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Acaba de inaugurarse La Moda Romántica, una sugerente exposición sobre los usos sociales de la moda en el siglo XIX que podremos visitar hasta el próximo 5 de marzo de 2017 en el Museo del Romanticismo.

Museo del Romanticismo. Foto: Javier Rodríguez

Museo del Romanticismo. Foto: Javier Rodríguez

Organizada en colaboración con el Museo del Traje al que pertenecen gran parte de las piezas, se exponen veintidós modelos de indumentaria decimonónica entre los que se encuentra una levita que perteneció a Mariano José de Larra, en este caso propiedad del Museo del Romanticismo.

La muestra nos invita a un paseo por la evolución de los trajes y su significado social desde comienzos del siglo, a lo largo de todo el reinado de Isabel II.

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Está enmarcada en una nueva sociedad, la de la burguesía del siglo XIX que surgió tras la Revolución Francesa. Por primera vez un grupo más amplio de población, no solo la nobleza, pudo disfrutar de la moda. Hacia 1850 nacieron los grandes almacenes lo cual contribuiría a facilitar esta situación inédita que llevó la moda a más personas debido sobre todo a los mejores precios. Junto a esto se dio otro fenómeno decisivo, la proliferación de las revistas de moda. En Madrid, entre 1833 y 1869 se editaron unas treinta revistas femeninas.

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Así, la exposición es muy interesante desde el punto de vista artístico, de la moda, pero también desde el sociológico. Como afirma su comisario Eloy Martínez de la Pera, “con la moda romántica, el traje alcanza un apogeo sin precedentes, asistimos a la apoteosis de la apariencia, a una revolución de este fenómeno llamado moda y al paso definitivo hacia el vestir contemporáneo”.

Los trajes expuestos en las diferentes estancias del museo, dentro del contexto de la Colección, esconden cada uno de ellos una historia, la de una mujer o un hombre, también algún niño, que en realidad existieron y hoy nos hablan y nos invitan a viajar a ese tiempo que ellos vivieron. Se trata de personajes que muy bien pudieron deambular por las salas del antiguo palacete, hoy museo, vestidos para la ocasión.

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Los trajes están situados en los lugares en los que en otro tiempo pudieron ser utilizados. El comedor, el salón de baile, etc.

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Siempre es buen momento para acudir al Museo del Romanticismo, ver su rica Colección Permanente en sus hermosas estancias, visitar su Librería, por supuesto su Jardín… pero esta exposición es una excelente excusa añadida para volver una vez más.

Por : Mercedes Gómez

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Museo del Romanticismo
Calle San Mateo, 13

La Moda Romántica
Hasta el 5 de marzo de 2017

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El Museo Nacional de Pintura y Escultura, posteriormente llamado Museo Nacional del Prado, fue inaugurado en 1819 durante el reinado de Fernando VII, poco después de que muriera su segunda esposa María Isabel de Braganza, gran amante del arte, a quien recordemos se debió en gran medida la creación de la Pinacoteca.

En el extremo sur del edificio construido por Juan de Villanueva, al final del pasillo central, con vistas al Botánico, fue instalado el Gabinete de Descanso de Sus Majestades.

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Incluía un Salón y un pequeño cuarto de aseo o Retrete, en el que había un mueble-tocador de madera de caoba con incrustaciones de bronce dorado. Medía 0,70 cm. de alto, 2,14 de ancho y 0,58 de fondo, en forma de sillón. Tanto el asiento como el respaldo estaban forrados de terciopelo, y a los lados dos mueblecitos guardaban todos los objetos y productos necesarios para la higiene. Un estuche de viaje contenía todos los útiles necesarios, un espejo, una palangana, cepillo de dientes con mango dorado, una cajita dorada para polvos dentífricos… También disponían de un juego de agua con todas sus piezas, bandeja dorada, botella y vasos de cristal tallado.

Tanto el Salón como el Retrete, al modo de los palacios borbónicos, fueron adornados con una serie de decoraciones pictóricas. La obra quizá iniciada en tiempos de Fernando VII, finalizó en 1835, dos años después de la muerte del rey.

En 1866 se trasladó al Prado el lienzo que Vicente López, primer Pintor de Cámara de Fernando VII, había pintado al temple para el Palacete del Casino de la Reina. Para instalarlo en el techo, en el Salón se construyó una escocia o moldura cóncava cuya sección estaba formada por dos arcos de circunferencias distintas, y más ancha en su parte inferior. Las pinturas de los muros se perdieron.

