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Al-Razi, cronista árabe del siglo X, contó que en el término de Guadalajara se encontraban castillos y villas, de los que uno era el castillo de Madrid.

El geógrafo Al-Himyari, recogiendo la información de fuentes anteriores, en el siglo XV, refiriéndose a Madrid “pequeña ciudad y plaza fuerte bien defendida”, escribió:

“… el castillo de Madrid es una de las mejores obras defensivas que existen. Fue construido por el emir Muhammad ben Abd al-Rahman…”

No sabemos cómo sería la fortificación árabe levantada por el emir Muhammad en el siglo IX, ni siquiera estamos seguros de si en verdad estaba situado en el mismo lugar donde luego se situaría el castillo ocupado por los reyes cristianos tras su conquista de Madrid a finales del siglo XI.

El viajero Al-Idrisi, en el siglo XII, dijo que “…. al pie de las montañas está Madrid, pequeña villa bien poblada y castillo fuerte…”

Tampoco sabemos cómo era ese castillo medieval construido en el lugar donde hoy se encuentra el Palacio Real, residencia de los monarcas castellanos, de la Casa Trastámara, quienes ya efectuaron diversas obras y ampliaciones en los siglos XIV-XV. Fue Enrique III quien construyó las torres del Homenaje y del Bastimento. Luego, en el XVI Carlos V acometió grandes reformas, que continuarían en siglos posteriores, y lo convirtió en el Alcázar de los Austrias hasta su desaparición por un incendio en la Nochebuena del año 1734.

La primera imagen que conocemos del “Chateau de Madrid”, Castillo de Madrid, representadas las mencionadas torres, fue realizada en 1534 por el pintor flamenco Jan Cornelisz Vermeyen, pintor de Carlos V. Es un grabado que se encuentra en el Metropolitan Museum de Nueva York, al parecer no expuesto.

Vermeyen MM NY

Pero antes, ¿cómo sería ese castillo al que se refería al-Himyari en el siglo XV?

Palacio Real desde la Casa de Campo

Palacio Real desde la Casa de Campo

Debía ser más pequeño que el actual Palacio y sus alrededores mucho más abruptos, pero las vistas desde sus torres…

torre interior

… debían ser tan extraordinarias como lo son hoy desde la plaza de la Armería del Palacio Real, donde merece la pena asomarse.

Vista desde el Palacio Real

Vista desde el Palacio Real

Los castillos surgieron en una época marcada por las guerras, las ansias de conquistar territorios y la necesidad de defender las posesiones. La arquitectura creada para la guerra no buscaba la belleza, cada elemento tenía una razón de ser, aunque hoy su contemplación sí nos parezca admirable desde el punto de vista histórico y arquitectónico.

La existencia de otros castillos nos permite conocer cómo eran, sus elementos, estancias… y cómo era la vida en ellos.

El Castillo de Peñaranda de Duero, al sur de la provincia de Burgos, cerca de Aranda, a unos 183 km. de Madrid, es un precioso ejemplo que nos brinda una magnífica lección de arquitectura militar y de historia. Su hermosa Torre del Homenaje, donde residía el señor del castillo, actualmente acoge el Centro de Interpretación de los Castillos.

Castillo, desde la plaza de los Condes de Miranda, en Peñaranda de Duero.

Castillo, desde la plaza de los Condes de Miranda, en Peñaranda de Duero.

La muralla, de la que se conservan algunos tramos, defendía el castillo y el pueblo a sus pies.

desde la torre peñaranda

Al principio, como decíamos, los castillos eran levantados como defensa del territorio. El emplazamiento era importante.

desde la torre peñaranda2

Los castillos más antiguos, de los siglos IX-X, eran fortalezas a veces situadas en lugares altos, rodeados de defensas naturales, barrancos, agua … como sucedió en Madrid.

Luego, en los siglos XIV-XV su objetivo era reforzar el poder de los señores. En el siglo XVI los nobles los convirtieron en sus castillos-palacio. Así ocurrió en Buitrago de Lozoya y en la Alameda de Osuna.

