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Uno de los primeros artículos publicados en este blog fue el titulado Trampantojos en Madrid. Luego, a lo largo de estos tres años, hemos descubierto algunos más, muy bonitos, los delicados dibujos de la Sacristía de los Caballeros en Las Comendadoras, las espectaculares arquitecturas fingidas de la iglesia de San Antonio de los Alemanes y las del Salón Real en la Casa de la Panadería, el moderno trampantojo de Juan Muñoz… Y otros muy sencillos, por las calles de Madrid, calle de San Quintín, Mayor, del Espíritu Santo… (este paseo lo dejamos para otro día), habitualmente simulando ventanas y balcones que parecen verdaderos.

Los trampantojos, en cierto modo, nos proponen un juego, una ilusión. Pueden ser bellos, divertidos y estimulan nuestra imaginación. Como decíamos en aquel primer post, se trata de un recurso pictórico muy antiguo, ya los griegos y romanos lo utilizaron, en el Renacimiento… pero sin duda fue el Barroco su época de mayor esplendor. Durante el siglo XVII fue habitual su uso tanto en la pintura, sobre todo en el bodegón, como en las bóvedas, techos y muros de edificios.

Hablábamos de los recursos empleados para conseguir este engaño visual, las figuras u objetos que parece que se salen del cuadro –hace poco hemos podido admirar el Bodegón de Antonio de Pereda-, la cortina, las barandillas con figuras que se asoman, elementos frecuentes en la pintura del XVII y aún después -recordemos los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida pintados por Goya a finales del siglo XVIII-.

En el caso de otro tipo de trampantojo utilizado en el Barroco, fingir las figuras dentro de un marco, citábamos uno, aunque sin imagen que ilustrara el ejemplo ya que no se encontraba en un museo madrileño, sino en la National Gallery de Londres, el Autorretrato de Murillo, que el pintor realizó hacia 1670.

Ahora y hasta el 30 de septiembre, podemos contemplar esta gran obra en Madrid, en el Museo del Prado, en la recientemente inaugurada exposición Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Autorretrato, Bartolomé Esteban Murillo. Óleo sobre tela, 122 x 107 cm, h. 1670 – 1673, Londres, The National Gallery.

Leemos en el cartel explicativo:

“Junto con el autorretrato de Velázquez en Las Meninas, se trata de uno de los más sofisticados e influyentes retratos de artistas de la España del siglo XVII. Pintado para sus hijos, según se indica en la inscripción, tuvo una gran difusión internacional gracias a un grabado publicado en 1682. Planteado como un cuadro dentro de un cuadro, esa lógica se altera sin embargo con la mano que se sale del marco. A la izquierda figuran un dibujo, una regla y un compás, que aluden al carácter intelectual de la actividad artística, y a la derecha su paleta y sus pinceles”.

Efectivamente podría parecer una pintura dentro de otra, o una figura ante un espejo, pero la mano que se apoya, que sale del marco, perfecta, llena de expresividad, lo cambia todo. Lo que podría haber sido un retrato convencional se transforma en una representación singular.

En fin, no es lo único que merece la pena ver en esta exposición. Frente a esta pintura, otro retrato, el de Justino de Neve, una obra maestra, pintada en 1665 y procedente también de la National Gallery.

En general, la muestra es extraordinaria. Son solo diecisiete obras, pero casi todas ellas deslumbrantes. Realizadas a raíz de su relación con don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla, importante mecenas y coleccionista de arte, que llegaría a convertirse en su amigo.

Las obras expuestas, que reflejan todo el espíritu del barroco sevillano y la plenitud de Murillo como artista, o fueron realizadas por encargo del religioso o pertenecieron a su colección privada. Lo que comenzó siendo una mera relación profesional entre ambos acabo siendo una relación personal gracias a la cual hoy podemos disfrutar de estas pinturas. Disfrutar del arte que nació de la amistad.

Por Mercedes Gómez

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Museo del Prado
Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Hasta el 30 de septiembre de 2012.

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Antonio de Pereda fue uno de los grandes artistas del Barroco. Nació en Valladolid, en 1611. Su padre, que era pintor, murió joven, legando a su hijo el gusto por el arte. El niño, que tenía solo once años, fue enviado a Madrid donde en seguida llamó la atención por su buen hacer pictórico. Fue alumno de Pedro de las Cuevas, maestro de pintores de la Escuela barroca madrileña.

Poco después Giovanni Battista Crescenzi, arquitecto y pintor de Felipe III y posteriormente de Felipe IV,  le introdujo en la Corte, pasando a formar parte del grupo de artistas que en 1634 realizaron la serie de Batallas para el Salón de Reinos en el Palacio del Buen Retiro. Pereda pintó El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, así como otro cuadro para la serie de reyes godos.

Al año siguiente murió su protector y Pereda se alejó del ambiente cortesano, pero siguió desempeñando su arte, sobre todo pintura religiosa y bodegones.

Así como la primera temática está ampliamente representada en el Museo del Prado –tuvimos ocasión de ver dos de sus obras en Los Jerónimos–, no ocurre lo mismo con sus naturalezas muertas.  Por eso, si es posible, no debemos desaprovechar esta oportunidad única, hay que ir al museo, detenerse y admirar su Bodegón, que estos días se expone en la muestra El Hermitage en el Prado, antes de que vuelva a San Petersburgo.

La exposición es digna de verse, la selección en su conjunto es espléndida. Me gustan especialmente, entre las esculturas, ese bellísimo Beso en la Primavera eterna de Rodin. Entre las pinturas, quizá la que más público atrae sea el Tañedor de laúd de Caravaggio, pero hay muchas otras memorables. El semiabstracto Paisaje azul de Cézanne, la extraordinaria Composición VI de Kandinsky, “impresionante manifiesto del arte abstracto”… Y el Bodegón, de Antonio de Pereda.

Óleo sobre lienzo, de 80 x 94 cm., firmado en 1652, es una maravilla que merece ser contemplada de cerca. Lo describe el cartel a su lado:

“En primer plano aparecen unos bizcochos, un pedazo de queso y una bandeja de plata con tazas de cerámica de Delft; a la izquierda, una vasija de cobre y un batidor para chocolate. El cuenco y las vasijas de barro cocido colocados sobre una papelera de ébano con incrustaciones fueron importados de la Nueva España, y en concreto de México. La selección de objetos es propia de una vivienda acomodada madrileña”.

La composición, los colores, todos los elementos están tratados con cuidado exquisito, y los objetos están representados con una perfección asombrosa. Es un buen ejemplo del bodegón barroco español que recurre al trampantojo, al efecto de engaño visual, los enseres y las telas son tan reales que parece que los podemos tocar, que se salen del cuadro. Dan ganas de alargar la mano y coger ese paño brillante que sobresale del cajoncito del mueble para papeles, que parece de verdad.

Antonio de Pereda debió ser un hombre singular y de gran cultura pues, además de lograr pronto el reconocimiento de todos por la gran calidad de su pintura, parece que se granjeó simpatías y protección por parte de personajes ilustres, como Crescenzi, aunque también dice algún autor que “despertó envidias”. Consiguió muchos clientes que le llevaron a alcanzar una buena situación económica que le permitió atesorar una gran biblioteca con volúmenes en varios idiomas, además de esculturas, dibujos y grabados que convirtieron su taller en un lugar digno de ser visitado.

Murió en Madrid en 1678, con 67 años.

