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Hace algún tiempo, M.Carmen, la autora del imprescindible blog TODO MADRID, nos recomendó una Panadería nueva, un lugar muy apetecible a juzgar por sus palabras. Su entrada provocó algunos comentarios, uno de ellos recordaba la curiosa proximidad del nuevo local con el lugar donde estuvo ubicado el antiguo Pósito de la Villa. Bonita historia, comenté yo, y M.Carmen “retó” a Arte en Madrid a contarla.

Ahí va, M.Carmen, espero que te guste, que os guste a todos 🙂

Mercedes

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El trigo fue alimento básico en la dieta de los madrileños desde los tiempos más antiguos, sobre todo para los pobres, tiempos muy duros por la escasez, epidemias, etc. Por eso, desde muy pronto, su abastecimiento fue objeto de preocupación y vigilancia por parte del Concejo.

Ya en el antiguo Fuero de Madrid de 1202, primeras leyes escritas que regularon la vida madrileña, aparecía reflejada esta preocupación. Se intentaba proteger el suministro en el interior de la Villa multando a quien intentara sacar el grano y lo vendiera fuera de ella, debiendo pagar dos maravedises, … a menos que probara su inocencia con el testimonio de dos vecinos.

El Fuero también hacía referencia a que si se encontraba cualquier Panadera -el término en femenino hace pensar que en Madrid en el siglo XIII no había panaderos- vendiendo pan falto de peso debería pagar medio maravedí, siempre y cuando se tratara de más de tres panes.

Con el objetivo de poder controlar los precios y el suministro, se crearon las alhóndigas, lugar de compra y venta del grano.

Las alhóndigas, alholíes o pósitos –en origen con algunas diferencias, con el tiempo se fueron solapando sus funciones- eran graneros municipales, el lugar de almacenamiento del Pan, y también donde se regulaba su distribución y venta. Su objetivo principal era de tipo benéfico, vender el trigo a precios moderados, amasar el pan y venderlo lo más barato posible.

Sabemos por los Libros de Acuerdos, actas redactadas por los miembros del ayuntamiento madrileño, que a finales del siglo XV en Madrid había dos “casas de la harina” o alhóndigas –término de origen árabe-, una en la plazuela de San Salvador, y otra en la plaza del Arrabal, hoy Plaza Mayor. En la plaza del Arrabal se construyó la Casa de la Panadería, almacén de trigo y lugar de control de los precios, pero no era horno.

El primer Pósito propiedad de la Villa de Madrid se remonta a la época de los Reyes Católicos. Fue construido en los comienzos del siglo XVI en la Cava de San Francisco, en el número 14 de la actual Cava Baja. Con el número 27 aparece representada en el plano de Texeira la Alhóndiga o Casa del Alholí de la Villa, frente al Peso de la Harina, cuyo edificio después se convertiría en la primera Posada madrileña, actualmente el restaurante de la Posada de la Villa. La Alhóndiga se convertiría en otra Posada, la del Dragón.

Plano de Texeira 1656

Reinando Carlos II, en 1666 el Pósito se trasladó junto a la Puerta de Alcalá, en las afueras de la villa. Además del pósito o almacén para el grano se construyó un barrio completo, conocido como de Barrio de Villanueva, con 42 casas, con su horno, para 42 panaderos. Eran conocidos como los Hornos de la Villa, o de Villanueva. En su interior hubo incluso una Capilla, la de Nuestra Señora del Sagrario, o el “Oratorio de los Hornos de Villanueva” cuya puerta de entrada se encontraba frente al Retiro. También tenían su propia Fuente.

Según los cronistas del siglo XIX, en 1743 la Junta de Abastos eliminó los hornos de Villanueva, y con ánimo de proteger a los panaderos “les invitó a formar gremio”. La propia Junta se haría cargo de comprar el trigo necesario y almacenarlo, por lo que dos años después construyó un nuevo Pósito, gran edificio alrededor de un patio, que era descrito como edificio “vasto y suntuoso”.

El plano más detallado de todo el conjunto es el de Chalmandrier:

Pósito de la Villa (Chalmandrier, 1761)

Ocupaba la manzana 276, entre el Paseo de Recoletos, la entonces llamada calle del Pósito –la actual calle de Alcalá entre Cibeles y Plaza de la Independencia-, y el campo. Entre 1835 y 1871, este tramo de calle recibió el nombre de calle del Pósito.

Manzana 276 (Plano de Espinosa, 1769)

Unos años después, ya en época de Carlos III, en los terrenos entre el pósito o gran panera, y la Puerta de Alcalá se construyeron nuevas paneras.

En el siglo XIX hubo nuevas edificaciones. Una de ellas era utilizada como almacén de las herramientas de la Villa. Existían entonces cinco tahonas aunque solo tres funcionaban, y once hornos.

Detalle del grabado de A. Guesdon “Vista de Madrid”, 1854.