En la construcción intervenían diferentes oficios, el maestro cantero, que supervisaba la obra, el cantero experto, que cortaba la piedra, el herrero, el aserradero y artesanos que construían las herramientas. Muchas construcciones medievales muestran señales misteriosas, son las marcas de los canteros, algunas hechas con fin utilitario, para que los sillares fueran colocados en la posición prevista.

Un panel a la entrada del Castillo de Peñaranda nos informa de que el origen del castillo primitivo se cree que se remonta a los comienzos del siglo X, pero la primera referencia documental corresponde al siglo XI. Fue construido cuando el río Duero se convirtió en frontera entre los musulmanes y los cristianos. La mayor parte de lo conservado data del siglo XV, cuando era propiedad del Conde de Miranda.

entrada castillo

Se conservan restos del adarve o paso de ronda almenado, cubos con sus aspilleras y troneras desde las que disparaban al enemigo, las almenas de las torres o cubos… podemos contemplar todas las partes de que estaba compuesto un castillo. Los lienzos y cubos son de mampostería y sillares de piedra que arrancan de la propia roca del cerro. Pequeñas placas explicativas acompañan todos los elementos.

torre castillo

El recinto tiene una curiosa forma alargada pues se adapta al cerro sobre el que se construyó. La gran Torre del Homenaje, de planta cuadrada, consta de un sótano, planta baja, tres pisos, y el almenado, hoy convertido en espectacular mirador. Solía ser la más inexpugnable y aunque era construida pensando sobre todo en la protección solía reunir todo lo necesario para vivir cómodamente.

torre homenaje

En el sótano se guardaban los alimentos, bebidas y municiones, y si era posible se excavaba un pozo o un aljibe; también podía servir como mazmorra.

El pequeño museo nos explica, además de los aspectos de la guerra, las armas … los temas cotidianos, la vida en su interior y las costumbres medievales. La escritura o la medicina, que estaban en manos de los sacerdotes.

Instrumentos médicos medievales.

Instrumentos médicos medievales.

Cuáles eran las costumbres en cuanto al aseo y la belleza. Incentivar la belleza femenina era pecaminoso, el embellecimiento y la higiene decayeron (el baño no estaba bien visto en la Edad Media cristiana) que volverían gracias al Renacimiento y el regreso al gusto por la belleza y los placeres.

El vestido según las clases sociales. El color también cambiaba según las modas (hasta el siglo XIII predominaba el rojo, luego los azules y verdes), los más pobres vestían prendas de color oscuro. Los vestidos de las mujeres eran largos, los de los hombres cortos.

La alimentación y la mesa, con los utensilios más habituales…

Utensilios de mesa

Utensilios de mesa

Un castillo era una pequeña ciudad, autosuficiente, además de las estancias para el señor, familia, vasallos… había edificios anejos, una fragua, herrería, etc.

castillo ventanas

En un castillo vivían muchas personas, era un gran espacio de convivencia y en cierto modo un reflejo de la sociedad medieval. Así debió ocurrir también en el castillo-alcázar de Madrid.

Por : Mercedes Gómez

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Fuentes:

Carmen Martínez. “Fuentes escritas sobre el Madrid árabe”. Mayrit. Estudios de arqueología medieval madrileña. Ed. Polifemo, Madrid, 1992.

Centro de Interpretación de los Castillos. Peñaranda de Duero.

 

 

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Hoy tengo el placer de recomendaros la lectura de un artículo maravilloso e invitaros a conocer una imagen desconocida del Alcázar de Madrid que se encuentra en la Colegiata de Pastrana, Guadalajara. Su autor es David Gutiérrez Pulido.

David es Historiador del Arte. Y me atrevo a decir que el arte, además de su profesión es su afición, por eso cuenta las cosas, por escrito o de palabra, con mucho rigor pero también con pasión y de forma amena, doy fe.