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Por: Mercedes Gómez

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El Hermitage en el Prado
Museo del Prado
Hasta el 8 de abril

Uno de los primeros artículos que escribí para este blog, hace ya bastante tiempo, fue el dedicado a la Sacristía de los Caballeros y el Patio de Moradillo, pertenecientes al conjunto de las Comendadoras de Santiago, que había tenido la suerte de conocer unos meses antes durante la Semana de la Arquitectura 2008. Actualmente hay una novedad interesante, existen visitas guiadas a la Sacristía, todos los primeros lunes de mes a cargo de los propios profesionales que han procedido a su exquisita restauración, por lo que me gustaría volver a este lugar, recomendarlo a quien no lo conozca, y recordar su historia.

El Convento de las Comendadoras y la Parroquia de Santiago el Mayor, situados en la plaza del mismo nombre, constituyen uno de los monumentos más importantes de Madrid, declarado Bien de Interés Cultural en 1970.

Ocupa toda la manzana, rodeada por las calles del Acuerdo, Montserrat, Amaniel, plazuela de las Comendadoras y calle de Quiñones. Su imagen y el ambiente que transmite por un momento te transporta al siglo XVII.

Fue fundado en 1584, aunque la escritura para las obras no se firmó hasta 1667, las cuales fueron encargadas a los arquitectos José del Olmo y su hermano Manuel. En 1650 el rey Felipe IV se hizo cargo del patronato de las Comendadoras y mandó traer monjas de Valladolid, pero murió antes de iniciarse la construcción del monasterio; fue su viuda Mariana de Austria la que por fin dió inicio a las obras. Eran grandes las dificultades económicas que sufría Madrid en esa época, se tardaron casi 30 años, no finalizando la construcción hasta 1697.

En un Madrid poco dado a conservar sus edificios más antiguos, hay que resaltar que es el único monasterio madrileño que se conserva íntegramente, sin que ninguna de sus dependencias haya sido demolida, aunque fue reformado por Sabatini en el siglo XVIII por orden de Carlos III.

En el ángulo noreste del convento se encuentra la Sacristía de los Caballeros, una joya auténtica, construida por Francisco Moradillo entre los años 1746 y 1753, durante el reinado de Fernando VI. Una joya inesperada, oculta, pues no se ve desde la calle, es imposible, carece de fachadas y está construída en el interior del conjunto.

Bellísima, de estilo barroco, era el lugar donde se preparaban para el nombramiento de Caballeros de la Orden de Santiago, ceremonia que luego tendría lugar en la Iglesia. Hace unos años, durante la exposición dedicada a la Colección Madrazo adquirida por la Comunidad de Madrid en 2006, instalada en algunas de las rehabilitadas salas y deambulatorios del convento, se podía vislumbrar, tras el cristal de la puerta cerrada, y con las luces apagadas.

Una magnífica restauración ha permitido recuperar el antiguo esplendor, perdido por el paso del tiempo y las varias reformas sufridas. Ahora ha recobrado su aspecto primero, sus colores originales, pavimento, toda su espectacularidad.

La entrada tiene lugar por la calle del Acuerdo, nada mas traspasarla, a la derecha se encuentra la puerta de acceso a la Sacristía que aparece deslumbrante ante nuestros ojos:

Detalles escultóricos y pictóricos adornan sus muros, hornacinas y la cúpula.

Al fondo, la figura del Apóstol Santiago, flanqueada por dos puertas, la de su izquierda nos lleva a una pequeña estancia con una lujosa pila de mármol en la que se lavaban estos nobles antes de de la ceremonia y de la misa.

El techo, con la cruz de Santiago, y la cúpula decorada con falsas ventanas al trampantojo, recurso pictórico muy utilizado en el Madrid barroco, como sabemos.

La otra puerta nos dirige a un patio delicioso.

El Convento de las Comendadoras de Santiago esconde, además del gran patio central, otros seis patios más pequeños, como se puede apreciar en el detallado plano de Ibáñez de Ibero realizado hacia 1875:

Uno de estos patios se encuentra junto a la Sacristía de los Caballeros -arriba a la derecha del plano-, y también se encontraba en muy mal estado. Es el hoy conocido como Patio de Moradillo.

Al igual que en la Sacristía, los trabajos de restauración han permitido recuperar las pinturas murales primitivas. El deteriorado estado en que se encontraba el pequeño patio se podía apreciar en los paneles explicativos de las distintas fases acometidas por los restauradores que nos mostraron durante aquella primera visita.

Antes

Después

En la decoración primitiva del patio se utilizaron los mismos colores que en el interior, como podemos observar en las fotografías. E igualmente se recurrió al trampantajo, veamos el delicado pañuelito imaginario tendido en una de las falsas ventanas.

La antigua fuente de piedra también ha sido recuperada.

La Iglesia de las Comendadoras permanece cerrada. Sí ha terminado, según se ha publicado recientemente, la restauración del lienzo del gran pintor barroco Lucas Jordán, el Santiago Apóstol en la Batalla de Clavijo, del siglo XVII, que se encuentra a salvo en una de las estancias próximas a la parroquia y volverá a su lugar, el Altar Mayor, una vez terminen las obras de consolidación estructural y restauración de la Iglesia, del Zaguán y las Torres del Convento.

Según estas noticias, podría ser la próxima primavera.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

 

… Continuamos con nuestra visita a la Hermandad del Refugio y su iglesia, guiados por Carlos Osorio, autor del blog Caminando por Madrid. Como decíamos, la Iglesia de San Antonio de los Portugueses, hoy llamada de los Alemanes, fue construida entre los años 1624 y 1630. Los planos pudieron ser realizados por Pedro Sánchez, o por Juan Gómez de Mora, o quizá éste último únicamente supervisó las obras en su calidad de Maestro Mayor de la Villa, no se sabe con certeza (*). Pero lo que sí sabemos es que la estructura básica conservada es la original, una construcción del siglo XVII, ejemplo del Barroco madrileño.

Después de la visita a la sede de la Hermandad, de vuelta al zaguán, tras la puerta que indica “San Antonio” se halla el despacho parroquial. Cruzamos otra puerta y accedemos a la Sacristía, donde además de los muebles y elementos propios del lugar, donde parece que el tiempo se ha detenido, se encuentran algunas obras de arte de enorme valor. Dos pinturas de Vicente Carducho, procedentes del retablo original del siglo XVII. Ambos cuadros están a la espera de una restauración y, según nos cuentan en la iglesia, después probablemente vuelvan a dicho Retablo Mayor, su primer emplazamiento, con el fin, dicen en la parroquia con cariño, de que pueda ser disfrutado por todos.

En la Sacristía se encuentra también otra de las joyas que esconde este lugar, un Cristo Crucificado espléndido, una talla de gran perfección, de la Escuela madrileña del siglo XVII, atribuido a Alonso de Mena.

Y de aquí pasamos al templo. A pesar de no ser la primera vez que visito la iglesia, la sensación que me produce sigue siendo de sorpresa y de emoción. La planta ovalada y los frescos que cubren el techo y los muros sin interrupción, una superficie de casi mil quinientos metros cuadrados, crean un espacio que te envuelve completamente y te traslada a un mundo fantástico, al arte del Barroco en todo su esplendor. Nuestra mirada recorre primero la impresionante bóveda que representa a San Antonio de Padua en la Gloria. Los pintores de la escuela madrileña Juan Carreño de Miranda y Francisco Ricci, pintores del Rey, la crearon en 1662 según bocetos de Agostino Mitelli y Michele Angelo Colonna, los mejores especialistas italianos en pintura al fresco que, de la mano de Velázquez, trajeron a Madrid las técnicas de las perspectivas fingidas para bóvedas y muros, imitando espacios arquitectónicos. Esta bóveda ofrece uno de los trampantojos más espectaculares de Madrid. Entre las falsas columnas se hallan representados ocho santos portugueses o españoles, y debajo escenas de su vida.