Cuando se creó la nueva Plaza de la Independencia, hacia 1869, llegó el momento de derribar el antiguo Pósito, que hacía años había perdido su carácter de granero municipal y había sido destinado a otros usos (cuartel, almacén del Teatro Príncipe…)

El Pósito en 1869 (foto de J.Suárez) (memoriademadrid)

Sobre sus terrenos, en la esquina con la plaza de la Independencia, actual nº 2, en 1883 se construyó un edificio de viviendas hoy ocupado por la Cámara de Comercio de Madrid.

Una placa colocada por el Ayuntamiento en 1991 recuerda que allí estuvo el Real Pósito de la Villa de Madrid.

Todos los edificios que se construyeron para configurar la Plaza de la Independencia debían reunir una serie de requisitos, como la forma circular de su fachada adaptada a la forma de la plaza alrededor de la histórica Puerta. Los terrenos situados al otro lado de la calle de Alcalá, actual nº 10 de la plaza, todavía pertenecían al Buen Retiro, y no fueron construidos hasta el año 1877.

En el siglo XX el pan continuaba siendo el alimento base de las familias modestas, pero curiosamente tras la guerra casi se convirtió en un artículo de lujo, sujeto al racionamiento, lo cual originó un mercado negro con precios tan altos que solo estaba al alcance de unos pocos.

Actualmente ni el trigo ni la venta de pan necesitan ser regulados ni racionados. Es un producto que continúa siendo habitual en los hogares españoles, aunque en la última década su consumo ha ido decreciendo. Por otra parte, aumenta el gusto por el buen pan elaborado artesanalmente.

El azar ha querido que muy cerca del antiguo Pósito, sobre los antiguos terrenos del Buen Retiro, hoy día se haya instalado una Panadería del siglo XXI que ofrece a los madrileños pan de varias clases, todas ellas de buena calidad.

Horno de la Panadería en el nº 10 de la plaza de la Independencia.

El nombre elegido para el local no puede ser más atinado: se llama Harina.

Esta moderna y sofisticada nueva Casa de la Harina, además de tienda es restaurante, y desde sus acogedoras mesas, mientras tomamos nuestro desayuno o comida ligera, observamos la Puerta de Alcalá -que ahora se refleja en los cristales-, como en otro tiempo lo hicieran los inquilinos y visitantes del Real Pósito de la Villa de Madrid.

Texto y fotografías por: Mercedes Gómez

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Las Vías Pecuarias eran una red de caminos por las que transcurría el paso del ganado, caminos que albergaron la trashumancia castellana que se desarrolló a lo largo de la Edad Media. Aún existen muchos de esos caminos en nuestra Comunidad, y todavía todos los años se celebra en Madrid la bonita Fiesta de la Trashumancia, a la que acuden los pastores con sus ovejas rememorando por unas horas la ruta que en otro tiempo atravesaran de forma natural.

Las Cañadas son las vías pecuarias más anchas, con 75 m. de anchura, pero hay otro tipo de rutas: los Cordeles, de 37,5 m., las Veredas, 20 m., y las Coladas, 10 m.

También existen los Descansaderos, que eran los lugares donde el ganado y los pastores paraban a descansar, y los Abrevaderos, consistentes en pilones o arroyos que apagaban la sed de ambos.

La red de la Comunidad de Madrid tiene una longitud de 4.200 Km., siendo una de las comunidades autónomas con mayor densidad de vías pecuarias, en total 1.796 vías.

Aunque hoy día estos caminos estén más relacionados con el ocio y el disfrute de la naturaleza que con el tránsito ganadero no cabe duda de que forman parte de nuestro patrimonio histórico y debemos protegerlo.

Es la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid quien se ocupa de ellas. Además de una Ley Estatal existe una Ley local para la Conservación y Defensa de las Vías Pecuarias. Su Artículo 10 dice que: “Corresponde a la Comunidad de Madrid, en uso de las potestades y prerrogativas que le conceden las leyes, la recuperación, ampliación, conservación, mejora, administración, tutela y defensa de las vías pecuarias cuyo itinerario discurre por su ámbito territorial.”

Del total de vías madrileñas 232 están amojonadas, o sea, señalizadas mediante la colocación de mojones institucionales en los puntos de delimitación definidos en el deslinde. El deslinde define los límites de la vía con los terrenos colindantes.

En la calle de Alcalá perviven algunos de estos antiguos mojones de piedra como testigos de aquellos pasos de ganado que atravesaban Madrid. Hasta hace poco, en la Plaza de la Independencia había dos. Y otro en la calle de Alcalá a la altura de la calle Ayala, poco antes de llegar a la plaza de Manuel Becerra. Desconozco si existe alguno más.

Allí sigue el de la calle Ayala.

Calle de Alcalá esquina Ayala, febrero 2010

Como sabemos, la Plaza de la Independencia está nuevamente en obras, que aún no han llegado a la Puerta del Retiro, frente a la cual continúa tranquilo otro de los mojones, rodeado de césped.

Plaza de la Independencia, frente al Retiro. Febrero 2010.

