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Se acaba de inaugurar en la Biblioteca Nacional la extraordinaria exposición Vicente Carducho. Teoría y práctica del dibujo en el Siglo de Oro, que podremos visitar hasta el próximo 6 de septiembre.

La muestra es el resultado del trabajo de sus comisarios Isabel Clara García-Toraño, Álvaro Pascual Chenel y Ángel Rodríguez Rebollo. Unos días antes tuvimos la suerte y el placer de asistir a las previas Jornadas El Dibujo madrileño en el siglo XVII, organizadas por la Biblioteca junto a la Fundación Universitaria Española. Ellos fueron solo tres de los grandes especialistas que participaron y nos ofrecieron dos días magníficos, hablándonos del arte y del dibujo en el Madrid del siglo XVII.

expo carducho

Aunque históricamente su obra se ha visto eclipsada por haber sido contemporáneo del genio Diego Velázquez, Carducho fue uno de los pintores más importantes en las primeras décadas del siglo XVII. En su propia época gozó de gran prestigio y fue muy prolífico, además fundó una Academia de Dibujo y su influencia fue decisiva en lo que hoy conocemos como Escuela Madrileña. Felizmente en la actualidad se está recuperando su arte y su figura.

Vicencio (o Vicente) nació hacia 1576 en Florencia. Llegó a España siendo un niño de unos 9 años -no se sabe exactamente porqué, siendo tan pequeño-, con su hermano Bartolomé que contaba con poco más de 25, quien como otros artistas italianos se trasladó al Escorial a trabajar para el rey Felipe II en la pintura de los frescos del Monasterio, con su maestro Federico Zuccaro.

Así, acompañando a su hermano, el joven Vicente se formó en un principio en el arte italiano, en el manierismo del Escorial, para llegar al barroco español que culminarían sus discípulos, que trabajaron con él en su obrador, sobre todo Francisco Ricci (o Rizi).

Con Juan Gómez de Mora, que era su amigo además de Maestro Mayor de la Villa, trabajó en diversos proyectos. En el Palacio del Pardo, que fue reconstruido tras su incendio en 1604, en la Torre de la Parada… en Madrid en la Iglesia del Convento de la Encarnación, etc.

Además de para el rey, y para los monasterios de patronato real, trabajó para la nobleza y para casi todos los conventos madrileños. El retablo del altar mayor de San Antonio de los Portugueses (luego de los Alemanes), del que se conservan dos pinturas en la Sacristía actual, la Santa Cena del retablo mayor de la iglesia de las Carboneras, de gran valor artístico, y también histórico ya que se conserva en su lugar desde que fue inaugurado en 1625. Etc.

Era el Madrid que dibujó Antonio Mancelli, con quien Vicente Carducho tuvo mucha relación, el Madrid de Felipe III, de su arquitecto Juan Gómez de Mora, los últimos años de Cervantes, el escultor Manuel Pereira que vivía en la calle de Cantarranas, actual Lope de Vega. Los comienzos del reinado de Felipe IV, el Madrid de Félix Castello, uno de sus discípulos, que también vivía en la plazuela de Antón Martín, de Luis de Góngora, otro amigo…

Plano de A.Mancelli (1621) (detalle)

Plano de A.Mancelli (1623) (detalle)

El Madrid de Lope de Vega, otro ilustre vecino y gran amigo que le mencionó en alguna de sus obras y que le dedicó un soneto:

A Vicencio Carducho, Pintor ilustre.

soneto de lope

Era el Madrid del Siglo de Oro.

Los Carducho vivieron y trabajaron, ya para siempre, en el barrio que hoy es conocido como de Las Letras, en torno a la Iglesia de San Sebastián, en cuyos archivos figuran algunos datos que nos hablan de su vida.

Vicente se casó con Francisca de Benavides el día 3 de febrero de 1608, siendo su hermano Bartolomé uno de los testigos.

Bartolomé Carducho tuvo su casa en la actual calle de Atocha 54, en Antón Martín, donde una placa municipal lo recuerda. Murió solo nueve meses después, en noviembre de ese mismo año 1608, con solo 48 años. Al año siguiente Vicente heredó el cargo de Pintor del rey Felipe III que antes había logrado su hermano.