Solo veintiocho años después hubo de ser restaurada, tarea que llevaría a cabo Lucas Jordán, quien introdujo algunos cambios, sobre todo detalles barrocos, como los capiteles, o la sustitución de columnas lisas por columnas salomónicas. Además realizó las pinturas de las paredes, simulando grandes tapices, de forma que la mayor parte de la obra pictórica corresponde a este gran pintor y decorador italiano. En la parte superior, Jordán representó escenas de los milagros de San Antonio, que Carlos va contándonos uno a uno, mientras nosotros vamos observando las imágenes, y toda la narración, la que escuchamos y la pintada, va cobrando sentido. En la parte inferior los angelitos y otras figuras alegóricas recogen los tapices fingidos.

El Retablo Mayor original estaba formado por obras de Vicente Carducho –dos de ellas se encuentran en la Sacristía, como vimos- y de Eugenio Cajés, además de por la imagen de San Antonio de Padua, del escultor Manuel Pereira. En 1724 fue transformado en un retablo barroco. El actual, de mármol, data de 1765, época de Carlos III. Es obra del arquitecto Miguel Fernández y del escultor Francisco Gutiérrez, cuyos angelitos recuerdan a los que por esa misma época creó para la Puerta de Alcalá. Lo único que ha permanecido inamovible a lo largo de los siglos, en los tres retablos, ha sido la espléndida escultura de Pereira.

Otros seis retablos laterales típicos del barroco completan la decoración, construidos en madera que imita mármol, empleando la técnica del trampantojo ya comentada, muy habitual en el siglo XVII, técnica artística que simula, que aparenta, que intenta suplir la realidad, no solo con la pintura sino también con el empleo de materiales. Sobre cada uno de ellos, se encuentran seis óvalos con retratos de los reyes, pintados en el siglo XVIII por Miguel Jacinto Meléndez. El interior del templo está completamente construido mediante pinturas al temple, sin que exista ningún elemento arquitectónico real, incluso los retablos ligeramente retranqueados están decorados con pinturas. Este hecho es quizá lo que convierte este lugar en algo único en Madrid.

Nuestro guía, que no permite que se nos escape ningún detalle, nos muestra cómo en origen, las pinturas llegaban hasta el suelo, pero la parte inferior se perdió definitivamente debido a las humedades.

Podríamos permanecer allí un buen rato más, contemplando tanta belleza, pero va a comenzar la misa, y nos dirigimos a la Cripta, de planta de cruz latina, construida en ladrillo en los sótanos del templo. A la entrada una lápida recuerda a los tres fundadores de la Santa Hermandad, tras la cual se haya una pequeña estancia, no visitable, en la que reposan los restos de uno de ellos, don Pedro Lasso de la Vega.

Al fondo, la capilla, con una imagen de San Pedro Poveda, obra del escultor Pedro Requejo Novoa, instalada en 2006.

Una vitrina muestra objetos y documentos referentes a su pertenencia a la Hermandad desde 1930. Pedro Poveda vivió en Madrid, en la calle Alameda, desde 1921 en que fue nombrado Capellán Real, hasta su muerte en 1936, en los primeros días de la guerra. Fue declarado mártir en 1993, y canonizado en 2003.

Entre los nichos, llaman la atención dos de ellos, cuyas inscripciones nos trasladan a la Edad Media, y que guardan los restos de “S.M. Infanta Dª Berenguela Hija del Rey D. Alfonso X el Sabio, titulado el Emperador. Nació en 1253 y debió morir en 1276”, con 23 años. Y la “Infanta Doña Constanza, hija de Fernando IV El Emplazado y de Dª Constanza de Portugal. Debió morir en 1321 a los 5 o 6 años de edad”. En ambos casos, procedentes del derribado antiguo Convento de Santo Domingo.

Terminada la inolvidable visita, regresamos al mismo lugar en que comenzó nuestro paseo, y echamos un último vistazo a la escultura de piedra que representa a San Antonio, observándola de cerca. La mirada, las manos, los pliegues de la ropa… es asombroso que haya podido permanecer en su hornacina, en esa esquina tan discreta, a lo largo de los siglos, que haya sobrevivido a guerras, reformas y cambios de dueños. Como la escultura del Retablo Mayor. Felizmente, allí, en su sitio, continúan las dos imágenes del santo portugués, esculpidas por el también portugués Manuel Pereira.

¡Muchas gracias, Carlos! Texto y fotografías por Mercedes Gómez

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(*) ACTUALIZACIÓN 24 junio 2016

Visitando la exposición I Segni nel tempo. Dibujos españoles de los Uffizi, en la sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, uno de los dibujos que llama nuestra atención es la Sección longitudinal de la iglesia de San Antonio de los Portugueses (h. 1624), firmado por Pedro Sánchez.

Como leemos en el Catálogo dirigido por Benito Navarrete, esta firma corrobora que el autor del proyecto de la iglesia madrileña fue el arquitecto jesuita, Pedro Sánchez, y no Juan Gómez de Mora, quien como Maestro Mayor de las Obras reales y de la Villa de Madrid sí debió ver y aprobar las trazas, aunque no las proyectó. Este dibujo junto a otro de la fachada conservado en la Hermandad del Refugio y Piedad avalan su autoría, que como decimos, no corresponde a Gómez de Mora como algunos autores han defendido.

La Plaza Mayor es sin duda uno de los lugares más bonitos de Madrid.

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Tiene sus orígenes en el siglo XV cuando nació en el exterior de la villa amurallada como plaza dedicada a mercado. Por aquellos tiempos el Mercado estaba en la Plaza de San Salvador -actual Plaza de la Villa-, pero con el fin de ahorrarse los pagos de impuestos, los vendedores comenzaron a quedarse en las afueras, en la entonces Plaza del Arrabal, que con el tiempo se convertiría en la plaza y mercado principal.

En 1580 Felipe II ordenó a su arquitecto Juan de Herrera su remodelación, cuyo primer paso fue el derribo de las modestas casas existentes. Diez años después comenzó la construcción de los nuevos edificios. Las obras a cargo de Diego Sillero, comenzaron por La Casa de la Panadería, en su lado norte.

Fue finalizada en 1619, bajo la dirección de Juan Gómez de Mora, reinando ya Felipe III. El pasado mes de noviembre la Plaza Mayor ha cumplido 390 esplendorosos años.

“Plaza Mayor”, Juan de la Corte 1623. (Museo de Historia)

La Casa de la Panadería recibió este nombre debido a que allí, en su planta baja, fue instalada la tahona pública o despacho de pan; en la planta sótano se situaron las caballerizas de los panaderos. El primer piso fue destinado a Salón Real, dependencias para uso privado de los Reyes, donde podían descansar, recibir a sus invitados y desde cuyos balcones asistían a todos los festejos que tenían lugar en la Plaza.

Detalle del cuadro “Plaza Mayor” de Juan de la Corte, 1623.

Durante sus casi cuatro siglos de vida la Panadería ha sufrido incendios, reconstrucciones, restauraciones, consolidaciones, rehabilitaciones y todo tipo de reformas.

En el segundo de los tres grandes incendios que ha padecido la Plaza Mayor, el 20 de agosto de 1670, la Casa de la Panadería quedó prácticamente destruida, únicamente se salvaron el sótano, formado por 56 pilastras de granito cubiertas por bóvedas de ladrillo, y la planta baja, con 11 soportales con arcos de medio punto sobre columnas adosadas.