En el lado contrario, hasta hace muy poco se encontraba el otro, junto a un árbol y una pequeña zona ajardinada.

septiembre 2004

Desde hace unas semanas las aceras de este lado de la plaza están siendo pavimentadas con las losetas de granito de las que tanto hemos hablado y que poco a poco van cubriendo Madrid.

Está claro que el césped y el seto verde no van a volver, al menos de momento, pero ¿qué va a ocurrir con el histórico mojón? ¿volverá a su lugar?. A lo mejor está por allí, en algún lugar que no alcancé a ver, o se lo han llevado para protegerlo de las obras durante un tiempo…

Comprendo que el invierno deja los árboles desnudos, y que en primavera todo parecerá más vivo, pero estos días, el paisaje frente a nuestra querida Puerta de Alcalá, ¿no es desolador?.

Hasta me cuesta trabajo encontrar el árbol junto al cual estaba el viejo mojón. Y es que creo que tampoco está.

febrero de 2010

Texto y fotografías: Mercedes Gómez

Hoy os propongo que sigamos recorriendo la calle de Alcalá y conociendo su historia. Nuevamente, uno de los cuadros de Antonio Joli nos sirve de ilustración. Recordemos que representa el Madrid de mitad del siglo XVIII:

A la derecha, frente a la Iglesia de San Hermenegildo -actualmente de San José-, podemos ver la fachada del desaparecido Convento de Carmelitas Recoletas, conocido por el nombre de Convento de las Baronesas en alusión a su fundadora, la baronesa doña Beatriz de Silveyra. Las religiosas se instalaron en el edificio el 15 de agosto de 1651, aunque la construcción de la iglesia no fue iniciada hasta 1675. Obra del arquitecto Juan de Lobera, fue acabada por su yerno Juan de Pineda, al cabo de 25 años y habiendo ya muerto la baronesa. Construida al estilo del primer barroco madrileño, debió ser una bonita iglesia. Además había en su interior notables obras de arte, como un Apostolado, del Greco, o un San Rafael de Lucas Jordán.

Junto al convento, en la esquina de la actual calle del Marqués de Cubas -entonces calle del Turco- se encontraba la casa-palacio, que también se aprecia en la pintura de Joli, y que era propiedad del Conde de Miranda desde el año 1757. A comienzos del siglo XIX fue derribada para construir un nuevo palacio, que sería conocido como la Casa de los Alfileres por formar parte de la dote de la duquesa de Abrantes. En esta famosa casa los inquilinos se sucedieron. La marquesa de Ariza; el francés Ouvrad, llegado a Madrid con las tropas de Angoulème; ó Tatische, embajador de Rusia, ya en época de Fernando VII.

Hasta que lo compró el marqués de Casa Riera, que, como cuenta Répide “lo transformó, enriqueció y decoró magníficamente para no visitarlo”, siempre cerrado y triste, dio lugar a una leyenda. El marqués, o un antepasado suyo, no está muy claro quién fue el protagonista, tuvo un gran desengaño amoroso y, en el jardín, un hombre murió atravesado por un estoque, y una bella mujer vestida de blanco también murió junto a él; en ese lugar se plantó un ciprés y se contaba que el marqués había jurado y hecho jurar a sus descendientes que mientras no se secase el árbol, el jardín permanecería abandonado y el palacio deshabitado.

Don Felipe Riera nació en Barcelona el 20 de diciembre de 1790, y obtuvo el titulo de marqués en 1834 por los servicios prestados a la Corona. Riera, que era un hombre muy rico, compró la casa en la década de los 30 a nombre de su esposa Raimunda Gibert, aunque antes de 1840 se fueron a vivir a París, donde murieron.

En 1836 el convento contiguo al palacio fue desamortizado como tantos otros, y demolido, convirtiéndose su solar en jardín del palacio del marqués.

El palacete tenía dos jardines muy extensos, que el plano del General Ibáñez de Ibero representa con detalle.

En 1893 la casa también fue demolida, y su descendiente, su sobrino Alejandro Mora y Riera, alzó otro edificio que tampoco habitó nunca, al igual que su tío vivía más en París que en Madrid de forma que el nuevo palacio también estaba siempre cerrado. Cuando murió en 1915, igualmente en la capital francesa, la prensa de la época reflejó la noticia y recordó la vieja y misteriosa leyenda cuyo escenario fue el Jardín.

La nueva construcción fue obra del arquitecto Rodríguez Avial, en piedra, ladrillo y pizarra en la zona abuhardillada. Este edificio, igual que el anterior, tuvo un jardín, sobre cuyo solar en 1917 se construyó el edificio del Círculo de Bellas Artes, obra de Antonio Palacios, y se abrió la calle del Marqués de Casa Riera, que hoy separa los dos edificios existentes.

"Perspectiva", de Antonio Palacios (1919)

“Perspectiva”, de Antonio Palacios (1919).

El edificio actual situado en el número 44 de la calle de Alcalá se construyó en los años 30.

