La primera vez que la vi, no se porqué, me sugirió la escena de una película, con música de fondo. Esa pasarela, aparentemente liviana, milagrosamente suspendida en el aire sobre la ruidosa autopista, desde el jardín me pareció un tanto poética.

La verdad es que el motivo de su existencia es mucho más prosaico, solucionar la incomunicación que la construcción de la M30 produjo entre el barrio de la Elipa y el centro de Madrid en los años 70 del pasado siglo XX. Desde O´Donnell hasta la calle de Alcalá, a la altura del Puente de Ventas –ese tramo se llamó Avenida de la Paz–, ya no había forma de cruzar a pie el antiguo arroyo del Abroñigal, entonces cubierto por la agresiva M30. Había que crear algún paso que permitiera salvar el gran obstáculo.

En 1976 se construyó la Pasarela de la Paz.

Se trata de una pasarela atirantada, según proyecto del ingeniero Javier Manterola, Premio Nacional de Ingeniería Civil, entre otras muchas cosas. Manterola tenía entonces cuarenta años, estaba por tanto en una de las primeras etapas de su larga e importante carrera, que felizmente continúa.

Dos grandes pilares de hormigón armado tiran de los gruesos cables que soportan todo el peso de la pasarela colgante que mide más de ochenta metros.

La pasarela une ambos barrios, la Elipa y la Fuente del Berro. Una obra de ingeniería, funcional, también bella. Y peliculera. Merece la pena el paseo.

Por: Mercedes Gómez

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