David, querido amigo, se nos ha ido a vivir a Londres, pero desde allí sigue contándonos muchas cosas interesantes gracias al blog que hace pocos meses decidió abrir, un blog sobre la Historia del Arte, el arte español en Londres, y muchas cosas más.

Su último post, al que me refería al principio, es un estudio completo sobre una pintura que descubrió hace unos años durante uno de sus viajes a lo largo y ancho de este mundo, esta vez en Pastrana, que representa los Milagros de San Isidro. Análisis exhaustivo de la composición del cuadro, técnica pictórica… y encantadora descripción del paisaje madrileño, el Alcázar, la puente Segoviana… y los personajes, San Isidro, su mujer Santa María de la Cabeza, el patrón Iván de Vargas y su lacayo… sus atuendos…

“En la localidad de Pastrana (Guadalajara), en el interior de la Colegiata de la Asunción de la Virgen, se halla entre sus muros una obra pictórica anónima que representa los milagros de San Isidro Labrador. Al fondo, y como paisaje integrador de la escena, aparece una imagen del antiguo Alcázar de Madrid, quizás algo imaginativo pero basado enteramente en la realidad.

En su blog podéis leer el artículo completo, merece la pena: Imagen del Alcázar de Madrid en la Colegiata de Pastrana (Guadalajara).

Gracias a todos, espero que os guste.

Y gracias a tí David, por (aunque ahora un poquito más lejos) estar siempre ahí,

¡te damos la bienvenida!.

Mercedes

Algunas de las esculturas que Velázquez trajo de Italia a mediados del siglo XVII para su rey Felipe IV se perdieron en el incendio del Alcázar en la Nochebuena del año 1734, otras se conservan en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando -como las espléndidas Flora y Hércules-, en el Palacio Real y en el Museo del Prado.

En el Prado, en el extremo sur de la planta 0, a continuación de la Sala 75, existe una estancia circular de grandes ventanales que se asoman a un patio con una fuente donde se encuentran varias esculturas clásicas. Es la Sala 74. Alrededor de una esplendorosa Ariadna dormida hay ocho estatuas procedentes de talleres romanos, copias de originales griegos.

Una de ellas es la figura de Dioniso, enamorado de Ariadna. De autor anónimo, fue esculpida en mármol hacia el año 150. Se trata de una de las esculturas adquiridas por Velázquez en su segundo viaje a Italia. El joven protagonista de numerosas aventuras en su vida en la tierra, aparece como un dios desnudo representado con su don, el vino, que según las palabras de Eurípides calma el pesar de los apurados mortales y los ofrece el sueño y el olvido de los males cotidianos.

En la primera planta, en la Sala 15a dedicada a la pintura mitológica de Velázquez hay otras dos piezas, vaciados en bronce. Una de ellas, El niño de la espina, aunque encargada por el pintor en Roma, hoy existen dudas sobre su procedencia, y se cree que este vaciado pudo ser realizado en Madrid a partir del original.

La otra es La Venus de la concha, sugerente y delicada figura femenina.

Esta obra, y el Hermafrodito, son dos de las más hermosas, y valiosas ya en tiempos de Felipe IV a juzgar por el precio con el que aparecen en los inventarios.

El pintor las instaló entre la Sala de los Espejos y la Galería del Cierzo del Real Alcázar. Ambas son copias de originales romanos -actualmente en El Louvre- contemplados por Velázquez en los jardines de la casa de los Borghese en Roma. Admirado, encargó su vaciado en yeso al escultor Matteo Bonucelli y posteriormente, hacia 1652, su fundición en bronce.

Las estatuas tienen algunas variaciones respecto a los originales fruto de la creatividad del artista, por ello aparecen firmadas por M.B.

El Hermafrodito es una joya de la colección. A partir del original griego del siglo II a. de C. se creó la copia romana en mármol en el siglo II d. de C.  de la cual Bonuccelli realizó el vaciado encargado por Velázquez.