Terminada la guerra y hasta el mes de abril de 1977 fue la sede de la Secretaría General del Movimiento, con el emblema gigante del yugo y de las flechas que durante tantos años estuvo instalado en la fachada principal. La retirada tuvo lugar al desaparecer dicha Secretaría y todos los órganos políticos dependientes de la misma. El yugo y las flechas, que muchos aún recuerdan, era de madera, pintada de color rojo y ocupaba tres pisos del edificio, unos diez metros aproximadamente.

Y llegamos a los años 90, cuando fue transformado en el edificio de oficinas que hoy conocemos, y el desaparecido jardín fue rehabilitado.

La entrada tiene lugar por la calle del Marqués de Casa Riera número 1, frente al Círculo de Bellas Artes. Tras la tapia de piedra y ladrillo y la verja de hierro, se adivina el jardín. Junto a la puerta un cartel indica que se trata de un recinto privado. Es la puerta de acceso a las oficinas de una empresa de Seguros, pero también a uno de los jardines más singulares y desconocidos de Madrid, el Jardín de Casa Riera.

Lógicamente, la visita solo es posible en contadas ocasiones, como ocurrió en una de las primeras Noche en Blanco cuando el bello Jardín fue abierto al público y se pudo presenciar un espectáculo de luz y sonido.

Nada más traspasar la puerta de hierro el jardín aparece ante nuestros ojos curiosos, pero antes de recorrerlo vamos a detenernos un momento para conocer el interior del edificio totalmente reformado. A la izquierda, la entrada, mediante un bonito pórtico formado por una galería de cuatro columnas formando tres arcadas a la manera clásica.

Ya en su interior, tras un espacioso vestíbulo de paredes lujosamente doradas, lo primero que vemos es una fuente moderna que juega con las formas cuadradas, el acero, la luz y el agua, en el centro de un espectacular patio.

Dos ascensores panorámicos nos llevan hasta la séptima planta donde bajo el techo acristalado podemos ver y sentirnos en el cielo, el cielo de Madrid.

Volvemos a la planta baja y nuevamente en el exterior, frente al pórtico se nos muestra el precioso Jardín.

Las paisajistas Carmen Añón y Myriam Silber idearon un espacio que se adaptara a la forma del terreno y que estuviera acorde con el edificio y el Madrid de principios de siglo. Un nuevo estilo lejos de los jardines tradicionales franceses o ingleses. No olvidemos que en los inicios del siglo XX surgieron nuevas formas artísticas, el cubismo y otras vanguardias que tuvieron su reflejo en los jardines europeos del momento. Formas geométricas, líneas puras, mezcladas con formas asimétricas, colorido, materiales nuevos como el cristal o el cemento junto con el hierro…

Utilizando documentación de la época las autoras crearon un espacio delicado y lleno de detalles encantadores. Frente al pórtico, el suelo decorado con formas cuadradas similares a las del patio interior, desde donde un paseo central con dos parterres con setos de boj que a su vez originan dos paseos laterales, nos conduce a una pérgola rodeando un estanque con un surtidor central, todo el conjunto en forma de hemiciclo en cuyo interior sus bancos de piedra invitan al sosiego.

A ambos lados dos pequeños espacios cuadrados construidos con celosías de hierro como la pérgola, cada una con una fuentecilla redonda de piedra en el suelo.

Continuando con el mismo juego de formas cuadradas una abertura en el techo nos vuelve a mostrar el cielo entre las plantas trepadoras.

La concepción del jardín está emparentada más con la arquitectura que con la jardinería, formas y espacios se complementan. Cristal, y una vez más el hierro, y las figuras geométricas en los faroles del techo de la pérgola y a la entrada de los pequeños y deliciosos pabellones. No hay césped, sino baldosas. Al fondo, los grandes árboles, protectores, como si fueran los únicos testigos de un tiempo anterior, rodean el jardín.

Texto y fotografías por: Mercedes Gómez

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NOTA: Escribí una primera versión de este artículo en la primavera del año 2008. Las fotos las hice también por esas fechas.

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RULL SABATER, A. “El palacio del Marqués de Casa Riera”. Anales Instituto Estudios Madrileños. Tomo XXXVI. Madrid 1996. Pp. 301-318
AVILA, Martín. “El ciprés de Casa Riera”. Nuevo Mundo 29 octubre 1915.
Diario El País, 10 de abril 1977
LUENGO AÑÓN, A. “Jardines escondidos”. Ed. Doce Calles/Caja Madrid. Madrid 2001.

Una vez más, una de las Vistas de la Calle de Alcalá, de Antonio Joli, sirve para ilustrar el comienzo de nuestra historia, la del solar que ocupa la esquina entre la propia calle de Alcalá y la del Barquillo, donde el pintor situó, a la derecha de la imagen, una modesta construcción.