Sótano en 1985

Soportales (2009)

Soportales

Durante los dos años siguientes, sobre estos elementos originales, el edificio fue reconstruido por el arquitecto Tomás Román.

El nuevo Salón Real estaba formado por dos estancias exactamente iguales, la Cámara Real, con los balcones que se asomaban a la plaza, y detrás, la Antecámara. Tras finalizar su construcción ambas fueron espléndidamente decoradas.

Más de quince mil azulejos, realizados en Talavera de la Reina, fueron colocados en la escalera, el Salón, y las llamadas galerías de damas y caballeros.

Zócalo de azulejos en la galería de entrada al Salón.

La decoración de los techos de la escalera y de los dos salones, mediante pinturas al temple, fue encargada a los artistas Claudio Coello y José Jiménez Donoso.

Ambos realizaron tres frescos en los que representaron al Reino, a la Villa y a la Monarquía, entre dibujos de arquitecturas y motivos mitológicos.

Detalle Arquitecturas fingidas. Bóveda Salón Real. Coello y Donoso (1672-74)

En el siglo XVIII, durante la dinastía de los Borbones, el antiguo Salón Real fue destinado a otros usos. Entre 1745 y 1774 acogió a la entonces recientemente fundada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, hasta que fue trasladada a su sede de la Calle de Alcalá, donde continúa. Y entre 1774 y 1871, a la de la Historia, a su vez trasladada a la calle del León.

Después La Casa de la Panadería pasó a ser utilizada por el Ayuntamiento, sirviendo como segunda Casa Consistorial.

La primera restauración fue realizada en 1880, momento en que se instaló el Archivo de la Villa, hasta que algo más de 100 años después fue trasladado al Cuartel del Conde Duque.

Hoy día muy raramente se puede acceder al Salón Real, alguna “Noche en Blanco” y alguna jornada de la “Semana de la Arquitectura”, como este año, que no hay que desaprovechar. Aunque no siempre fue así, en los años 60 del pasado siglo XX la Casa de la Panadería estaba incluida en la lista de Museos de Madrid, con visita gratuita de 10 a 13 h., el Ayuntamiento mostraba su Historia.

Decía el diario ABC del 10 de marzo de 1967 que “el salón español más típico del siglo XVII” se encontraba en el primer piso, con sus pinturas al temple, los zócalos de azulejos, tapices tejidos por flamencos, cuadros cornucopias, lámparas… que al año visitaban unas 500 personas.

En 1997 se acometió la restauración del histórico Salón Real, según proyecto del arquitecto municipal Joaquín Roldán.

En esos momentos no se sabía con certeza cómo fue realmente en el pasado, era un misterio, ¿cómo era posible que aquel lugar tan estrecho hubiera acogido el lujoso Cuarto Real?, y ¿cómo se comunicaba con la oscura estancia a sus espaldas?. Por los planos antiguos se sabía que originalmente ambos espacios estaban unidos, pero se desconocía en qué forma. Se apreciaban tres huecos, pero no cómo estaban construidos.

Planos 1ª planta Casa de la Panadería. Cipriano Gómez, Arquitecto del Ayuntamiento. 1888.

Y es que antes de 1948 se había levantado un tabique entre ambas salas, quedando el antiguo Salón Real dividido en dos habitaciones que fueron destinadas a biblioteca y sala de investigadores. Eran los tiempos en que la Panadería aún albergaba el Archivo de la Villa.

Las obras de rehabilitación habían comenzado el 1 de diciembre de 1996 con el objetivo de reproducir el Salón tal como era en sus orígenes, cuando uno de los restauradores localizó una imagen en un libro, en la que se apreciaba perfectamente que los dos espacios entonces tabicados eran una sola estancia separada por tres vanos con arcos de medio punto. Fue sin duda un hallazgo importantísimo y emocionante.

Salón Real en “La mitología en la pintura española del Siglo de Oro”, de R.López Torrijos

El proyecto se basó en la reapertura de dichos arcos, con el fin de devolver al Salón su forma original, lo cual, después de varias dudas y cambios de planes, debidos sobre todo a falta de presupuesto, pudo llevarse a cabo. El Consistorio dio luz verde, y la antigua estructura pudo ser recuperada.

Arcos tapados (F.Molina S.A.)

Apertura de los arcos en 1997 (F.Molina S.A.)

Los muros fueron revestidos de entelados de damasco de color oro nápoles, el “color de la realeza”, intentando rememorar la antigua decoración.

Reabiertos los arcos, se procedió a la restauración de la azulejería y de la extraordinaria pintura barroca.

Aunque han sufrido múltiples recolocaciones y reformas a lo largo de los siglos, pues según iba siendo necesario debido al deterioro se fueron incorporando piezas nuevas, algunos de los azulejos conservados son los originales del siglo XVII.

Galería de acceso al Salón Real

En cuanto a las tres pinturas originales, las de la escalera han desaparecido. En ellas se representaban los Escudos del Reino de Castilla y León.

En la antigua Antecámara hay una copia que reproduce fielmente el original también desaparecido, realizada por Arturo Mélida en 1901. “Se pintó al fresco reproduciendo el antiguo temple” tal como podemos leer en la propia pintura, que en su centro representa el Oso y el Madroño, el Escudo de la Villa de Madrid.

Antecámara. Copia realizada en 1901 por Arturo Mélida.

Únicamente se conserva la pintura del Salón principal, la Cámara que da a la plaza, con el Escudo de la Monarquía, rodeado de las Virtudes Cardinales en el centro, y en los laterales una serie de arquitecturas fingidas, con ocho lunetos simulados al trampantojo, dos de ellos con el escudo de Madrid y los otros seis con los trabajos de Hércules.

Salón Real. Claudio Coello y José J. Donoso (1672-1674).

En 2005, el Ayuntamiento emprendió una nueva reforma de la Casa de la Panadería. Desde entonces el Salón Real está destinado a la celebración de bodas civiles que hasta ese momento habían tenido lugar en los jardines de Cecilio Rodríguez en el Retiro.

¿Era esto necesario?, ¿no hay otro lugar para celebrar las bodas?.

Comprendo que no estamos en el siglo XVII sino en el XXI, pero confieso que la ansiada visita al Salón Real en un primer momento me defraudó. No esperaba esas paredes, columnas y arcos pintados de blanco, ni las sillas transparentes de diseño moderno, como las de una oficina o salón cualquiera.

Tapices del siglo XVII continúan adornando las paredes, y costosas alfombras cubren los suelos. Pero el pequeño salón de actos instalado en la antigua Cámara, en nada sugiere la historia que encierran estas estancias.

Quizá esperaba encontrar una recreación del histórico Salón de los Austrias, como parece pretendió la anterior alcaldía al recuperar la antigua estructura.

2009

Octubre 2009

Menos mal que allí siguen los azulejos, y la maravillosa pintura de Coello y Donoso, dos joyas auténticas que perviven en el antiguo Salón Real, a cuyos balcones hoy os invito a asomarnos, para contemplar la Plaza Mayor, por una vez, desde el lugar que antaño lo hicieran los reyes.

por Mercedes Gómez

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Bibliografía:

COAM. Arquitectura de Madrid. 2003.

Diario El País.

Rosa López Torrijos.”La mitología en la pintura española del Siglo de Oro”. Ed. Cátedra. Madrid 1985.

Empresa F.Molina Obras y Servicios.

Salvador Pérez Arroyo. “La Casa de la Panadería. Apuntes para una reconstrucción de su evolución tipológica”. Revista Villa de Madrid. Año XXIII, nº 86. Madrid 1985.

Antonio Perla. “Los zócalos de azulejería de la Casa de la Panadería de Madrid”. Revista Restauración & Rehabilitación, nº 23, 1998.

