Hace pocos días ha tenido lugar una procesión singular en Madrid, con motivo del 125 aniversario de las Cuarenta Horas en el monasterio del Corpus Christi.

Tengo el placer de invitaros a conocerla, gracias a Vicente Benítez Blanco que nos regala un texto y unas espléndidas fotografías. Vicente es un gran especialista en la historia y el arte de este convento, autor de varios artículos y del libro «Monasterio del Corpus Christi “Las Carboneras” IV Centenario (1605-2005)».

Espero que lo disfrutéis, gracias a todos

Mercedes

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En 1896, al monasterio del Corpus Christi de monjas jerónimas, con la ayuda de la reina regente doña María Cristina de Habsburgo, les fue concedido por el Papa León XIII el privilegio de las Cuarenta Horas, es decir, tener expuesto el Santísimo en su iglesia durante todo el día. Comenzando el 15 de noviembre de aquel año hasta nuestros días.

Desde su fundación en 1605 por doña Beatriz Ramírez de Mendoza, este monasterio tuvo una especial veneración eucarística.

Ya en 1946 en plena postguerra, se conmemoraron los cincuenta años de esta efeméride con misas votivas los días 13, 14 y 15 de noviembre, y para realzar los actos intervienen distintos predicadores, la escolanía Sagrada Familia y se adorna la iglesia con esmero con plantas que regala el ayuntamiento.

Y, en una fecha más cercana, en 1996, justo a los cien años, se celebró los días 22, 23 y 24 de noviembre, en esta ocasión las monjas invitan al Sr. arzobispo y obispos auxiliares, interviniendo uno cada día. Para realzar las ceremonias intervino una coral y la Hermandad de la Macarena, muy vinculada con las Carboneras, aportó un portacruz y ciriales de gran belleza.

Como vemos en estos antecedentes, la celebración fue en fechas próximas al 15 de noviembre, pero en esta ocasión se ha demorado unos meses para hacerlo dentro de la octava del Corpus, por tal razón y como epílogo se ha realizado una procesión especial con el Santísimo por las calles próximas al monasterio, recorriendo lugares tan emblemáticos como la plaza de la Villa, plaza del Cordón, pasando por la iglesia de San Pedro el Viejo en la calle del Nuncio.

Salida de la custodia, al fondo retablo de la Virgen Carbonera.

Es esta su primera salida, si nos atenemos a las crónicas escritas, y para darle una mayor vistosidad, después de la cruz de guía y ciriales, seguían los miembros del coro Schola Antiqua, que habían intervenido durante la misa. Cofrades de la Macarena portaban la Inmaculada de la sala de labor, una preciosa talla barroca del siglo XVII, que en los últimos años se venera en la iglesia en la novena del mes de diciembre. Esta obra sigue los modelos de Pedro de Mena, aunque es de fecha posterior, la talla lucía espléndida como puede verse en esta foto tomada a su paso por la plaza de la Villa.

Inmaculada de la sala de labor.

El Santísimo se expuso y procesionó en la custodia llamada Fundacional, por ser la más antigua y de los años que se erigió el convento, es una joya de la orfebrería madrileña, en plata sobredorada, del siglo XVII. Pertenece a las llamadas custodias de sol, tiene base circular, con un elegante astil que sostiene el viril donde va la Sagrada Forma. Posee rica ornamentación en formas y colores, debido a la abundancia de piedras preciosas que la decoran. El círculo del viril presenta 32 rayos flameados, la mitad de los cuales se rematan en estrellas con pedrería en color, algunos son de coral rojo. Cabe destacar el bello camafeo renacentista que representa el perfil de Cristo y la Virgen, situado debajo del viril.

El Santísimo bajo palio a su paso por la plaza del Cordón.

Y como colofón, en la plaza del monasterio, la del conde de Miranda, se levantó un altar, con la imagen de san Miguel, de muy bella factura, perteneciente al siglo XVIII, y que se expone habitualmente en el antecoro. El arcángel se presenta pisando a un par de demonios a la vez que blande su amenazante espada contra el mal, como podéis ver en la fotografía.

Altar de san Miguel en la plaza Conde de Miranda (detalle).

Siempre es un buen momento para acercarse a este monasterio, sentir su espiritualidad y admirar todo el arte que contienen su iglesia y retablos.

Texto y fotografías: Vicente Benítez Blanco

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