Calle de Alcalá, A. Joli, (h.1750)

Podría ser la sencilla Casa de Postas que aparece representada en el plano realizado por Chalmandrier pocos años después. Allá por el siglo XVIII, desde la calle de Alcalá partían las Diligencias a numerosos puntos de la Península, y allí llegaban procedentes de otros tantos lugares, con necesidad de descansar y repostar, lo cual conseguían en los paradores y fondas que existían en los alrededores.

Casa de las Postas (nº 207). Plano de Chalmandrier, 1761.

Bastante tiempo después, en 1836, en dicha esquina se construyó el Palacio del Marqués de Casa Irujo, notable obra del arquitecto Lucio de Olarieta que contaba con cinco plantas además de un sótano y buhardillas, con vistas al vecino jardín del Palacio de Buenavista.

Palacio del marqués de Casa Irujo. (en "A.Palacios, constructor de Madrid").

En la planta baja hubo un pequeño teatro, según cuenta Répide, en el que un titiritero, siguiendo la moda del momento –recordemos el Salón Madrid en la cercana calle de Cedaceros-, ofrecía espectáculos con monos amaestrados.

Dos años después se convirtió en el Café Cervantes. Inaugurado el día 1 de abril, fue uno de los pocos que por entonces tenía salón de baile y un teatrito para danzas y cante flamenco; en Carnaval se celebraban bailes de máscaras.

(foto Instituto Cervantes)

El palacio fue derribado para construir el que se convertiría en uno de los edificios más espectaculares y emblemáticos de Madrid, el Antiguo Banco Español del Río de la Plata, uno de los varios que construiría el gran arquitecto Antonio Palacios y que cambiaron la imagen de nuestra ciudad. Será más conocido como Edificio de Las Cariátides por las impresionantes esculturas que enmarcan la entrada en el chaflán entre ambas calles.

El primer proyecto, encargado a Antonio Palacios y a su amigo y socio Joaquín Otamendi, fue realizado en 1910, el mismo año que dio comienzo la construcción de la Gran Vía, por lo que este año celebra también su centenario.

El edificio en obras. (en "A.Palacios, constructor de Madrid").

Sobre una estructura de hormigón armado, entre los años 1910 y 1918, se construyó un lujoso edificio, con elementos de estilo clásico, y utilizando materiales de la mejor calidad, tanto en su exterior, de granito azul de Berrocal y mármol blanco y gris procedente de Italia, como en su interior, igualmente de elegante mármol y finas maderas.

Su planta, casi cuadrada, presentaba una gran sala central, que abarcaba todas sus plantas, alrededor de la cual se organizaban los espacios y la actividad, cubierta por una magnífica vidriera que daba luz a todo el recinto.

El 29 de abril de 1918, la nueva oficina bancaria abrió sus puertas al público. Ricas caobas y mostradores de mármol y bronce dieron la bienvenida a los clientes que eran atendidos en la planta baja, bajo la gran cúpula de cristal.

Las cuatro Cariátides, así como los capiteles jónicos de las monumentales columnas, son obra de Ángel García Díaz, que trabajó con Palacios en diversas ocasiones. En aquella época la colaboración entre arquitectos y escultores era habitual.

El día 29 de octubre de 1934 el Banco Central, que representaba al Río de la Plata, estableció su sede social en este edificio, que había pasado a ser de su propiedad. En los años 40 ambas entidades se fusionaron y la construcción original fue reformada, perdiéndose el gran vestíbulo central y la vista de la vidriera en la cúpula. También, con el fin de ampliar las oficinas, se construyó un nuevo edificio en la calle Barquillo.

Su emplazamiento y belleza le han convertido en una de las estampas más repetidas de Madrid, en postales, sellos, y películas.

"Manolo guardia urbano" (J.R. Salvia 1956) (en "A.Palacios, constructor de Madrid").

En los comienzos del siglo XXI el Ayuntamiento de Madrid lo compró, para luego en una especie de trueque, cederlo al Estado junto a otros edificios, a cambio del Palacio de Correos que el actual Alcalde deseaba ocupar en lugar de la histórica Casa de la Villa, sede consistorial durante siglos, cosa que al final ha conseguido.

Desde el Círculo de Bellas Artes

Ya propiedad del Ministerio de Cultura, en 2006 el antiguo edificio del Banco del Río de la Plata fue rehabilitado para convertirse en la nueva sede del Instituto Cervantes, hasta entonces ubicado en el Palacete de la Trinidad, en la calle de Francisco Silvela.

La inauguración tuvo lugar en octubre.

Se conserva gran parte de las antiguas y suntuosas dependencias del banco en las que se daba servicio al público, donde se instalaron la sala para exposiciones, biblioteca, hemeroteca, etc.

Espléndidas reproducciones de antiguas fotografías y paneles explicativos muestran la evolución de la calle, del solar y del edificio.

Resulta muy sugerente la historia de este solar. Lugar de paso para los carruajes y sus viajeros en el siglo XVIII, luego Palacio que albergó un café llamado Cervantes, el más grande escritor de la lengua castellana, nombre que curiosamente el edificio vuelve a lucir en su fachada, esta vez con letras doradas.