Visita a la Casa de la Panadería, Semana de la Arquitectura, octubre 2009.
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Como decíamos al final del artículo dedicado a los Trampantojos en Madrid, los ejemplos son interminables, las calles y los museos están llenos de sorpresas que nos proponen este juego ilusionista, puedes encontrarlos en los lugares y momentos más insospechados.

Una de las últimas que he disfrutado ha sido perfecta, el engaño, la trampa a mis ojos, se produjo; no estuve segura de que no se trataba de unas verdaderas cortinas hasta que no me acerqué y pude comprobar que eran falsas.

Nature os Visual Illusion

En una de las salas de la exposición Juan Muñoz. Retrospectiva, en el Museo Reina Sofía, en la que se encuentra la obra “Enano con tres columnas”, dos de las paredes están adornadas por unas enormes ¿cortinas?, una de ellas se abre sugerente y pide que te acerques a mirar qué hay detrás, olvidando la escultura en principio protagonista, situada en la otra esquina. Pero tras las cortinas no hay nada, únicamente el muro, se trata de una ilusión visual, una pintura, las Cortinas de la “Naturaleza de la Ilusión Visual” (Curtains from the “Nature of Visual Illusion“).

Pintura acrílica sobre lienzo, realizada en 1994, sus dimensiones son variables según el montaje. Pertenece a una colección particular, aunque se encuentra en depósito en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, el MACBA.

Juan Muñoz es conocido sobre todo por sus increíbles esculturas, por eso quizá resulta inesperado el trampantojo, pero, como muchos grandes artistas, fue un hombre polifacético, lleno de imaginación. Su arte abarca la pintura, el dibujo, incluso el sonido, utilizado en sus famosas piezas radiofónicas. Ilustró textos, y él mismo escribió. Todo ello lo podemos encontrar en la exposición.

Y como buen artista total no fue ajeno a las arquitecturas barrocas, los suelos con formas geométricas forman parte de algunas de sus obras. Y, cómo no, también las ilusiones ópticas.

por Mercedes Gómez

trampantojo.
(De trampa ante ojo).
1. m. coloq. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.
(Real Academia Española)

Es más conocida la expresión francesa “trompe l’oeil”, engañar al ojo, aunque ahora comienza a utilizarse la palabra española, trampantojo, trampa a los ojos.

El trampantojo es una técnica pictórica que simula, que aparenta, que intenta suplir la realidad. Los trampantojos pretenden engañar, esta es su principal característica, no debemos confundirlo con la pura imitación o el realismo. Simulan objetos, perspectivas, paisajes, o materiales (madera, mármol…) con el objetivo de ocultar defectos, decorar, ampliar o simplemente alegrar una pared, una estancia, o una medianería. Puertas falsas, o que imitan madera, ventanas sin fondo, celosías dibujadas, personajes inmóviles,… escaleras que no llevan a ninguna parte… Los pintores utilizan la perspectiva para engañarnos y darnos sensación de realidad. Como en el edificio de la Plaza de los Carros donde los balcones falsos se confunden con los verdaderos.

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Plaza de los Carros

Se trata de un recurso muy antiguo, ya los griegos y romanos lo utilizaron; en el Renacimiento dio profundidad a los techos y a las paredes de iglesias, palacios, etc., pero sin duda fue el Barroco su época de mayor brillo. Durante el siglo XVII fue habitual su uso tanto en la pintura, sobre todo en el bodegón, como en las bóvedas, techos y muros de edificios.

Desde el pasado 24 de octubre 2006 al 7 de enero 07, tuvimos ocasión de poder visitar una exposición en el Museo del Prado sobre Bodegones españoles con un título muy significativo, “Lo fingido verdadero“, tomado de una obra de Lope de Vega. El “Cesto con melocotones y ciruelas” de Pedro de Camprobín es un magnífico ejemplo del bodegón barroco español que recurre al trampantojo, al efecto de engaño visual, la fruta parece que se sale del cuadro, que quiere salirse del marco:

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La cortina fue otro de los primeros recursos utilizados, también las barandillas; las figuras que se asoman son algo habitual en la pintura del XVII. Otro tema del trampantojo es fingir las figuras dentro de un marco. Un ejemplo, aunque no se encuentra en Madrid, sino en la National Gallery de Londres, es el Autorretrato de Murillo (1670).

Velázquez, durante su segundo viaje a Italia (noviembre 1648 – junio 1651), con el fin de completar la decoración del Alcázar, contactó con los mejores especialistas italianos en pintura al fresco, y así fue cómo se fraguó el viaje a Madrid de Agostino Mitelli y Michele Angelo Colonna para trabajar al servicio de Felipe IV. Mitelli y Colonna realizaron varias obras para el Alcázar, lamentablemente perdidas. Tres frescos decoraron los techos de las habitaciones cercanas al “cuarto bajo” , la bóveda central del Salón de los Espejos y una Galería en los Jardines de la Reina. Estos artistas, los más prestigiosos en Italia, llegaron a Madrid en 1658 y se alojaron en la Casa del Tesoro. Ejercieron una gran influencia sobre los pintores del barroco madrileño, introduciendo las técnicas de las perspectivas fingidas para bóvedas y muros, que ellos dominaban, y que imitaban espacios arquitectónicos. Pintores de la escuela madrileña, como Ricci o Carreño de Miranda.

Palomino, cronista en el siglo XVIII, explica muy bien cómo funcionaba este juego ilusionista:

“En esta galería pintó Mitelli todas las paredes, enlazando algo la arquitectura verdadera con la fingida, con tal perspectiva, arte y gracia, que engañaba la vista, siendo necesario valerse del tacto para persuadirse que era pintado. De mano de Colonna fueron las figuras fingidas, y los festones de las hojas, y de frutas, y otras cosas movibles, y un muchacho negrillo que bajaba por una escalera, que éste se fingió natural, una pequeña ventana verdadera, que se introdujo en el cuerpo de la arquitectura fingida; y es de considerar que, dudando los que miraban esta perspectiva, que fuese fingida esta ventana (que no lo era), dudaban que fuese verdadera, causando esta equivocación la mucha propiedad de los demás objetos, que eran fingidos”.

Como en la plaza del Comandante de las Morenas, en el edificio que desde el número 1 se asoma a la Calle Mayor y en cuya medianería los verdaderos ventanucos se mezclan con las falsas ventanas

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Plaza del Comandante de las Morenas

El barroco madrileño nos ofrece varias muestras perfectas de esta técnica pictórica.

En el Monasterio de las Descalzas Reales hay maravillosos ejemplos: La escalera principal del palacio, del siglo XVI, es realmente espectacular. Los murales sin embargo son la mayoría del siglo XVII, obra de pintores de la Escuela Madrileña. Claustros y jardines con estatuas provocan la ilusión óptica de que la escalera se prolonga más allá de la realidad. Puro trampantojo. En la Sala Capitular también las paredes están completamente cubiertas de obras pictóricas. Pinturas murales y catorce lienzos clavados en la pared simulando frescos enmarcados por arquitectura fingidas. La culminación del trampantojo es la “Capilla del Milagro” , aunque se encuentra en la clausura y no forma parte de la visita.

Toda la capilla está decorada de forma ilusionista al trampantojo. Hasta la puerta de entrada pretende engañar, es de madera pero simula una reja de bronce dorado. Las dos estancias, la antecapilla y la capilla propiamente dicha están decoradas con maravillosas pinturas de arquitecturas fingidas y falsas esculturas.