Vicente Carducho tuvo tres casas-taller, cercanas entre sí:

En 1611 vivía en la esquina de las calles de Huertas y Echegaray.

echegaray huertas

En 1614, en la calle del Prado actual nº 4, donde una placa también lo recuerda.

placa calle prado

Finalmente, entre 1626 y 1628, en la calle de Atocha, junto a la iglesia de San Sebastián –manzana 235, casas 9 y 10, de su propiedad–.

Calle de Atocha

Calle de Atocha

Viviendo ya en la calle de Atocha, por los documentos de la parroquia se sabe que Vicente Carducho estaba casado con Francisca Astete, que también murió, en noviembre de 1630.

Durante las Jornadas, Ángel Aterido comenzó su conferencia dedicada al Dibujo madrileño en la segunda mitad del siglo XVII, con el Plano de Pedro Texeira de fondo, diciendo que en esos momentos Madrid era “una de las ciudades mejor dibujadas de Europa”.

En la exposición se muestra una reproducción del plano de Texeira en el que se han marcado los lugares en los que trabajó Carducho. El Alcázar, el Palacio del Buen Retiro, y… hasta veintinueve conventos. Todo ello lo llevó a cabo en sus tres casas-obrador.

mirando el texeira

Hoy Madrid ha cambiado mucho, apenas quedan construcciones de la época, pero el recorrido por este barrio, la calle del Prado, Echegaray, Huertas, hasta Atocha, es muy evocador, es de los pocos que conservan las huellas del siglo XVII.

La época más activa del pintor fue entre los años 1626 y 1634, en que realizó entre otras su gran obra, las cincuenta y cuatro pinturas de gran tamaño –de las que se conservan cincuenta y dos– más dos pequeñas que representaban los escudos del rey y de la Orden cartuja, perdidos, para el Claustro del Monasterio de Santa María del Paular, que después de su dispersión han sido restauradas y han vuelto a su lugar de origen.

Fueron realizadas a lo largo de seis años en su taller de la calle Atocha, con la ayuda de sus discípulos, entre ellos Félix Castello. En la exposición, en la que se muestra alguno de los dibujos preparatorios, se recrea el alzado del Claustro de la Cartuja del Paular con todas las pinturas.

el paular

Los dibujos en el siglo XVII tenían distintos objetivos, dentro de la idea pictórica del momento servían de patrón y modelo para los discípulos en el taller. Así ocurrió con la gran obra del Paular.

La exposición es espléndida. Observar de cerca las bellísimas obras permite admirar la gran meticulosidad y perfección en los detalles del artista. Son una maravilla.

Una de las características de los dibujos de Carducho es el uso del albayalde, pigmento blanco que utilizó con maestría. Hay varios ejemplos en la exposición de la Biblioteca Nacional, algunos sobre papel azul. Como este dibujo sobre papel azul grisáceo verjurado realizado con lápiz negro, pincel, aguada parda y realces de albayalde.

Aparición del padre Basilio de Borgoña a San Hugo de Lincoln (1632) (BNE) Preparatorio para la pintura (El Paular)

Aparición del padre Basilio de Borgoña a San Hugo de Lincoln (1632) (BNE) Preparatorio para la pintura (El Paular)

Clara de la Peña, otra de las personas participantes en las Jornadas, en su interesante conferencia sobre la Disponibilidad y uso del papel en el dibujo madrileño del siglo XVII, utilizó una frase que Carducho había escrito en su Tratado: “Los rasguños, esquicios y dibujos se hacen sobre papel blanco…”

Había papel blanco de baja y de alta calidad. El de mayor calidad se importaba de Flandes, Francia, incluso Italia, y era caro; el papel de estraza y el papel azul, más bastos, se fabricaban en España y eran más baratos.

Además de una gran conocimiento de la técnica del dibujo, Carducho dominaba el uso del papel y de los colores.

Demonio huyendo, lápiz negro sobre papel blanco de baja calidad (243 mm x 180 mm)

Demonio huyendo, lápiz negro sobre papel blanco  (243 mm x 180 mm). Museo del Prado.

Un ejemplo en papel blanco de calidad es el dibujo Expulsión de los moriscos con el que en 1627 participó en el certamen que ganaría Velázquez. Ninguno de los cuadros se conserva, perdidos en el incendio del Alcázar, pero sí el dibujo de Carducho.

Expulsión de los moriscos. 1627. Museo del Prado.

Expulsión de los moriscos. 1627. Museo del Prado.