En 1967 se acometieron nuevas reformas, la escocia fue eliminada y aparecieron restos pictóricos de la decoración primitiva que consistía en un friso alto pintado en grisallas que representaba una alegoría de las artes con niños jugando con elementos relativos a la Escultura, la Pintura y la Arquitectura en los dos lados mayores y otros dibujos de guirnaldas vegetales en los dos lados menores.

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Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

El antiguo Gabinete de Descanso hoy es la Sala 39 del Museo, dedicada a los Retratos de Pintura francesa del siglo XVIII, entre ellos Felipe V y su familia, de Van Loo, Luis I de Houasse, Fernando VI y Carlos III niños, de Jean Ranc… En el techo continúa la esplendorosa Alegoría de la donación del Casino a la reina Isabel de Braganza por el Ayuntamiento de Madrid, de Vicente López.

El Prado está lleno de sorpresas. Discreto, un poco escondido, también sigue en su lugar el cuartito de aseo ahora vacío que sí conserva sus hermosas pinturas, una de las escasas decoraciones originales que se conservan en el Museo.

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Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

El antiguo retrete –2,70 x 2,45 metros-, que hoy comunica la Sala 39 con el pasillo en el extremo noreste del Edificio Villanueva, fue decorado exquisitamente. El suelo era de mármol y las paredes y el techo fueron cubiertos con pinturas al temple de estilo neoclásico, muy del gusto fernandino, a pesar de encontrarse ya en los comienzos del Romanticismo.

Gracias a Alfonso Pérez Sánchez se supo que las pinturas de ambas estancias fueron obra de Francisco Martínez, un casi desconocido pintor decorador que realizó sobre todo obras de carácter efímero. Apenas existen referencias a este artista y probablemente estas pinturas sean su única obra conservada.

Las pinturas del cuartito fueron restauradas en 1984 cuando estaban a punto de perderse debido a su mal estado.

Los muros están pintados al trampantojo simulando mármoles en tonos grises-verdosos en su parte inferior. En la superior, la pared frente al balcón que se asoma a la plaza de Murillo (hoy oculto tras una cortina blanca) muestra una extraordinaria hornacina fingida con tres estatuas de varones desnudos que sostienen un grutesco y un jarrón que refleja su sombra imaginada sobre el fondo.

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Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

La maestría del artista en esta técnica era indudable. Las molduras de las puertas también son falsas, como los jarrones y el cestito de flores.

flores

Boletín M. del Prado, vol. VII, 1986.

Sobre la puerta que da a la Sala hay una inicial, la  “I”, que muestra que la obra fue  finalizada ya en tiempos de la regencia de Isabel II. La bóveda del techo con motivos florales, molduras fingidas y decoración en “ochos” es un bello ejemplo de pintura mural neoclásica.

techo retrete

Foto: Museo del Prado

También se conservan el mueble y los objetos del estuche de viaje de Fernando VII de los que hablábamos al principio, los podemos ver en el Museo del Romanticismo.

El mueble del retrete, de caoba, palma de caoba, bronce y terciopelo, construido hacia 1820 para el Gabinete de Descanso de Sus Majestades en el Museo del Prado…

retrete

… y sus útiles de aseo, un juego de aguamanil, cepillo de dientes, polvera, perfumador y dos vasos.

estuche objetos

Por: Mercedes Gómez

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Bibliografía:

A.E. Pérez Sánchez. El autor de la decoración del retrete de Fernando VII en el Prado. Boletín del Museo del Prado, vol. VII, n.º XIX, Madrid, enero-abril de 1986, pp. 33-38.

Museo del Prado

Museo del Romanticismo

El Museo Nacional del Romanticismo es quizá uno de los menos conocidos de Madrid. Antes llamado Museo Romántico, tras cerca de diez años cerrado por obras de reforma y restauración, ahora luce esplendoroso. La espera ha merecido la pena.

El pasado lunes tuve el placer de asistir a una visita guiada, invitada por el Museo, junto a otros autores de blogs dedicados al arte y a la vida cultural madrileña. Nos recibió su directora Asunción Cardona, y Carmen Cabrejas y Mª Jesús Cabreras, del departamento de Difusión, nos guiaron. Mil gracias a las anfitrionas.

