América.

Y, entre otras sorpresas, allí se encuentra el Museo del Escritor.

Nació hace cuatro años con pocos objetos, ahora está formado por más de cinco mil de los que solo se expone una parte. Su único punto en común es que pertenecieron a escritores de lengua española.

museo del escritor

A los responsables de este pequeño museo les gusta hablar de objetos afectivos.

No se trata de cosas valiosas en sí mismas, el valor se lo concede el saber a quién han pertenecido, lo que significaron en algún momento, para su dueño, su vida, o su obra, en su relación con otras personas… Es curioso observarlos, si además conocemos su pequeña historia y lo que significaron nos explican también la historia de los países en los que sus dueños vivieron y escribieron, incluso nos cuentan la historia de la literatura y cómo han ido cambiando las costumbres de los escritores y los medios con los que contaban.

escribir a mano

Bellos manuscritos, una pluma y un tintero de cristal junto a disquetes donde los pioneros en el uso del ordenador guardaban sus textos.

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Y la máquina de escribir, la gran protagonista.

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La cuidadosa disposición en las vitrinas y la forma en que Raúl me cuenta la historia de estos pequeños tesoros, destilan cariño. Es un placer escuchar su relato.

En la medida en que conocemos a los escritores y hemos leído sus novelas, sus cuentos o sus poemas, aún resulta más conmovedor contemplar estos objetos, la mayoría sencillos y cotidianos. Alguno imaginativo, como esa cajita diminuta llena de papelitos con letras que Mercedes Roffé escogía al azar para formar palabras y frases en un ejercicio de creatividad.

Las pipas de Ramón Gómez de la Serna y de Julio Cortázar, los sombreros de Bioy Casares y de Max Aub, gafas, lápices, carteritas… emociona leer la dedicatoria escrita a mano de Mario (Benedetti) a su amigo Juan (Onetti). Y el apunte de un poema en una simple hoja con el membrete de un hotel junto a sus gafas olvidadas en un restaurante de Madrid, que nunca recuperó pues ya enfermo nunca pudo volver a España.

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Es bonito contemplar estos recuerdos, pero lo mejor es escuchar las explicaciones y anécdotas durante la visita guiada que nos ofrecen. Todo un mundo de ecos literarios y afectivos, para disfrutar.

Por Mercedes Gómez

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Centro de Arte Moderno
Calle Galileo, 52

Visitas guiadas: tel. 91 429 83 63

Más información y fotografías en su página de Facebook. Y en este artículo del diario El País.

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