Carducho fue un hombre culto, de formación intelectual sólida, pintor y dibujante, también teórico del arte. Su biblioteca era una de las más importantes de un pintor en el siglo XVII en la que abundaban los tratados de arquitectura. Además de por sus pinturas y sus dibujos fue conocido por su tratado Diálogos de la Pintura (1633). Se pintó a sí mismo escribiéndolo.

Carducho. Autorretrato (1633-1638)

Carducho. Autorretrato (1633-1638) (Glasgow, Pollock House)

Vicente Carducho murió en Madrid, la ciudad a la que llegó siendo un niño, en la que creció, estudió, creó una Academia de Dibujo, vivió, escribió, se casó, tuvo amigos, dibujó, pintó… en 1638, a la edad de 62 años.

Por : Mercedes Gómez

Fuentes y bibliografía:

Museo del Prado. Vicente Carducho.
Vicente Carducho en la Biblioteca Nacional.
Planimetría General de Madrid.
Fernández, Matías. Parroquia madrileña de San Sebastián: algunos personajes de su archivo. Caparrós ed. 1995.
Muñoz de la Nava Chacón, J.M. “Antonio Mancelli: corógrafo, iluminador, pintor y mercader de libros en el Madrid de Cervantes (I)”. Revista Torre de los Lujanes, Nº 57 (2005).

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Hasta la llegada de la Fotografía, medio más fiable para conocer la historia y la evolución de una ciudad, además de la palabra, los testimonios de los cronistas a lo largo de los siglos, y los documentos localizados en los Archivos históricos, las fuentes de información más valiosas de las que disponemos son la Cartografía y, por supuesto, la Pintura. Gracias a los artistas que a lo largo de los siglos han representado la ciudad, sus calles, sus edificios, sus habitantes… conocemos Madrid mucho mejor. Uno de estos artistas que nos ha ayudado a conocer mejor el siglo XVII madrileño es Félix Castello.

Félix Castello nació en Madrid en el año 1595, descendiente de artistas italianos. Su abuelo fue Giovanni Battista Castello, El Bergamasco, arquitecto y pintor de Felipe II, y su padre Fabricio, quien también trabajó en El Escorial. Pero su madre, Catalina Mata, era española. Fue bautizado el 4 de julio de 1595 en la parroquia de San Sebastián, iglesia del Barrio de las Letras y de los artistas. Creció Félix por tanto en un ambiente artístico cercano a la Corte. Él mismo intentó ser Pintor del Rey, pero nunca lo consiguió.

Se casó en diciembre de 1615 con Catalina de Argüello, instalándose en la plazuela de Antón Martín, en el mismo barrio en que había nacido. Dos años después solicitó por primera vez la plaza de Pintor del Rey, sin conseguirla. Volvió a presentarse diez años después. Félix, como tantos artistas en la Corte, buscaba un cargo fijo que le asegurara la existencia, recordemos a Pedro Texeira, nacido el mismo año que Castello por cierto, intentando sin ningún éxito ser nombrado Ayuda de Cámara del Rey.

Fue discípulo de Vicente Carducho, siempre estuvo muy cerca de él, y su pintura se vio influenciada por la de su maestro. Aunque no llegó a tener ningún cargo en la Corte sí realizó algunos trabajos para Felipe IV. Participó en la decoración del Palacio del Buen Retiro, el Alcázar y otros Sitios Reales. En el Palacio del Buen Retiro pintó uno de los doce cuadros que cubrían las paredes del Salón de Reinos con escenas de grandes batallas, La recuperación de la isla de San Cristóbal, firmado en 1634. Victoria conseguida en 1629 por Fadrique de Toledo, la recuperación, por poco tiempo, de la isla de San Cristóbal, en las Antillas, en poder de franceses e ingleses.

Para la serie de reyes godos, al año siguiente pintó Teodorico, rey godo.

Ambas pinturas pertenecen al Museo del Prado. El primero no está expuesto, y el segundo se encuentra en depósito en el Museo del Ejército.

Salón de Reinos, antigua sede del Museo del Ejército, actualmente.

Para el Real Alcázar realizó varios retratos de reyes situados en la Sala de Comedias, y algunos trabajos para la Capilla. Otras obras suyas se encuentran en el Museo de Historia. Su Vista del Alcazar de Madrid, realizada en la década de los años treinta, es quizá una de sus obras más conocidas y una de las que nos ilustra sobre cómo era ese Madrid antiguo. El Real Alcázar, visto desde el Puente de Segovia, el Campo del Moro…

Otro encargo de la Corona fue la creación de cinco vistas de las casas de campo reales,  de las que se conservan un delicioso Paisaje de la Casa de Campo, de 1634.