El Instituto Cervantes fue creado en 1991 con el objetivo de promover y difundir la cultura y la lengua españolas por todo el mundo.

Su sede central está repartida entre Alcalá de Henares, dedicada exclusivamente a la formación de profesores de Español, y la sede de la calle de Alcalá 49. Además está presente en 58 ciudades de 38 países, en los que desarrolla una magnífica labor.

Por todo esto el Instituto merece ser visitado en cualquier momento, pero además actualmente ofrece una preciosa y delicada exposición. La poesía de Pablo Neruda y su voz entre mágicas caracolas coleccionadas por el poeta a lo largo de muchos años, “un viaje por el mar de sus colecciones y su poesía”, más de trescientas caracolas junto a fragmentos de sus obras.

Instituto Cervantes
Alcalá, 49.
Exposición “Amor al mar. Las caracolas de Neruda”
Hasta el 24 de enero

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Texto y fotografías : Mercedes Gómez

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Fuentes:

Angel del Río. Cafés de Madrid. La Librería.
El Banco Español del Río de la Plata. La Construcción Moderna. 15 Mayo 1918.
VVAA. Antonio Palacios. Constructor de Madrid. Catálogo Exposición Círculo de Bellas Artes, nov.2001-ene.2002.
Edificio Cervantes

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P.D. : Lunes, 11 de enero

Ayer nevó en Madrid, y este mediodía aún quedaba mucha nieve en el Retiro, en el Paseo del Prado, Plaza de la Lealtad… y me he atrevido a dar un paseo y sacar algunas fotos 🙂

Hacía mucho frío pero el día estaba precioso, soleado y con el cielo azul. Sobre la Cibeles y los árboles del Palacio de Buenavista quedaban algunos restos de nieve. Al fondo, las Cariátides vigilándolo todo.

Hoy voy a mostraros una escultura, la mejor que se hizo en Madrid en el siglo XVII, según dice algún estudioso.

Hablar de ella no ha sido idea mía, creo que justo es reconocerlo. Hace unos días, a raíz de las entradas anteriores sobre la Calle de Alcalá y las pinturas de Antonio Joli, recibí un correo de un lector del blog, que comentaba los artículos, me hablaba de la calle y de la escultura de San Bruno, lo que provocó mi curiosidad.

Se trata de una persona que no vive en Madrid sino en Belfast, donde desarrolla su profesión, un “madrileño por el mundo”, utilizando la frase del famoso programa de la televisión, pero que, como él mismo me ha contado, no ha perdido el contacto con su ciudad a la que conoce muy bien. Este post está dedicado a él.

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La Real Cartuja del Paular es muy antigua; su origen se remonta al siglo XIV, cuando sus tierras pertenecían a Segovia y faltaban cerca de cinco siglos para que fueran anexionadas a Madrid. Los monjes segovianos llegaron a la Villa a finales del XVI, creando la Hospedería de los Cartujos en una casa de la calle de Alcalá. Los Padres vivían en clausura, así que su Capilla no estaba abierta al público, pero sí llegó a ser famosa una escultura instalada en su fachada, la imagen de San Bruno, obra de Manuel Pereira.

Se ha considerado a San Bruno, que vivió en el siglo XI, el fundador de la Cartuja, aunque ésta no existió como orden religiosa hasta el siglo XII. Mediado el siglo XVII, la Cartuja del Paular encargó al escultor Manuel Pereira dos figuras de este santo, una en madera para la Casa Madre, y otra en piedra para la calle de Alcalá.

Los cronistas matritenses cuentan que el rey Felipe IV, cuando pasaba por allí, quizá en dirección al Buen Retiro, antes de cruzar el Puentecillo del Prado, siempre encontraba alguna excusa para detenerse y contemplar la obra, aunque también hay quien se pregunta porqué entonces Pereira nunca llegó a ser escultor del Rey, si tan admirado era.

Texeira

Calle de Alcalá esquina Peligros, actual calle Sevilla. (Texeira 1656)

La realidad es que durante el Siglo de Oro, ese asombroso siglo XVII en que Madrid fue escenario de la obra de los mejores literatos, arquitectos y pintores, la Pintura y el gran Diego Velázquez sobre todo y sobre todos, tal vez eclipsaron el arte de la Escultura. Por eso la figura del Escultor de Cámara no llegó nunca a tener la notoriedad del Pintor de Cámara. Y por eso la Iglesia fue casi el único destinatario de la obra escultórica, siendo la imaginería religiosa la que más obras maestras nos ha dado. Algunos nobles la demandaban para las capillas de sus palacios, pero nunca formó parte de las colecciones privadas en la misma medida en que llegó a hacerlo la pintura.

Entre los escultores del XVII quizá otros han llegado a ser más famosos y valorados, como Gregorio Fernández y Martínez Montañés, pero algunos especialistas coinciden en que el más grande fue Manuel Pereira, el escultor barroco por excelencia, el escultor de Madrid.