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La Capilla del Milagro, Monasterio de las Descalzas Reales
(en BONET CORREA, “Iglesias madrileñas del siglo XVII“)

La Bóveda de la iglesia de San Antonio de los Alemanes “San Antonio de Padua en gloria” (1665-1668), de Juan Carreño, es otro magnífico ejemplo, una obra maestra. Juan Carreño de Miranda (1614-1685), fue Pintor del Rey en 1669 y Pintor de Cámara en 1671. Contemporáneo de Francisco Ricci, ambos trabajaron en las decoraciones al fresco y al temple de San Antonio de los Alemanes, y ambos trabajaron juntos también en otras obras perdidas, como las de la iglesia de Atocha, o en el Alcázar, donde lo hicieron a las órdenes de Mitelli y Colonna. Mateo Cerezo, J. Martín Cabezalero, F. Ignacio Ruiz de la Iglesia, Jiménez Donoso y Claudio Coello fueron otros pintores de la escuela madrileña, discípulos de Carreño.

La cúpula de la Iglesia del Sacramento (1690-1744, reconstruida en los años 40 del siglo XX), en la calle del mismo nombre, y actualmente Iglesia Arzobispal de la Fuerzas Armadas, está decorada también con fantásticos trampantojos.

En la Capilla de la Iglesia de la Venerable Orden Tercera (1679-1686), junto a San Francisco el Grande, el techo de la Sacristía, obra de Teodoro Ardemans, representa personajes asomados a una barandilla una vez más, y arriba el cielo y el “arrebato de San Francisco”. Durante la visita a esta iglesia la guía comenta que quizá Goya pudo inspirarse en esta obra para realizar sus frescos de San Antonio de la Florida.

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Sacristía de la Capilla de la VOT, obra de Teodoro Ardemans

Sobre la escalera del Hospital de dicha V.O.T., el techo también es obra de Ardemans, y en su capilla abundan los falsos mármoles y dorados.

El interior de la ermita de San Antonio de la Florida, edificio construido entre 1792 y 1798 según diseño de Felipe Fontana, presenta una impresionante decoración al fresco realizada por Francisco de Goya. En la cúpula, alrededor de una barandilla fingida y con un fondo de paisaje, una multitud de personajes del pueblo asisten al milagro de San Antonio, que resucita a un hombre asesinado para que testifique la inocencia de su padre, acusado del crimen.

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San Antonio de la Florida (en “Guía de San Antonio de la Florida”)

Pero no todos los trampantojos se encuentran en las iglesias o conventos. En los jardines de El Capricho, hay un pequeño embarcadero junto a la desembocadura de la ría, conocido como la Casa de Cañas, por estar revestido de dicho material; el edificio incluía un pequeño pabellón de reposo que servía como comedor ocasional. El autor es Ángel María Tadey, pintor, decorador, escenógrafo y tramoyista milanés, que entre 1792 y 1795 construyó una serie de edificios para disfrute de los visitantes.

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Casa de Cañas, Jardines de El Capricho

Tanto el interior del embarcadero como el salón están decorados con pinturas murales que simulan falsa arquitectura, con la técnica pictórica del trampantojo que sirve para que el espectador que está dentro de los edificios pueda contemplar un paisaje dibujado a través de huecos también pintados. En el embarcadero unos falsos cortinajes simulan el interior de una tienda de campaña, y en el comedor unas finas columnas sostienen un toldo. A través de los huecos pintados en los muros el espectador contempla un paisaje inexistente a la vez que contempla la realidad por las ventanas auténticas. Al igual que el edificio, los murales fueron restaurados entre 1999 y 2001.

Otro edificio es la Ermita o Casa del ermitaño. Tadey quiso darle un aspecto de ruina y envejecimiento para lo cual pintó el exterior resquebrajado utilizando la misma técnica, al reproducir en los muros exteriores e interiores falsas grietas, ventanas inexistentes y mobiliario fingido. Restaurada en 2001, eliminando la capa de enlucido que escondía los trampantojos, consiguiendo también en el interior una iglesia también en ruinas, con falsas esculturas, etc.

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Ermita, Jardines de El Capricho

Pero volvamos al siglo XVII, época en la que además del fresco ilusionista fue habitual la construcción de elementos de Arquitectura fingida. Se trataba de arquitecturas construidas a propósito para los festejos espectaculares, como las entradas de nuevas reinas, etc. Normalmente, la arquitectura para dichos festejos de la Corte del Barroco eran efímeras, construidas especialmente para la ocasión, por lo que raramente se utilizaba la piedra, sino la madera, pasta de papel o la tela, materiales con los que se construían fachadas, arcos, obeliscos, castillos, montañas, galerías, perspectivas fingidas… Al final de las celebraciones los materiales se subastaban y eran reutilizados, sobre todo la madera. En su construcción participan todos, arquitectos que diseñaban, pintores que decoraban, escultores, maestros de obras, carpinteros, sastres, “maestros de apariencias” en definitiva.

Un ejemplo: en 1680, se construyó la Galería o Calle de los Reinos, arquitectura fingida levantada para decorar el recorrido de la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans, futura esposa de Carlos II, a la salida del Real Sitio del Buen Retiro, en el paso que comunicaba el palacio con el Prado de San Jerónimo. Su traza fue obra de Claudio Coello y José Jiménez Donoso.

Hoy día cada vez más ciudades en el mundo lo utilizan para decorar sus calles, y no únicamente las paredes, sino también el suelo. Es famoso Julian Beever que ha trabajado en varios lugares del mundo (Reino Unido, Francia, EEUU, etc.) y llegó a Madrid en julio del pasado año 2007 para mostrarnos su habilidad. Podríamos decir que se trata de un recurso artístico muy distinto a los graffiti, ya que únicamente busca decorar, alegrar, mejorar, de una forma constructiva, cosa que no siempre ocurre en el otro caso.

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Graffiti en la Calle del Doctor Esquerdo, 33

A sí mismos, los grafiteros se llaman “escritores”, incluso son valorados en ciertos círculos artísticos convencionales. El año 2006 hubo una exposición de grafitis en Leganés, el “Museo del Graffiti” al aire libre. Y aunque en teoría el graffiti también tiene una dimensión creativa, y de ellos podemos encontrar muestras en Madrid, la realidad es que en muchos casos tiene un componente de egocentrismo, y en la mayoría de ellos supone un problema para las ciudades. A veces no parece claro el límite entre el presunto arte de algunas acciones y la simple falta de civismo por parte de los autores de la mayoría de pintadas sobre monumentos, mobiliario urbano, etc. Madrid gasta cerca de seis millones de euros al año en la limpieza de los muros, estatuas, etc. Muchos de los mejores trampantojos madrileños están manchados por los graffitis, como el de la calle de la Montera

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Calle de la Montera nº 22

Aunque hay otros casos muy interesantes como el de “el Tono”, antiguo grafitero en París y actualmente “pintor de puertas” en Madrid. Uno de los muros de la Fundación Elorz, en la calle Conde Peñalver, que fue antigua cárcel en la que estuvo Miguel Hernández, hoy Residencia con un bonito jardín, muestra una de sus “obras”.

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Calle Juan Bravo, 50

Gran parte de los murales y trampantojos que decoran Madrid hoy día datan de los años 80 del pasado siglo XX. Como los de Puerta Cerrada, obra de Alberto Corazón, realizados en 1983. Uno de ellos, el “Gallo carnicero”, que nos observaba desde la medianería del nº 3 de la plaza, junto al enorme río de frutas y verduras que adornan el muro vecino, desapareció en 1995, al producirse una reforma en el edificio. Sí pervive el falso paisaje del edificio contiguo, así como también enfrente, la celosía de madera con falsas enredaderas junto al pedernal que nos recuerda que Madrid fue sobre agua edificada y que sus muros son de fuego, antigua leyenda.