Gracias a otra de sus pinturas tenemos la imagen de la desaparecida Torre de la Parada, pabellón de caza situado en el Real Sitio de El Pardo para alojar al rey y sus acompañantes. Su origen se remonta al siglo XVI, cuando Luis de Vega lo construyó para Felipe II, aún príncipe; Gómez de Mora lo transformó completamente y Felipe IV ordenó su decoración con pinturas de Velázquez, Rubens y otros artistas. Un inventario realizado a la muerte de Carlos II describe ciento setenta y seis pinturas de grandes maestros, muchas de ellas se perdieron y otras se encuentran en el Prado.

El último cuadro adquirido por el Museo de Historia es el de los Baños en el Manzanares en el paraje del Molino Quemado, que se considera realizó al final de su vida. Se le atribuye su autoría además de por el tratamiento del paisaje, por los personajes y la temática. Un ejemplo: la escena del duelo recuerda extraordinariamente a la que aparece en La Torre de la Parada.

Esta pintura, además de ofrecer un verdadero cuadro costumbrista, nos proporciona datos valiosísimos acerca de esta construcción singular cuya situación frente a la Casa de Campo conocemos gracias a Texeira y su plano. Se sabe que fue “maestro de su arte”, dedicándose a enseñar el oficio de pintor. Félix Castello , o Castelo, pues de ambas formas firmó sus obras, murió en 1651, en su ciudad, Madrid. Por Mercedes Gómez

… Continuamos con nuestra visita a la Hermandad del Refugio y su iglesia, guiados por Carlos Osorio, autor del blog Caminando por Madrid. Como decíamos, la Iglesia de San Antonio de los Portugueses, hoy llamada de los Alemanes, fue construida entre los años 1624 y 1630. Los planos pudieron ser realizados por Pedro Sánchez, o por Juan Gómez de Mora, o quizá éste último únicamente supervisó las obras en su calidad de Maestro Mayor de la Villa, no se sabe con certeza (*). Pero lo que sí sabemos es que la estructura básica conservada es la original, una construcción del siglo XVII, ejemplo del Barroco madrileño.

Después de la visita a la sede de la Hermandad, de vuelta al zaguán, tras la puerta que indica “San Antonio” se halla el despacho parroquial. Cruzamos otra puerta y accedemos a la Sacristía, donde además de los muebles y elementos propios del lugar, donde parece que el tiempo se ha detenido, se encuentran algunas obras de arte de enorme valor. Dos pinturas de Vicente Carducho, procedentes del retablo original del siglo XVII. Ambos cuadros están a la espera de una restauración y, según nos cuentan en la iglesia, después probablemente vuelvan a dicho Retablo Mayor, su primer emplazamiento, con el fin, dicen en la parroquia con cariño, de que pueda ser disfrutado por todos.

En la Sacristía se encuentra también otra de las joyas que esconde este lugar, un Cristo Crucificado espléndido, una talla de gran perfección, de la Escuela madrileña del siglo XVII, atribuido a Alonso de Mena.

Y de aquí pasamos al templo. A pesar de no ser la primera vez que visito la iglesia, la sensación que me produce sigue siendo de sorpresa y de emoción. La planta ovalada y los frescos que cubren el techo y los muros sin interrupción, una superficie de casi mil quinientos metros cuadrados, crean un espacio que te envuelve completamente y te traslada a un mundo fantástico, al arte del Barroco en todo su esplendor. Nuestra mirada recorre primero la impresionante bóveda que representa a San Antonio de Padua en la Gloria. Los pintores de la escuela madrileña Juan Carreño de Miranda y Francisco Ricci, pintores del Rey, la crearon en 1662 según bocetos de Agostino Mitelli y Michele Angelo Colonna, los mejores especialistas italianos en pintura al fresco que, de la mano de Velázquez, trajeron a Madrid las técnicas de las perspectivas fingidas para bóvedas y muros, imitando espacios arquitectónicos. Esta bóveda ofrece uno de los trampantojos más espectaculares de Madrid. Entre las falsas columnas se hallan representados ocho santos portugueses o españoles, y debajo escenas de su vida.