Es tan bella que ha sido ubicada en un lugar privilegiado del museo, la Sala central nº 12 dedicada al más grande pintor, Diego Velázquez, cerca de Las Meninas, como en el siglo XVII cuando ambas obras se encontraban en el Alcázar solo para disfrute del rey. Colocada en el centro de la estancia, podemos rodearla y observar de cerca su gran belleza, algo turbadora, ver las líneas perfectas del hijo de Hermes y Afrodita, y conocer su leyenda.

La historia de Sálmacis y Hermafrodito, de la mitología griega, que cuenta Ovidio en su Metamorfosis. Ella, ninfa de un lago de Caria, al contemplar al joven, quedó cautivada por su gran belleza.

….a menudo coge flores. Y entonces también por azar las cogía 
cuando al muchacho vio, y visto deseó tenerlo…

Aprovechando el baño de su amado lo abrazó con pasión quedando sus cuerpos unidos y convertidos en uno. Un solo cuerpo de formas femeninas y sexo masculino.

La escultura es algo inquietante, como la historia en la que se inspira. Según los expertos del Museo del Prado su gran calidad técnica la convierte en una obra maestra que supera al original.

Se dice que Velázquez se inspiró en ella para pintar su sensual Venus del espejo.

Por Mercedes Gómez

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Fuentes:

Catálogo exposición El Real Alcázar de Madrid. Ed. Nerea, Madrid 1994.

Museo del Prado

Revista Rinconete del Centro Virtual Cervantes. Las estatuas de Velázquez.

La Historia de Madrid se esconde en el subsuelo. A veces es difícil descifrarla, pero siempre es bella, y emocionante. Hoy Pedro y yo queremos mostraros un lugar impensable. Puede parecer un sueño, pero el lugar existe, a casi treinta y cinco metros de profundidad.

Recordemos que en el Madrid más antiguo, abrupto y surcado por numerosos cursos de agua, uno de los arroyos más importantes era el Arroyo de las Fuentes de San Pedro, el arroyo Matrice, que bajaba hacia el Río por un enorme Barranco, entre dos colinas, la de las Vistillas y la del Alcázar. El otro era el Arroyo de Leganitos, cuyas aguas corrían por el otro costado del cerro donde los musulmanes construyeron su castillo en el siglo IX.

Cuando Felipe II y su Corte llegaron a Madrid en 1561, a los pies de los Altos del Alcázar ya existía un puente que permitía cruzar el tortuoso barranco y el arroyo, junto a unas curiosas construcciones con arcos según el dibujo de Hoefnagel.

Vista de Madrid, detalle. (Hoefnagel, h. 1562)

El Rey fue adquiriendo terrenos alrededor del Alcázar, y acometiendo reformas con el fin de mejorarlos, acomodarlos a sus gustos y también que le aislaran y protegieran de miradas indiscretas. Al oeste, los terrenos que bajaban hasta el río eran antiguas huertas que Felipe II ordenó transformar en prado y bosque, convirtiéndose con el tiempo en el Parque de Palacio, hoy día conocido como Jardines del Campo del Moro, frente a la Casa de Campo.

El Arroyo nacía al norte de la Villa, en terrenos donde aún no existían casas, solo bosques, en los alrededores de la actual calle de Fuencarral, y bajaba hacia el oeste por la calle de los Reyes hasta lo que hoy es la Plaza de España, donde debido al aumento de población y de las edificaciones, en los comienzos del XVII junto a la Fuente se construyó el Puente de Leganitos.

Allí se abría el Barranco de Leganitos, por donde el arroyo transcurría junto al Camino del Río -actual Cuesta de San Vicente-, rodeado de huertas, hasta llegar al Parque de Palacio, actuando por ese lado como una frontera y protección natural del Alcázar.

Arroyo de Leganitos. Del puente de Leganitos al Puente del Parque. (Mancelli, 1623)

En ese punto era donde uno de los dos ramales del Arroyo del Arenal, procedente de la Plazuela de los Caños del Peral, se unía al de Leganitos. El Arroyo de Leganitos entraba en el Parque de Palacio, y desde allí se dirigía al Río. Es curioso comprobar que hoy día esa zona del Campo del Moro conserva el nombre de “bosquete del barranco”.