Pereira nació en Oporto, en 1588. En los comienzos del siglo XVII se trasladó a Madrid, donde se casó, tuvo hijos, vivió y trabajó. Y en Madrid murió, en la misma casa que le había alojado siempre, desde su boda, en la calle de Cantarranas, actual calle de Lope de Vega, a la edad de 95 años. Casi un siglo de vida y arte.

Plano de Chalmandrier, 1761.

La Hospedería de los Cartujos (Plano de Chalmandrier, 1761)

Creó esculturas para muchos de los conventos e iglesias de Madrid, San Felipe, San Luis, San Andrés, la Merced, Nuestra Señora de las Maravillas, Capuchinos de la Paciencia… la mayoría desaparecidas, aunque se conservan algunas muy importantes, que visitaremos otro día quizá.

La estatua de San Bruno, realizada para los monjes cartujos, estuvo durante cerca de dos siglos en la pequeña fachada de la vieja casa de la calle de Alcalá, entre columnas de orden corintio, provocando la admiración de todos, hasta el año 1836, cuando, tras la Desamortización de bienes eclesiásticos, fue cerrada la Hospedería.

2sitio 2

Manzana 267, Sitio nº 2, actual nº 18 de la calle de Alcalá.

Sobre su solar actualmente existe un edificio de viviendas que corresponde al número 18 de la calle, situado entre la majestuosa sede bancaria con sus emblemáticas cuádrigas, en el nº 16, y el Teatro Alcázar, en el 20, edificios construidos en los comienzos del siglo XX.

La buena noticia es que la escultura no se fue muy lejos, fue trasladada a la cercana Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el nº 13 de la misma calle de Alcalá.

En la primera planta del excepcional museo, San Bruno, tal como indica el cartel explicativo, medita sobre la muerte, sosteniendo una calavera. La figura de piedra, de tamaño natural, mide 1,69 x 0,70 x 0,60 cm.

2de cerca

En la sala nº 13, se encuentra acompañada por cuadros de los mejores pintores barrocos, Ribera, Alonso Cano, Carreño de Miranda…

Las esculturas de Pereira representan el barroco más sencillo, clasicista, dignas del Barroco Castizo. Las figuras parecen vivas, pero al contrario que otros escultores de la época, huyó de los dramatismos. Sin recurrir a realismos exagerados, representó a la perfección el cuerpo que se adivina bajo los pliegues de las ropas exquisitamente talladas, el rostro, la mirada, la expresión de las manos, logrando trasmitir emoción y sentimientos.

3expresion

Todo ello se aprecia en la figura de San Bruno que adornó durante años la Hospedería de los Cartujos y que en el siglo XXI podemos ver en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Texto y fotografías : Mercedes Gómez

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Fuentes:

Planimetría de Madrid.
Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
J. URREA. Introducción a la escultura barroca madrileña. Manuel Pereira.
M. AGULLÓ. Manuel Pereira: aportación documental.

En sus orígenes Madrid estaba surcada por numerosos arroyos. Resulta difícil imaginarlo, pero por muchas de las calles hoy cubiertas de asfalto y coches, en el pasado corrían riachuelos.

Uno de ellos recorría el Prado Viejo. Lo que ahora son los bonitos paseos del Prado y de Recoletos, con sus fuentes y sus museos, durante siglos fue un escarpado barranco por el que corría el agua de un arroyo al que a su vez iban a parar las aguas que bajaban por sus laderas.

El ayuntamiento medieval, el Concejo, se enfrentaba a dos problemas importantes, controlar las aguas, que cuando llovía se desbordaban y arremetían contra todo lo que encontraban a su paso, y evitar que se convirtiera en un impedimento para cruzar de un lado a otro, sobre todo desde que en tiempos de Felipe IV, entre los años 1630-1640, fue construido el Palacio del Buen Retiro, en lo que entonces eran las afueras de Madrid.

Para solucionarlo, se construyeron paredones y puentecillos. Los primeros puentes se cree que se instalaron en el siglo XVI, quizá con la llegada de Felipe II, su Corte y la capitalidad. Eran construcciones muy simples, cuyo único objetivo era de orden práctico, poder salvar el arroyo. Y eran de madera, por lo que, entre la humedad que iba calando día tras día, y los desbordamientos, duraban muy poco, de forma que a lo largo del siglo XVII se fueron mejorando, las reparaciones eran continuas, y con el tiempo se fueron sustituyendo por otros de piedra. Uno de los más transitados estaba frente a la Calle de Alcalá.

Calle de Alcalá (Mancelli, hacia 1623)

Calle de Alcalá y Paseo del Prado (Mancelli, hacia 1623)

La Junta de Fuentes ordenó reconstruir este puente de paso cercano a la primitiva Puerta de Alcalá, al fin y al cabo por allí pasaba a menudo Su Majestad en dirección al Buen Retiro. Las aguas volvieron a destruirlo y el Maestro Mayor de Obras consideró urgente sustituirlo por uno de cantería. Les daba miedo que en una de esas se hundiera mientras pasaba el Rey.