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Puerta Cerrada

Alberto Pirongelli es el autor de varios de los trampantojos más conseguidos, como el que podemos contemplar subiendo por la cuesta de la Carrera de San Francisco, a espaldas de la iglesia de San Andrés. Resulta difícil diferenciar la falsa fachada de la verdadera.

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Carrera de San Francisco

Este pintor y extraordinario muralista es autor también del de la plaza de los Carros, de la calle San Bernardo y de la calle de la Montera.

Otros trampantojos, muy cerca, en la calle Segovia o en la Costanilla de San Andrés muestran un recurso bastante habitual, los falsos sillares dibujados en las paredes de los edificios.

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Calle Segovia

En la calle de la Cruz, allá donde en el siglo XVII estuviera el Corral de Comedias, bajo el cielo azul una calle imaginaria se abre ante nuestros ojos.

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Calle de la Cruz

A un paso de la Plaza Mayor nos saludan los personajes creados por Antonio Mingote que se asoman en animada tertulia a los balcones de la Calle de la Sal

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Calle de la Sal

En la Cava Baja el amable cocinero nos invita a entrar en la antigua Posada de la Villa

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Cava Baja

Incluso decorando lonas publicitarias o simplemente ocultando las obras en los edificios. Hay preciosos trampantojos por toda la ciudad, y no únicamente en el centro. En la calle Azcona, esquina con Francisco Silvela, algo deteriorado, un reloj de sol en Embajadores, etc.

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Calle Azcona

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Calle Escorial

El Madrid del siglo XXI continúa escribiendo páginas en su contribución a la historia del arte. Comprobar que las técnicas descubiertas en la más remota antigüedad y llevadas a la más pura perfección en el siglo XVII son utilizadas hoy día de esta forma resulta muy gratificante.

Los ejemplos son interminables: Una antigua corrala, a un paso de la Castellana, en la calle Fernández de la Hoz, luce un gran trampantojo dibujado por el artista José Luis Tirado en 1987, que representa a un gigante avanzando entre los edificios. Es propiedad del Ivima que al parecer tiene intención de vender el edificio, sin duda situado en un lugar muy cotizado, y realojar a los inquilinos.

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Calle Fernández de la Hoz, 63

O las clásicas pinturas del Palacio de Abrantes en la calle Mayor. O uno de los trampantojos más puros, desconocidos y acertados en su propósito de engañarnos, la falsa puerta en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se trata de un maravilloso tapiz que reproduce la antigua y desaparecida puerta de entrada al Palacio, obra de Churriguera, anterior a la restauración del edificio de la calle de Alcalá.

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Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Y por fin, en la calle Alfonso XI, bajando desde el Retiro por la calle Valenzuela vemos un trampantojo con el palacio de Correos -hoy palacio de Cibeles- al fondo, más emparentado con el arte moderno que ninguno de los visitados hasta el momento. Obra de Vaquero Turcios, simula altos edificios en blanco y negro, y es de los más fotografiados y a menudo utilizado en películas y spots publicitarios.

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Calle Alfonso XI

Ya únicamente resta animar a todos los posibles curiosos que hayan llegado hasta aquí, a pasear por Madrid, a “mirar” Madrid y continuar descubriendo los preciosos trampantojos y murales que adornan la villa. Y a cuidarlos, pues sin duda forman también parte de nuestro patrimonio artístico y cultural.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

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Bibliografía:

BONET CORREA, A. Iglesias madrileñas del siglo XVII. CSIC 2ª ed. Madrid 1984.

FEINBLATT, Ebria “A ‘Boceto’ by Colonna-Mitelli in the Prado“. The Burlington Magazine. Jul. 1965

GARCÍA GARCÍA, Bernardo J.. “Arquitectura y efectos de la fiesta“. SEACEX Catálogo “Teatro y fiesta del Siglo de Oro en tierras europeas de los Austrias”. Mayo 2003.

MARTÍN GONZÁLEZ, J.J. “Acerca del trampantojo en España”. Cuadernos de arte e iconografía, Tomo 1, Nº. 1, 1988.

Bodegones Españoles”. Folleto exposición. Museo del Prado. Octubre 2006.
El Real Alcázar de Madrid.” Catálogo Exposición 1994.
Las Descalzas Reales. Guía de Visita“.
San Antonio de la Florida“. Guía.
Paneles informativos en el Jardín de El Capricho.
Diarios El País 21 abril 2006, El País 11 julio 2007, ABC 21 nov 2006, El Mundo 27 agosto 06, ADN, 8 enero 2007.

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NOTA: La primera versión de este artículo, realizada entre los meses de julio 2006 y enero 2007, fue revisada y publicada en la web de Amigos del Foro http://www.amigosdelforo.es en junio 2008.

El trabajo sobre el Arte Urbano publicado en este blog, surgió como una continuación de estos Trampantojos en Madrid.

Una de las formas más antiguas de adornos en las fachadas de los edificios son los adornos escultóricos, como por ejemplo la representación de escudos, animales, ninfas, dioses…. Quizá el escudo de Madrid más remoto conservado sea el de la Casa del Pastor, del siglo XVII, que pervive instalado en una casa moderna obra del arquitecto Francisco de Asís Cabrero, construida en 1987 sobre la antigua, en la calle de Segovia:

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Majestuosas son en muchos casos las esculturas que coronan algunas azoteas, dibujándose sobre el azul del cielo madrileño.

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… desde el Círculo de Bellas Artes

Otra técnica de ornamentación muy antigua es el esgrafiado, mediante la realización de incisiones en los muros. Un ejemplo lo encontramos en el Cine Doré, precioso edificio construido en 1923, actual sede de la Filmoteca Española, en la calle Santa Isabel. El estarcido, pintura mediante plantilla, también es una técnica antigua que puede contemplarse en muchos edificios, y que, por cierto, luego sería adoptada por los grafiteros.

estarcido

La cerámica es otro recurso tradicional en Madrid, aplicado a la arquitectura. Lo encontramos en las fachadas de muchas construcciones, algunas monumentales, y en muchos comercios, en tabernas, farmacias, peluquerías, en antiguas hueverías convertidas en bares…

Calle de la Palma

Calle de San Vicente

A finales del siglo XIX o principios del XX, algunos arquitectos utilizaron azulejos en las fachadas. De Ricardo Velázquez Bosco –que trabajó con Daniel Zuloaga- son el Palacio de Cristal y el Palacio de Velázquez en el Retiro, ambos con numerosos y delicados detalles cerámicos.

Palacio de Velázquez (detalle)

Palacio de Velázquez (detalle)

Algún tiempo después comenzó a utilizarse en las tiendas, a modo de reclamo publicitario. Un precedente de la decoración con azulejos en las tiendas fueron las tablas de madera pintadas, típicas del comercio que se desarrolló entre los años 1880 y 1930. Aunque en su interior todo haya cambiado, aún existen muchos locales con las antiguas portadas de madera, alguno de ellos quizá rememore aquellas antiguas tiendas, como esta librería de la calle de La Palma:

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En Madrid trabajaron grandes ceramistas y pintores, sobre todo procedentes de Andalucía, desde los comienzos del siglo XX. Enrique Guijo, entre los primeros, y Alfonso Romero Mesa entre los segundos, quizá fueron los más influyentes en la arquitectura madrileña, permaneciendo sus firmas en muchos lugares de Madrid. Aunque también quedan bonitos restos al estilo de Manises, como en la Taberna Dolores, firmados por Valcárcel en 1928.