Solo veintiocho años después hubo de ser restaurada, tarea que llevaría a cabo Lucas Jordán, quien introdujo algunos cambios, sobre todo detalles barrocos, como los capiteles, o la sustitución de columnas lisas por columnas salomónicas. Además realizó las pinturas de las paredes, simulando grandes tapices, de forma que la mayor parte de la obra pictórica corresponde a este gran pintor y decorador italiano. En la parte superior, Jordán representó escenas de los milagros de San Antonio, que Carlos va contándonos uno a uno, mientras nosotros vamos observando las imágenes, y toda la narración, la que escuchamos y la pintada, va cobrando sentido. En la parte inferior los angelitos y otras figuras alegóricas recogen los tapices fingidos.

El Retablo Mayor original estaba formado por obras de Vicente Carducho –dos de ellas se encuentran en la Sacristía, como vimos- y de Eugenio Cajés, además de por la imagen de San Antonio de Padua, del escultor Manuel Pereira. En 1724 fue transformado en un retablo barroco. El actual, de mármol, data de 1765, época de Carlos III. Es obra del arquitecto Miguel Fernández y del escultor Francisco Gutiérrez, cuyos angelitos recuerdan a los que por esa misma época creó para la Puerta de Alcalá. Lo único que ha permanecido inamovible a lo largo de los siglos, en los tres retablos, ha sido la espléndida escultura de Pereira.

Otros seis retablos laterales típicos del barroco completan la decoración, construidos en madera que imita mármol, empleando la técnica del trampantojo ya comentada, muy habitual en el siglo XVII, técnica artística que simula, que aparenta, que intenta suplir la realidad, no solo con la pintura sino también con el empleo de materiales. Sobre cada uno de ellos, se encuentran seis óvalos con retratos de los reyes, pintados en el siglo XVIII por Miguel Jacinto Meléndez. El interior del templo está completamente construido mediante pinturas al temple, sin que exista ningún elemento arquitectónico real, incluso los retablos ligeramente retranqueados están decorados con pinturas. Este hecho es quizá lo que convierte este lugar en algo único en Madrid.

Nuestro guía, que no permite que se nos escape ningún detalle, nos muestra cómo en origen, las pinturas llegaban hasta el suelo, pero la parte inferior se perdió definitivamente debido a las humedades.

Podríamos permanecer allí un buen rato más, contemplando tanta belleza, pero va a comenzar la misa, y nos dirigimos a la Cripta, de planta de cruz latina, construida en ladrillo en los sótanos del templo. A la entrada una lápida recuerda a los tres fundadores de la Santa Hermandad, tras la cual se haya una pequeña estancia, no visitable, en la que reposan los restos de uno de ellos, don Pedro Lasso de la Vega.

Al fondo, la capilla, con una imagen de San Pedro Poveda, obra del escultor Pedro Requejo Novoa, instalada en 2006.

Una vitrina muestra objetos y documentos referentes a su pertenencia a la Hermandad desde 1930. Pedro Poveda vivió en Madrid, en la calle Alameda, desde 1921 en que fue nombrado Capellán Real, hasta su muerte en 1936, en los primeros días de la guerra. Fue declarado mártir en 1993, y canonizado en 2003.

Entre los nichos, llaman la atención dos de ellos, cuyas inscripciones nos trasladan a la Edad Media, y que guardan los restos de “S.M. Infanta Dª Berenguela Hija del Rey D. Alfonso X el Sabio, titulado el Emperador. Nació en 1253 y debió morir en 1276”, con 23 años. Y la “Infanta Doña Constanza, hija de Fernando IV El Emplazado y de Dª Constanza de Portugal. Debió morir en 1321 a los 5 o 6 años de edad”. En ambos casos, procedentes del derribado antiguo Convento de Santo Domingo.

Terminada la inolvidable visita, regresamos al mismo lugar en que comenzó nuestro paseo, y echamos un último vistazo a la escultura de piedra que representa a San Antonio, observándola de cerca. La mirada, las manos, los pliegues de la ropa… es asombroso que haya podido permanecer en su hornacina, en esa esquina tan discreta, a lo largo de los siglos, que haya sobrevivido a guerras, reformas y cambios de dueños. Como la escultura del Retablo Mayor. Felizmente, allí, en su sitio, continúan las dos imágenes del santo portugués, esculpidas por el también portugués Manuel Pereira.