A mediados de siglo por fin las modestas tablas de madera fueron sustituidas por un puentecillo de piedra.

De todas formas, la necesidad de reparaciones continuaba, y así seguían las cosas en los comienzos del siglo XVIII. El Maestro de Cantería reparaba las grietas, y el Maestro Empedrador renovaba la calzada. Y al poco tiempo, vuelta a empezar.

Asi que el Maestro de Obras proyectó un puente más sólido, en piedra berroqueña, con arco de medio punto, rematado en sus extremos con cuatro pedestales, y al parecer dotado de bancos para descanso de los paseantes.

Nunca había visto una imagen del puentecillo… ¿cómo sería?…

Hace varias semanas os hablaba de una pintura de Antonio Joli que me gustaba mucho, se trataba de una Vista de la Calle de Alcalá, realizada en torno al año 1750, con la Puerta de Alcalá al fondo.

Hace unos días, casualmente, descubrí otra Calle de Alcalá realizada por el mismo autor en la misma época, pero esta vez desde el extremo contrario, el pintor situado junto a la Puerta de Alcalá, al fondo la Puerta del Sol.

Desde allí, ¡Joli pintó el cauce del arroyo y el puentecillo que permitía cruzar y entrar en la Villa por el camino de Alcalá!. Qué bonito y qué mágico.

Calle de Alcalá

La Calle de Alcalá, de Antonio Joli (hacia 1750). Colección particular. (Del Catálogo de la exposición "Palabras Pintadas". Sala de las Alhajas Madrid 2004).

Detalle

(Detalle del cuadro)

En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, el Paseo fue reformado, adornado y convertido en el Salón del Prado; y el arroyo encauzado. Fue por entonces cuando llegó la diosa Cibeles, por supuesto para quedarse.

El arroyo no se tapó hasta el siglo XIX, en tiempos de Fernando VII.

Pero sus aguas allí siguen, bajo la plaza, bajo la Cibeles, y se cuenta que en caso de emergencia ante un casi imposible intento de robo a las cámaras subterráneas del Banco de España, inundarían todo, desbordándose, como hace siglos.

26 septiembre 2009

septiembre 2009

Por Mercedes Gómez

Hay una pintura que me gusta mucho, se titula “Vista de la calle de Alcalá”, obra del pintor italiano Antonio Joli, quien la realizó en torno al año 1750.

Me gustó mucho la primera vez que la vi hace unos años, no sabía que existía hasta que la tuve de pronto ante mis ojos, en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la propia calle de Alcalá.

Fue una sorpresa. Ver, a la izquierda, la antigua Iglesia de San Hermenegildo, hoy de San José; enfrente, a la derecha, el desaparecido Convento de las Baronesas. Al fondo la Puerta de Alcalá, pero no la que conocemos hoy, construida para la llegada de Carlos III, sino la que había antes, situada un poco más abajo, aproximadamente a la altura de la calle de Alfonso XI. Los palacios, la vieja plaza de toros… un inesperado y mágico paseo por el Madrid del siglo XVIII.

Después supe que existen al menos dos Vistas de la calle de Alcalá pintadas por Antonio Joli, otra es propiedad de la Casa de Alba, y pudo verse en una exposición dedicada a Fernando VI y Bárbara de Braganza, un reinado bajo los signos de la paz, a finales de 2002 en la propia Academia de Bellas Artes. Las diferencias son mínimas, pero existen.

Vista de la calle de Alcalá

A. JOLI. Vista de la calle de Alcalá. Casa de Alba. 81 x 139. Catálogo exposición "Fernando VI y Bárbara de Braganza, un reinado bajo los signos de la paz"

La obra se puede contemplar en la primera planta del maravilloso museo. Fue adquirida en 1997 con cargo a la Herencia Guitarte y ayuda del Ministerio de Educación y Cultura, según explica el cartel junto a ella. Guitarte fue un coleccionista que donó obras a la Academia.

A. JOLI. Vista de la calle de Alcalá. Academia de Bellas Artes. (Foto hecha sin flash)

A. JOLI. Vista de la calle de Alcalá. Academia de Bellas Artes. 78 x 131. (Foto hecha sin flash)

El de Bellas Artes es uno de los mejores museos madrileños, con obras de los artistas más importantes de la historia del Arte (Zurbarán, Goya, Alonso Cano, Rubens, etc.), posee una colección de escultura moderna impresionante, y está ubicado en un edificio, antiguo palacio de Juan de Goyeneche, que solo él mismo ya merece una visita.

Sin embargo quizá sea uno de los menos conocidos, no suele haber colas ni aglomeraciones. Si os gusta el arte y nunca lo habéis visitado, os lo recomiendo, no os lo perdáis.

Mercedes

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Calle de Alcalá, 13
De martes a sábado no festivo, de 9:00 a 17:00 horas.
Domingos y festivos, de 9:00 a 14:30 horas.
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