Desconocemos en qué momento fue construido el Puente del Parque tal como se aprecia en el Plano de Texeira,  es posible que las sucesivas reformas y ampliaciones lo fueran transformando, como sucedía desde tiempos medievales con la mayoría de pontones, puentes y puentecillos que continuamente necesitaban ser reparados. Desde luego, en el siglo XVII, a juzgar por el dibujo del gran cartógrafo, debió ser muy importante. La zona continuaba libre de construcciones, pero pensemos que estamos en terrenos próximos al Alcázar, para uso por tanto del rey y su Corte.

Puente del Parque (Texeira, 1656)

El Puente del Parque, sobre el Arroyo de Leganitos y su afluente el Arroyo del Arenal, era una construcción complicada, con paredones, arcos, ojos… y dos brazos en cuya confluencia se encontraba el acceso a la Puerta del Parque, antecedente de la futura Puerta de San Vicente. Uno de los brazos del puente estaba situado sobre el Arroyo de Leganitos y cruzaba el Camino del Río, el otro se adentraba en el Parque sobre la unión de ambos arroyos.

En el siglo XVIII se llevó a cabo una gran obra urbanística y de ingeniería con el fin de suavizar el fuerte desnivel existente entre el Alcázar y el Río. Para ello se realizó un aporte de tierras allanando el terreno, creándose el Paseo de la Florida, la Cuesta de San Vicente y la calle Bailén. El arroyo y sus puentes desaparecieron.

En algún momento, el cauce de ambos arroyos fue entubado en galerías, convertidas en colectores, que actualmente continúan en uso.

Uno de esos colectores sigue el mismo camino que seguía el antiquísimo Arroyo de Leganitos hace siglos entre árboles y cultivos, ahora bajo los edificios, desde su nacimiento hasta el Manzanares.

La pendiente, bajo la tierra, como lo era en la superficie en el pasado, es muy acusada, y el agua baja a gran velocidad, como antes lo hiciera el Arroyo de Leganitos.

Caminando por el antiguo cauce, ahora entubado, por los mismos lugares que el agua recorriera en siglos pasados, llegamos a un espectacular tramo con ciento ochenta y cinco escalones.

Al acercarnos al punto en que se encuentran los antiguos cauces de los Arroyos de Leganitos y del Arenal, a la altura del lugar donde se encontraba el Puente del Parque, antes de que acaso desapareciera bajo la tierra, a más de treinta metros de profundidad, descubrimos una serie de arcadas construidas en ladrillo sobre pilares de piedra.

Veinticinco arcos perfectos van apareciendo ante nuestros ojos uno tras otro. Su estado de conservación es bastante bueno.

Tres metros de altura por tres de ancho, bajo una estructura muy poderosa, y antigua, muy antigua. Creemos que puede pertenecer al viejo Puente del Parque que aquí existió hasta hace alrededor de trescientos años.


Traspasados los veinticinco impresionantes arcos, llegamos al lugar en que el Arroyo del Arenal llegaba a término, el fin del primitivo cauce del otro arroyo que bordeaba el Alcázar. El mismo lugar donde los brazos del Puente dibujado por Texeira se unían.

El espacio es algo sobrecogedor. Impresiona su magnitud, imaginar la época en que los arcos pudieron ser construidos, hace mucho tiempo, sobre las aguas del torrencial Arroyo de Leganitos, y pensar que milagrosamente allí continúan, a salvo, en nuestro Museo Subterráneo Matricense. Un museo virtual, pero real.

por :  Pedro Jareño y Mercedes Gómez

Localización y fotografías : Pedro Jareño

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ACTUALIZACIÓN 3 octubre 2012

Corregido error en la fecha del Plano de Antonio Mancelli, la fecha correcta es 1623.

 

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