Matritensis, autor del blog Es Madrid no Madriz, ha escrito una buena crónica de la visita, que os recomiendo, en la que podréis ver magníficas fotos del interior. Por mi parte, propongo otra visión, os invito a conocer un poquito la historia de la calle, del edificio y su jardín, y por supuesto animo a todos a visitar el Museo, interesante y encantador.

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El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle de San Mateo, que ya en el siglo XVII recibía este nombre. Iba desde el camino de Fuencarral hasta la Puerta de Santa Bárbara, atravesando la calle de las Flores, actual Mejía Lequerica. En ella se encontraba una de las arcas cambijas que distribuían el agua del Viaje de la Fuente Castellana. Las casas de Juan de Echauz, situadas en los terrenos en los que después se construiría nuestro edificio protagonista, recibían medio cuartillo de agua.

Plano de Texeira (1656)

La calle, situada en lo que entonces eran las afueras de la Villa, próxima a la Cerca, albergó a la nobleza desde muy pronto. Se conservan algunos palacios construidos entre el siglo XVIII y XIX, el del conde de Villagonzalo y el del marqués de Ustáriz, en la zona próxima a la plaza de Santa Bárbara, el palacio del duque de Veragua, en el nº 7, y el Palacio del marqués de Matallana, sede del Museo que hoy visitamos, en el número 13.

En el último cuarto del siglo XVIII fue cuando el solar pasó a manos del marqués de Matallana, quien en 1776 encargó la construcción de su palacio al arquitecto Manuel Rodríguez, sobrino del gran Ventura Rodríguez. Don Manuel levantó un edificio de estilo clasicista, de líneas limpias y sencillas, y escasos adornos.

La entrada principal tiene lugar por la calle de San Mateo, aunque existe otra entrada en el nº 14 de la calle de la Beneficencia, antes San Benito. Mediado el siglo XIX la construcción fue adquirida por los condes de la Puebla del Maestre.

El museo ha estado ubicado en este edificio desde que en 1921 fue creado por Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, II marqués de la Vega-Inclán, quien donó al Estado una serie de obras de arte y objetos de su colección privada. Don Benigno fue uno de los personajes más importantes de la vida española en los años finales del siglo XIX y comienzos del XX, coleccionista de arte e impulsor de la cultura, junto con otros como José Lázaro Galdiano, Manuel Laredo y el marqués de Cerralbo.

En 1927 el edificio fue adquirido por el Estado.

En el zaguán de entrada, nos da la bienvenida el busto del Marqués, realizado en 1931 por el escultor Mariano Benlliure.

El edificio, en forma de “L”, está organizado alrededor de dos patios, más el jardín, como se aprecia en el plano del General Ibáñez de Ibero.

Plano del Gral. I. de Ibero (h. 1875).

Uno de los patios se puede contemplar desde el zaguán, tras una puerta protegida por una bonita verja y arco de medio punto, con una sencilla fuente, cubierta por un emparrado sobre un suelo de grava que forma figuras geométricas tan perfectas que parecen una alfombra.

También se conserva el precioso Jardín Romántico, sorprendente remanso de paz en pleno centro de Madrid, en el que únicamente escuchamos el ruido del agua de una fuentecilla que lo adorna, junto a plantas, flores y árboles de diversas especies, entre los que destaca un gran magnolio centenario.

Los sencillos balcones de algunas estancias de la casa, ahora museo, se asoman a este jardín que por un ratito nos traslada a tiempos románticos.

En la esquina contraria, algo escondido, a los pies del magnolio, hay un brocal de piedra acaso del antiguo pozo que surtía al palacio del agua necesaria.

Es una alegría comprobar cómo el jardín conserva el antiguo trazado y el pilón de la fuente que ya existía cuando el museo fue aquí instalado, como se aprecia en la foto de los años 20 del siglo pasado:

Foto : Hauser y Menet (1920-25). Museo de Historia.

3 diciembre 2011

La bonita figura del niño que sostiene una flor de la que mana el agua debió instalarse posteriormente.

El museo, planteado como una evocación y explicación del siglo XIX, propone distintos recorridos, aunque paralelos entre sí: el arte de la época, la historia, la vida cotidiana y los usos sociales… Es un museo pequeño pero que nos ofrece una riqueza extraordinaria, la pintura de grandes maestros, muebles y objetos que recrean la vida de la burguesía decimonónica, y mucha historia, además de interesantes actividades que podéis consultar en su web, y una estupenda Librería romántica.

Por Mercedes Gómez 

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