¡Muchas gracias, Carlos! Texto y fotografías por Mercedes Gómez

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(*) ACTUALIZACIÓN 24 junio 2016

Visitando la exposición I Segni nel tempo. Dibujos españoles de los Uffizi, en la sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, uno de los dibujos que llama nuestra atención es la Sección longitudinal de la iglesia de San Antonio de los Portugueses (h. 1624), firmado por Pedro Sánchez.

Como leemos en el Catálogo dirigido por Benito Navarrete, esta firma corrobora que el autor del proyecto de la iglesia madrileña fue el arquitecto jesuita, Pedro Sánchez, y no Juan Gómez de Mora, quien como Maestro Mayor de las Obras reales y de la Villa de Madrid sí debió ver y aprobar las trazas, aunque no las proyectó. Este dibujo junto a otro de la fachada conservado en la Hermandad del Refugio y Piedad avalan su autoría, que como decimos, no corresponde a Gómez de Mora como algunos autores han defendido.

Nuestros lugares preferidos de Madrid son dignos de ser visitados cualquier día de la semana y en cualquier estación de año, pero algunos de nosotros tenemos más tiempo para “perdernos” cuando llega el esperado fin de semana. Para mí, uno de esos lugares es la plaza del Conde de Miranda, en el corazón del Madrid de los Austrias, donde se encuentran la Iglesia y el Convento de las Carboneras. Además, los domingos, en la vecina plaza del Conde de Barajas, los pintores muestran sus obras, y en las cercanías no faltan las tabernas o bares donde tomar el aperitivo que tanto nos gusta. El paseo por estas plazuelas nunca defrauda.

fachada

Ahora la fachada de la iglesia está cubierta, debido a las obras; el año pasado se descubrieron algunos graves problemas bajo sus bonitos suelos, que podían amenazar su estabilidad, de forma que se acometieron las reparaciones de urgencia.

El Convento, una de las joyas de la arquitectura y del arte barroco madrileños, ya ha cumplido sus cuatrocientos años de vida.

El Monasterio del Corpus Christi, más conocido como Las Carboneras, está habitado por las monjas jerónimas desde 1605. Su fundadora fue Beatriz Ramírez de Mendoza, bisnieta de Beatriz Galindo “La Latina” y de Francisco Ramírez el Artillero.

En el prólogo de un libro editado con motivo de la celebración de su IV Centenario, Las Carboneras IV Centenario (1605-2005), de Vicente Benítez Blanco, dice la Priora que cuando por obligación tienen que salir a la calle, el ruido les aturde, no están muy acostumbradas, pero cuentan que les gusta darse a conocer y que comprendamos cómo es su vida. La iglesia suele estar abierta, no hay ningún impedimento para poder visitarla, como ocurre con algunas otras en Madrid, y está llena de obras de arte, destacando el Retablo Mayor, que incluye la magnífica “Santa Cena” de Vicente Carducho, pintor de la Corte de Felipe III. Este retablo tiene un gran valor artístico, y también histórico ya que se conserva en su lugar desde que fue inaugurado en 1625.

Las hermanas se ayudan económicamente con la venta de dulces. Y dulce resulta el simple hecho de comprarles una bandejita de pastas, os lo aseguro.

Después de llamar al portero automático, una amable monja te abre y después de traspasar la rotunda puerta junto a la iglesia accedes a un precioso zaguán que en otro tiempo fueron las caballerizas.

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He visitado este zaguán tres o cuatro veces, siempre me admira la escalera con la balaustrada de madera, los techos con vigas del mismo material, el banquito de cerámica… todo.

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Para llegar al torno hay que pasar dos patios pequeñitos, deliciosos y acogedores, con sus ventanitas, rejas, una campanita, la pila. ..Y junto a la puerta reglar, está el torno. Tras él, la voz de una hermana a la que no puedes ver, te atiende siempre con amabilidad.

El torno

El torno

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El convento tras sus rejas y blancos visillos también esconde numerosas obras de arte, normalmente vedadas ya que se trata de un monasterio de clausura, aunque en raras ocasiones algunas se han podido admirar en exposiciones, gracias a las hermanas que de vez en cuando gustan de comunicarse con el exterior, mostrando sus tesoros artísticos, o dando a probar sus dulces.

Texto y fotografías: Mercedes Gómez

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