Después de 1939 la azulejería desapareció, se eliminaron estos elementos de las fachadas, y las tiendas comenzaron a sufrir un impuesto sobre publicidad exterior, de forma que muchas de las portadas se taparon con pintura. Años después muchas de ellas se recuperaron.

Farmacia calle de San Andrés

Farmacia calle de San Andrés

Son variadas las formas en que la cerámica puede ser utilizada, como en esta fuente en un pequeño jardín en la plaza del Marqués de Corbera, en que las teselas, o pequeños trozos de cerámica son irregulares:

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También en el Retiro encontramos uno de los más curiosos murales. A la entrada, por la Puerta de la Independencia, poco antes de llegar a la fuente de los Galápagos, las paredes de la casita del Teatro de Títeres están adornadas por unas enredaderas llenas de plantas, lo cual no debería sorprender en un jardín, pero al acercarnos se puede comprobar que son falsas, se trata de azulejos decorados al trampantojo.

Teatro de Titeres

Teatro de Títeres

Incluso la antiquísima técnica de la vidriera se puede observar en algunos portales antiguos, o no tan antiguos ventanales madrileños, como en este café de la calle de Alcalá:

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Y la pintura por supuesto. Los artistas comenzaron a pintar sobre paredes mucho antes que sobre tablas o telas. Desde la pintura prehistórica hasta las modernas pinturas que hoy día adornan la ciudad, la historia es larga.

La Posada del Peine, en la calle de Postas, cuyo origen se remonta al siglo XVII, luce esplendorosa las recientemente restauradas pinturas, así como los azulejos, del actual edificio construido en el siglo XIX. La Casita del Pescador en el Retiro, uno de los “Caprichos” creados por Fernando VII después de la Guerra de la Independencia. O la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor, cuya fachada siempre estuvo adornada por pinturas. Las actuales son obra de Carlos Franco y fueron realizadas en 1992.

Desde comercios tradicionales hasta modernos locales en los que jóvenes artistas o grafiteros ofrecen su aportación al muralismo urbano.

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Calle Marqués Viudo de Pontejos nº 5 (pintura sobre espejo)

Calle de San Andrés

Garaje en la Calle de San Andrés

Un ejemplo reciente y -como muchas veces las cosas nuevas- discutido, lo encontramos en la calle de Campoamor en que los dibujos de Jack Babiloni han pasado a decorar uno de los señoriales edificios de esa zona de Madrid:

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por Mercedes Gómez

Continuará…

El Convento de las Comendadoras de Santiago esconde, además del gran patio central, otros seis patios más pequeños, como se puede apreciar en el detallado plano de Ibáñez de Ibero realizado hacia 1875:

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Uno de estos patios se encuentra junto a la Sacristía de los Caballeros, y también se encontraba en muy mal estado. Es el hoy conocido como Patio de Moradillo.

Al igual que en la Sacristía, los trabajos de restauración han permitido recuperar las pinturas murales primitivas. El deteriorado estado en que se encontraba el pequeño patio se puede apreciar en los paneles explicativos de las distintas fases acometidas por los restauradores que nos mostraron durante la visita.

antes

Antes

ventanas

Después

En la decoración primitiva del patio se utilizaron los mismos colores que en el interior, como podemos observar en las fotografías. E igualmente se recurrió al trampantojo, veamos el delicado pañuelito tendido en una de las falsas ventanas.

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La antigua fuente de piedra también ha sido recuperada.

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La restauración del convento y algunas de las maravillosas obras de arte que encierra, continúa. Como la del lienzo del gran pintor barroco Lucas Jordán, el Santiago Apóstol en la Batalla de Clavijo, del siglo XVII, que esperemos pronto volverá a su lugar, el altar de la Iglesia, si es que no lo ha hecho ya.

Para comprobarlo, parece necesaria una visita a la iglesia de las Comendadoras de Santiago, en cuyo interior a veces el tiempo parece haberse detenido.

Texto y fotografías por : Mercedes Gómez

El pasado mes de octubre, durante la Semana de la Arquitectura, tuve ocasión de visitar la Sacristía de los Caballeros y el Patio de Moradillo, en el Convento de las Comendadoras, recientemente restaurados. Según nos contaron está previsto continuar con la restauración del conjunto arquitectónico y la creación de un Museo del Convento que esperamos permita el acceso del público a esta obra de arte.

El Convento de las Comendadoras y la Parroquia de Santiago el Mayor, situados en la plaza del mismo nombre, constituyen uno de los monumentos más importantes de Madrid, declarado Bien de Interés Cultural en 1970.

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Ocupa toda la manzana, rodeada por las calles del Acuerdo, Montserrat, Amaniel, plazuela de las Comendadoras y calle de Quiñones. Su imagen y el ambiente que transmite por un momento te transporta al siglo XVII.

Fue fundado en 1584, aunque la escritura para las obras no se firmó hasta 1667, las cuales fueron encargadas a los arquitectos José del Olmo y su hermano Manuel. En 1650 el rey Felipe IV se hizo cargo del patronato de las Comendadoras y mandó traer monjas de Valladolid, pero murió antes de iniciarse la construcción del monasterio; fue su viuda Mariana de Austria la que por fin dió inicio a las obras. Eran grandes las dificultades económicas que sufría Madrid en esa época, se tardaron casi 30 años, no finalizando la construcción hasta 1697.

En un Madrid poco dado a conservar sus edificios más antiguos, hay que resaltar que es el único monasterio madrileño que se conserva íntegramente, sin que ninguna de sus dependencias haya sido demolida, aunque fue reformado por Sabatini en el siglo XVIII por orden de Carlos III.

En el ángulo noreste del convento se encuentra la Sacristía de los Caballeros, una joya auténtica, construida por Francisco Moradillo entre los años 1746 y 1753, durante el reinado de Fernando VI. Una joya inesperada, oculta, pues no se ve desde la calle, es imposible, carece de fachadas y está construída en el interior del conjunto.

Bellísima, de estilo barroco, era el lugar donde se preparaban para el nombramiento de Caballeros de la Orden de Santiago, ceremonia que luego tendría lugar en la Iglesia.

Solo hace dos años, durante la magnífica exposición dedicada a la Colección Madrazo adquirida por la Comunidad de Madrid en 2006, instalada en algunas de las rehabilitadas salas y deambulatorios del convento, se podía vislumbrar, tras el cristal de la puerta cerrada, y con las luces apagadas.

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Una magnífica restauración ha permitido recuperar el antiguo esplendor, perdido por el paso del tiempo y las varias reformas sufridas. Ahora ha recobrado su aspecto primero, sus colores originales, pavimento, toda su espectacularidad.

La entrada tiene lugar por la calle del Acuerdo, nada mas traspasarla, a la derecha se encuentra la puerta de acceso a la Sacristía que aparece deslumbrante ante nuestros ojos:

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Detalles escultóricos y pictóricos adornan sus muros, hornacinas y la cúpula.

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Al fondo, la figura del Apóstol Santiago, flanqueada por dos puertas, la de su izquierda nos lleva a una pequeña estancia con una lujosa pila de mármol en la que se lavaban estos nobles antes de de la ceremonia y de la misa.

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El techo, con la cruz de Santiago, y la cúpula decorada con falsas ventanas al trampantojo:

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La otra puerta nos dirige a un patio delicioso, al conocido como Patio de Moradillo.

Continuará…

Texto y fotografías: Mercedes Gómez

Fuentes:
COAM. Arquitectura de Madrid. Madrid 2003.
GUERRA DE LA VEGA, Ramón. Madrid de los Austrias. Guía de Arquitectura. Madrid.


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