Uno de los primeros artículos publicados en este blog fue el titulado Trampantojos en Madrid. Luego, a lo largo de estos tres años, hemos descubierto algunos más, muy bonitos, los delicados dibujos de la Sacristía de los Caballeros en Las Comendadoras, las espectaculares arquitecturas fingidas de la iglesia de San Antonio de los Alemanes y las del Salón Real en la Casa de la Panadería, el moderno trampantojo de Juan Muñoz… Y otros muy sencillos, por las calles de Madrid, calle de San Quintín, Mayor, del Espíritu Santo… (este paseo lo dejamos para otro día), habitualmente simulando ventanas y balcones que parecen verdaderos.

Los trampantojos, en cierto modo, nos proponen un juego, una ilusión. Pueden ser bellos, divertidos y estimulan nuestra imaginación. Como decíamos en aquel primer post, se trata de un recurso pictórico muy antiguo, ya los griegos y romanos lo utilizaron, en el Renacimiento… pero sin duda fue el Barroco su época de mayor esplendor. Durante el siglo XVII fue habitual su uso tanto en la pintura, sobre todo en el bodegón, como en las bóvedas, techos y muros de edificios.

Hablábamos de los recursos empleados para conseguir este engaño visual, las figuras u objetos que parece que se salen del cuadro –hace poco hemos podido admirar el Bodegón de Antonio de Pereda-, la cortina, las barandillas con figuras que se asoman, elementos frecuentes en la pintura del XVII y aún después -recordemos los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida pintados por Goya a finales del siglo XVIII-.

En el caso de otro tipo de trampantojo utilizado en el Barroco, fingir las figuras dentro de un marco, citábamos uno, aunque sin imagen que ilustrara el ejemplo ya que no se encontraba en un museo madrileño, sino en la National Gallery de Londres, el Autorretrato de Murillo, que el pintor realizó hacia 1670.

Ahora y hasta el 30 de septiembre, podemos contemplar esta gran obra en Madrid, en el Museo del Prado, en la recientemente inaugurada exposición Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Autorretrato, Bartolomé Esteban Murillo. Óleo sobre tela, 122 x 107 cm, h. 1670 – 1673, Londres, The National Gallery.

Leemos en el cartel explicativo:

“Junto con el autorretrato de Velázquez en Las Meninas, se trata de uno de los más sofisticados e influyentes retratos de artistas de la España del siglo XVII. Pintado para sus hijos, según se indica en la inscripción, tuvo una gran difusión internacional gracias a un grabado publicado en 1682. Planteado como un cuadro dentro de un cuadro, esa lógica se altera sin embargo con la mano que se sale del marco. A la izquierda figuran un dibujo, una regla y un compás, que aluden al carácter intelectual de la actividad artística, y a la derecha su paleta y sus pinceles”.

Efectivamente podría parecer una pintura dentro de otra, o una figura ante un espejo, pero la mano que se apoya, que sale del marco, perfecta, llena de expresividad, lo cambia todo. Lo que podría haber sido un retrato convencional se transforma en una representación singular.

En fin, no es lo único que merece la pena ver en esta exposición. Frente a esta pintura, otro retrato, el de Justino de Neve, una obra maestra, pintada en 1665 y procedente también de la National Gallery.

En general, la muestra es extraordinaria. Son solo diecisiete obras, pero casi todas ellas deslumbrantes. Realizadas a raíz de su relación con don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla, importante mecenas y coleccionista de arte, que llegaría a convertirse en su amigo.

Las obras expuestas, que reflejan todo el espíritu del barroco sevillano y la plenitud de Murillo como artista, o fueron realizadas por encargo del religioso o pertenecieron a su colección privada. Lo que comenzó siendo una mera relación profesional entre ambos acabo siendo una relación personal gracias a la cual hoy podemos disfrutar de estas pinturas. Disfrutar del arte que nació de la amistad.

Por Mercedes Gómez

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Museo del Prado
Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad.

Hasta el 30 de septiembre de 2012.

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